AMÉN.

por Mariano Ron

 

            Quienes creemos que la información y el conocimiento son un elemento fundamental para la defensa de los derechos básicos y para que las atrocidades no se repitan, encontramos en Constantin Costa Gavras un aliado eterno, por que se trata de un director de cine que con sus películas ha denunciado verdades de todo tipo de regímenes políticos.

            En "Z", la película que lo llevara a la fama, nos muestra el accionar de los singularmente estúpidos coroneles griegos, en Desaparecido trata la complicidad norteamericana en el golpe de estado chileno, en La confesión podremos ver estalinismo en toda su crudeza, por mencionar sólo alguna de sus realizaciones.

            El turno le llego, pues, al Vaticano y su singular actitud durante el nazismo. Además, y sobre el final, nos "regala" una perlita para todos los argentinos.

            "Amén" comienza con una escena en la cual cientos de personas con deformaciones físicas o enfermedades mentales son trasladadas hacia una cámara de gas, por ser consideradas por el régimen nazi como inútiles e inferiores, y por tanto, exterminables. 

            En la escena siguiente, tanto curas católicos como pastores protestantes dirigen enérgicos discursos ante los creyentes condenando esos asesinatos y exhortando al gobierno nacionalsocialista al cese de los mismos. Desde entonces, terminan los mismos.

            A partir de allí, la película nos muestra la historia de un científico, Kurt Gerstein que integra las SS. Su ocupación es la desinfección y la prevención de epidemias entre el ejército. Gerstein verá que sus conocimientos técnicos tienen un objetivo distinto al que él había previsto, ya que los sistemas de ventilación que había creado, como así también el gas, que suponía destinados a tareas de desinfección eran utilizados para hacer más eficaz el exterminio masivo de judíos.

            Gerstein se siente decepcionado y culpable, pero no abandona las SS, sino que cree poder terminar la máquina de extermino desde el propio régimen. Está convencido de poder acabar la masacre informando al pueblo alemán lo que realmente sucede. Es por ello que acude a diversos grupos de poder. Lo primero que hace es contactarse con el embajador de Suecia, a fin de que haga llegar lo sucedido a los Aliados para que éstos hagan saber a la población alemana las matanzas sistemáticas.

            Acude también a las autoridades de la iglesia protestante, a la cual concurría con regularidad, sin tener de ellos ningún compromiso, pues apoyan decididamente al régimen hitleriano.

            Entonces también intentará llegar a la iglesia católica. Se contacta con Riccardo Fontana, un jesuita que se encontraba en la nunciatura de Berlín, cuya familia tenía un acceso directo al Papa Pio XII. Riccardo acompaña a Gerstein  y hará suya su lucha. De esta manera intentará hacer saber al Papa lo que sucede en la Alemania nazi y buscará que éste condene la masacre de judíos.

            Fontana espera que se pronuncie en ese sentido en la homilía de Navidad de 1942, pero Pío XII realiza sólo alusiones generales al conflicto, sin mencionar en ninguna parte el problema de los campos de exterminio de los judíos.

            Es aquí cuando la película se torna por demás interesante para quienes estamos comprometidos con la problemática de los derechos básicos, ya que invita a reflexionar sobre lo siguiente: 1) Qué hicieron los distintos grupos de poder mientras eran masacrados millones de judíos en los campos de concentración? 2) Cuál fue la actitud de los Aliados? 3) Cuál fue el accionar de los oficiales nazis? 4) Por último, y quizás sobre lo que más se hace hincapié, cómo se explica la actitud de la Iglesia Católica que nada hizo para detenerla?.

            En cuanto a la primer pregunta, la película no deja lugar a la dudas: ninguno de los grupos de poder elevó protestas contra la masacre, y acá se incluye a la iglesia protestante, a las naciones neutrales y a los aliados. Estos últimos aducen librar una batalla global contra el nazismo, por lo que no les resulta relevante el holocausto. De este accionar podemos inferir que su lucha contra el nazismo fue sólo política, y que en realidad no les importaba demasiado la concepción bioética que el régimen tenía.

            La relación de los nazis con el holocausto esta mostrada a través del oficial de las SS Gerstein y el otro científico y oficial del ejército fervientemente convencido de las ventajas de la depuración racial llevada a cabo por los nazis.

            El accionar de la Iglesia católica es destacado con creces. Por un lado, Riccardo Fontana encarna a aquellos sacerdotes que lucharon denodadamente contra el régimen, lo que sin duda contrasta con el silencio oficial del Papado. ¿Fue por miedo e instinto de conservación? Existían sentimientos antijudíos en las autoridades o había simpatía y complicidad por el régimen? La película plantea estos interrogantes sin darnos la certeza de una respuesta.

            En lo que sí es terminante al respecto es en la idea de que pudieron ser evitadas masacres si la Iglesia católica, pero también la protestante o las potencias aliadas, hubieran denunciado el holocausto. En este sentido, ya el director de la película dejó en claro su punto de vista en la conferencia de prensa del festival de cine de Berlín y disparó la polémica: "Se trata del silencio de los grandes poderes, como los que sin duda eran en aquella época la iglesia católica, con el Papa a la cabeza, y la protestante. El 45 por ciento de los soldados alemanes eran católicos. A Hitler le hubiese sido imposible seguir adelante con el Holocausto si Pío XII hubiese pronunciado una sola palabra en contra". Y agregó: "En la Alemania de los años veinte y treinta no había institución que tuviera una estructura tan organizada como la de las iglesias católica y evangélica, que abonaron el terreno para el holocausto difundiendo un profundo antisemitismo"

            Ese silencio del que habla Costa Gavras no es sólo característico de la Segunda Guerra. Los pontífices han cambiado. Los hubo más conservadores, los hubo más reformistas, pero el silencio y la falta de compromiso se repiten.

            En nuestro país y treinta y cinco años después, la dictadura militar robaba, secuestraba y asesinaba, pero la Iglesia como institución callaba, aunque sacerdotes y monjas pagaron con su vida cuando trataron evitar que ello sucediera. Parecía mayor la preocupación por el "marxismo ateo" que por la defensa la dignidad humana.

            El pontificado de Juan Pablo II pareció por momentos traer algo de esperada renovación en este sentido. Se pidió perdón por no haber hecho lo suficiente para salvarle la vida a millones de judíos en la segunda guerra y se admitió que la condena de la Iglesia a Galileo había sido injusta. 

            Sin embargo, la esperanza de ver una Iglesia avocada a la defensa de los derechos humanos, se desdibujó bruscamente, convirtiendo en abstractas las declaraciones anteriores, cuando el Vaticano pidió abierta y expresamente por la libertad de Agusto Pinochet, detenido en Londres por crímenes de lesa humanidad.

            Amén muestra una realidad histórica de falta de compromiso con los derechos existenciales, pero tales actitudes de silencio y complicidad no han desaparecido.