ESPECTÁCULOS EXISTENCIALES

 

 

escribe Fernando Casais-Zelis

 

    Sin lugar a dudas, el tiempo es una de las cosas más preciadas que poseemos los seres humanos. Necesitamos tiempo para todo. No hay acción que no requiera de él. Los poderosos líderes del mundo, podrán disputarse el dominio de territorios, de pozos petrolíferos, de bellezas naturales... pero jamás podrán dominar al tiempo. Tiempo que es nuestra vida, la que podemos contabilizar en décadas, lustros, años, meses, semanas, días, horas, minutos, segundos. "La muerte hace preciosos y patéticos a los hombres", nos dice Ricardo Rabinovich-Berkman, en su Derecho Civil (o en Bíoderechos) citando al maestro Borges. En El inmortal (cuento de donde es sacada la cita), el gran Jorge Luis analiza el tema del tiempo y el deseo del hombre de ser inmortal. Pero, ¿para qué? De qué serviría ser inmortal. Casi instintivamente podríamos contestar: “para que el tiempo no sea un límite al que debamos ajustarnos, pudiendo así hacer todo lo que deseamos.” Allí no habría inconvenientes en decir: “mañana lo hago”. Total, si no es hoy, será mañana, y si no pasado, y si no la próxima semana o el próximo año. ¿Y qué problema hay, si tenemos toda la vida eterna por delante?

 

     Pero dadas las circunstancias, y teniendo en cuenta el promedio de vida de los seres humanos en este siglo XXI que transitamos, lo cierto es que tenemos toda la vida, sí, pero ella es muy corta. Corta para todo lo que uno quisiera hacer. Todos tenemos proyectos, que requieren conductas y éstas, a su vez, insumen tiempo, diría Rabinovich, a lo que adherimos. Por lo tanto, tenemos que elegir, decidir qué hacer y cuándo hacerlo. De todos nuestros proyectos, algunos debemos dejarlos de lado, otros postergarlos y finalmente, algunos empezar a plantearlos para ejecutarlos al corto plazo. Jerarquizamos, priorizamos algunos frente a otros. Hay conductas que podemos desarrollarlas a determinada edad solamente, por ejemplo, o hay situaciones que nos interesa vivir antes que cualquier otra cosa. Los planteos pueden ser muchos. Imaginemos a una persona que tenga sólo 20 proyectos importantes para su vida. Podría organizarlos de 400 maneras diferentes. Todas ellas válidas, dependiendo de los valores, las necesidades, los gustos, etc. Lo mismo le ocurrirá a una persona cuando quiere construir su casa y cuenta, por ejemplo, con 200 metros cuadrados. Evidentemente, tendrá limitaciones de espacio. No podría pretender, por ejemplo, hacer veinte habitaciones en suite, aunque a lo mejor sí podría elegir entre hacer cuatro habitaciones o hacer sólo tres y construir una sala de juegos para los niños. En fin, uno, tanto en una casa como en la vida, construye. Y lo fundamental, entendemos, es que cada uno pueda construir su propia vida.

 

     El autor de Bioderechos, y director de esta revista, mi querido maestro Ricardo, afirma con vehemencia que “todo proyecto de un humano tiende, directa o indirectamente, a su propia construcción, a su autoconstrucción.” Ésta siempre presenta dos facetas: la autoconstrucción en uno y en los otros, dado que no existe posibilidad en la actualidad de que una persona viva en este mundo, sin estar en sociedad. Los otros están, nos gusten o no. Nos moleste o no su presencia, hay que tenerlos en cuenta. Y a ese proyectarse de los seres humanos, la filosofía del siglo XX lo va a llamar existencia. Debemos tener en cuenta que ésta contempla la organización de los proyectos propios que cada uno de nosotros hace en el tiempo de que dispone.

 

     A partir de la existencia misma, podemos  hablar, a su vez, de los "derechos existenciales" (llamados personalísimos también) que son “los únicos cuyos objetos son los requisitos de la existencia en sí, y en consecuencia los únicos cuya supresión o violación causa un perjuicio a la existencia misma del sujeto.” (Rabinovich-Berkman)

 

     Hasta aquí hemos hablado del tiempo, de la vida, de la autoconstrucción, de la existencia, de los derechos existenciales... de muchas cosas. Pero éste es un artículo de la sección de espectáculos. Por eso, luego de esta breve introducción presentaremos a nuestra invitada de lujo. En este mes, de la mano de los DVD, llega:

 

 

 

CONSTRUYENDO LA VIDA

 

 

 

     Esta película de Irwin Winkler estrenada en 2003 en DVD, y protagonizada por Kevin Kline, Kristin Scott Thomas y Hayden Christensen, plantea una gesta en la que el tiempo y el proyecto de vida de su protagonista, juegan un papel fundamental. Durante los 122 minutos que dura la misma, se expone la historia de George Monroe que es un arquitecto con muchos proyectos para su vida, a los cuales le ha dado una organización de acuerdo a sus intereses, tiempo y motivaciones. Pero lo cierto es que un día, ese límite que uno posee (la muerte) que, a su vez, es el motor que nos incentiva a ejecutar nuestros proyectos, se mostró cerca: en un futuro cercano. Ese plazo incierto en el que nosotros vivimos, sin saber cuánto tiempo tendremos, se volvió cierto para George: un cáncer terminal le hizo tomar conciencia de la finitud de su vida.

     Así es cómo se vio alterado su orden de proyectos a futuro. Si eran pocos los proyectos que podría concretar, ahora serían menos aún porque el tiempo era menor. Y entonces, necesariamente, frente a la limitación, se le hizo necesario reordenar su vida. Reconstruir su vida.

     Cuando uno ve esta muy buena película, enseguida siente una palabra que provoca eco en el ambiente, a pesar de no pronunciarla: DIAGNÓSTICO. Argentina es uno de los países donde la regla es no respetar el derecho del paciente a saber su diagnóstico. Casi se podría decir que tradicionalmente se les miente a los pacientes terminales y se les informa a sus amigos o parientes. Sin lugar a duda, cuando estamos frente a una gripe, a la necesidad de una operación sencilla, no hay grandes problemas. Pero si se trata de informarle a una persona que tiene una enfermedad para la cual no hay cura, todo se complica. Como dice Rabinovich en Responsabilidad del Médico, se arma una puesta en escena entre los familiares, dispuestos a engañar al enfermo desviando las causas de los síntomas que percibe, a enfermedades más sencillas o sanables con facilidad, con el único fin de que muera sin saber de qué. Es cierto que hay personas que han visto agravado su cuadro al enterarse, pero, ¿hasta dónde llegan los costos y beneficios de engañar a alguien? ¿Qué autoridad posee otro para saber con anterioridad su diagnóstico y además decidir si contárselo o no al propio enfermo?

     Cuando una persona conoce su enfermedad terminal y sabe que la muerte ya no es un hecho que se dará en un futuro incierto, se hace necesario reevaluar y replantear el proyecto de vida. Por eso es tan grande el daño que se hace al engañar al enfermo. “Se privilegia su consideración como animal biológicamente vivo, antes que como humano existente” (Rabinovich). Además, tampoco puede combatir a su enemigo (la enfermedad) porque ni siquiera la conoce. Se defenderá de un falso enemigo, mientras el real lo hace pedazos.

     En esta película se puede ver con claridad cómo George decide replantear su vida y reordenar sus proyectos luego de enterarse de su enfermedad, que lo llevará inevitablemente a la muerte. Es un film donde uno puede apreciar la importancia de defender el derecho de los pacientes a conocer su diagnóstico (a la posibilidad, por supuesto, no a la obligación de efectivamente tener que conocerlo). La idea es que el médico le informe su situación, más allá de las preguntas que haga el enfermo que no conoce de Medicina.

     Los médicos serán responsables si no actúan conforme a Derecho, dado que su omisión o su mentira afectan gravemente el proyecto de todo ser humano y la autoconstrucción del enfermo.

     Concluiremos con un párrafo de Responsabilidad del Médico, de Ricardo Rabinovich-Berkman: “El diagnóstico de los sujetos mayores de edad, o de dieciocho años, no dementes ni sordomudos que no puedan darse a entender por escrito, debe serles confiado directamente a ellos por el médico, en absoluta privacidad y reserva. No a otra persona. No a sus parientes, ni a su cónyuge, ni a sus amigos. El diagnóstico es un dato personal, y como tal su manejo y administración debe quedar en manos exclusivas de su titular, que es el enfermo. Él será quien resuelva a quién revelarlo, y a quiénes no. Suyo es el derecho de mentir (que pocas veces aparece tan claro como en este penoso supuesto), no de los otros.”

    En esta película, cuando George conoce a su enemigo y sabe que no podrá vencerlo, decide reafirmar el amor por su familia y construir la soñada casa que en los últimos veinte años fue postergando por diferentes motivos. Durante los últimos tiempos de su enfermedad oculta a su familia su terrible dolencia, hasta que llega el momento de la verdad, y casi de manera inminente su muerte. Muerte a la que arriba habiendo logrado construir su casa, reconstruir a su familia y con la gratificación de haber podido autoconstruirse hasta el último segundo de su vida como ser humano existente.