El Dr. Ricardo Rabinovich me pidió autorización para
publicar una carta que le envié a raíz de su editorial sobre la deuda externa
argentina del último número de “Persona”. En realidad dicha carta contiene
unos conceptos sueltos, que toman en forma superficial un tema complejo. De
todas maneras, y para satisfacer tanta amabilidad, traté de hacerla más legible pero sin dejar de destacar que es solo
un escorzo de alguien que vio cómo el desarrollo del proceso económico de los
noventa nos llevaba fatalmente al abismo en que hemos caído, y digo proceso y
no “modelo” por que creo que este tecnicismo de moda le queda grande. La
cosa ha sido más espontánea de lo que aparentemente se podría pensar. A
continuación transcribo lo pertinente del texto enviado en esa oportunidad con
algunas pequeñas reformas. El tono coloquial sigue presente para mantenerle
algo de sentido.
-El
problema de la deuda externa es muy viejo en nuestro país y siempre en los
momentos de crisis viene a la palestra. Recordemos el empréstito
Baring y las mal comprendidas negociaciones de Rosas con relación a las
Malvinas. Pero yendo a la situación actual es de a puño que toda deuda se pone
crítica cuando la ecuación económica no da. Lo que lamentablemente ocurre en
todos los casos es que los quejidos se producen no en el momento de disfrutar el
préstamo sino cuando viene la hora de pagar la cuenta. En cambio los más
“conservas” nos horrorizamos mucho antes, en los momentos de contraerla y más
aún viendo con que inconsciencia y soberbia se embalaban economistas,
empresarios y la masa consumidora en el “milagro argentino”. Personalmente
era de los que no dormía en los primeros noventa por que a esto lo veíamos
venir mientras los demás tiraban manteca al techo. Y lamentablemente nos falló
el “timing”. Personalmente creí que el estallido se iba a producir mucho
antes; lo que hubiera sido menos
cruento. Los que pensábamos de esa manera
también percibimos que cuando se produjo el “Tequila”( Corrida que
aquí hubiera ocurrido igual sin México) había llegado el momento. Pero como
el volumen de plata ociosa en el Globo Terráqueo era muy grande y la economía
era expansiva, “derivados” mediante, zafamos del Tequila gracias a más
prestamos y la cima de la montaña se elevó haciéndose más profundo el
precipicio al que nos íbamos a asomar. Tengo muy presente, a raíz de la
expansión monetaria mundial, los miedos y negros vaticinios de Greenspan cuando
levantaba la tasa para frenar la expansión en USA y para que la caída en la
economía norteamericana fuera desde más abajo. (Con ello queda claro que la
tasa no subía para Argentina sino para frenar esa expansión descontrolada. No
hay que perder de vista que nosotros, numéricamente en el mundo, somos
nada). Ahora en plena recesión la tasa de los bonos norteamericanos es muy baja
precisamente para amortiguar la caída y dar algo de oxígeno a la economía.
Como podemos ver nuestra debacle coincide con la recesión mundial por razones
obvias. Si el jolgorio en el hemisferio norte hubiera continuado nosotros seguiríamos
tirando de la cuerda con más crédito para finalmente caer desde más alto aún.
Además no hace falta recordar que las tasas para los países de alto riesgo son
siempre mas altas que las normales. Es casi un préstamo a la gruesa ventura.
-Cuando
finalizaba Alfonsín la deuda argentina valía entre quince y veinte centavos.
Es lo que el director menciona en el editorial citándolo a Espeche Gil. En esa
época Alzogaray decía que era el momento de pagarla toda junta con la venta de
las empresas públicas. Era pagarla en moneda de quiebra, porque si se empezaba
a pagar de a poco íbamos a mejorar nuestra calificación y el valor de la deuda
aumentaría. Así que cuanto más fuéramos pagando mas “deberíamos” y así
ocurrió. Todo ello no significa que nuestra deuda se agrandó por culpa de
nuestros acreedores ni por nuestros “genios” sino que nos faltó picardía y
la dosis de cierta mala fe para negociar a moneda de concurso. Hoy pasaría lo
mismo, claro que ya no tenemos ninguna empresa y se está ensayando entregar en
pago la Patagonia.
-Con
todo lo antedicho quiero significar que a la afirmación de Espeche Gil hay que
comprenderla en su verdadero significado. No es que debiéramos 0,18 por dólar.
En realidad debíamos un dólar con
más los intereses no pagados, por cada bono. Lo que ocurría era que los Bonod,
por nombrar alguno de los bonos que circulaban en el exterior, llegaron a
cotizar a 0,15 por dólar por que estábamos en cesación de pagos. Recuerdo, ya
en lo anecdótico, como amigos míos a fines de los ochenta hicieron una planta
industrial nueva con el sistema de “capitalización de deuda”. Esto consistía
en que el gobierno les rescataba los bonos al doble de la cotización, es decir
si ellos los pagaban 0,16 el Estado se los recompraba a 0,32 con lo que, en el
caso de usarse el dinero para planta nueva, “Papá Estado” ponía la mitad
de la inversión. Con Menem los bonos estallaron para arriba por una cuestión
de confianza y la deuda automáticamente “quedó más grande”
-No le echemos toda la culpa a los acreedores. Se tejieron muchas teorías conspirativas e inclusive hay muchos panfletos que han corrido en los sesenta y setenta con negros vaticinios respecto de la integridad de nuestro territorio, que para mentes trasnochadas pareciera que se están haciendo realidad (Patagonia incluida). (Ni que decir que con todo esto los fachos están agrandados y la izquierda cuando le conviene, como siempre, les usa el discurso). Es sabido, y mi amigo el Dr. Rabinovich lo conoce muy bien, que por culpa de ese tipo de teorías se hizo correr mucha sangre inocente en la historia del mundo. El tigre financiero puede matar pero esa es su naturaleza. La nuestra es que tenemos que ser lo suficientemente sagaces para no meternos en su jaula.
-Como
se dijo arriba el tema da para mucho y así lo hace entender el Director en el
editorial. Estas son apenas algunas digresiones que fueron hechas en la
mencionada carta para acercarme a la multifacética tarea del Dr.
Rabinovich-Berkman.
Jorge
R. Locícero.