Buenos Aires, 19 de enero de 2003

 

Señor Director de Persona

Dr. Ricardo Rabinovich-Berkman

 

                        Tengo el agrado de dirigirme a usted con el fin de hacerle llegar algunas consideraciones relacionadas con el editorial Impunidad y Futuro aparecido en el último ejemplar, correspondiente al mes de enero de este año.

                        Es difícil no coincidir con el penoso diagnóstico que usted refiere. Sin embargo, considero que es  muy útil como punto de partida de futuras reflexiones tendientes a encontrar algún camino que nos permita salir de la situación que padecemos; es en ese aspecto donde me permito introducir algunas cuestiones que merecerían mayor y mejor  tratamiento.

                        En efecto, desde un comienzo plantea usted el tema en la eficacia de las leyes y la conveniencia o no de su cumplimiento. Ello nos recuerda el Libro I de República de Platón, cuando Sócrates discute con Trasímaco sobre la superioridad de la justicia sobre la injusticia. No difiere mucho el discurso de este último con el que en el editorial que comentamos se le atribuye a las nuevas generaciones. Pues en tal caso se les deberá contestar a los jóvenes con las palabras de Sócrates, cuando demuestra la utilidad práctica de la conducta justa y la lesión que alcanza al que aparentemente recibe una ventaja de cometer una injusticia.

                        Otro problema que se plantea con las leyes y su eficacia, es el de la multiplicidad de normas. La excesiva cantidad y exactitud de las leyes y su empeño reglamentario son indicios ciertos de mala fe en los que deben obedecerlas y de error en los que las dictan, porque los malintencionados no dejan de violar las reglas mejor redactadas, y en cambio los hombres honestos las cumplen con lealtad, aunque sean sencillas. Conviene que las leyes sean pocas para que todas sean obedecidas; por eso se ha dicho que ninguna señal mayor hay de la corrupción de las costumbres que la multitud de leyes. Como usted ha señalado en su brillante editorial,  las decenas de miles de leyes, resoluciones,  ordenanzas, decretos, acordadas y plenarios que nos gobiernan no han logrado conminar a un ciudadano siquiera a estacionar su automóvil en el lugar indicado.

                        En este aspecto podemos acudir nuevamente a las letras clásicas en busca de ayuda. Nos cuenta Plutarco (Vidas paralelas) en la biografía de Licurgo, que éste no dejo escritas sus leyes, porque justamente una de sus leyes consistía en no hacer uso de leyes escritas. “Pensaba, en efecto, que las normas más eficaces e importantes para lograr la felicidad de una ciudad y la virtud se conservan inalterables, cuando se han inculcado en los caracteres y métodos educativos de los ciudadanos y en firme tienen éstos la capacidad de libre elección, vínculo más fuerte que la necesidad [...]” (Licurgo, 13, 2-3). Es conveniente recordar que las leyes de Licurgo gobernaron Esparta durante más de 500 años, y la convirtieron en la primer ciudad de Grecia.

                        Pero hay más. Esta crítica a la palabra escrita, que puede extenderse a las leyes,  se encuentra también en Platón, precisamente en Fedro, cuando Sócrates compara la escritura con la pintura, porque aquélla, al igual que ésta, al ser interrogada calla majestuosamente. Es decir, necesitan siempre la ayuda del padre, ya que ellas solas no son capaces de defenderse ni de ayudarse a sí mismas. 

                        También Plutarco en la vida de Solón vuelve a recoger una crítica a las leyes escritas, y lo hace con la misma metáfora de la tela de araña que se lee en Hernández en la payada entre Martín Fierro y el Moreno, y que usted refiere en su editorial: “Pues bien, Anacarsis, al enterarse de ello, se reía del empeño de Solón, porque intentaba frenar las injusticias y abusos de los ciudadanos con letras que en nada se diferencian de las telas de araña, sino que, como aquéllas, de los que caen aprisionan a los débiles y pequeños; pero son rotas por los poderosos y ricos” (Solón, 4, 4). Cuenta además Plutarco que este Anacarsis se extrañaba de que en Grecia hablaran los sabios y decidieran los ignorantes. Ambas apreciaciones gozan de permanente vigencia.

                        Sin justicia no hay república, ni provincia, ni ciudad, ni familia, ni aun banda de ladrones que se pueda conservar, pues aun estos últimos deben tener alguna regla, siquiera en el reparto del botín, para mantenerse unidos.

                        Estos problemas que nos presentan las letras clásicas respecto a la eficacia de las leyes, y que nosotros padecemos hoy en día, sin acertar en su solución, requieren no sólo de un profundo proceso de educación, como el que usted está encarando en la revista que dirige, sino también de dirigentes que conozcan el arte de gobernar y practiquen las virtudes que le son propias, porque, para terminar con palabras de Plutarco, “la obediencia es, sobre todo, un arte del que manda”.

 

Lo saludo a usted con mi distinguida estima

 

Mauro Labombarda (h)