CAPÍTULO IV

ANTECEDENTES ARGENTINOS:

IDEAS Y POLÍTICA POBLACIONAL ANTERIORES A 1930

 

La Argentina se ha caracterizado, desde que nace como Estado, por concebir a su población como escasa, tanto cuantitativa como cualitativamente. Para comprender el grado de continuidad o reformulación de las ideas y la política demográfica argentina que se desarrollará en la segunda parte, se verán brevemente, las ideas y política demográfica que antecedió a 1930. A tal fin, se sintetizarán trabajos propios anteriores1 y de otros autores que han analizado el núcleo de la política poblacional argentina en el siglo XIX y principio del XX, cual fue la inmigración.

Tanto las ideas como la política seguidas hasta 1930, son parciales y no abarcan la totalidad del fenómeno poblacional. Es así, porque una política demográfica integral, debería incidir cuantitativa y cualitativamente sobre todos los fenómenos poblacionales producidos dentro del territorio del Estado, tal como lo expresan los teóricos pero, desde el siglo XIX, la idea de acrecentar la población argentina y, consecuentemente, la política adoptada, fue la de atraer la inmigración europea que masivamente dejaba ese continente y, por ende, se circunscribió a uno solo de los elementos que producen el crecimiento.


El otro factor del crecimiento poblacional no fue advertido y, a lo sumo, se lo podría considerar con Sauvy que compuso la política "inconsciente" de población. Son todas aquellas ideas, o legislación general que sin estar explícitamente reconocida su incidencia en el crecimiento de la población, la afectan. Tales las disposiciones sobre salubridad, asistencia, higiene, arrendamientos, colonización, industrias, viviendas, etc. Evidentemente es imposible abordarla en su totalidad, porque significa prácticamente toda la política argentina desde el siglo pasado. Pero, se señalarán, aquellas ideas inscriptas en el darwinismo social que antecedieron a los autores objeto de este trabajo y que, de una u otra forma, les sirvieron también de fuentes.

 

 

I. LA INMIGRACIÓN: IDEAS Y POLÍTICA CONCIENTE 

    PARA POBLAR LA ARGENTINA EN EL SIGLO XIX

 

Desde los primeros años de vida, rotos de hecho los lazos políticos que nos unían con España, se pensó en traer inmigrantes agricultores para poblar el país que se consideraba subpoblado y, sobre todo, mal poblado. El 4 de septiembre es el día del inmigrante. Todos los años, las principales colectividades, festejan el arribo de ellos o de sus ancestros a la Argentina. Este hecho demuestra la continuidad y reafirmación anual de la política inmigratoria del siglo pasado. Porque el 4 de septiembre de 1812, el Primer Triunvirato, dio el famoso decreto de inspiración rivadaviana que en sus fundamentos decía: "Siendo la población el principio de la industria y el fundamento de la felicidad de los Estados, y conviniendo promoverla en estos países por todos los medios posibles..., decreta en su artículo 1 ro.  Ofrecer su inmediata protección a los individuos de todas las naciones..., asegurándoles el pleno goce de los derechos del hombre en sociedad, con tal que no perturben la tranquilidad pública, y respeten las leyes del país"2.

Desde ese decreto, pasando por la idea proinmigratoria más difundida, que es la de la generación de 1837, hasta la Constitución Nacional de 1853 y la ley 817 de Inmigración y Colonización, la inmigración es concebida con un objetivo: el progreso del país. Pervive, por lo tanto, la idea mercantilista de que a mayor población mayor grandeza de un Estado. Pero, a su vez, se enlaza con las ideas iluministas que desembocaron en el Estado liberal, porque implicaba, además del aumento de la población, el de mejorar su "calidad", o, como anhelaba Rivadavia, "destruir las degradantes habitudes españolas y la fatal graduación de castas, y de crear una población homogénea, industriosa y moral, única base sólida de la Igualdad, de la Libertad, y consiguientemente de la Prosperidad de una nación"3. Con esa idea, fueron dejando numerosas disposiciones legales4 para lograrlo.           

Tanto las ideas como el diseño de esta política, no partieron de datos estadísticos que avalaran su pensamiento, sino en estimaciones, como se vio en el capítulo anterior, como la de Parish que consideraba para 1853 una población de 800.000 habitantes. El primer censo nacional, como ya se dijo, fue posterior, en 18695 y los hechos vitales comenzaron a registrarse a principios del siglo XX. Sin desconocer que el Registro Civil se institucionalizó desde 1884, pero, a los fines demográficos y de política demográfica, sobre todo, el registro de los hechos vitales comenzó en el siglo XX. Por ello, dice Nascimbene, el pensamiento demográfico anterior a 1852 es "asistemático", "generalizador", en el que el "uso de estadísticas no es muy frecuente". Y que recién desde la década de 1860 y en especial de 1870, seis años antes de la sanción de la ley, surgen los "especialistas", los que utilizan "planteos y desarrollos más sistemáticos, así como estadísticas más fehacientes, estructuradas sobre categorías adecuadas", hasta alcanzar "singular madurez"6.

No obstante, es importante detenerse en el pensamiento de los principales autores de ese diseño político, porque perdura en gran parte en el período que interesa.

 

A. Las ideas sobre la inmigración a mediados del siglo XIX

 

1. Cantidad de la población

 

Sarmiento en 1841 y Alberdi en 1852 tenían una idea aproximada de la cantidad y composición de la población. Sarmiento decía que había 160.000 habitantes en la ciudad de Córdoba y 1.500 en la ciudad de La Rioja7. Alberdi, por su parte, se preguntaba:"¿Qué nombre daréis, qué nombre merece un país compuesto de doscientas mil leguas de territorio y de una población de ochocientos mil habitantes? Un desierto (...). Pues bien, ese país es la República Argentina..."8.

La cantidad de la población está en relación con las estimaciones realizadas por W.Parish y Martín de Moussy (ver Cuadro VIII). Es verdad que no tenían una precisión exacta, pero la idea del desierto, nace de un hecho concreto, porque los circundaba, lo veían a diario. Distinta es su idea de la composición y estructura de la población.

 

2. Composición y estructura de la población de base

"El demógrafo, -dice Wrong- no sólo se interesa por las cifras absolutas de individuos (...) sino también por las características de los mismos (...). (Éstas) son seleccionadas principalmente por dos razones: primero, por su significación estrictamente demográfica (...), y segundo por su importancia sociológica o económica intrínseca"9.

La segunda de las características, mencionadas por Wrong, es el quid del pensamiento de la generación de 1837, porque hacían especial hincapié en los diferentes grupos étnicos que existían en el país, asignándoles determinadas ocupaciones, educación, religión y los sometían a criterios de valoración que los lleva a ubicarlos en una escala que va de lo inferior a lo superior, de lo negativo a lo positivo para la concreción de los objetivos poblacionales propuestos.

"El pueblo que habita estas extensas comarcas -decía Sarmiento- se compone de dos razas diversas, que, mezclándose, forman medios tintes imperceptibles; españoles e indígenas. (A los que distribuye así): En las campañas de Córdoba y San Luis predomina la raza española pura (...). En Santiago del Estero el grueso de la población campesina habla aún el "quichua", que revela su origen indio. En Corrientes los campesinos usan un dialecto español muy gracioso... Buenos Aires se reconoce el soldado andaluz, en la ciudad predominan los apellidos extranjeros. La raza negra, casi extinguida ya, excepto en Buenos Aires, ha dejado sus zambos y mulatos (...) eslabón que liga al hombre civilizado con el palurdo, raza inclinada a la civilización, dotada de talento y de los más bellos instintos de progreso...".

"Las razas americanas viven en la ociosidad y se muestran incapaces, (...) para dedicarse a un trabajo duro (...). Esto sugirió la idea de introducir negros en América, que tan fatales resultados ha producido. Pero no se ha mostrado mejor dotada de acción la raza española..."10.

Alberdi, en forma similar, separaba "el indígena, es decir, el salvaje", del "europeo, es decir, nosotros los que hemos nacido en América y hablamos español; los que creemos en Jesucristo y no en Pillan". Es interesante consignar, porque esto se reiterará en el siglo siguiente, aunque en forma más subliminal, que el nacer en América no tenía un significado diferente, del nacer en Europa. Alberdi, al menos, se siente europeo y no americano. Es una posición similar a la de Benjamín Franklin, que hablaba de los ingleses y de su Filadelfia como si fueran una misma cosa.

Por otro lado, distinguía la población del litoral, de la del interior, en esta forma: "El primero es fruto de la acción civilizadora de Europa de este siglo que se ejerce por el comercio y por la inmigración en los pueblos de la costa. El otro, es obra de la Europa del siglo XVI, de la Europa del tiempo de la conquista, que se conserva intacto como en un recipiente, en los pueblos interiores de nuestro continente..."11.

En fin, ni el español, componente del criollo, ni el indígena, ni el negro, ni por supuesto, el mestizo, el "gaucho"12, eran aptos para lograr los objetivos nacionales básicos, por eso se piensa en la inmigración, porque el crecimiento vegetativo no conseguiría sino aumentar más de lo mismo. Por ello concluía Alberdi: "Combinad de todos modos su población actual no haréis otra cosa que combinar antiguos colonos españoles debilitados por la servidumbre colonial, no incapaces de heroísmo y de victorias, llegada la ocasión, pero sí de la paciencia viril de la vigilancia inalterable del hombre, de libertad... Con tres millones, de cristianos y católicos, no realizaréis la república. No la realizaría tampoco con cuatro millones de españoles peninsulares, porque el español puro es incapaz de realizarla allá o acá"13. O, como dice Imbelloni, consideraban al español como raza de mente atrofiada14, sobre la cual no se podría construir una nación industrializada, progresista, a la cual había que asociarle la "teoría correctiva" de las migraciones, en tanto la raza "fuerte" y anglosajona era necesaria para inyectar su sangre a los latinos "flojos"15.

 

3. Inmigración civilizada y seleccionada para el progreso político y económico

 

Bien dice Halperín Donghi, que "a lo largo del todo el siglo XIX la inmigración fue considerada -en la Argentina más que en el resto de América española- un elemento esencial en la creación de una sociedad y una comunidad política modernas"16.

En efecto, lo pensaba Rivadavia, como se vio, y lo reafirmaban Sarmiento y Alberdi y con ellos, Avellaneda, al presentar el proyecto de ley de inmigración y colonización, cuyas palabras sintetizaban el pensamiento de la dirigencia argentina a fines del siglo XIX. "Están todos felizmente convencidos en la república, de que su prosperidad y porvenir dependen de dar una solución al problema de la inmigración europea, y es por esto que él preocupa tanto a los hombres de la nación misma como a sus poderes públicos"17.

Esa modernización no se lograba con cualquier inmigración sino con la inmigración europea. "Poblar es civilizar -pensaba Alberdi en 1873- cuando se puebla con gente civilizada, es decir con pobladores de la Europa civilizada. Por eso he dicho en la Constitución que el gobierno debe fomentar la inmigración europea...". "Pero poblar no es civilizar, sino embrutecer, cuando se puebla con chinos y con indios del Asia y con negros del Africa"18.

Cuando Alberdi o Sarmiento hablaban de inmigración europea lo último que pensaban era en el español o en el italiano, que fueron los pueblos que llegaron en masa a nuestro país. En el español no, porque era "incapaz de realizar la libertad", decía Alberdi. Porque, consideraba Sarmiento, "se había embrutecido por su odio irreflexivo" a todas las cosas que denominaba extranjeras19. En el italiano tampoco porque todavía no lo veían como posible inmigrante.

Los modelos que serían trasplantados por sus pobladores eran los de Inglaterra y Francia. De Inglaterra creían que vendría el parlamentarismo, la libertad, los hábitos de industria. De Francia, la cultura, su literatura. "La libertad -según Alberdi- es una máquina que, como el vapor, requiere para su manejo maquinistas ingleses de origen. Sin la cooperación de esa raza es imposible aclimatar la libertad y el progreso material en ninguna parte". (Y agregaba) es necesario fomentar en nuestro suelo la población anglosajona. Ella está identificada con el vapor, el comercio y la libertad, y nos será imposible radicar estas cosas sin la cooperación activa de esa raza de progreso y de civilización"20. El hombre americano había que ponerlo en "pie" francés o inglés, igual que a las viñas. Había que "injertarlo" como a las plantas, en esos pueblos civilizados21.

No se debe descuidar que, Sarmiento, después de su viaje a Europa en 1845 cambió su fe en Europa por EE.UU. considerando que, incluso allí, lo europeo llegaba a ser bárbaro22.

Alberdi, en 1871 advirtiendo las migraciones de la Europa mediterránea, decía: "Sud América debe hacerse poblar de preferencia por la Europa del Norte, si aspira a ser libre y rica. Debe buscar su educación y desarrollo liberal en el trato saludable y fecundo de la Europa del frío. La Europa del Sud no necesita ser llamada; vendrá sin que la busquen mediante la corriente ya formada por la acción de los siglos; y si no debe jamás excluirla por sistema, tampoco debe buscarla por alicientes sistemáticos"23. Pero, después de la Guerra Franco-Prusiana, advirtió que en los países de su preferencia, coexistían la civilización y la barbarie. Por ello compara los pueblos de Londres y París, con el Chaco y la Patagonia, por cuanto coexistían la civilización con la barbarie24.

No perdieron totalmente la esperanza en una Europa civilizadora, pero a través de una inmigración fomentada, no espontánea. Incluso, así como le negó en un principio al "gaucho" toda capacidad de perfeccionamiento, le concedía a los "peores inmigrantes de Europa (...) la posibilidad de transformarse, de mejorar por el solo hecho de pasar al Nuevo Mundo"25.

 

4. Las ideas y los datos de emigración

 

No se debe perder de vista que las preferencias hacia los países anglosajones, generalizados como europeos, y luego la advertencia de que en Europa podía haber pueblos incivilizados, es producto de una realidad. En la primera etapa, entre 1846 (año de los primeros registros de los migrantes europeos) hasta 1889, predominaban las corrientes anglosajonas, germanas y francesas (ver las figuras al final del capítulo). No tenían la importancia numérica que tendrán a partir de la década del 80 o a comienzos del siglo XX. Pero de una media anual de emigrantes europeos de 251.000 o 330.000 personas que emigraban de toda Europa en los quinquenios 1846-50 y 1851-55, respectivamente, los pobladores provenientes de las Islas Británicas (ingleses, irlandeses y escoceses) representaban el 78 y 67 % del total, le seguían en importancia los alemanes (15 y 23 %) y finalmente los franceses (4 y 3%).

A partir de 1880 a 1914, comenzó a adquirir importancia gradual la corriente italiana, representando porcentajes entre el 20 y 30 % de la emigración total, cifra que compartía con los anglosajones y, después de la primera guerra con los españoles"26. Sin descuidar que esos porcentajes importaban flujos migratorios muy superiores, de 600.000 a un millón y medio de emigración media anual.

Esto se explica porque el proceso de industrialización, que comenzó en Inglaterra a mediados del siglo XVIII, se trasladó primero a los países del norte europeo y luego a todo el continente27. Asimismo, explica por qué se prefería la "vieja inmigración". Era la que emigraba en el momento que se diseña la política migratoria en Argentina.

 

B. La Constitución y la población

 

"Pero ¿Cuál es la Constitución que mejor conviene al desierto? La que sirve para hacerlo desaparecer... Luego éste debe ser el fin político, y no puede ser otro... Así, en América gobernar es poblar".

J.B.ALBERDI, Bases..., p.178.

 

1. La inmigración y la Constitución

 

La Constitución de 1853 y en la ley 817 de 1876, decantan todo ese proceso doctrinario. La llamada Generación de 1837, fue la fuente inmediata de ella, pero, a su vez, receptó todo ese movimiento proinmigratorio que hubo desde 1812.

Primeramente, se debe apuntar que la política argentina propulsora de la recepción del flujo migratorio que salía de Europa, se la llamó de "puertas abiertas", comparándola con la seguida por los Estados Unidos después de 1882. En realidad, tanto la Constitución como la ley 817, la restringían a los europeos. De esa forma se incorporaron a nuestro país un número elevado de españoles e italianos que no eran los más deseados de los europeos. Ni la Constitución, ni la ley, lograron plasmar el verdadero pensamiento sobre la inmigración que era atraer y fomentar la inmigración anglosajona, germana y nórdica, pero no los europeos del sur que venían solos sin que los llamaran. Por más que en la realidad fue protegida y fomentada la inmigración latina que procedía de los países que habían aumentado sus flujos migratorios.

El Preámbulo de la Constitución Nacional declara que asegura los “beneficios de la libertad, para nosotros, nuestra posteridad y todos los hombres  del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”. Una interpretación formalista y literal, como lo que hace Joaquín V. González, dirá que fue “un anhelo vivísimo de todos los hombres que influyeron en la Constitución, el de hacer del territorio de la República un hogar para todos los hombres de cualquier raza, ideas y costumbres civilizadas"28, en forma similar la analiza José Manuel Estrada29.

Interpretar la C.N. en esta forma, es apartarla del pensamiento que se viene analizando. De modo tal, que la C.N. tendría una posición antirracista, en tanto el término todos abarca un universo, sin distinción de nacionalidad, procedencia continental, sexo, situación laboral, etc., con la simple manifestación del deseo de habitar en la Argentina, no se le podría prohibir instalarse en el país. Pero como dice Carrió: "No es cierto que las reglas son siempre aplicables de la manera "todo o nada". Tampoco es cierto que las reglas permiten, al menos en teoría, enumerar de antemano todas sus excepciones". En ese sentido el Preámbulo es una declaración de principios y el mismo autor advierte que "los principios que no satisfacen los requisitos de la regla de reconocimiento quedan fuera del derecho"30.

Por otro lado, los constitucionalistas están contestes que el Preámbulo es el que "imprime el concepto ideológico a la Constitución" (Ramella). En él,  "se anticipan las bases ideológicas o las creencias políticas que sirven de pilares a su articulado" (Romero)31. En ese sentido, para el caso de la apertura de la constitución a las migraciones, parafraseando a Carrió, el vocablo todos del Preámbulo, es sólo un principio que estaría fuera del derecho por no satisfacer los requisitos de la regla. La regla es el art. 25 de la C.N., que fomenta la inmigración europea y que, con más precisión debería interpretarse así: "todos los europeos, blancos, anglosajones, cultos y civilizados que quieran habitar el suelo argentino".

La ley 817, que reglamentó el artículo 25, fue más precisa y conceptualizó al inmigrante así: "repútase inmigrante, para los efectos de esta ley, a todo extranjero...que llegase a la república para establecerse en ella, en buques a vapor o a vela" (art.12).


Ambos instrumentos legales receptaron bien las ideas vistas en tanto solamente se debía atraer los migrantes del continente europeo y no del Africa o Asia. Pero lo que no captaron de ese pensamiento fue la idea de selección de los mismos europeos, para que solamente arribaran los que se suponían civilizados.

 

2. Los indios y la Constitución 

 Las ideas sobre los indígenas que tenían los autores vistos, también se expresaron en la constitución y luego en los censos. No se desarrollará todo ese proceso. Abelardo Levaggi tiene importantes trabajos al respecto32 y sobre la base de ellos advertimos:

Por un lado se observa que, desprendiéndose del pasado colonial, desde 1810 se adoptó la idea de nación de la Revolución Francesa. Una sola nación. En ella todos eran iguales ante la ley, "la Nación Argentina no admite prerrogativas de sangre, ni de nacimiento" (art.16). "De donde se infiere -dice González Calderón- que no puede haber en el país una raza inferior a la predominante en él"33. Además, todos los nacidos en suelo argentino, son argentinos. Tal como se interpretó el art. 67, inc.11., y la ley N ro. 346 (1860) de nacionalidad y ciudadanía que lo reglamentó. Por lo tanto no hay indígenas, ni mestizos, hay argentinos34. Sobre esa base, la Argentina no reconocía la existencia de minorías en foros internacionales35. Lo cual explica que los indios no hayan sido tampoco censados como una categoría diferente de la de argentinos nativos.

Por otro lado, asumiendo ese pasado y sobre todo la existencia concreta de las comunidades indígenas, regulaba la Constitución: el Congreso deberá "proveer a la seguridad de las fronteras, conservar el trato pacífico con los indios, y promover la conversión de ellos al catolicismo" (art.67, inc.15). El artículo tenía tres cuestiones: las fronteras, el indio y la conversión al catolicismo, que poco o nada tienen que ver con la idea de nación vista en el anterior párrafo.

a) En el término frontera se advierte un carácter histórico en tanto se mantenía la idea de la Corona española de una frontera interior36, distinta de la exterior con las características definidas por el Derecho Internacional clásico, porque alegando tener la soberanía territorial reconocía que no tenía la supremacía territorial, es decir la jurisdicción real y efectiva de la Nación Argentina en los territorios allende la frontera, límite a partir del cual la posesión y dominio territorial la tenían los indios, con los que se firmaban tratados reconociéndoles que eran una nación distinta37.

b) El vocablo indio en el contexto de una Constitución que cuando se atiene a los cánones del constitucionalismo liberal, se refiere al pueblo, los ciudadanos, los habitantes para fijar sus derechos y deberes, por el solo hecho de mencionarlos está reconociendo su existencia y, por ende, que son diferentes, por eso no los llama habitantes, o ciudadanos, por lo tanto, implícitamente, no están encuadrados en la igualdad abstracta y genérica del art. 16. En consecuencia, la misma Constitución le dio un estatus jurídico distinto, al menos a los denominados “indios independientes", los consideraba naciones con las cuales se pactaba o se guerreaba. "Cuando los constituyentes de 1853 tuvieron que legislar sobre las relaciones con los indios no hicieron sino ratificar la posición tradicional contractualista de "conservar el trato pacífico con los indios". Esa fue la traducción hispanoamericana de la cláusula norteamericana "reglamentar el comercio...con las tribus indígenas"38.

Después de la conquista del desierto, mediante la cual, la Nación Argentina logró ejercer, además de la soberanía, la supremacía sobre los territorios que hasta ese entonces habían sido del dominio indígena, la condición del indio en esos territorios debía allanarse a la idea de una sola nación, de igualdad abstracta39; sin embargo, las diferencias reales y culturales chocaban contra esa abstracción, de ahí que en la práctica jurídica se contemplaron esas desigualdades. "Sin renunciar al principio, -dice Levaggi- se continuaron aplicando, con las adaptaciones del caso, las disposiciones que calificaban a los indios de incapaces relativos de hecho"40.

Desde el punto de vista jurídico, son dos principios diferentes, el colonial asentado en el particularismo y las diferencias reales, y el liberal, que presume la igualdad, contenidos en las cláusulas analizadas41. Principios que siguen disputándose su vigencia hasta hoy, por más que se haya reformado la Constitución en 1994, por ello sigue desconcertando a muchos autores que están atenidos al "mito de la constitución" como lo denomina César E. Romero42.      

c) Si se acepta la abstracción de una igualdad jurídica, inmediatamente se tiene que aceptar la eliminación jurídica del que es diferente. Si se acepta la homogeneidad racial, lingüística, cultural, nacional, en consecuencia se acepta que todo lo que sea heterogéneo hay que eliminarlo en forma incruenta: aculturándolos, civilizándolos, en la cultura o civilización que se considera la correcta, en la Argentina mediante la conversión al catolicismo, como decía la Constitución. O en forma cruenta: mediante la guerra y el exterminio, como fue la conquista del mal llamado desierto llevada a cabo por Julio A. Roca.

Respecto de la primera forma, Agustín de Vedia decía que "fronteras e indios eran términos inseparables que correspondían a un mismo problema. La Constitución ha querido fijar, a ese respecto, reglas de conducta, que pueden traducir una noble aspiración humanitaria (...) El trato pacífico con los indios, su conversión al catolicismo; tales son las reglas...". Y González Calderón agrega que esa cláusula da "preferencia a la religión católica como instrumento para civilizar a los indios"43.

Parafraseando a de Vedia, se puede decir que convertir y civilizar a los indios es un mismo problema con denominaciones diferentes y también con creencias diferentes, pero convergentes, como explícitamente lo expresa González Calderón. Cuando Lavaysse propuso la conversión de los indios, lo hizo en calidad de sacerdote, "invocando la caridad evangélica". Lo mismo cuando apoyó la libertad de cultos porque era "un precepto de la caridad evangélica en que está contenida la hospitalidad que debemos a nuestros prójimos (y que él)...como sacerdote les predicaría el evangelio y la verdad de su religión...". Es decir, como a los indios, les predicaría a los inmigrantes de otros credos la verdadera religión.    

La segunda forma la explicó Seguí cuando se preguntaba el "modo como se pensaba conservar ese trato pacífico y los esfuerzos que habían de hacerse para atraerlos y civilizarlos, porque si estos (la evangelización) habían sido ineficaces, él votaría su exterminio sin comprometer sus sentimientos de caridad"44, evidentemente no es la conversión lo que le interesa, sino la aculturación dentro de una civilización que considera única y si ésta no funciona, la eliminación por guerra.

Cualquiera de las dos formas que se adoptara significaba el exterminio. En el primer caso de la cultura indígena que involucraba costumbres, valores distintos de los occidentales45. En el segundo caso la eliminación física. "Si la "civilización" podía imponerse, -dice Levaggi- o si era lícito eliminar a quienes se resistían a ser despojados de su territorio, son cuestiones que no se plantearon entonces porque estaban resueltas de antemano en sentido afirmativo. La moral social, el derecho y el pensamiento científico de esa época avalaban semejante premisa...".

Más adelante plantea las filiaciones ideológicas de ambas posturas, como se manifestaron pocos años después: "Se asistía en esos años (en la década de 1870) a una lucha entre dos ideas y dos sentimientos opuestos, originados en sendas concepciones antropológicas acerca del indio: la antropología optimista de raíz hispánica, acuñada en el siglo XVI, sobre la que reposaba la obra misional desarrollada desde entonces, aunque no exenta de excepciones; y la antropología pesimista, negadora de la unidad del género humano, debida al positivismo en su intento de aplicación a la especie humana de la teoría evolucionista biológica de Darwin46.

Pervivía, por un lado la idea de Fray Bartolomé de las Casas, que ante la originaria situación, al enfrentarse dos culturas totalmente diferentes, dijo: "...todas las naciones del mundo son hombres y de cada uno de ellos es una no más la definición; todos tienen entendimiento y voluntad (...) todos los hombres del mundo, por bárbaros y brutales que sean, como de necesidad, si hombres son, consigan uso de razón y tengan capacidad de las cosas pertenecientes de instrucción y doctrina"47. O, como decía el senador nacional por Córdoba, Mariano Fragueiro, un año después de sancionada la C.N.: "El exterminio de los salvajes por medio de la guerra, ni es justo ni es útil. (...) Los indígenas son hombres y debemos concederles, cuando menos, los derechos que acordamos a los africanos libres (...) Todo cuanto hay que exigir a los indios, es el reconocimiento de las autoridades y el respeto de las poblaciones fronterizas. Sólo el tiempo y el trato pacífico los hará olvidar su barbarie y gentilismo (...) Uniendo a estos arbitrios (la entrega en propiedad de los terrenos que ocupaban, con protección y preferencia estatal, etc.) otros semejantes, y sobre todo la doctrina y práctica del Evangelio..."48. Claro que, le entregaba a los indígenas del Chaco tierras que consideraba fiscales, pero ya las poseían los indios, puesto que estas palabras fueron dichas antes de la conquista del desierto.

Y, por otro lado, comenzó con fuerza creciente la interpretación del darwinismo social, cuyo ideario se expondrá más adelante49.

 


II. IDEAS Y POLÍTICA POBLACIONAL POSTERIOR, HASTA 1930

 

A. La idea de los "especialistas"

 

El pensamiento demográfico especializado, al decir de Nascimbene, tuvo gran significación en el período 1870-1894, frente a los "generalistas", como Alberdi, Sarmiento, Echeverría y, como tales, menciona a Guillermo Rawson (médico y demógrafo), Francisco Latzina (estadístico y demógrafo), Carlos Calvo (jurista), B. Mitre, Félix Martín y Herrera, en los que el tema de la inmigración era central.

Siguiendo con esta idea, se consideró como "especialistas", en primer término, a los directores y comentaristas de los tres primeros censos: Diego de la Fuente, Alberto Martínez, Francisco Latzina, Gabriel Carrasco. En segundo lugar, a los administradores del Departamento General de Inmigración que elevaron sus Memorias al Ministro del Interior, como Samuel Navarro o, que además, escribieron obras fundadas en dichas memorias como Juan A. Alsina.

 El calificativo de especialistas es correcto por cuanto: a) se habían instruido en el manejo estadístico, tanto porque conocían los censos europeos o estadounidenses, a los que citaban para comparar, como por su conocimiento de las teorías que, en el Capítulo II, se denominaron geométricas-estadísticas, en especial se inspiraban en Quetelet50 y porque, aprendieron las técnicas estadísticas para conocer los indicadores de fertilidad a los que ellos mismos corregían para adaptarlo al caso argentino o, para buscar mayor precisión, o adecuarlas a los objetivos propuestos51. b) Tenían experiencia o mejoraron su experiencia al realizar muestras censales anteriores, como el caso de Carreño y Latzina, o posteriores como el de la Fuente52. c) Conocían las estimaciones y censos parciales habidos en el territorio argentino a los que no sólo citaban en las introducciones, sino que le aplicaban sus conocimientos estadísticos para obtener los ritmos de crecimientos entre ellos y compararlos a los hechos históricos que, a su juicio, habían detenido el ritmo de crecimiento, como las guerras por la independencia, externa y civil, hasta el derrocamiento de Rosas. A partir de allí el crecimiento había comenzado, en forma tal, que la población se había duplicado entre los dos primeros censos.

Las primeras páginas de las introducciones de los tres primeros censos nacionales son prueba de ello. Así ponderaban la importancia de los censos y estadísticas para el buen gobierno. "Las cifras estadísticas -aseveraba de la Fuente en 1869- descubren, al que sabe interpretarlas, condiciones orgánicas, físicas y morales, sociales y políticas penetradas de revelaciones para el gobierno de los pueblos"53.

El director del primer censo mandado levantar durante la presidencia de Sarmiento, con su comentario, nos advierte que junto al calificativo de especialistas que se viene desarrollando, se debe agregar el de realistas. A diferencia de los doctrinarios ya vistos, estos autores procesaban datos reales de población argentina y de la inmigración ya recibida. No obstante, que el relevamiento en sí pueda tener omisiones o fallas en su conexión (de la Fuente) a problemas morales, sociales o políticos, que un análisis más profundo tal vez no demuestre esas correlaciones. Pero, sus interpretaciones de los censos y registros de inmigrantes eran fundamentalmente descriptivos y por ende, realistas, sin tantos adjetivos calificativos para la población argentina ni para las corrientes migratorias.

En definitiva, la imaginación iba cediendo paso a los datos censales, entonces, cabe preguntarse si la interpretación que hacían de los datos corrige o avala la posición de los que diseñaron la política poblacional argentina.

 1. El objetivo demográfico de poblar el país lo veían que se estaba logrando a partir de la puesta en práctica de las ideas de Alberdi y Sarmiento. "...Después de la caída de Rosas, aparece un fuerte aumento en la ley de crecimiento llegando casi a duplicarse", explicaba de la Fuente en 1869. Por dos razones: por el regreso de los "millares de argentinos" que ese gobierno había obligado a exilarse y por "una inmigración creciente, desconocida en períodos anteriores"54.

En el Segundo Censo, Carreño expresa:"Este crecimiento (128 %) es uno de los más fuertes que presenta la historia demográfica del mundo". Pero advertía que había crecimientos diferenciales según las zonas y las provincias. El alto crecimiento de las provincias del Este o litoral (197%) -Santa Fe, Capital Federal, Buenos Aires, Entre Ríos-, lo atribuyó a las "condiciones físicas y topográficas" y a la inmigración. Tucumán que le seguía en importancia, lo condicionó al gran impulso de la industria azucarera, porque, evidentemente la incidencia de la inmigración sobre su población era mínima (en 1869 fue de 0,3 %; en 1895 de 4,9 %). Es decir, observaba una realidad. El crecimiento se lograba con la inmigración, pero también con fuertes promociones de alguna actividad económica. Dejó planteado el asunto y la pregunta sobre lo que ocurriría en el futuro. "Las diferencias entre el crecimiento relativo de las tres últimas regiones, no es todavía bastante marcada para que pueda colegirse si permanecerá con igual intensidad en el futuro. Es posible que causas accidentales promuevan una corriente inmigratoria más fuerte hacia alguna de ellas resultando que se altere la actual proporción de sus progresos"55.

La tendencia la receptó Latzina en el Tercer Censo. Primero, expuso las fórmulas geométrica y aritmética para proyectar la población en el futuro y el tiempo que tardaría en duplicarse. Prefirió adoptar la aritmética que suponía una duplicación en mayor número de años, "concordante con las ideas que acabo de exponer, enseña Quételet:    1ro.  que la población tiene la tendencia de aumentar en progresión geométrica; 2do. que la resistencia a la suma de impedimentos que se oponen al crecimiento de la población, crece como el cuadrado de la rapidez con que aquella tiende a aumentar. Lo mismo, aunque en términos diferentes, enseña Malthus, el Darwin de la sociología". Aunque no eran idénticas las teorías, esto prueba que las famosas leyes vistas en el Capítulo II, estaban presentes en la mente de Latzina. Pero aplicó la de Quetelet, no la de Malthus, para hacer sus proyecciones. Así estimó, a diferencia de los 100 millones de Sarmiento, que en 1940 habría 16 millones de habitantes, y en 1973, 64 millones.

En segundo lugar, relacionó esas teorías a lo que los datos socio-económicos le mostraban, y reflexiona: "Esto nos cuenta la inducción estadística, pero a mí se me figura que esta última cifra no la alcanzaremos en el transcurso de un siglo, por las condiciones especiales del país, cuyas industrias básicas son y serán probablemente siempre la ganadería y la agricultura extensivas. Estas industrias no necesitan tanta gente"56. Estrictamente, no se equivocó en el cálculo, ni en la proyección, porque esto es lo que hará mantener la preocupación por la población hasta nuestros días, aunque no fueran esas las razones del bajo crecimiento poblacional argentino.

2. El pensamiento de Alberdi y Sarmiento de que la población de base, es decir, argentina: criolla, mestiza, mulata, indígena era incapaz de alcanzar el progreso y la libertad y que con las migraciones del Norte y Centro de Europa se "mejoraba", tiene una pequeña inflexión. En unos, como Alsina, porque valorizaban la población nativa y en los otros, ante la evidencia de que el 97 % de los inmigrantes eran fundamentalmente italianos y españoles o como dice Carreño, "de raza latina" y sólo el 2,5 % eran anglosajones, eslavos, escandinavos.

 Respecto de la población nativa se debe advertir que en 1869, no se había producido la conquista de la Patagonia y el Chaco, zonas en las que habitaban los indígenas, por ende, no fueron censados y se calculó, como se vio en el Capítulo III, que habían unos 93.000 indígenas. En 1895, ya realizada la conquista, tampoco los censaron, pero calcularon que habían quedado 30.000 solamente. Ambas cifras no tienen ningún atisbo de verosimilitud. El problema de esos cálculos está en la descalificación y disminución previa a todo recuento. Los indios, en la imaginación de los que dirigieron el Censo, no existían o era insignificante su número, ya sea porque estaban "completamente sometidos a la civilización", o porque con el "impropio nombre de chinos, constituyen los últimos restos de una raza próxima a desaparecer" o porque "hubieran sido censados como blancos, suministrando cifras inexactas e inferiores a la realidad"57.

Carreño, revalorizaba la fusión de "razas", fundado en D´Obrigny y citándolo enfatiza: la mezcla entre guaraníes y españoles "produce hombres... que tienen hermosos rasgos fisonómicos". Lo mismo cuando se refería a la "mezcla de negros con las mujeres indígenas... produce hombres superiores por sus rasgos a las dos razas originarias"58. La conclusión era que con esas mezclas se formaba una raza nueva. Por ello, no era relevante hacer indagaciones raciales, como en los EE.UU., por cuanto los negros e indígenas prácticamente no existían, por sus mezclas, o habían muerto en la guerra por la independencia, o porque se habían resguardado en lugares inaccesibles59.

El Censo de 1914 con criterios similares calculaba 38.425 indios (18.425 indios censados, viviendo en tribus y 20.000 no civilizados, estimación de los nómadas). Alberto B. Martínez decía "es cierto que, felizmente para el grado de civilización que hemos alcanzado, ya no existen en la República las tribus alzadas que en otro tiempo substraían una parte del territorio nacional a la población y al trabajo". En verdad para 1914, ya no existían tribus alzadas porque habían sido sometidas y los que se libraron, transmitían su temor a que les ocurriera lo mismo a través de los informes de los comisarios encargados de hacer el relevamiento censal en Formosa, Chaco y Patagonia. Uno de esos comisarios, Ulpiano Cáceres escribía: "el indígena de esta región y de otras del territorio, rehuye contactos con "cristianos", porque casi siempre teme y odia, profundamente, "al milico", es decir, a todo lo que lleve uniforme ... y desconfía, con gran suspicacia del particular, o civil, por los sacrificios y explotaciones a que, unos y otros lo han sometido". Y más adelante agregaba: "La parte que ofrecía mayores dificultades para practicar el censo, fue ... por su ignorancia y recelo a todo lo que fuera suministrar datos respecto a su persona e hijos, por creer que se trataba de despojarlos de ellos, o porque creían que se iba a arrear con todos ellos..."60. Ese temor demuestra que la idea del exterminio de una u otra forma, como pensaba Segui, era la que había prevalecido.

El pensamiento de los doctrinarios no se modificó mayormente o en lo que respecta a los indígenas o a los negros. Pero sí en lo referido a los "caucásicos", o "raza blanca" nacidos en Argentina, incluso los mestizos. Los comentaristas de los censos directamente no la calificaron de ninguna forma. Juan A. Alsina, sí. Pasados los años, con un conocimiento más perfecto, no estático, sino dinámico de las migraciones, como fueron las obras y memorias que produjo, la inflexión fue mayor. Refiriéndose al progreso económico vinculado a la población nativa, estimaba: "Los ciudadanos nativos, con su genio, su educación, tradiciones, carácter nacional, riqueza propia e industrias peculiares, propiedad de la tierra, instituciones liberales, y con todo, en una palabra, lo que constituye y da alma a esta nación, son el fundamento poderoso con el cual actúa, como factor auxiliar, el extranjero habitante, para seguir la marcha ascendente, nunca interrumpida de nuestra grandeza política, social y económica"61. Es decir, les concedía a los nativos de origen español lo que Alberdi les negaba.

En cuanto a las caracterizaciones de las corrientes migratorias, el cambio entre las descripciones de los censistas y el pensamiento anterior es mayor. Para Carreño, como las dos terceras partes de los inmigrantes eran varones que se casaban con mujeres argentinas y el 97 % eran de lenguas latinas, en los hijos se mejoraban ambos. Inspirado en Darwin y Spencer explicaba: "grande es la influencia étnica del elemento extranjero en la República Argentina, y que se ha formado y continúa formándose en ella una nueva raza, inteligente y vigorosa, como que con arreglo a la leyes de la selección natural los productos de la refundición son superiores a cada uno de los seres que le dieron vida. El hecho averiguado respecto a las especies animales superiores, de que sus productos mejoran por el cruzamiento de las razas, se ha producido también aplicando a la especie humana, en todas partes donde se ha podido hacer observaciones".


Páginas después puede observarse que persistía en él la idea de superioridad de los anglosajones y nórdicos, "La raza latina -decía- forma, pues, la inmensa mayoría de la población, con el 975 por mil sobre su total; pero las germánicas, anglosajonas, escandinavas con el 25 restante, contribuyen al mejoramiento de ella, dando origen a una nueva, por la fusión de sus diversos elementos"62. En este caso no se mejoran ambos, sino sólo los latinos.

            3. Vinculado con lo anterior, mantenían el objetivo de poblar con inmigrantes y veían que se estaba logrando en Capital Federal, Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes que absorbieron el 91% (1869), el 87,8% (1895) y el 80,4% (1914), de la población extranjera censada en toda la Argentina. Es decir, en cinco de las catorce provincias existentes en aquel entonces a las que, en 1914, habría que agregar Córdoba y Mendoza, por la importancia que adquirió entre 1895 y 1914 la inmigración. Pero si en Carreño estaba todavía la duda de cómo sería el crecimiento inmigratorio en las otras provincias, en Latzina ya no. "Hasta aquí -observaba en 1914- los rápidos crecimientos de la población se debían a dos fuentes, al proceso vegetativo y al migratorio, pero este último, saldo de la inmigración sobre la emigración, aflojará en lo sucesivo, a causa de la escasez de tierra arable, disponible para ser adquirida por los inmigrantes"63.

Por lo tanto, si desde el punto de vista social se pretendió transformar la población de base, es evidente que en esos focos, de gran atracción, se logró64, pero no en las demás provincias. Pero, también piensan que el poblamiento con inmigrantes tenía un límite.

4. En cuanto a la idea de trasladar junto con los inmigrantes la idea de libertad, del parlamentarismo, en fin, las instituciones políticas, Alsina le concedía en parte al pensamiento anterior, que en el tiempo de la Constitución de 1853, la inmigración era de ingleses, franceses, españoles, portugueses, italianos, alemanes, suizos y belgas, "naciones que daban el ejemplo de los adelantos políticos, filosóficos, científicos, artísticos, industriales, comerciales y agrícolas". Y, ante la prédica periodística de limitar la entrada a inmigrantes de ciertos países, debido a los atentados y asesinatos producidos por los anarquistas a principio del siglo, se opuso, primero, porque consideraba que era difícil establecer la forma de esa selección dado que el súbdito descarriado de un país no importaba necesariamente que todos los de ese país fueran así. Tampoco pensaba que se debían rechazar las razones políticas, ni tampoco la religión por la libertad de cultos. Segundo, los inmigrantes aportaban malas y buenas cualidades, "las malas cualidades, ideas utópicas, odios sociales y doctrinas peligrosas, que agitan a la sociedad humana, son tan sólo el triste lote de una pequeñísima parte de esos habitantes"65.

Pero más le preocupaba a él y a todos que "esa considerable cantidad de adultos no participa en la vida política, se limita a pagar los impuestos, como todos los habitantes de la República, y apenas toma parte del gobierno municipal en algunas ciudades. No le comprende ninguna de las cargas públicas de los argentinos. No solicitan la ciudadanía. Aprovechan como simples habitantes de la Nación de los beneficios de los artículos 14, 16, 17, 18, 19 y 20 de la Constitución". Si bien ponderaba el principio del jus solis que hacía ciudadanos a los hijos de extranjeros nacidos en territorio argentino, entendía que los gobernantes debían exigirles, a los extranjeros, la naturalización, para una mejor asimilación66. Navarro decía lo mismo en 1886, a los extranjeros "no les conviene ser ciudadanos, dadas las ventajas que deducen sin ese requisito"67.

La ínfima proporción de inmigrantes que se habían naturalizado y obtenido la carta de ciudadanía, despertó la preocupación tanto de las fuerzas políticas conservadoras como del Partido Socialista. Francisco Dura expuso la inquietud de Pellegrini, de Estrada y de él mismo, cuando analizó las leyes de expulsión de extranjeros y la falta de incentivos que tenían para ciudadanizarse y participar en las contiendas partidistas68. No menos importante fue la preocupación de los socialistas que veían que sin ese trámite de nacionalización, perdían afiliados, simpatizantes y dirigentes. Tal lo va a señalar Enrique Dickman como se verá más adelante.

5. La idea de poblar el desierto tiene en los comentaristas dos enfoques: uno, desde la radicación en el espacio rural o urbano de la población en general y, en especial, de los inmigrantes. El otro, es el análisis de las ocupaciones de los extranjeros fundamentalmente. Y ambos, vinculados al tema de la tenencia de la tierra.

            a. Respecto de la urbanización de los asentamientos, comienza a ponerse en evidencia en el Segundo Censo. "La población urbana -decía Carreño- ha crecido más rápidamente que la rural, siendo del 48 % sobre el total, mientras que en 1869 era del 34,6%". Explica la dificultad de definir con precisión qué se consideraba rural y qué ciudad o pueblo, considerando pueblos a los que más de cien habitantes. No obstante ello, está advirtiendo el proceso de urbanización. Lo atribuyó a la tendencia universal "al engrandecimiento de las ciudades con detrimento de las campañas", a las facilidades de comunicación, al vapor, a la electricidad, "al fomento de las industrias que encuentra en los pueblos facilidades de todo género". Y observaba que en el litoral era aún más marcado que en el resto del país69.

Latzina, en cambio, como veía que la tendencia se mantenía y en forma más acusada en 1914, (58% sobre el total), le dio otra interpretación. Analizaba el crecimiento de la Capital Federal (4,8 % en razón geométrica) y pronosticaba: "es un muy mal signo, máxime cuando se sabe por los censos que existe una fuerte corriente de migración desde las campañas y provincias hacia la ciudad de Buenos Aires. La población de ésta aumenta a expensas de la rural. El censo de 1895 acusa una notable despoblación de la campaña (...). Esto es una consecuencia fatal del sistema de latifundios de propiedad individual que impera en el país...". Latifundio que a su juicio, era consecuencia de una pésima política de tierras ganadas a los indígenas: "en vez de reservar estas tierras para radicar en ellas la inmigración, que entonces no había donde meterla, se distribuyeron en grandes áreas entre unas cuantas personas gratas a los depositarios de los poderes públicos, sea gratuitamente, o sea a precios irrisorios, como quien dice regaladas"70.

Alsina hizo un extenso análisis de la política de tierras en 1903. No fue muy crítico, como Latzina hacia la dirigencia política, culpó de la escasa adquisición de tierras por parte de los inmigrantes, a la falta de capitales. Dedicó todo un capítulo, el III, al tema de las tierras públicas y la forma en que se distribuyeron. Algunas, bajo la ley general de tierra Nro. 4167 de 1902, y la ley del hogar de 1884. Mencionaba la venta de tierras en Chubut, sur de Bahía Blanca, de las colonias agrícolas de las provincias de Corrientes, Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba y de otras provincias como Buenos Aires, Mendoza, San Luis, Salta y Santiago del Estero. Estas últimas, aclaraba que no se pusieron al alcance del inmigrante. Y concluía: "Es una utopía querer poblar en breve tiempo las desiertas gobernaciones y las despobladas provincias del interior sobre la base de la venta de la tierra. La población de ellas será obra del tiempo y será realizada, como antes lo hemos dicho, por la expansión de la población del litoral".

"La tierra está ofrecida en condiciones excepcionales. Pero no hay capital realizado para aplicar a su compra"71.

b. Asociado al tema de la propiedad de la tierra vinculaban el de la ocupación. Latzina deseaba un crecimiento sano de la población, entiende que: "El porvenir de un país, considerado como entidad política y económica, depende principalmente de un sano crecimiento de la población. (...) Un país destinado por la naturaleza de su suelo y clima a hacer de la agricultura su principal fuente de recursos, como lo es la Argentina, no haya un número desproporcionado de personas que deseen ocuparse en las manufacturas, en las artes mecánicas y liberales, en el comercio, en las ciencias y letras, etc.". En definitiva, mostraba el desfasaje entre los objetivos y la política de tierras72.

En el primero y segundo censos no se afligían mayormente por las ocupaciones o profesiones a los que se dedicaban los inmigrantes. Carreño hizo dos observaciones interesantes. La primera, que predominaban los argentinos sin profesiones definidas, respecto del extranjero. Y la segunda, referida al trabajo de la mujer en los quehaceres de su casa. Se destaca esto porque en el período que interesa se tendrá una visión diferente. Decía Carreño: "es ya una ley demostrada por la economía política que no sólo el trabajo directamente remunerado constituye un valor, sino que lo tienen también todo lo que contribuye al bienestar del hombre y a mejorar las condiciones de su existencia, cual es el que se hace en el desempeño de las tareas del hogar, se resolvió considerar sin profesión a las mujeres que no habían manifestado especialmente tener una, aunque casi todas, con sus trabajos domésticos, cooperan a la producción"73.

Alsina conocedor de los datos sobre las ocupaciones y la radicación de los inmigrantes, dedicó todas sus obras a este problema. Con dureza lo expuso en 1903 y en forma más suave en 1910. Recién comenzaba el siglo XX y envió un informe titulado "Exceso de entrada de comerciantes, jornaleros". En él, como en la obra de 1903 dio cuenta al ministro de los numerosos inmigrantes que, sin tener acceso a la tierra, ni con profesiones que sirvieran a alguna industria, se dedicaban a pequeños comercios, o eran vendedores ambulantes, o intermediarios, convirtiendo a "las ciudades en amenas vidrieras de exposición, en loterías, precarias casas de compra-venta, la nube de corredores, vendedores ambulantes que encarecen la vida, y mil otras inseguras y falsas posiciones para subsistir en perpetua pobreza y descontento...". "El país reclama al inmigrante laborioso y emprendedor, pero no puede asegurar colocación de una cantidad indefinida de personas de cualidades insignificantes.(...) Si hubieran llegado a nuestras playas tan sólo personas capaces de posesionarse de la tierra se hubiera llegado a la proporción de 80 a 88 por mil y no del 10 por mil que se dedican a la agricultura"74.

En definitiva, los que manejaban los datos, no veían que se estaba logrando el objetivo de poblar el desierto con agricultores propietarios. Años después, 1923, lo reiterará el presidente Alvear, "necesitamos población, pero no para nuestras grandes ciudades que están pletóricas, sino para nuestros campos. Necesitamos agricultores prácticos y no braceros, sin profesión..."75.

Este es un asunto que se insiste siempre que se trate la inmigración. Se dijo que la distribución de la población y la colonización, era un aspecto interesante, tratado por los autores fuentes, pero que no se desarrollaría en este trabajo. No obstante, cabe señalar, que el alejamiento del extranjero de la propiedad de la tierra y su estatus de arrendatario o mediero, fue tratado extensamente en el período que antecede a 1930, por Antonio Fernández, en su tesis doctoral defendida en la Facultad de Derecho en 191776; por Miguel Ángel Cárcano77 en el mismo año; por Enrique Dickman, esbozado en su proyecto de ley de ese año y ampliado en su obra de 194678.

Los tres autores, como en años más recientes lo señalarán Gori y Margulis79, insistían en la mala distribución de tierras en propiedad y la conversión de la gran masa de inmigrantes en arrendatarios o medieros. Los que tampoco lograban esto se arraigaban en las ciudades engrosando el sector terciario en "actividades no productivas", generando "una expansión sin desarrollo" y una expansión del litoral en detrimento del interior, como expresan Beyhaut y otros autores80 Esto provocó la escasez de viviendas, la elevada oferta de trabajo, los bajos salarios, la frustración ante el ascenso social muchas veces no logrado, la presencia de nuevas ideologías, importadas junto con el inmigrante. En fin, todo ello provocó malestar, evidentemente coyuntural y propio de todo país de inmigración81, pero no dejaba de preocupar las consecuencias que se tradujeron en numerosas huelgas, desde fines del siglo XIX, determinando la posterior sanción de las leyes de residencia 4144 y 7019, que permitían al Poder Ejecutivo expulsar a los extranjeros.         

Finalmente, el tema del crecimiento vegetativo, ya se dijo, no era observado con preocupación por los especialistas, no lo mencionaban en su discurso, como ocurría en Francia, ni que el aporte inmigratorio, como decía Walker, hubiera causado el descenso de la natalidad. Los comentarios de Carreño, Martínez o Latzina, demuestran que no era éste el problema que los afligía, por el contrario se ufanaban del alto crecimiento, más allá que para el futuro, según especulaba Latzina, la inmigración declinaría.

 

B. Entre el Centenario y la primer postguerra

 

En el punto anterior, sólo se han pretendido señalar las bases en que se asentaron las preocupaciones de los "especialistas" ante la inmigración masiva arribada a fines y principios del siglo XX. Pero, también surgen, en el tiempo que circunda los festejos del Centenario, nuevamente los generalistas. Son éstos los que cuestionaron la inmigración en general o determinada inmigración. "La primera década de este siglo, -dice Zimmermann- la inmigración masiva no dejaba de sugerir profundas dudas en torno al concepto de identidad nacional, fue el marco de una oleada de sentimientos nacionalistas que se expresaron en la educación, la literatura y la política, y que se aceleraría en los años siguientes. El socialismo no estuvo exento de esta influencia, como quedó demostrado en los conflictos internos que culminarían con la separación del partido de Manuel Ugarte y Alfredo Palacios"82.

En efecto, esos sentimientos nacionalistas, esa idea de identidad nacional en peligro, involucró a toda la dirigencia política e intelectual. No siempre la historiografía de este período destaca, como lo hace el autor citado, la penetración de dichos sentimientos en un amplio espectro político e ideológico de la época. Lo hace, en parte, Botana en el análisis de El orden conservador, cuando sostiene que hacia el Centenario se advierten "signos o advertencias" de los publicistas ante una situación confusa, producto de un mundo contradictorio, previas citas de Rivarola y de P.Torello83. Elena Piñeiro también, en tanto se funda en Zimmermann, aunque luego insista solamente en Ricardo Rojas y Manuel Gálvez, como precursores del nacionalismo argentino84. Halperin Donghi, por su parte, más que de sentimientos nacionalistas, se refiere a la xenofobia "como un argumento apologético en defensa de un orden en torno del cual el consenso se hace cada vez menos seguro". Tampoco engloba a toda la dirigencia política. Hace distinciones entre un rechazo al inmigrante y la xenofobia agresiva. En el caso del socialista Juan B. Justo o del positivista José Ramos Mejía, no serían xenófobos porque supuestamente querían los asimilables. Mientras que a Ricardo Rojas y a Manuel Gálvez, los encolumna en el nacionalismo xenófobo y agresivo85.

En realidad, pueden ser distintas las filiaciones ideológicas o políticas, pero son convergentes a la hora de analizar la inmigración, la identidad nacional y la educación para lograr la asimilación. Ramos Mejía, dice sobre los inmigrantes: "la primera generación del inmigrante, la más genuina hija de su medio que comienza a ser, aunque con cierta vaguedad, la depositaria del sentimiento futuro de la nacionalidad, en su concepción moderna naturalmente". Sin que ello signifique, como dice Halperín Donghi, que no siga percibiendo la superioridad cultural y moral de los niños formados "en la modesta penumbra del hogar de abolengo"86.

Agustín Alvarez, en una filiación ideológica similar, expresa respecto de la educación: "La república americana ha comprendido -dice Renán- que la educación intelectual y moral va por tres cuartos y más aún, en la formación del hombre y que trabajar en la instrucción y en la educación de los ciudadanos, es crear valores a la patria"87. Carlos Pellegrini, inscripto en ese orden conservador de Botana, se refiere a la necesidad de adoptar una educación fundada en principios morales, porque "la nacionalidad y el amor a la patria no son más que una ampliación del amor a la familia y al hogar"88. Ricardo Rojas, precursor del nacionalismo, propone una enseñanza moral que "despierte en su espíritu el sentimiento del individualismo religioso... [y] afirme la conciencia de la nacionalidad"89.

Por supuesto que la moral puede ser laica o religiosa, según las filiaciones de los autores, pero estas transcripciones son significativas por sus similitudes y prueban la conmoción producida por la inmigración masiva arribada. Por otro lado, se destaca la idea de educar moralmente a los argentinos y a los extranjeros para fortalecer a la Patria, porque ésta es una preocupación que persistirá en el período que interesa.

Junto a la idea sobre la necesidad de educar moralmente a la población, con el fin de asimilarla, está la idea del mejoramiento de la calidad, desde la perspectiva del darwinismo social.

 

1.      El darwinismo social a principios de siglo

 

Desde que se piensa en la población argentina se hace hincapié en su calidad. La primera solución, como se vio, era transplantando pedazos vivos de la Europa civilizada. Hacia la década de 1870, comienza el reinado intelectual de Spencer y perdura hasta muy avanzado el siglo XX. Si Sarmiento decía que con Spencer se entendía, porque andaban por el mismo camino90, no menos transitado estaba ese camino, por los especialistas que lo citan, los higienistas, juristas, médicos, intelectuales en general. Junto a Spencer, están Darwin, Malthus, Le Bon, Lombroso, Ferri, Sergi, Colanjanni, en un trasvasamiento de fronteras disciplinarias que van desde la demografía, la sociología, la criminología, la medicina, el derecho, en las que el tema de la "raza" y la "eugenesia" es central. Autoridades con las que intentan interpretar ese aluvión europeo que, por momentos, los desconcertaba, ante las situaciones conflictivas producidas en la primera década del siglo.

No nos detendremos en el pensamiento de los argentinos que absorbieron esas ideas, genéricamente denominadas del darwinismo social, el positivismo. En primer lugar, ya tiene sus análisis en el período anterior a 1930, desde la perspectiva social91, o desde las figuras principales, como Ingenieros, Agustín Alvarez, José María Ramos Mejía, Carlos Octavio Bunge, entre otros92. En segundo lugar, porque en la segunda parte, se destacará específicamente este aspecto. Aquí, cabe aclarar que autores que se tratarán allá como Alfredo Palacios, Gregorio Araoz Alfaro, Alejandro Bunge93, tienen su actuación en esta época y se inscriben en estas ideas, porque como bien dice Zimmermann, el enfoque eugenésico y el de raza "cosechó adeptos en todo el espectro ideológico"94. Pero sí interesa hacer referencia a algunas ideas que servirán de precedentes a las ideas del período que interesa.

Haciendo una síntesis del período y de los autores más representativos, dice Plácido A. Horas: "en estos años (fines y principios de los siglos XIX y XX) el positivismo argentino comienza a dar frutos más delicados. Encuentra su sostén en un determinismo legalista, pero acepta una peculiar psicología sin espíritu y una sociología pragmática, que partiendo de la observación de los hechos, iba a construir con esa empiria una cartilla moral y una posibilidad de predicción de los sucesos, para evitarlos o derivarlos hacia el estado de mayor conveniencia. En forma clara aparecía aquí el lema comteano de "ver para saber, saber para obrar y obrar para prever".

"Ya era un sistema exclusivo y poderoso. Se pensaba en tono positivista. Ramos Mejía reproduce los criterios spencerianos en su Historia del federalismo argentino; Agustín Alvarez sostiene un moralismo laico en sus trabajos; Carlos Octavio Bunge caracteriza la psicología colectiva del continente. Se funda la Facultad de Filosofía y Letras, bajo la advocación del maestro del evolucionismo. Aunque sin clausurar la casa a otras preocupaciones ideológicas, privan todas las formas positivistas..."95.

En efecto, Ingenieros, el biografiado por Horas, nacido en 1877, hijo de un emigrante italiano, socialista, recibido de médico, había absorbido ese clima intelectual. Por ello, en Sociología Argentina, expresará su concepto de raza en esta forma: "hablamos de raza para señalar una sociedad homogénea cuyas costumbres e ideales permiten diferenciarla de otras que coexisten con ella en el tiempo y la limitan en el espacio". Y cuando prologa el libro de Sarmiento, sobre las razas, incorpora la influencia del medio considerando que "La formación de la nacionalidad argentina -y de todos los países americanos, primitivamente poblados por una raza inferior- es, en su origen, un simple episodio de la lucha de razas y de la adaptación de éstos a las condiciones geográficas de la naturaleza física. En la historia de la humanidad podría figurar en el capítulo que estudiara la expansión de la raza blanca y la progresiva preponderancia de su civilización"96.

Más contundente es cuando defiende la ley 4144 de Residencia, y "objete las disposiciones tuitivas del indio", en esta forma: "El indio a que la ley se refiere no se asimilaba a la civilización blanca: no resiste nuestras enfermedades, no asimila nuestra cultura...la lucha por la vida lo extermina. La cuestión de razas es absurda cuando se plantea entre pueblos que son ramas diversas de la misma raza blanca, pero es fundamental frente a ciertas razas de color, absolutamente inferiores e inadaptables. Su protección sólo es admisible para asegurarles una extinción dulce; a menos que responda a inclinaciones filantrópicas semejantes a las que inspiran a las sociedades protectoras de animales. Este criterio, puramente científico, no concuerda con el de algunos sociólogos sentimentales"97.

Para Agustín Alvarez, la raza, más que el medio, es determinante, apoyado en Sergi dice: "si la llamada raza no es nada, los italianos en América deberían resultar tan poderosos como los escandinavos y los alemanes del norte y las repúblicas del Sud de América deberían tener desarrollo civil y riquezas como aquella colosal de los EE.UU. del norte. Pero, (agrega Alvarez) los italianos, polacos, irlandeses, se conducirán en norte América como tales italianos,... mientras dura el entendimiento italiano,...con que han desembarcado"98.

José María Ramos Mejia, era médico psiquiatra, maestro de Ingenieros, "embebido -dice Villaverde- en las ideas de Darwin, Spencer, Haeckel, Taine, Macaulay, Ferré, Le Bon... y adscripto a las leyes de la selección de la especie humana..."99.

Ese clima ideológico persiste incluso ante el decaimiento de las corrientes migratorias, como se verá a continuación en el análisis de una encuesta de 1919 sobre el tema. En la década de 1930, esos mismos principios se aplicarán a la población nativa, no sólo a los extranjeros.

 

2.      La encuesta a la dirigencia argentina sobre inmigración

 

Como consecuencia de la Primera Guerra Mundial prácticamente se suprimió la inmigración (ver Figura 2). A propósito de esa situación, el Museo Social Argentino, organizó una encuesta, respondida por un significativo número de personas que integraban los cuadros dirigentes del país en los ámbitos político, social, cultural y económico100. No se hará el análisis completo de esta encuesta por haberla tratado ya101 pero sí, interesa compendiar las conclusiones de ese trabajo, como el de Diego Armus que también la estudia.

La encuesta dispuesta por el Museo Social, intenta conocer la opinión de la clase dirigente argentina, sobre el problema migratorio mundial y nacional. Y, por lo mismo, está dirigida a generalistas y no a especialistas. Lo hace, a través de siete preguntas102, que se pueden circunscribir a tres aspectos: a) Por un lado, le interesa al Museo, saber qué opinan los encuestados sobre la situación emigratoria europea después de la guerra. Si estimaban que se reanudarían los grandes flujos migratorios anteriores a la guerra o no. b) Inquiere sobre la situación argentina y su capacidad receptora de inmigrantes, tanto en cantidad, como en calidad. c) Como compendio de las otras dos, pregunta sobre la política a implementar para llevar a cabo el objetivo de aumentar la población a través de la inmigración.

Evidentemente hay matices diferenciales en cada una de las respuestas. No obstante, en el trabajo mencionado, se las ha concentrado en tres grupos, para cada uno de los temas.

a) Respecto de las migraciones al finalizar la guerra, están los que piensan (Ruiz Moreno, Moreno Quintana, Unsain, entre otros) que habría una gran emigración europea, volviendo a los flujos anteriores, como consecuencia del deseo de dejar atrás las tremendas secuelas de la guerra, la devastación económico-financiera y de orden moral que le seguiría en la postguerra. Es decir, el factor esencial de la disminución de la inmigración, era la guerra. Desaparecida ésta, todo volvería a la normalidad.

Otros, (Alejandro Bunge, Emilio Frers, Juan José Díaz Arana) por el contrario, piensan que disminuiría el flujo de extranjeros, a causa de las medidas restrictivas a la emigración que adoptarían los países europeos, asociada a la adopción de mejores condiciones sociales en general y, sobre todo, pensando que los factores de atracción de la Argentina, no eran suficientes para lograr volver a las corrientes anteriores. Tienen el convencimiento, al igual que Franklin y Walker, vistos en el Capítulo II, que los factores de atracción, es decir la situación de los países de inmigración, son decisivos para explicar las corrientes, más que los factores de expulsión. Por ejemplo, Díaz Arana, director de seminarios en la Facultad de Derecho, según se verá en la segunda parte, decía: "Forzoso es convenir que el país no ofrece por el momento mayores alicientes a las clases trabajadoras extranjeras. El lento crecimiento de la agricultura en los últimos años, el malestar agrario, la suspensión de obras públicas, ... no son factores que atraigan a los trabajadores de otros países por mala que sea la situación en que estos se encuentran"103.

En realidad, las figuras expuestas, muestran un sincronismo tal entre las curvas de inmigración total recibida por la Argentina y la emigración total salida de Europa, por una parte, entre la inmigración neta en el país y la inmigración neta en los EE.UU., por otra, que cuesta creer que la situación argentina haya ejercido una influencia especial sobre esa masa humana que se movilizaba entre Europa y América. Tal vez podría llegar a decirse como hace Gini, en el afán de conciliar la teoría americana con la europea, que existe un "equilibrio social" entre ambos continentes104. Más aún, se podría decir que existe un equilibrio entre las dos Américas como se comprueba en las Figuras 2 y 3.

Esta posición equilibrada es la que postulan Enrique Lynch Arribálzaga, Tomás Amadeo, Enrique Ruiz Guiñazú, dado que combinan los factores de expulsión como los primeros, con las factores de atracción de los segundos. Parafraseándolo a Wrong, se puede decir que asocian "las penurias económicas en el país de origen con la atracción de una oportunidad económica en el país de destino"105.

b) Esta segunda cuestión, interesa más a los fines de esta tesis, porque señala un antecedente importante, para la postura sobre inmigración después de 1930, que se ha caracterizado como europeizante y racista, porque siguiendo los postulados esenciales de las ideas de la generación de 1837, la reformulan, en especial, en los puntos, en que esas ideas, no fueron debidamente contenidos en la legislación posterior.

El objetivo de poblar el país sigue tal como lo planteaban en el siglo XIX. Lo demuestra la misma Encuesta del Museo que aparece cuando declinan los flujos migratorios europeos. Se mantiene la idea mercantilista de que a mayor población mayor grandeza. Perdura la idea de ley universal para analizar los problemas poblacionales. "Es ley -dice Antonio Fernández- que allí donde la población crece, crece también la riqueza y el bienestar general (...) Los que siguen la teoría de Malthus, como Juan Stuart Mill y otros, llegan a la conclusión de que, siendo limitados los recursos de la naturaleza, un aumento ilimitado de la población trae consigo primero miseria y luego la muerte (...) Felizmente, ni los hechos ni las opiniones de otros economistas no menos afamados (Henry George), confirman esas doctrinas"106.

Pero, si ese objetivo sigue en pie, es precisamente, porque no lo ven realizado. "Alberdi sintetizó (...) "gobernar es poblar" -dice uno de los encuestados- y hoy como en el tiempo de Alberdi, el problema está sin solucionar y apenas planteado"107.

Desde el punto de vista demográfico: reconocen que hubo aumento de población gracias a esa política, pero algunos estiman que no en la medida adecuada (Fernández) o que no estuvo bien distribuida (Cárcano) y para otros llegó, por momentos, a ser excesiva (Lestard, Díaz Arana)108.

Desde el punto de vista étnico, en las frases que se exponen se verá la permanencia del darwinismo. Para unos, se había logrado "robustecer la raza" (A.Fernández); "mejorar el ganado criollo" (Gschwind); para otros, no había venido más que "la resaca de aquellas viejas y corrompidas sociedades latinas, cuya malsana influencia se trasunta hoy en nuestros propios vicios y defectos" (Carlos Fernández); sin embargo, con "inmigrantes de malas condiciones en general, sin capital ni oficios, ni cultura, ni moral, hemos engrandecido la República" (Máspero Castro)109.

En estos años, se esgrimió también la "teoría del equilibrio", dice Imbelloni, porque a diferencia del siglo XIX, se prefería la inmigración española para neutralizar el predominio italiano. Incluso dentro de este país estaban los deseables del norte de Italia y los indeseables del sur de Italia. "Entrada la segunda década del siglo XX -dice Armus- la imagen más difundida de los italianos parecía no poder tomar distancia del estigma de la pobreza. Ello distaba de ser una arbitrariedad ya que la inmigración italiana tardía, la que venía del Mezzogiorno, era una pauperizada mano de obra rural. (...) Las opiniones de la defensa social destilaban los dos términos de una sugestiva tensión: o bien se trataba de un grupo nacional portador de las ventajas raciales de los blancos o bien no eran más que otra franja integrada al condenado espacio de las razas inferiores y, por lo tanto, diluida con los ´indeseables´(...) se sugiere de la mano del racismo más abierto lo ´impropio´de la emigración judía y también de la medioriental, se recrea la imagen de los europeos del norte como ejemplo de asimilación y garantías de progreso"110. Después de 1930, todos ellos serán preferibles a los eslavos, polacos, yugoslavos, balcánicos, como se verá.

En efecto, de las respuestas enviadas, dos prefieren las "razas" latinas solamente. Diez, las aceptan junto con los anglosajones y tres, mantiene la idea alberdiana de atraer a los nórdicos, germanos y anglosajones solamente. Por ejemplo I.Ruiz Moreno dice: "sin desconocer las grandes condiciones de la raza latina, (...) considero especialmente deseables atraer anglosajones, escandinavos, finlandeses, holandeses, belgas, suizos, alemanes, austro-húngaros, y las provincias francesas y españolas vascongadas... En nuestro país necesitamos más espíritu práctico y disciplina, y dadas las características psicológicas de esas naciones, pienso que el aporte de fuertes contingentes de esas nacionalidades, significará la incorporación ..., de apreciables elementos que actuaran con eficacia sobre nuestra modalidad...". O, como decía, Otamendi "Superioridad de la civilización europea sobre otras grandes razas humanas. Por los hábitos democráticos, de asociación, de empresa..., la que proviene de Suiza, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Suecia y Noruega"111.

Son traslúcidos los objetivos sociales, culturales y políticos que los inspiraba. Ese tipo de nacionalidades, igual que en el siglo XIX, serviría para aculturarnos, para modificar la idiosincrasia del pueblo argentino, en una palabra, "mejorarnos". Es verdad, que un grupo, aunque pequeño, señalará como objetivo la homogeneidad y prefiere los pueblos de lengua latina, igual a los ya incorporados a la Argentina (Pellet Lastra, Moreno Quintana). Pero en todos, sobresale una fuerte connotación racista. Se habla de "razas civilizadas", "superiores". Solo tres, Emilio Frers, J.J. Díaz Arana y Lynch Arribálzaga, no tienen prejuicios raciales, dan cabida a "todas las razas, todos los colores, todos los tipos de civilización" (Lynch A.). Incluso Frers y él, son los que aclaran y no confunden los términos: raza y nación112.

En cuanto al orden económico, se hacen todas las advertencias que se vieron, referidas a la concentración urbana, a la falta de arraigo a la tierra, la excesiva oferta de trabajo, etc.. Se insiste en la Argentina agrícola-pastoril, la gran mayoría de los encuestados prefieren los agricultores en detrimento de los obreros industriales. Un 10 % de las respuestas pretenderá el cambio de estructura productiva introduciendo obreros industriales113.

El pensamiento argentino sobre la inmigración en la década de los años 20 y desde principios del siglo, no concordó con el movimiento migratorio registrado, como lo demuestra la preferencia por nacionalidades que nunca habían llegado en número significativo y que tampoco llegó después de la guerra. Tampoco, se advirtieron los profundos cambios que había producido la guerra y por lo tanto,los objetivos reseñados no podían llegar a cumplirse en estas tres primeras décadas del siglo XX. Pero, sí sirvió de fuente doctrinaria, aunque difusa, de los proyectos de ley presentados en ese tiempo, con el objeto de modificar la ley 817, por entender que ésta no había establecido suficientes medidas de control, ni selección de los extranjeros convenientes para el país y, en gran parte, se proyectará al período anterior y posterior a la Segunda Guerra, como se verá en la tercera parte.