ACERCA DEL CONCEPTO

DE LA PERSONA HUMANA

EN LAS IDEAS LIBERTARIAS ARGENTINAS

(a partir de un estudio de Juan Suriano)

 

 por Mariano Ron

 

 

 

 

1. EL ANARQUISMO EN ARGENTINA

 

            La idea de abordar brevemente el concepto del ser humano en el anarquismo argentino me nació a partir de leer la obra de Juan Suriano intitulada: Anarquistas, Cultura y política libertaria en Buenos Aires. 1890-1910 (Buenos Aires, Manantial, 2001), en la cual el autor, con tanta claridad y respaldo documental, estudiara su tema de análisis.

            Con esa obra como base, me permito entonces analizar en forma muy somera un tema más particular y restringido: el de la idea de la persona humana que tenían los anarquistas porteños en ese período.

            Por otro lado, en tiempos como los nuestros, en los cuales se afirma la supuesta muerte de las ideologías, el fin de la historia y la consolidación del neoliberalismo como único paradigma socioeconómico, tiempos también de fuerte crisis y descrédito del sistema representativo, considero que analizar al anarquismo como movimiento político, resulta por demás interesante.

            Con fuerte arraigo en la clase trabajadora argentina a fines del siglo XIX y principios del XX, el anarquismo fue protagonista de la vida política nacional. Aunque en nuestros días se lo encuentre reducido a pequeños grupos de intelectuales, sus ideas no deberían ser descalificadas desde un punto de vista pragmático y utilitario, si no que, por el contrario, podrían servirnos de base para una profunda reflexión sobre la política en su conjunto, ya que la crítica anarquista es una crítica a la autoridad en sí misma.

            Pero antes de iniciar el desarrollo, valen las siguientes aclaraciones:

 

1)  Estas líneas pretenden ser sólo un modesto punto de partida para el estudio del tema en cuestión. Quien lo desee, puede ampliar el tema a partir de las múltiples obras que han estudiado el fenómeno libertario o en las diversas publicaciones anarquistas que florecieron en Buenos Aires a principios del siglo XX.

 

2) El movimiento anarquista no fue en absoluto homogéneo. Por el contrario, hubo profundas e insalvables divisiones en su seno: pacifistas, o partidarios de acciones violentas; individualistas, o colectivistas; organizadores, o anti-organizadores. Pero aún así, todos compartían similares ideas en cuanto a la persona humana.

 

 

2. LOS ANARQUISTAS Y LA VIOLENCIA

 

Siempre se ha hecho hincapié en  las prácticas violentas del anarquismo, y sin embargo las acciones violentas en la Argentina fueron sensiblemente menores que en Europa. La visión del anarquista como un ser violento ha sido alimentada y construida por la criminología derivada de César Lombroso, tan en boga en los tiempos en que las ideas ácratas tenían mayor vigor.

Aunque es posible observar alguna apología de la violencia desde algunas publicaciones menores, hay que advertir que ésta no ha sido la postura hegemónica del movimiento en nuestro país, que ha sido siempre mayoritariamente organizador y pacifista. En este sentido, entre los años de 1890 y 1910, época de mayor esplendor del movimiento anarquista local, se produjeron algunos hechos aislados de violencia, como los fallidos intentos de asesinato del presidente Figueroa Alcorta y del cónsul español Enrique Nido, y el asesinato de Jefe de la Policía Federal, Ramón Falcón.

Ya fuera del período señalado, el más conocido de los anarquistas partidarios de las acciones violentas, fue Severino Di Giovanni, quien paradójicamente era admirador de Eliseo Reclús, un anarquista pacifista. Di Giovanni irrumpe en la escena anarquista cuando el movimiento ya se encontraba en un fuerte e irreversible declive. Sin embargo, desde las páginas de La protesta, el perdico anarquista de mayor circulación, adherido a la vertiente pacifista, salían las más fervientes críticas y oposiciones a las prácticas del anarquista italiano (véase, en este sentido, la polémica reflejada por Osvaldo Bayer, en Severino Di Giovanni, el Idealista de la Violencia, Buenos Aires, Planeta, 1999, pp 122/123).

Los anarquistas sí revindicaban al acto vengador, es decir, aquellos atentados perpetrados por anarquistas  y provocados por “justa venganza” ante actos represivos. Uno de los más conocidos dentro de esta categoría, fue el ya citado asesinato del Jefe de Policía Coronel Ramón Falcón. Otro fue el homicidio del Coronel Varela, responsable de la sangrienta represión de obreros en la Patagonia, llevado a cabo por Kurt Gustav Wilckens (véase sobre este tema en particular, otra obra de Osvaldo Bayer, La patagonia Rebelde. El Vindicador, Buenos Aires, Planeta, 1997, pássim, base de la famosa película argentina que trata estos episodios).

Aunque este tipo de actos considerados “justicieros” sí tenían aprobación generalizada del movimiento, ésta no pasó de ser teórica, ya que, como se ha dicho, no dejaron de ser hechos aislados, que por otra parte, eran pensados, preparados y llevados a cabo de manera individual. Es posible que los mismos anarquistas que defendieran estos actos también fueran consientes de su inutilidad (Suriano, p 282).

 

3. LAS IDEAS ANARQUISTAS

 

La doctrina y la lucha anarquista está dirigida a la liberación humana. La libertad del hombre resulta lo más preciado para el anarquista, y cree que no debe existir ningún poder que pueda restringirla o impedirla.

En este sentido, y mal que les pese a muchos liberales y ácratas, puede observarse que el anarquismo resulta en cierta medida heredero del liberalismo político, lo cual puede verse reflejado en la siguiente idea de Kropotkin: “La anarquía no es desorden, sino ORDEN, pero es el orden que nace NO del ejercicio del Poder (esto es, NO de la amenaza, la fuerza y la violencia), SINO del ejercicio de la libertad, la igualdad y la fraternidad”. 

La solidaridad será otro de los componentes de la doctrina anarquista, pero no “la humillante caridad, ni la vanidosa filantropía..”. La solidaridad humanitaria estaba encaminada a ayudar a las víctimas de la represión, a los enfermos, presos o desocupados (Suriano, p 48).

Su prédica estuvo mayoritariamente focalizada hacia el ser humano en general, y no hacia una clase social determinada. Uno de los más importantes anarquistas de la Argentina, Diego Abad de Santillán, opinaba que "en el obrero revolucionario está por encima el hombre que el obrero. Por encima del concepto de proletario, está el concepto de humanidad...” (Santillán, Suplemento Semanal de la Protesta, citado por Suriano, p 48).

En este sentido, su lucha estará encaminada, pues, contra todas aquellas instituciones que, para el ideario anarquista, resultan enemigas de la libertad humana. Y la gran enemiga será la autoridad, secular, religiosa o económica. “Juzgamos necesario la abolición de todas las jerarquías entre los hombres”, explicitaba en la publicación del 20 de mayo de 1900, el periódico  ácrata  El Rebelde.

“El individuo no se desarrollará libre ni será feliz mientras el Estado subsista”, anunciaba La protesta humana, el primero de mayo de 1902.

Concebían ellos al Estado como un ente coercitivo y autoritario, que debía ser abolido, sobre todo porque defendían absolutamente la libertad personal. Al rechazar al Estado, también se rechazaban sus pilares fundamentales: la legislación, la patria y el ejército (Suriano, p 259).

En cuanto a la primera, se sostenía que: “La ley nunca es, ni podrá ser jamás, buena: porque emana de un principio malo: el de la imposición. Por eso no sirve siquiera como método de educación” (El Fulgor, 12 de diciembre de 1906, citado por Suriano, p 261). Su única alternativa, será, pues, el consenso.

Para los anarquistas la libertad y la voluntad humana son indelegables, por ello se impugnaba la democracia representativa: “Delegar el poder es perderlo, decía Reclús... Oh, perdón, es más aún; es ser el perro de la libertad ajena, del derecho de los otros, de la belleza que duerme o vela en la selva y en el monte. Es una barbaridad delegar el poder” (González Pacheco, Rodolfo, Carteles, citado por Suriano, p 273).

La idea de la patria también sufría los embates de los anarquistas, pues los obreros, decían, “viven en la opresión lo mismo en la patria francesa que en la inglesa, Chile, Argentina y en la alemana ¿qué les importa el ser gobernados y explotados por éstos o por aquellos, si son de todas maneras explotados” (cit. por Suriano, p 266). “La patria es una mistificación. El mundo entero nos alberga: no tenemos patria ni pedacito de tierra a defender”, decía el periódico El fulgor el 25 de Marzo de 1906. En el mismo sentido, el ejército, en cuanto institución verticalista y guardián del Estado, también era atacado. Desde sus publicaciones, abiertamente los anarquistas apelaban a la deserción de los soldados.

En fin, la prédica anarquista, era ingenua y utópica en cuanto al futuro: En el año 2000 no habrá guerras ni fronteras regadas con sangre humana”, vaticinaba cándidamente La voz del soldado, el primero de febrero de 1908.

Para terminar, y como muestra final de la predicada importancia del hombre en la doctrina anarquista transcribo la adaptación realizada por el periódico El rebelde, el 25 de febrero de 1900, del Credo católico:

 

"Creo  en el hombre, ser poderoso, creador  del progreso, base de todos los goces sobre la tierra, y en la libertad individual, su único medio, móvil nuestro que fue conseguido por obra de humano organismo, nació de la virgen anarquista primitiva, padeció debajo del poder de la religión y del Estado; fue crucificado, muerto y sepultado, en la persona de los propagandistas; descendió a los infiernos del feudalismo y al tercer siglo resucitó de entre los oprimidos, subió a los cielos de los gobiernos mesocráticos, está sentado por la diestra burguesía todopoderosa y desde allí  ha de venir a juzgar y extinguir abusos y privilegios; creo en el espíritu del progreso incesante, en la escuela sociológica, reformista ácrata, en la desaparición de todos los privilegios, en la resurrección de la justicia y en la vida perdurable del bienestar humano, por virtud de mis principios anarquistas. Amén"