GASPARI, Antonio

 

  LOS JUDÍOS, PÍO XII

  Y LA LEYENDA NEGRA

  Historia de los hebreos

  salvados del Holocausto

 

  Buenos Aires, Planeta, 1998, 242 p

  

            Desde hace unos años, viene creciendo una suerte de litigio historiográfico, con obras e intervenciones de muy diferente calidad, alrededor de la actitud adoptada por la Iglesia Católica, como institución (es decir, más concretamente, el Vaticano, el entonces Sumo Pontífice, Pío XII), frente al nazismo y las discriminaciones, deportaciones, encierros y matanzas de judíos a que esa ideología diera lugar.

            En general, desde el punto de vista jurídico, la pregunta base suele estar mal planteada, porque se la pone así: "¿Pudo haber hecho más el Papa?" Y esa cuestión es tramposa por definición, porque la respuesta será siempre positiva. No hay situación, en tanto de humanos se trate (y Pío XII sin dudas lo era), en que no podamos "hacer más". Esa falencia deriva de nuestras propias características como especie. Además, en Derecho de daños (en especial, en materia biológica) solemos advertir contra la falacia de ver las cosas desde después. Claro que todo es más sencillo de analizar, de corregir, de criticar, cuando los sucesos ya pasaron, las diferentes variables ya operaron, y los aspectos incógnitos se volvieron explícitos. Una vez atendí profesionalmente a una madre absolutamente normal que, caminando con su hijito de pocos años por la calle, le soltó la mano un segundo para sacar algo de la cartera, y el chico, sin aviso, se fue a la calzada y lo atropelló un coche. La pobre mujer se martirizaría todo el resto de su vida recordando mil veces ese maldito instante en que dejó la mano del niño, y su tortura tendrá tan poco sentido lógico como el llanto de Oscar Schindler en la película de Spielberg, una vez terminado el peligro nazi, repitiéndose hasta el cansancio "pude haber salvado uno más, siquiera uno más"...

                Está fuera de discusión, porque los testimonios son obvios y contundentes, que infinidad de establecimientos católicos y de sacerdotes y monjes de esa religión se prodigaron hasta extremos de heroísmo para defender, ocultar y salvar hebreos durante las persecuciones nazis. Varios miles de estos protagonistas fueron a dar a campos de concentración (especialmente al de Dachau), y muchos perdieron la vida, o resultaron con severas secuelas. Cantidad de ellos han sido honrados luego por el Estado de Israel y por las entidades judaicas locales de sus respectivos países. ¿Pudo haberse llevado adelante semejante salvamento, de proporciones continentales, sin la directiva (más aún que la mera anuencia) del Vaticano? Prácticamente imposible. Las estructuras católicas, como siempre se apresuran a recalcar sus críticos, son demasiado sólidas y hasta burocráticas como para que algo así pudiera pasar desapercibido a la cabeza, o ésta tolerar que se concretase sin orden suya. La más supina lógica viene aquí en auxilio de los numerosos testimonios que confirman la existencia de una concreta política institucional pontificia en ese sentido.

                Hubo, sí, notables diferencias regionales en el comportamiento de las jerarquías católicas, aunque siempre con excepciones. En Alemania, parece haber sido donde menos se intervino en forma institucional. De Austria, país oficialmente católico, puede decirse otro tanto (en general, semeja que se centraron más en los católicos de ascendencia hebrea y los cónyuges judaicos de matrimonios mixtos). En la vereda de en frente, Italia mostró sin dudas el clero más decidido en la defensa hebraica. Pero de eso no podemos asombrarnos, porque el pueblo italiano, a pesar de la posición de su país en el Eje, nunca adhirió verdaderamente a los criterios racistas (me he referido a esto en otros sitios), y a nadie escapa que el grado de integración de los israelitas en el país del Dante era el más alto de Europa. En Francia, los religiosos católicos también se mostraron muy activos. En otros sitios, también.

                Asimismo parece claro que la magnitud del genocidio tomó de sorpresa al Vaticano sobre los años 1943 y 1944, porque las fuentes exhiben un incremento dramático de la ayuda en ese período, en forma paralela al arrecio de las detenciones y deportaciones. Pero esta deficiencia no puede imputársele de un modo unilateral a la Iglesia, porque en la misma cayeron también los Aliados, y hasta infinidad de integrantes de los propios círculos nazis, como las modernas pesquisas hoy demuestran. Es cierto que se trató de una miopía política atroz, porque Hitler había sido muy elocuente y sincero desde un principio, y cualquiera que se hubiese tomado el trabajo de leer su Mi lucha, de los albores de la década del treinta, sin necesidad siquiera de seguir el tenor de los inflamados discursos del líder, hubiese comprendido que la acción contra los hebreos era concebida como una contienda biológica darwiniana, y por tanto final, definitiva. Es decir, de exterminio. Pero, en todo caso, echemos la misma acusación de poca previsión y mal análisis no sólo sobre el Papa, sino también al rostro de los Estados Unidos, de Inglaterra, de la Unión Soviética, y hasta del Japón e Italia mismos, que a juzgar por las actitudes de varios de sus cuadros tras la adopción germana de la "solución final", no habían considerado seriamente que se llegara a tanto.

                    Hoy en día, los nazis nos han alterado las estadísticas. Tras la dimensión increíble de la Shoah, nada ha vuelto a ser igual en materia de números humanos. Nunca antes, en toda la Historia, habían muerto en forma deliberada, provocada, planificada (ni de ninguna otra, por cierto) tantas personas en tan poco tiempo. Las cifras han quedado tan distorsionadas, que la hermosa frase talmúdica, "quien salva una vida sola, es como si hubiese salvado al mundo entero", aparece reducida a la imagen, empleada modestamente por varios salvadores de judíos, de la "gota de agua en el océano". Pero no, nadie con buena voluntad puede negarlo: miles de israelitas fueron ayudados, ocultados, salvados de la muerte, por instituciones y religiosos católicos, obrando en parte por voluntad propia, y en parte dentro del contexto de una campaña vaticana.

                A tales actividades, su documentación, recuperación y puesta en orden, se dedica este breve libro del periodista italiano Antonio Gaspari, hombre muy vinculado a los medios de prensa gráfica católicos de su país. El trabajo es sin dudas interesante y muy digno de leerse y de tenerse en biblioteca para consulta de datos, aunque la falta de formación científica de su autor lo menoscaba al privarlo de toda crítica histórica y evidenciar un pobre manejo de los testimonios recopilados. Más allá del rico material que aporta (poco de nuevo, en rigor de verdad, pero bien puesto en conjunto), no está a la altura metodológica ni heurística de otras obras sobre la misma temática que han aparecido en los últimos lustros (como, por ejemplo, The Catholic Church and Nazi Germany, de Guenter Lewy, ?, Da Capo, 2000), aunque sí las derrota en amenidad y facilidad de lectura (aspectos que deben haberle importado mucho a Gaspari, porque es muy clara la finalidad polémica y de divulgación de esta obra, que nítidamente "sale al ruedo" en defensa de Pío XII y en contra de la que él denomina, desde el título, "leyenda negra" alrededor de ese pontífice).

                No deseo terminar esta nota sin una reflexión. No me caben dudas acerca de la loable tarea de salvamento desempeñada en beneficio de los hebreos perseguidos, por la Iglesia Católica, sus sacerdotes, monjes, instituciones, y por supuesto sus jerarcas y el mismísimo Papa. Creo que ello ha de ser objeto de permanente agradecimiento y noble memoria, para siempre. Pero hay otro aspecto de la cuestión, que no debe soslayarse, aunque duela. En su magnífica Historia del antisemitismo, León Poliakov ha dejado sobradamente demostrado algo que, de todos modos, era más que obvio: que el catolicismo ha tenido una altísima cuota de responsabilidad en el desarrollo y mantenimiento del antisemitismo en el mundo, especialmente en Europa y América. Han sido muchos siglos de predicar el "deicidio" judaico de Jesús (un disparate que destruye aspectos esenciales del dogma cristiano), de volcar y apoyar mentiras y acusaciones exóticas (crímenes rituales, profanaciones de hostias y de imágenes, etc.), de discriminar a los propios miembros de la etnia de Cristo y su gente, de fomentar su segregación, su disminución social, política y económica, de aceptar bautismos forzados, secuestros de niños para ser entregados a cristianos, vestimentas denigrantes y tantas otras cosas, de haber generado una idea del israelita como sujeto pérfido, naturalmente malo y traicionero, feo y sucio, ávido de riquezas monetarias y desprovisto de valores espirituales (cuando los tenía se decía de él, como le hace Shakespeare decir de Shylock al mercader Antonio: "Este hebreo ha de volverse cristiano, es cada vez más amable").

              Si el catolicismo hubiera adoptado una conducta más abierta, más caritativa y humanitaria, en definitiva, más evangélica, para con los miembros de la etnia de sus propios fundadores, el nazismo no hubiese hallado en Europa el campo fértil para desperdigar una doctrina como la suya. Esa, y no la de la aducida falta de ayuda ante las persecuciones, ha de ser la cuestión a reflexionar, a tomar sinceramente en la conciencia, y a estudiar para que nunca se repita. El camino adoptado desde el Concilio Vaticano II, actualmente muy incentivado por la Iglesia y su dignísimo Papa, es el correcto en ese sentido. Tarde, es cierto, y en gran medida de resultas del horror del Holocausto, pero mejor es tarde que nunca. Debe quedar bien claro, de una vez y para siempre, que cualquier forma de discriminación antisemita es una aberración desde el punto de vista cristiano, y cuando se dice cualquiera se debe entender cualquiera (incluidas las entidades católicas que dicen, farisaicamente, "no somos antisemitas, pero no queremos judíos en cargos públicos ni en puestos con poder").

                Y que prime la verdad, que como dice Serrat "nunca es triste". Resulta de lamentar que una publicación periódica católica, que respeto mucho y recibo regularmente, se haya lanzado a felicitar a voz en cuello a una cierta ciudad de Alemania de cuyo nombre no quiero acordarme, cuya legislatura prohibió, semanas atrás, la venta en su distrito del nuevo libro del historiador Daniel Jonah Goldhagen sobre la Iglesia y el nazismo, porque las conclusiones de este autor (cuyo rigor científico es notable -hemos comentado otro libro de él en Persona-) son al parecer (no he leído aún la obra) bastante duras para el Vaticano.

                ¿Comprenderemos alguna vez que la censura en materia de ideas y de investigaciones es tan inútil como denigrante?

                                                                                            Ricardo Rabinovich-Berkman