Estimado Dr Ricardo D. Rabinovich-Berkman:

    Recientemente estuve visitando su página y encontré un
artículo de Junio de este año (del número 6) llamado
"Deudas, Moral y Derecho". Lo leí detenidamente y me
quedé con la sensación de no estar completamente de
acuerdo en algunos puntos; quisiera saber su opinión.

    En primer lugar creo que no hay dudas que no existe
acción que no deba ser evaluada concretamente para
cada caso y la idea de pagar cueste lo que cueste no
escapa a esto mismo. Sin embargo, considero que existe
una gran diferencia entre no pagar por la simple
imposibilidad de hacerlo (o una posibilidad a costos
excesivamente elevados) y no pagar por considerar que
no se debe hacerlo. En este sentido no me consta que
la deuda contraída haya sido resultado de la usura,
término al que aún no le pude encontrarle un
significado concreto. Por otro lado, no puedo
comprender el problema con el anatocismo: simplemente
me parece una lógica regla de un mundo regido por las
leyes del capitalismo.

    En segundo lugar, yendo al caso concreto de nuestro
país, UD. pone el ejemplo de José quien se aprovecha
de la necesidad extrema de Juan para imponerle
intereses usurarios. No logro encontrar un período de
nuestro país en el que hayamos contraído deuda en
condiciones de necesidad extrema. Creo que no lo hubo.
Los dos períodos de mayor crecimiento de la deuda
coinciden con tipos de cambio artificialmente bajos y
ello, sin lugar a dudas, no habla de un estado en
extrema necesidad.

    Así, estoy convencido que la deuda debe ser
renegociada para que este país pueda tener
expectativas de prosperidad, pero considero que al
actual default se llega principalmente por la
inoperancia de nuestros representantes quienes a lo
largo de los años han realizado esfuerzo tras esfuerzo
por quitarnos la posibilidad de tener un futuro.

    Quisiera saber su opinión a cerca de este punto de vista.
    Muchas gracias por su tiempo.
   
                                                            Lic. Adrián Giormenti

 

Estimado Lic. Adrián Gormenti:
     Una de las excelentes cosas de Internet (otras no me gustan tanto)
es que por esos caminos virtuales uno se encuentra con gente pensante,
y se abren plazas etéreas donde debatir, analizar juntos las cosas, y crecer.
     Es por eso que no sólo agradezco su atención y su muy lúcido mensaje,
que desde ya le solicito me permita publicar como "carta de lectores"
en nuestro próximo número, sino que además me alegro de que nuestra
modesta PERSONA esté generando estos efectos.
     Dice usted todas cosas muy dignas de profunda reflexión,
que con mucho excede este espacio breve, por lo que me limitaré a decir poco.
Ante todo, es muy cierto que el negarse a pagar a toda costa y de modo violento,
sería un verdadero desatino, de consecuencias ominosas. No es lo que fomento.
Por el contrario, creo que la posición es la de la Carta de Santa Ágata,
ahora reafirmada por la Declaración del 12 de Julio y la reciente ley italiana:
es decir, llevar el asunto a la Core Internacional de La Haya,
cuyos dictámenes son obligatorios para el FMI y el BM.
Es lo que se ha dado, correctamente, en llamar la Doctrina Espeche.
     Con relación al anatocismo, coincido con usted en que es una cuestión cultural,
pero se funda en muy sólidas razones, porque los intereses ("usurae")
eran vistos por los romanos como alquileres del dinero,

que era un bien como los otros,
y ningún bien alquilado produce alquileres de los alquileres.
Es un punto de vista pueril, pero el Derecho Romano era sentido común puro.
A mí no me preocupa tanto si eso es lógico o no:

lo cierto es que es la solución latina, y por tanto la del Derecho Internacional,

es decir, la que se aplica en La Haya.
     Para terminar, con respecto a José, es sólo un ejemplo para mostrar
que no toda deuda, por su mera existencia, debe ser pagada.

Hay que analizarla, ingresar en su causa, verificar sus condiciones y circunstancias

internas y externas. A eso me refería. A que la gente entiende estas cuestiones

al nivel de las personas, pero no de los estados.
     En cuanto a la inoperancia de nuestra clase política, ¿cómo discordar con usted?
     Le mando un cordial saludo, y espero su respuesta sobre la publicación.
Ricardo