Entre la incertidumbre y la esperanza

Carta a una mujer

 

    Las brumas de una tarde valenciana que se entrega al recogimiento inundan un cielo entre gris y negro; es una tarde que expira en brazos de la noche, próxima, que la envuelve; unas notas de Mozart ponen el contrapunto a la soledad que produce el tránsito a la noche; la silente frialdad de lo oscuro ha sido siempre, curiosamente, la mayor aliada de la búsqueda del abrazo, del retorno a lo cálido, a lo muelle, del encuentro con el zumbido de la leña al chisporrotear entre los arcanos del fuego.

 

    Acabo de echar una mirada rápida a las diferentes opiniones que en la prensa se ofrece sobre la guerra, más próxima que la noche y tan negra como ella. La impiedad y la torpeza se alían en torno a la quimera del triunfo. La soberbia y el honor, crueles aliados, gestan una corona de espinos con la moral como bandera. Y la humanidad se muere toda de pena, gritando por los que van a morir por nada ni por nadie. La estupidez se refleja en la bandera que el poderoso exhibe huérfano de otra justificación que su propia infamia, coreado por bufones de innobles próceres ansiosos por el resto del festín, por la sombra de una migaja.

 

    Todo es deleznable en este afán de correveidiles que amortajan la esperanza. Se olvidaron de la sonrisa de un niño y se acuestan sobre sábanas tan frías como las fosas de todos los cementerios del mundo. La noche camina en pos de no se qué. Es posible que mañana sea un paso más en la ilusión de que el mundo siga girando, aun ajeno a tanta cabriola y a tanto demente ebrio de poder.

 

    Tu cabeza de mujer intenta encontrar explicaciones y no encuentra; tu cuerpo, sabio en hacer fructificar la vida, rechaza la sinrazón de la muerte. Sigues alumbrando esperanza aunque no encuentres respuestas a tantas cosas... Mozart sigue vivo, y la primavera cercana pondrá su nota más eminente en los brotes de las pequeñas hojas, en la flor del azahar de nieve, en el almendro de nata. La sangre del amor no sea hollada por el malquerer de los guardianes del odio. Que la noche sea oscura y fría y eterna para ellos.

 Paco Albert