EL RESPETO A LOS DERECHOS

Y EL CUMPLIMIENTO

DE LOS DEBERES HUMANOS:

«Una verdadera expresión social

de la dignidad humana».

 

 

 

por Juan Patricio Avaca

 

 

 

 

 

I. A MODO DE INTRODUCCIÓN.

 

Antes de considerar el tema de los Derechos Humanos, hay dos interrogantes fundamentales —entre otros— a los que se debe responder primero; a saber: ¿Qué es lo que está en crisis, la política o muchos de aquellos hombres dedicados a la vida política? Y, por otro lado, ¿Cuál es la preocupación más apremiante de la que nos debemos ocupar? Ciertamente que el contenido de las dos respuestas está íntimamente ligado al de los Derechos Humanos.

 

 

1.1. ¿CRISIS DE LA POLÍTICA, O ALGUNOS POLÍTICOS EN CRISIS?

 

La experiencia nos muestra, a diario, que en el terreno de la política hay pocos hombres políticos, decididos a dirigirse por principios éticos y morales para no andar a remolque de la opinión pública. Con frecuencia, los vemos tender las velas a toda ola de popularidad y no osar jamás decir una sola palabra contra las irresponsabilidades, las injusticias, las irregularidades, los prejuicios dominantes o contra los errores triunfantes del momento.

 

De este modo, una gran mayoría de aquellos hombres que tiene cargos políticos, en lugar de llevar a cabo una gestión de gobierno fundada en el amor al prójimo, en el Bien Común, en principios humanos, éticos y nobles; en principios morales sólidos; por el contrario, pareciera que apoyan su gestión en el amor propio y el bien particular.

 

Ahora bien, este desorden es la causa de problemas serios y delicados que padece la sociedad porque debilita las instituciones democráticas. Notemos bien, que el sujeto agente de la política es el hombre y, en consecuencia, para ser un auténtico y efectivo político primero hay que ser un hombre cabal, humanamente virtuoso. De hecho, la ciencia política es inseparable de la antropología o filosofía del hombre, dada la relación íntima que existe entre individuo y sociedad, entre trabajo y hombre; y entre los fines del ser humano y los fines de la política. De aquí que la política suponga una radical rectitud antropológica; la política supone al hombre con virtudes humanas.

 

Entonces, no debemos quejarnos por la falta de políticos buenos (que ciertamente los necesitamos y está bien lamentarse de ello, en el caso de que no los haya) sino, primordialmente, debemos lamentar y reclamar la falta de hombres buenos. Y, en fin, deberíamos reclamar que los buenos sean mejores y que de mejores lleguen a ser óptimos. Lo contrario, no sirve para dar frutos buenos.

 

Con ello llegamos a la raíz de la enfermedad que padece nuestra sociedad. ¿En qué sentido afirmamos que faltan hombres? En el sentido que nuestra sociedad padece una hambre de hombres verdaderamente grandes, profesionalmente capacitados, humanamente virtuosos. En otras palabras —y parafraseando a Fulton Sheen— el mundo de hoy está sufriendo una tremenda némesis de mediocridad. Estamos muriéndonos de ordinariez; padecemos por nuestra mezquindad e irresponsabilidad humanas. La necesidad más apremiante del mundo es de hombres grandes. Y mientras ellos sigan faltando seguirán faltando los verdaderos, grandes y auténticos políticos que necesita nuestra patria.

 

Ciertamente, que la grandeza a la que me refiero no se trata de algo extrínseco al hombre mismo. No está en los músculos del hombre, ni en su rostro agradable, ni en su simpatía, ni en el oro, ni en las instituciones educadoras, ni en los modernos parques industriales, ni en nada que salta a la vista. Muy por el contrario, consiste en algo que requiere casi un sentido nuevo para poder apreciarlo. La grandeza es una cualidad del corazón, de la mente y del alma, mediante la cual el hombre domina no tanto las mareas del mar como las mareas de sus pasiones inmoderadas y afectos desordenados.

 

La grandeza de un hombre consistirá en el delicado sentido que éste tenga de la dignidad de la persona humana, de la importancia que le asigne al bien común, del justo y sano equilibrio que procurará entre las relaciones humanas, en el ejercicio libre de los derechos y deberes sociales, en la rectitud, en la solidaridad y en la caridad. En este sentido podemos hablar que sólo un hombre caritativo, justo, recto, solidario y responsable podrá ser un auténtico político.

 

Es evidente, por lo tanto, que la crisis no está en las estructuras, ni en las instituciones, ni en las fábricas, en sí mismas consideradas. El problema es más profundo porque está en el interior de algunos de los hombres dedicados a la política y a la dirección de las instituciones; y por ello palpamos y sufrimos la crisis en las instituciones, y la crisis en la política de nuestra sociedad.

 

 

1.2. ¿CUÁL ES LA PREOCUPACIÓN, CADA VEZ MÁS URGENTE?

 

La Dra. Adriana Don —de la fundación Novum Millenium— ya había hecho notar, hace un tiempo atrás, que el alto grado de corrupción y la utilización del clientelismo político y del empleo publico nos obliga a enfrentar el enorme desafío de resolver los conflictos sociales más urgentes: la violencia, inseguridad, desocupación, destrucción de la célula social por excelencia (la familia), el trabajo infantil, el crecimiento de la prostitución, el tráfico y consumo de sustancias prohibidas y el aumento de la delincuencia entre los jóvenes que no trabajan ni estudian y que, poco a poco, van conformando el núcleo duro de la marginalidad urbana, base social para la violencia permanente.

 

Personalmente, considero que a este conjunto de conflictos debemos sumar la ausencia de líderes políticos humanamente buenos, virtuosos; y, además, con una formación integral. Es más, estoy convencido que no habrá solución duradera mientras el Estado no atienda a esta última preocupación cada vez más apremiante. QUIERO DECIR: LA NECESIDAD DE VERDADEROS LÍDERES POLÍTICOS.

 

«Es necesario que los gobernantes —que pretenden mandar— y las multitudes —que deben obedecer— se pongan de acuerdo sobre principios universales, claros, humanos y razonables que establezcan cómo y por qué el derecho de mandar y el deber de obedecer tienen que repartirse. Problema mucho más difícil de lo que supone la ligereza de nuestra época, porque el acuerdo no podrá efectuarse ni mantenerse sin una formación cristiano-política integral y sólida» (Guillermo Ferrero)[1].

 

De aquí que la formación humana, espiritual e intelectual (necesaria para todos) de los políticos sea cada vez más imperiosa. Es decir, el hombre político de hoy debe buscar —entre muchas otras cosas más— unos contenidos de formación aplicables al mundo de la economía, la política y la vida social que sean la base para el orden democrático y el fundamento de respuestas solidarias y sabias ante los graves problemas económicos y políticos que estamos viviendo.

 

En este sentido, es valioso el significativo aporte de la Doctrina Social contemporánea. De hecho esa Doctrina Social no es de ningún modo abstracta y estática, como han pretendido objetar algunos; todo lo contrario: los documentos sociales muestran una relación estrecha con las circunstancias de cada época, con los «signos de los tiempos», además de aportar su propio servicio especifico a la evangelización, al diálogo con el mundo y a la interpretación cristiana de la realidad. Todo esto, se ha hecho más notable aún en el amplio y sabio magisterio social emanado de Su Santidad el Papa Juan Pablo II.

 

Por ejemplo:

·        ¿Quién podría objetar acerca de lo fundamental que es para un líder político el conocimiento integral y profundo de los principios y valores permanentes tocantes a la dignidad sagrada de la persona humana; la naturaleza social del hombre; el bien común (fundamento del orden sociopolítico); la solidaridad y subsidiariedad (reguladoras de la vida social); y el destino universal de los bienes?

 

·        Además, ¿no es capital que todo líder político sepa dar respuestas claras y objetivas acerca de la cuestión demográfica (como por ejemplo, la paternidad responsable y la valiente defensa del derecho universal a nacer, etc); la revolución científico-técnica y las modernas tecnologías; la cuestión ecológica?

 

·        ¿Acaso no nos interesa que los políticos tengan una visión cristiana de la familia, de los niños, la mujer, los jóvenes y ancianos?

 

·        Por otro lado, ¿no es importante que el político tenga una mirada objetiva sobre el hombre concreto que vive en una compleja red de relaciones sociales? En efecto, sabemos que el análisis cultural favorece la orientación de la conducta moral de las personas y de los pueblos. Interesa, en esta misma línea de la cultura, qué valores y criterios mueven la acción educativa y qué piensan de los medios de comunicación social.

 

·        Seamos sinceros, ¿Acaso no nos molesta —y vaya que nos molesta— que muchos de nuestros políticos piensen, primero, en llenar sus bolsillos? ¿Acaso prima el Bien particular sobre el Bien Común? ¿No es fundamental que el político tenga una concepción y acción económica donde el hombre sea el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social? De este modo ¿no se garantiza una economía humanizada, es decir, al servicio de la persona? En este sentido juegan un papel muy importante el trabajo humano, la propiedad, la empresa (vista como una comunidad de personas), el mercado, la actividad sindical y la intervención del Estado.

 

·        Y, todavía, podríamos seguir formulando otros interrogantes capitales a los que se debería dar respuestas precisas y bien fundadas.

 

·        Lo que sí me interesa dejar bien sentado es que la ausencia de respuestas implica:

El olvido de que la persona humana lejos de ser tenida como objeto y elemento pasivo, debe —por el contrario— ser considerada como sujeto, fundamento y fin de la vida social;

El desprecio manifiesto por su dignidad con la consiguiente afectación en sus derechos fundamentales.

 

He aquí —entre otros— un conjunto integral de principios que tienen aplicación social en general, aunque unos sean más específicamente de orden sociopolítico; y, otros tengan dimensiones socioeconómicas o socioculturales.

 

Concluyamos, pues, insistiendo en la necesidad de que nuestros políticos posean una formación humana real que les sirva de fundamento para una vida espiritual sólida unida a una formación intelectual integral que les capacite ampliamente para desempeñarse —siempre y en el lugar donde se encuentren— como profesionales dignos y perseguidores del Bien Común.

 

 

II. ALGUNOS PRINCIPIOS BASILARES QUE FUNDAMENTAN

EL DIÁLOGO SOBRE LOS DERECHOS HUMANOS.

 

 2.1. EL 'YO': UNA PERSONA HUMANA.

 

Ante todo, el YO —la persona— no es el cuerpo solo ni el alma sola, sino el compuesto que resulta de la unión sustancial entre los dos.

 

El alma es la forma sustancial del cuerpo[2] y en virtud de esa información sustancial el hombre tiene el ser de hombre, de animal, de viviente, de cuerpo, de sustancia y de ser. Por consiguiente, el alma le da al hombre todo el grado esencial de perfección; y, además, le comunica al cuerpo el acto de ser con que ella existe[3]. Por ello, se dice que el alma es el principio de vida natural del hombre.

 

Pero hay algo más: el alma no es inmediatamente operativa[4]. Como sustancia que es, se nos da en el orden del ser, no en el de la operación o del obrar. Como toda sustancia necesita para obrar de potencias o facultades —ellas son: el entendimiento y la voluntad— que emanan de la esencia del alma como de su propia raíz[5], aunque se distinguen realmente de ella y mutuamente entre sí[6].

 

Por otro lado, «el cuerpo —dice Santos Cifuentes— no es algo exterior, separable mecánica o materialmente, distinto o independiente del hombre. No es cosa; no es res; no es una realidad per se. Es la condición que imprime corporeidad a la vida humana. El hombre es corpóreo, porque fundamentalmente es desde y por su cuerpo»[7].

 

Así pues, el hombre —más que ser un mono como se empeñan en afirmar algunos— es un ser misterioso compuesto de cuerpo y alma, de materia y de espíritu íntimamente asociados para formar una sola naturaleza y una sola persona[8]. De él se ha dicho con justicia que es un microcosmos; vale decir, una síntesis admirable de la creación entera.

 

En efecto, EL HOMBRE:

·        Existe como los seres inanimados, las piedras;

·        Se nutre, crece y se reproduce, como las plantas;

·       Conoce los objetos sensibles, se dirige a ellos por el apetito sensitivo, con sus emociones y pasiones y se mueve con movimiento inmanente y espontáneo, como los animales;

·        En fin, como el ángel, conoce intelectualmente el ser suprasensible bajo la razón de verdadero, y su voluntad se dirige hacia él bajo el concepto de bien racional[9].

 

He aquí una de las primeras perspectivas y consideraciones —a mi modo de ver, claves— para una eventual reflexión sobre los derechos humanos. Primera consideración que hace de fundamento sólido sobre el que se apoyará todo diálogo sobre los derechos humanos. Lo contrario, llevaría a un dialogo que terminaría resintiéndose por falso y alejado de la realidad.

 

 

2.2. DIGNIDAD SAGRADA DE LA PERSONA.

 

Santo Tomas —al aplicar a Dios la realidad de persona— refiere que persona «significa lo más perfecto que hay en toda la naturaleza, o sea, el ser subsistente en la naturaleza racional»[10]; y, en otro lugar, agrega que la persona significa «cierta naturaleza con cierto modo de existir», pero no cualquiera, sino que tanto por parte de la naturaleza, como por parte del modo de existir la persona dice máxima dignidad, pues «la naturaleza que la persona incluye en su significación, es la más digna de todas las naturalezas, a saber, la naturaleza intelectual según su genero. De modo semejante, también el modo de existir que importa la persona es dignísimo, en cuanto algo existente por sí…»[11].

 

He aquí la dignidad de la persona humana. En efecto, ella tiene valor en sí misma, por sí misma y no es medio para otra cosa. Consecuente con ello, se ha afirmado que la persona tiene razón de fin y no de medio.

 

De esta consideración realista y objetiva de la dignidad de la persona se desprenden, socialmente, tres consecuencias capitales[12]:

·        La sociedad se ordena a la perfección de las personas. En efecto —decía Pío XI— «La ciudad existe para el hombre, no el hombre para la sociedad»[13].

·        El hombre —enseñaba Juan XXIII— es sujeto de derechos universales e inviolables, absolutamente inalienables, a los cuales no se puede renunciar[14].

·        La persona es agente activo de la vida social, dado que «el hombre —lo refería Pío XII— lejos de ser tenido como objeto y elemento pasivo, debe por el contrario ser considerado como sujeto, fundamento y fin de la vida social»[15].

 

Pero hay algo más, la revelación nos presenta al hombre como imagen de Dios. De hecho el lenguaje bíblico carece del lexema persona y utiliza imagen, que no es simple figura, sino representación completa, repetición. Por eso la Biblia nos refiere que Dios al crear al hombre dijo: «Hagamos al hombre a imagen nuestra, según nuestra semejanza»; y, más adelante, el texto agrega: «Creó Dios al hombre a imagen suya; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó» (Gn. I, 26 y 27). Además —exclamaba San Pablo— «Somos hijos de Dios; y, siendo hijos, somos también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo» (Rm. VIII, 16 y 17). Y, en el magnifico sermón pronunciado en el Areópago insistía en que somos «linaje de Dios» (Hch. XVII, 29)[16].

 

Tal es el concepto cristiano de la persona humana y, justamente por ello, tiene un valor infinito y una dignidad sagrada. Por eso, San Pablo no exageraba cuando dijo que habíamos sido rescatados a muy alto precio (Cf. 1Co. VI, 20).

 

Ahora bien —y con esto concluyo este punto— me interesa destacar, vivamente, que esta realidad nueva en la naturaleza humana debe ser positivamente tenida en cuenta socialmente. En efecto, no podemos hacer abstracción de las realidades sobrenaturales, aún cuando nos movamos en un mundo descristianizado y pagano.

 

 

2.3. ¿EXISTE UN ORDEN NATURAL QUE ALCANZA AL HOMBRE MISMO?

 

Es evidente que el hombre está regido por leyes inmutables, por principios dinámicos que constituyen su esencia, es decir, que lo hacen ser lo que es[17]. Por ello es que apreciamos una regularidad y constancia en el crecimiento natural de las personas. Es verdad que las cosas cambian, pero es verdad también que —por debajo de los cambios— hay algo que permanece. Si no fuera así, el mundo sería incognoscible e irreconocible de un momento a otro y la ciencia carecería de sentido.

 

Esta regularidad y constancia del mundo es tan maravillosa y el orden que guarda es tan perfecto, que la tendencia espontánea del hombre es asombrarse y reconocer en ello la mano de un supremo ordenador.

 

La probabilidad de que ese orden se haya obtenido por el simple azar —como pretende neciamente el materialismo— es absolutamente impensable. Hay que aceptar, pues, que existe un orden natural que alcanza al hombre mismo. Efectivamente, él también tiene una naturaleza y es en ella en la que se deben fundar los derechos humanos y el orden social.

 

            El ser humano es, por esencia, racional y libre. Su inteligencia es apta para conocer la verdad y formular juicios rectos, tanto en el plano de la teoría como en el plano de la acción. De no ser así la vida humana sería algo imposible, como sabemos por experiencia. En el ejercicio de nuestra razón, descubrimos espontáneamente y con certeza, que poseemos ciertas tendencias naturales, fundamentales, que brotan de nuestro ser. Por ejemplo: la tendencia a conservar nuestra vida y a protegerla de todo riesgo; a usar de los bienes materiales para nuestra subsistencia; a vivir en sociedad; a formar una familia; etc.

 

            Sabemos igualmente con certeza que el respeto de tales inclinaciones naturales resulta indispensable para alcanzar nuestra felicidad o nuestra perfección personal. En otras palabras, sólo cuando las personas observan en la práctica ese orden natural y son fieles a sí mismos, logran vivir humana y dignamente en plenitud. Lo mismo vale para las sociedades humanas —según respeten o no— las exigencias de este orden esencial humano, serán sociedades civilizadas o caóticas.

 

            La experiencia diaria, lo mismo la experiencia histórica de la humanidad, atestiguan que no se alcanza la perfección personal ni una duradera convivencia social, si no es en la observancia cabal de las inclinaciones humanas fundamentales.

 

            Por otra parte, todos reconocemos espontáneamente que no todo derecho tiene como único origen la ley positiva o los usos sociales. La experiencia de la injusticia de ciertas leyes o convenios sólo es posible en la afirmación de derechos superiores, de otro origen.

 

Así mismo, nuestra conciencia moral atestigua permanentemente la vigencia del orden natural. Quien vive del fraude, de la mentira, de la injusticia, del robo, puede escapar, tal vez, de la sanción social si no es descubierto, pero no podrá escapar jamás del tribunal interior de su propia conciencia.

 

 

            2.4. ¿CUÁL ES EL CONTENIDO DE ESE ORDEN NATURAL QUE TOCA AL HOMBRE MISMO? LA RESPUESTA IMPLICA UN CONJUNTO DE DERECHOS HUMANOS.

 

            El contenido del orden natural que hay en el hombre está constituido por tres inclinaciones naturales. A ellas me quiero referir ahora[18].

 

            2.4.1. Tres inclinaciones naturales del hombre.

 

            El ser humano posee tres inclinaciones esenciales; a saber, inclinación a la conservación de la propia vida; a la propagación de la vida; y, la última, tendencia a la perfección humana. Ahora bien, de estas tres tendencias naturales se originan (como de su raíz) los diversos derechos esenciales de la persona humana, también agrupados en tres órdenes correspondientes.

 

Por ejemplo:

 

A LA CONSERVACIÓN DE LA PROPIA VIDA CORRESPONDEN:

a)      el derecho a la vida;

b)      derecho a la integridad física corporal;

c)      derecho al cuidado de la salud;

d)      derecho a la disposición de los bienes materiales;

e)      derecho a la propiedad privada;

f)       derecho a salir de la miseria y vivir de una manera digna; etc.

 

Y en este mismo nivel se vincula la condenación de:

El homicidio; del aborto; la tortura física; el suicidio; el robo; la miseria; etc.

 

A LA PROPAGACIÓN DE LA VIDA CORRESPONDE:

a)      el derecho al matrimonio;

b)      a la procreación responsable;

c)      a la educación de los hijos;

d)      a la planificación, ordenada, natural y responsable de la familia.

 

En este orden se fundamenta el repudio:

Al adulterio, la homosexualidad, al libertinaje sexual, etc.

 

A LA TENDENCIA A LA PERFECCIÓN HUMANA CORRESPONDE:

a)      el derecho a la verdad;

b)      derecho a obrar libre y responsablemente;

c)      el derecho al obrar virtuoso;

d)      el derecho a la convivencia social armónica y en paz;

e)      el derecho al conocimiento de Dios y a la práctica del culto divino.

 

En esta línea es rechazable:

La mentira, la esclavitud, todo vicio pecaminoso, la discriminación social, etc.

 

            2.4.2. ¿Cuál es la jerarquía de estas tendencias naturales?

 

            Hay que señalar que todo el orden de las normas morales depende de un primer principio ético, que —por ser natural— es evidente por sí mismo y para todos: «Practicar el bien y evitar el mal». No es necesario creer para discernir qué es lo bueno para hacer y lo malo que debemos evitar. En fin, todo hombre sabe, en lo más intimo de su conciencia, que debe hacer el bien y evitar el mal. Pues bien, de este principio natural dependen los tres órdenes de derechos anteriormente mencionados, pues cada uno de ellos es la aplicación de la noción de bien a un aspecto particular de la vida humana. Este principio no admite ninguna excepción y excluye toda posibilidad de error.

 

 

III. ¿DERECHO POSITIVO SÓLO, SIN DERECHO NATURAL

O DERECHO NATURAL SÓLO, SIN DERECHO POSITIVO?

 

            Ante todo, entendemos por Derecho Natural «aquello que se debe a la persona humana en virtud de su naturaleza humana»[19]. Esto es, por el simple hecho de ser criatura humana. Desde la más remota antigüedad las leyes han reconocido que la validez de ciertas normas de conducta, escapaba al arbitrio de los legisladores humanos y tenían un origen superior.

 

            Así, por ejemplo, Cicerón expresaba claramente que «la ley verdadera y primera, dictada tanto por la imposición como para la defensa, es la recta razón del Dios Supremo». Los pueblos de la antigüedad —situados históricamente antes de Cristo— participaban de la convicción de que existe un orden natural emanado de Dios y que es principio de regulación moral de los actos humanos.

 

            La afirmación de la existencia de ciertos derechos naturales o humanos, referentes a la persona humana, se han mantenido a través de los tiempos. Y es curioso constatar que, aún cuando tal concepto haya sido negado por algunos juristas positivistas (Bergböhm y Kelsen, por ejemplo), la noción de derecho natural reaparece constantemente cada vez que se cuestionan los fundamentos de un orden jurídico o de una ley.

 

            El derecho natural incluye un conjunto de principios, o normas, que toda persona por ser tal, puede considerar y exigir como suya, como algo que le es debido y que le corresponde por el solo hecho de tener naturaleza humana.

 

            «Tal es la Ley Natural, primera entre todas, la cual está escrita y grabada en la mente de cada una de las personas humanas, por ser la misma razón humana mandando obrar el bien y prohibiendo hacer el mal. Pero estos mandatos de la razón humana no pueden tener fuerza de ley sino por ser voz e intérprete de otra razón más alta a la que deben de estar sometidos nuestro entendimiento y nuestra voluntad»[20].

 

            ¿Por qué estas normas son llamadas: «Derecho Natural»? Por un doble motivo:

1.      Porque son descubiertas naturalmente (según la razón natural, que es común a todos los humanos) ya que la evidencia de su contenido se impone espontáneamente a todos los hombres.

2.      Porque son «derechos relativos a la naturaleza humana». Por ejemplo, el derecho a conservar la propia vida, a contraer matrimonio, a educar a los hijos, a recibir una educación intelectual y moral digna, etc. son derechos esenciales, fundamentales —no accidentales ni superficiales— y constitutivos de la persona humana. Basta una simple consideración de lo que es la persona humana y de los bienes que le son necesarios para vivir humanamente, para que surja la evidencia de que todo individuo es sujeto de dichos derechos naturales.

 

Ni Derecho Positivo sólo, sin Derecho Natural; ni Derecho Natural sólo, sin Derecho Positivo. Al contrario, el Derecho Positivo se fundamentará en el Derecho Natural y a su vez este último se verá —de algún modo— explicitado en el Derecho Positivo.

 

En efecto, todo lo que no es esencial a la persona humana, queda incluido en el llamado Derecho Positivo, que es aquel derecho que dicta la autoridad competente mirando el bien común de la sociedad.

 

Mientras que el Derecho Natural puede ser deducido por la propia persona humana. Las normas del Derecho Positivo no pueden ser deducidas por la naturaleza humana y requieren una decisión de la autoridad política. Por ejemplo, el derecho a la vida es algo natural cuyo conocimiento me lo proporciona la razón humana; sin embargo, la norma que me impone el manejar un vehículo por la derecha y aceptar y respetar el código de circulación, es derecho positivo, es el derecho impuesto por el legislador, legítimamente constituido, que mira al bien común y al orden de la sociedad.

 

Si bien es verdad que ambos tipos de leyes son necesarios y se complementan mutuamente, resulta manifiesto que la ley natural debe ser el fundamento y la base de la ley positiva, de modo que una ley positiva nunca vaya contra la ley natural.

 

 

IV. ¿CUÁLES SON LAS CARACTERÍSTICAS DEL DERECHO NATURAL?

 

            Podemos resumir las propiedades del derecho natural en las siguientes notas básicas: Universalidad; Inmutabilidad; Cognoscibilidad, Indeleble, Único, Promulgado; y, Contiene Sanción. Veamos cada una de ellas.

 

+        Universalidad. Esta nota corresponde a la validez del derecho natural. Dado que deriva directamente de la naturaleza humana, por lo tanto el derecho natural obliga a todas las personas humanas sin excepción. Resultaría, por otra parte, contradictorio hablar de una ley natural que no rija para todos los individuos que poseen la misma naturaleza humana.

+        Inmutabilidad. Esta cualidad destaca la permanencia del derecho natural. Mientras las leyes positivas deben ser adaptadas, ajustadas después de cierto tiempo, por la diversidad de las situaciones a que deben de atender, las normas del derecho natural siempre perduran y no son modificables ni derogables. Las leyes humanas pueden ser hasta abolidas si las circunstancias así lo exigen; la ley natural perdura siempre. La razón de esta permanencia estriba en que la naturaleza humana no sufre cambios esenciales; si hubiera cambios esenciales implicaría desconocer el carácter histórico de la persona humana; sólo se afirma que tales cambios por importantes que fueren, no afectan a la persona humana en su esencia.

+        Cognoscibilidad. Hace referencia al conocimiento del derecho. El derecho natural es captado espontáneamente por la conciencia moral del individuo[21]; desde la infancia vamos viviendo el contenido concreto de las normas naturales, reconociendo la malicia del robo, la falsedad de la mentira; y, al contrario, la satisfacción de haber hecho el bien, haber ayudado al necesitado, asistido al enfermo, etc.

+        Indeleble. Porque está escrito de modo imborrable en la conciencia de todos los hombres.

+        Único. Dado que sus principios se encuentran jerárquicamente subordinados al principio primero: «hay que hacer el bien y evitar el mal».

+        Promulgado. En la conciencia de todo ser humano. Por ello, todo hombre puede conocerlos y cumplirlos.

+        Contiene sanción. Se trata, evidentemente, de una sanción natural. Recordemos siempre aquella máxima de los antiguos: «Dios perdona siempre; el hombre, suele perdonar a veces; mientras que la naturaleza, nunca».

 

Concluyamos afirmando que el derecho natural significa: «la esencia de la persona humana, en cuanto fundamenta un modo de obrar propio y obligatorio para todo individuo, por el hecho de ser persona humana».

 

 

V. ¿DESARROLLO DINÁMICO DE LA PERSONA HUMANA O AMPLIO CRECIMIENTO MATERIAL, TÉCNICO Y ECONÓMICO?

 

La dignidad de la persona humana —como parte de la concepción cristiana del hombre— implica un concepto dinámico[22]. Quiero decir: el hombre está llamado a desarrollar de modo activo esa dignidad sustancial durante su existencia individual y social. ¿Y, de qué modo? Lo hará a través de: la inteligencia; la sabiduría; la conciencia humana, la libertad humana, la conciencia moral y la libertad civil.

 

Así, pues, el hombre irá desarrollando su dignidad en la medida que se manifieste (o que la sociedad le permita manifestarse) con su inteligencia humana en los mundos del pensamiento, de la ciencia, de la técnica, de las artes, etc. Es decir, cuando la inteligencia va descubriendo la realidad; y sobre todo cuando la inteligencia se abre al sentido de la vida.

 

Pero no basta que el hombre conozca la realidad. Hay un segundo momento marcado por la sabiduría, la cual viene a perfeccionar y elevar la inteligencia del hombre a la verdad, al bien, a la belleza y a lo sobrenatural, descubriéndole el sentido más profundo de la realidad. Este paso es fundamental para el desarrollo dinámico de la persona, porque el contacto de la inteligencia con un mundo de valores más nobles y sobrenaturales le permiten realizar en su vida su propia dignidad obrando el bien moral. Y esto es lo que nos garantiza una convivencia solidaria, justa y en paz.

 

Es innegable que quien no crea en nada definitivo difícilmente creerá en el hombre, ni podrá justificar jamás la lucha por la humanidad. El agnosticismo y el escepticismo no permiten sostener posiciones decisivas. De aquí la importancia de la libertad de la persona como una condición básica para buscar la verdad en todos los órdenes del saber humano.

 

Cuando un político, por ejemplo, se cierra a la revelación no está aportando absolutamente nada para solucionar la necesidad de orientar la vida individual y social de los hombres. Cuando un político, funcionario del gobierno o cualquier profesional que tuviese bajo su responsabilidad determinadas comunidades de personas, pensara y manifestara que Dios, o lo sobrenatural, es un problema; en ese momento se está convirtiendo (además de mostrarse un necio) en piedra de tropiezo para el progreso dinámico y verdadero del hombre.

 

Finalmente, el estado procurará que el hombre viva armónicamente su libertad (psicológica o de elección) tanto para decir «sí», como para pronunciar «no». En efecto —y sépanlo bien algunos de los políticos de nuestra patria— la libertad social, política y jurídica se encuentran en la raíz de los derechos humanos y de los principios que organizan el orden jurídico. La persona debe actuar con responsabilidad, por propia iniciativa y libremente, La libertad civil implica que la persona sea libre ante los poderes constituidos.

 

El progreso en todos los ámbitos, ya sea técnico o económico son ciertamente buenos. Sería absurdo pensar que estamos sosteniendo una tesis en contra del autentico desarrollo y crecimiento en todos los ordenes. «¿Acaso la memoria cibernética no es como una prolongación de la nuestra?; ¿Acaso el vuelo del avión no es nuestro vuelo? ¿y, las fuerzas de las topadoras, nuestra fuerza?»[23]. Sin embargo, cuando se los pretenden desarrollar al margen del crecimiento del hombre, no proporcionan la conciencia y la dimensión de la solidaridad, de la justicia y de la paz. Todo crecimiento técnico como económico, incluida la experiencia científica hay que equilibrarlos con la fe. De lo contrario, corremos el riesgo de tener grandes autopistas, ciudades con rascacielos, con un altísimo bienestar económico; y, sin embargo, vivir en guerra.

 

 

VI. LOS DERECHOS HUMANOS:

 

La dignidad de la persona humana tiene una eficacia operativa. Su dimensión social se manifiesta en el respeto y cumplimiento integral de los derechos fundamentales del hombre. Sólo el hombre es titular —en sentido estricto— de ciertos derechos que aluden a exigencias fundamentales del ser humano y sirven de base a otros derechos.

 

Los derechos humanos pertenecen a todo hombre por el mero hecho de ser hombre, sin diferencias religiosas, sociales o culturales y tienen valor previo, superior e independiente de las normas positivas y no dependen exclusivamente de ellas.

 

¿Cuál es el fundamento de los derechos humanos? El fundamento próximo está en la naturaleza humana; mientras que el fundamento remoto está en Dios, el creador de la naturaleza humana y radican en el pueblo (o en la sociedad), en cuanto él es sujeto del Poder y origen del Estado.

 

El más fundamental de los derechos humanos es el derecho a la vida por ser un don precioso que tiene valor divino, dado que participa —en todas sus formas y dimensiones— de la vida de Dios con independencia de las cualidades humanas y de la utilidad social.

 

El hombre también tiene derecho a la libertad religiosa. Ningún poder (ni político ni religioso) puede violar o limitar la libertad de la conciencia, como espacio propio del encuentro personal con Dios; y, por tanto, libertad para dar culto a Dios y practicar la fe. Si el mismo Dios es divinamente respetuoso de la libertad de la conciencia de sus hijos, cuánto más el hombre, será totalmente respetuoso de la libertad de conciencia de los demás.

 

Todo hombre tiene derecho a participar en la vida social según sus capacidades y valores. Ello implica la necesidad de dar y recibir educación para participar cívica y políticamente en el Estado. La carencia de participación es una forma de pobreza. No se puede dar este derecho sin conexión con el derecho de asociación, que permite formar, entre otras, las asociaciones intermedias.

 

Otro derecho —unido al derecho de iniciativa económica— es el derecho a la participación en la vida económica basado en la función social de la propiedad individual y colectiva.

 

El derecho de los pueblos a salir de la miseria, desde la realidad del problema Norte-Sur. No nos olvidemos que frente a la dependencia está la solidaridad y la exigencia de crear solidaridades.

 

En fin, todavía podemos agregar aquella lista sintética de derechos humanos postulada por Juan XXIII en la Encíclica Pacem in terris.

+        Derecho a la integridad física y a la salud;

+        Derecho a los medios indispensables para un nivel de vida digno;

+        Derecho a la seguridad frente a los riesgos vitales;

+        Derecho al respeto de la propia persona;

+        Derecho al honor y a la buena reputación;

+        Derecho a la libertad para buscar la verdad;

+        Derecho a pensar y a obrar según la recta conciencia;

+        Derecho a recibir una educación integral;

+        Derecho a recibir una sana y objetiva información;

+        Derecho a obrar según la virtud y valores permanentes;

+        Derecho al matrimonio y la educación de los hijos;

+        Derecho a la vocación religiosa;

+        Derecho a una justa retribución personal y familiar;

+        Derecho a la propiedad privada;

+        Derecho a desplazarse y emigrar por cualquier parte de la nación;

+        Derecho a la protección jurídica del Estado.

+        Etc.

 

            El gobierno, sus funcionarios y demás autoridades están llamados a tutelar estos derechos y exigir el cumplimiento de los deberes humanos[24].

 

 

VII. CONCLUSIÓN VALORATIVA: «LOS DEBERES HUMANOS»

 

            Ya hemos tenido oportunidad de hablar de los derechos humanos; pero, ellos —y es algo que nos lo recordaba Juan XXIII, en la Encíclica Pacem in terris— están unidos, en el hombre que los posee, a otros tantos deberes humanos. Y esto es lo que deseo considerar ahora.

 

            Complementariedad entre derecho y deber. Entre los derechos y deberes fundamentales de la persona humana hay una conexión necesaria. Además, Derechos y Deberes, tienen en la ley natural su origen, mantenimiento y vigor indestructible. Por ejemplo: al derecho del hombre a la existencia corresponde el deber de conservarla. Al derecho de un decoroso nivel de vida corresponde el deber de vivir con decoro. Al derecho de buscar libremente la verdad se impone el deber de buscarla cada día con mayor fidelidad, profundidad y amplitud.

 

            Ahora bien, los deberes fundamentales de toda persona son, concretamente, tres; a saber:

+        Respetar los derechos ajenos. Efectivamente, a un determinado derecho natural de cada hombre, corresponde en los demás el deber de reconocerlo y respetarlo, porque cualquier derecho fundamental del hombre deriva de su fuerza moral obligatoria de la ley natural que lo confiere e impone el correlativo deber. Por tanto, quienes, al reivindicar sus derechos, olvidan por completo sus deberes o no les dan la importancia debida, se asemejan a los que derriban con una mano lo que con la otra construyen.

+        Colaborar con los demás. Al ser los hombres de naturaleza sociables, deben convivir unos con otros y procurar cada uno el bien de los demás. Por esto, una convivencia humana rectamente ordenada exige que se reconozcan y se respeten mutuamente los derechos y los deberes. De aquí se sigue también el que cada uno deba de aportar su colaboración generosa para procurar una convivencia civil en la que se respeten los derechos y los deberes con diligencia y eficacia crecientes. No basta, por ejemplo, reconocer al hombre el derecho a las cosas necesarias para la vida si no se procura, en la medida de lo posible, que el hombre posea con suficiente abundancia cuanto toca a su sustento. A esto se añade que la sociedad, además de tener un orden jurídico, ha de proporcionar al hombre muchas utilidades. Lo cual exige que todos reconozcan y cumplan mutuamente sus derechos y deberes e intervengan unidos en las múltiples empresas que la civilización actual permita, aconseje y reclame.

+        Actuar con sentido de responsabilidad. La dignidad de la persona humana requiere, además, que el hombre en sus actividades, proceda por propia iniciativa y libremente. Por lo cual, tratándose de la convivencia civil, debe de respetar los derechos, cumplir las obligaciones y prestar colaboración a los demás en una multitud de obras, principalmente en virtud de determinaciones personales; de esta manera, cada cual ha de actuar por su propia decisión, convencimiento y responsabilidad, y no movido por la coacción o por presiones que la mayoría de las veces provienen de fuera Porque una sociedad que se apoye sólo en la razón de la fuerza ha de calificarse de inhumana. En ella, efectivamente, los hombres se ven privados de su libertad, en vez de sentirse estimulados al progreso de la vida y al propio perfeccionamiento.

 

            Finalmente, recordemos que la construcción de la paz pasa por la promoción de los derechos y deberes humanos. Con este propósito, Pablo VI, estableció la «Jornada Mundial de la Paz», cada primero de enero, para educar masivamente en los derechos y deberes fundamentales de la persona.


 

[1] Citado en la contratapa de la Edición de El Príncipe de Maquiavelo, realizada por la Editorial Marymar (Buenos Aires 1988). La presente edición es una traducción de LUIS NAVARRO sobre el texto establecido por MICHELE SCHERILLO, publicado por ULRICO OEPLI (Milano 21924).

[2] Ello es lo que se desprende de la sana filosofía. Cf. SANTO TOMÁS de AQUINO, Summa. Theologica (=S. Th.), I q.76, art. 1. Lo mismo definió expresamente el Concilio de Viena: Cf. E. DENZINGER, El Magisterio de la Iglesia. Manual de los Símbolos, Definiciones y Declaraciones de la Iglesia en Materia de fe y Costumbres (Barcelona 311963) No 481.

[3] Lo que acabo de afirmar es el contenido de la TESIS TOMISTA No 16. Recordemos que la Sagrada Congregación para la Educación Católica agregó estas tesis —a modo de Apéndice— al Motu proprio Doctoris Angelici de San Pío X. El documento lleva fecha 27 de julio de 1914. De esta forma, se concretaba —con una interpretación autentica— el deseo del mismo Papa manifestado, anteriormente, en otro Motu proprio: Sacrorum Antistitum, de que «se sigan los principios y las tesis más importantes de Tomás de Aquino en todas las enseñanzas de filosofía…» Cf. J. IBAÑEZ—F. MENDOZA, Apéndice: Las 24 tesis de la doctrina de Santo Tomas; en; IIDEM., Introducción a la teología (Madrid 21989) pp. 182-187.

[4] Cf. S. Th., I q. 77, art. 1.

[5] Cf. S. Th., I q. 77, art. 6.

[6] Cf. S. Th., I q. 77, arts. 1-3.

[7] Citado por R. D. RABINOVICH—BERKMAN, & 85. El derecho sobre el cuerpo; en; IDEM., Derecho Civil. Parte General (Buenos Aires 2000) p. 243.

[8] Cf. A. ROYO MARIN, La vida natural del hombre; en: IDEM., Teología de la perfección cristiana (Madrid 61988) pp. 5-6.

[9] Ibidem. El Autor se está refiriendo, concretamente, a una expresión de San Gregorio.

[10]  Cf. S. Th., III q.19, art. 1 ad 4.

[11] Cf. De Potentia, 9, 3. En otro lugar —a partir del significado por el cual fue impuesto el nombre persona— dice lo mismo. Cf. S. Th., I q. 29, art. 3 ad 2.

[12] Cf. A. PITHOD, Dignidad de la persona; en: IDEM., Curso de Doctrina Social (Buenos Aires 1979) p. 74.

[13] Divini Redemptoris, 29.

[14] Pacem in terris, 6.

[15] En la alocución pronunciada el 24 de diciembre de 1944.

[16] Santo Tomás de Aquino destacaba esta misma verdad al comentar la expresión de San Juan «Ex Deo nati sunt». Allí refiere que «esta generación, por cuanto es de Dios, nos hace hijos de Dios» (Comentario al Evangelio de San Juan, capítulo I, 13).

[17] En este punto sigo, casi textualmente, las excelentes consideraciones hechas por: A. PITHOD, El orden natural como fundamento de la Doctrina Social; en; IDEM., o.c., pp. 49-53. C. A. SACHERI, ¿Existe acaso un orden natural?; en: IDEM., El orden natural (Buenos Aires 51980) pp. 20-22.

[18] Para la consideración de este contenido me he inspirado en: A. PITHOD, Contenido del derecho natural; en: IDEM., o.c., pp. 55-57. C. A. SACHERI, El contenido del derecho natural; en: IDEM., o.c., pp. 28 ss.

[19] Cf. C. A. SACHERI, Orden natural y derecho natural (I); en: IDEM., o.c., pp. 24 ss.

[20] Así se expresa LEÓN XIII, en la Encíclica Libertas, nº 6.

[21] Cf. CONCILIO VATICANO II, Gaudium et spes, 16; Dignitatis Humanae, 3.

[22] Aunque, para ser precisos, la dignidad de la persona humana implica también, un concepto estático; y, en este sentido —ya lo referíamos más arriba— afirmamos que la persona es creada a imagen y semejanza de Dios y elevada a un fin sobrenatural. Cf. AA.VV., La dignidad sagrada de la persona; en: IIDEM., Doctrina Social de la Iglesia. Manual abreviado (Madrid 1996) pp. 36 ss.

[23] Cf. R. D. RABINOVICH—BERKMAN, & 3. ¿Para qué sirve el derecho romano?; en: IDEM., Derecho romano (Buenos Aires 2001) p. 12.

[24] Cf. JUAN XXIII, Pacem in terris, 44: CONCILIO VATICANO II, Gaudium et spes, 74.