CINE:
FUERA
DE CONTROL
ESTRENO 19 DE DICIEMBRE DEL 2002 en la República Argentina
DR. JEKYLL Y MR. HYDE:
SER
ABOGADO Y PERSONA A LA VEZ
¿UNA
MISIÓN IMPOSIBLE?
¡NO!
En esta ocasión, debo confesarles que el resultado de esa pulsión dialéctica entre mis instintos de periodista y de futuro jurista, o persona vinculada a la ciencia más apasionante como es el Derecho, ha arrojado una síntesis con dos manifestaciones diferentes que se fueron imponiendo alternativamente: desde el momento de elegir la película que sería eje del artículo, hasta la redacción misma, pasando por todo el desarrollo del film de Roger Michell, primera experiencia en Hollywood de este director sudafricano.
Un mes atrás cuando me dispuse a ver Hable con ella, esa excelente película con el sello de garantía Almodóvar, uno de los avances sobre los próximos estrenos me había sorprendido mucho. Se anunciaba la película Fuera de control, donde se dejaba ver que uno de los protagonistas era un abogado de Wall Street (Ben Affleck) y el otro un alcohólico en recuperación, y padre de familia (interpretado por Samuel Jackson, uno de los grandes actores de Hollywood que en esta película se lució como nunca con su multifacético personaje). Realmente estaba muy bien presentada, con adelantos que dejaban con ganas al espectador para volver al cine a disfrutarla. En mi caso (más como estudiante de Derecho que como periodista) me atrapó más aún. “Esas películas como El abogado del Diablo, que hacen que uno analice qué tan fuertes son los cimientos axiológicos sobre los que construye su carrera”, imaginé. Y más allá de la calidad de la película que después analizará mi “Yo periodista” (espero no parecerme a Dr. Jekyll y Mr. Hyde) creo que para eso sirvió. Más aún.
Al momento de ir al cine a ver esta película, en realidad pensaba que no serviría para comentársela a ustedes porque no sabría qué tan vinculada con la temática de PERSONA podía estar, aunque con el Derecho parecía vincularse, por tratarse de un joven abogado en el mejor día de su vida. Sí, en el MEJOR día de su vida, aunque para él (con un análisis superficial) fue el peor.
Tratando
de desdoblar mi persona en
dos (si me cuesta poco, les aseguro que será motivo
de preocupación y de mi próxima sesión con mi terapeuta, así me recupero
para el próximo número) intentaré hacer un breve comentario desde el
periodismo, a pesar de que necesariamente no me sentiré tan cómodo, como
escribiendo desde el Este film,
cuyo título original es Changing Lanes (algo así como "cambiando
de senderos"), fue traducido, con esa asombrosa versatilidad hispana, como Fuera
de control, y tiene una duración de 97 minutos, en los cuales sus
guionistas (Chap Taylor y Michael Tolkin) nos cuentan la historia de dos
personas (el abogado y el padre de familia) que se van a cruzar por medio de una
tragedia.
El abogado transitaba en una autopista
apurado por llegar a una audiencia y el otro también tenía una audiencia de la
que dependería su relación con sus hijos, luego de separarse de su esposa. En
medio del choque, el abogado actúa incorrectamente con el otro, y se va del
lugar no aceptando llevarlo en su automóvil. Al llegar a la Corte descubre que
había olvidado una ficha que contenía documentación importante para el caso.
La tenía Doyle, el personaje interpretado por Samuel Jackson, con
quien comenzará un combate donde la moral pasa a un segundo plano para ellos y
al primero para los espectadores.
Uno quería su ficha con la documentación.
El otro, los veinte minutos de retraso que hicieron que perdiera la posibilidad
de seguir viendo a sus hijos.
La película (a pesar de ser calificada
como de suspenso) tiene gran acción y se desarrolla entreteniendo al
espectador, aunque el final no es de lo mejor. Algunas situaciones son demasiado
forzadas. La Calificación es: BUENA. Los críticos, por lo general, no han
superado los 6 puntos en una escala 1-10.
Pocos doctrinarios han abordado el tema en
sus libros, pero desde la perspectiva interdisciplinaria y dada su originalidad,
el Dr. Rabinovich-Berkman, mi maestro y director de esta querida revista,
lo ha analizado. Posiblemente su formación, fecunda en filósofos
existencialistas, lo haya influenciado, pero lo cierto es que para quienes nos
sentimos sus discípulos, el tiempo no es un temita más. Quizás haya sido ése
el motivo por el que al ver la película yo lo haya identificado como un factor
importantísimo.
Todos nosotros, seres humanos, vivimos en
tensión. Ello porque, por un lado, somos uno; sabemos de nuestra
individualidad. Pero por el otro, vivimos en sociedad. Los protagonistas son,
cada uno de ellos, una persona. De esto no cabe duda. Pero co-existen con los
demás. Y en el particular caso de ellos, durante un día viven una misma
historia que los vincula demoníacamente. Si ellos en la ficción hubieran conocido al
filósofo existencialista
francés Jean Paul Sartre, seguramente hubieran pensado que tenía razón cuando aseguraba
que “los otros”, los que viven con nosotros en sociedad, son nuestro
complemento, pero también pueden convertirse (y sobre todo en casos como el del
film) en nuestro infierno.
Además de este “vivir necesariamente en
sociedad”, está el factor tiempo. Todo proyecto existencial de cada uno de
nosotros está sometido a él. Sabemos que somos mortales, al menos nuestro
cuerpo físico, nuestra vida presente. Es seguro que moriremos algún día,
aunque generalmente no sepamos cuándo. El límite a nuestros proyectos lo pone
la muerte. Recuerda al respecto Rabinovich-Berkman en su Derecho Civil, Parte
general, al Todos los hombres son mortales de la gran Simone de Beauvoir,
y al cuento El inmortal del eterno Borges.
Time is life!, grita Rabinovich, en
oposición al “time is money!” norteamericano. Y es cierto. La muerte, al
limitarnos, nos sirve de motor, pero también nos impone la necesidad de dar
prioridad a algunos proyectos antes que a otros: determinados objetivos serán
elegidos por encima de otros menos importantes. Y por eso el
principal objetivo de la vida de todo ser humano es su autoconstrucción en uno
y en los otros (por la necesidad de vivir
en sociedad).
En la película, luego del choque entre los
protagonistas, hay una
frase de Doyle que es clave: "yo no quiero su dinero, quiero que me devuelva mis
veinte minutos". ¿Qué otro ejemplo se necesita para comprender la importancia
del tiempo? Luego del accidente, él necesitaba llegar a tiempo a una audiencia
para pelear por la relación con sus hijos. El abogado no lo lleva, y Doyle pierde
su tiempo, y a sus hijos. Ninguna cantidad de dinero, ni nada material,
podría hacerle recuperar el tiempo perdido y sus consecuencias. El quería sus
veinte minutos.
El abogado, por su parte, llega tarde a su
audiencia, y al momento de presentar las pruebas descubre
que no tiene parte de la documentación. Ha quedado en poder de quien será,
de allí en más, su contrincante. Lo
cierto es que toda la situación provoca que al llegar al prestigioso estudio en
el que es socio de su suegro, termine
descubriendo que fue parte de una defraudación que lo podría
llevar directo a la cárcel.
Es ahí cuando este protagonista entra en una
crisis valorativa, si se quiere, o por lo menos con origen axiológico. Empieza,
entonces, la parte más importante de la película, donde se entera de cosas que
ignoraba sobre su vida matrimonial, y que lo sacuden de golpe. Se descubre rodeado por
la ambición y el poder, y ve su persona separada en dos: el humano en
sí, con sus valores, sentimientos, y el abogado, como un simple ejecutor
de acciones que sólo tienen como análisis previo una relación de costos y
beneficios.
Desgraciadamente, el final es muy traído de los pelos, forzado, inverosímil.
Malo artísticamente, pero triunfan los valores.
No recomendaría esta película en general
(mucha gente se fue de la
sala antes de que terminase), pero creo que es útil para quien se interesa en la ciencia del Derecho,
y los estudiantes podrán usarla como un ladrillo más en la construcción de sus cimientos. Siempre recordaré cuando en una
clase
el Dr. Rabinovich-Berkman destacó lo equivocados que estaban quienes creían
que para ser buen abogado era necesario ser un poco menos persona. En honor a nuestra
revista, nunca olvidemos que detrás de un buen abogado, o mejor, de un buen jurista,
necesariamente debe haber una buena persona, porque no pueden separarse ambos
aspectos de uno mismo, como si fueran el Dr. Jekyll y Mr. Hyde.