LA DISCRIMINACIÓN NUESTRA

DE CADA DÍA

 

por Roberto Subirana

 

 

 

Estimado Semejante:

    Veamos: si le dicen que usted es “discriminador”… seguramente lo negará tan rotunda como airadamente. Si ni aun los mismos flagrantes discriminadores lo admiten, mucho menos lo hará quien, como usted, siente,… está íntimamente convencido de que no lo es…

    Pero… (¿vio, semejante, nunca podemos alejarnos de algún “pero”?)… si observamos (nos observamos) con detenimiento,… con objetividad,… descubriremos que, como dicen los ingleses, “todos tenemos un esqueleto oculto en el armario”,… o, como solemos decir por aquí, “todos tenemos un enanito fascista dentro nuestro”… aun los más ultraizquierdistas (¿o acaso todo tipo de “ultra” no implica un criterio fascista? Porque el “fascio” evoca el haz de varas sólidamente unidas entre sí).

    Usted señor, aun sin una determinada intención ofensiva, ¿nunca usó las expresiones “paragua”, “peruca” o “bolita” para referirse a paraguayos, peruanos o bolivianos, especialmente los de tipo más humilde, carentes de recursos económicos? Es más, si superó los 60 o 70 años de edad, ¿nunca usó la expresión “cabecita negra”?

    Usted, señora, si sus recursos económicos se lo permiten, ¿empleó para realizar las tareas domésticas de su casa a una joven renga o muda o sordomuda?

    Usted, señora o señor titular de una empresa .pequeña, mediana o grande, cuando ha tenido que incorporar personal, a igualdad de capacitación, ¿incorporó al postulante que se presentó en su silla de ruedas… o al otro, que llegó “pisando fuerte” sobre sus dos (sanas) piernas?

    Es más; vos, joven músico actual… de entre dos candidatos a sumarse a tu grupo musical ¿elegís al “normal” o al invidente (vulgo “ciego”)?…

    Como proveniente de la casi completamente extinta “clase media” vernácula, salí al mundo receptando una serie de atisbos de prejuicios un tanto discriminatorios respecto de “los diferentes”. Afortunadamente, desde mi adolescencia una muy buena educación (familiar y formal) y una rica y enriquecedora experiencia de vida me fueron “limpiando” de esas “taras”, que lo eran aunque fuesen muy leves. Afortunadamente la vida tuvo la deferencia de hacerme compartir muchos momentos con ciegos, mancos, rengos, lisiados y todos los etcéteras que usted quiera agregar.

    ¡Si, ya sé que usted me va a reprender porque no se debe decir “ciego” sino “invidente”; que no se debe decir “sordomudo” sino “hipoacúsico”; que no se debe decir “lisiado” sino “con motricidad reducida”!… A establecer esas nuevas denominaciones, menos lesivas para los afectados, se han dedicado muchos “normales”, empleando no poco tiempo y esfuerzo. Y, en buena medida, el éxito ha coronado su iniciativa: se han incorporado al leguaje público (ya que no tanto al coloquial o privado) expresiones tales como invidente, hipoacúsico, con capacidades diferentes, etc. ¡Pero ni hemos reducido el número ni su problemática ni hemos hecho nada concreto y positivo para incorporar al “mundo de los normales” a los ciegos, a los rengos, a los lisiados que deben desplazarse en sus sillas de ruedas!

    Ante una de esas tan esporádicas como bienvenidas campañas las esquinas Buenos Aires (al menos en su zona céntrica) se poblaron de unos artefactos que se suponía eran rampas para discapacitados… ¡si hasta una de la líneas de subterráneos (la “D”), en su estación Tribunales, ha instalado un acceso especial, con ascensor, para minusválidos!… Como, hasta donde conozco, es la única instalación de ese tipo, al menos los minusválidos podrán disfrutar de entretenidos paseos entre las estaciones Catedral y Congreso de Tucumán… Eso sí, acceder y salir del subte deberán cuidarse de hacerlo en la estación Tribunales, la única aparentemente que cuenta con esa posibilidad. También algunas unidades de líneas de microómnibus han incorporado una rampa mecánica que permite el ascenso y descenso de personas con dificultades motrices… quienes sólo tienen que armarse de tiempo y paciencia esperando que, por el lugar en que se encuentren, pase una de esas unidades (en cuyo interior, dicho sea de paso, también se ha previsto lugar para dos sillas de ruedas).

    Las campañas terminaron… y las rampas se han ido deteriorando tanto como el resto de las veredas… convirtiendo a la gran mayoría de peatones en potenciales candidatos a todo tipo de “disminución de nuestra capacidad de movilidad”… o, simplemente, al “porrazo” (para el más o menos íntimo regocijo de los ocasionales espectadores); el número de microómnibus con rampa no parece haber crecido; no he visto (aunque admito que no soy usuario frecuente de ese servicio) que los micros de larga media o distancia hayan hecho nada al respecto. Es diferente es tema de los ferrocarriles y estaciones aéreas: en ambos casos hay rampas y/o elementos adecuados a ese fin.

    Pero la cuestión no se limita a los medios de transporte o al ámbito laboral. ¿Ha visto usted, en la televisión abierta, algún noticiero con emisión simultánea de información con lenguaje de hipoacúsicos? ¿Cuántos discursos de funcionarios o políticos (aun de candidatos a algún cargo) que utilicen esa “traducción” simultánea? Lo extraño es que los hipoacúsicos también votan… aunque, quizás, por no ser tantos habrá quien piensa que “no vale la pena tomarse el trabajo” de hacerlo…

    Hace algunos años se me encomendó un trabajo: la recarga (revisada y corregida) de todo un padrón de afiliados a la obra social de un importante sindicato. Debía cargarse, además de los datos del afiliado, los de todo su grupo familiar (con apellido, nombres y tipo y número de documento de identidad de cada uno de sus integrantes). La tarea era de un volumen tal que debimos dividirla entre varios “expertos y experimentados” en ese tipo de tareas; sin embargo, aun así la tarea nos excedía. Como cada uno de los citados “expertos” teníamos otros asuntos que atender, propuse “contratar” los servicios de la Fundación Nosotros, entidad privada dedicada a la capacitación de jóvenes con síndrome de Down (trisomía del par 21 o “mogólicos” para utilizar una indebida expresión común).

    Entre la capacitación que impartía esa Fundación se encontraba la realización de tareas administrativas con uso de computadoras. En síntesis: la ÚNICA parte del trabajo que NO DEMANDÓ correcciones fue la hecha por los chicos de la Fundación,… Estaba perfecta; no hubo ningún error ni de lectura ni de escritura. Los restantes “expertos” teníamos no menos de 15 o 20 años de experiencia en el uso de computadoras y en ese tipo de tareas… A la vista de los resultados (y de la cantidad de errores que cometimos los “expertos”) cabía preguntarse: ¿Quiénes eran los “mogólicos” (con la carga peyorativa que suele encerrar este término)?… ¿Los chicos de la Fundación Nosotros… o nosotros, los “expertos”?

    Además, esa Fundación enseña oficios tales como los de panadería-repostería… y carpintería… Puedo asegurar que nunca, en mi vida, he visto una carpintería (dotada de todo tipo de maquinarias de alto riesgo como sierras sin fin, garlopas o cepilladoras) en que se cuidase y se cumpliese tan estrictamente con las normas de seguridad industrial. Es más, al instructor (experimentado y “normal”, como usted o yo) una máquina le había “llevado” una falange de uno de sus dedos… ¡pero sus alumnos (todos chicos Down) nunca sufrieron el menor accidente!…  Por suerte (anhelo, espero) esa Fundación ha podido continuar su tarea, no sólo “reintegrando” a sus alumnos, a “sus chicos” a la sociedad (supuestamente) “normal” sino, no menos importante, enseñándonos a los “normales” que esos “diferentes” no solamente existen sino que son tan valiosos -en función social- como quienes nos asumimos como “normales”... 

    ¿Sabe usted qué cantidad de “diferentes” (ciegos, hipoacúsicos, minusválidos) han cursado y completado carreras universitarias, triplicando o cuadruplicando el esfuerzo de los alumnos “normales”? ¿Sabe usted que, utilizando un programa (software) adecuado, un ciego (o invidente, si lo prefiere) puede utilizar una computadora tan bien o mejor que usted… o que, si se dedica a la música, suele ser tanto o mejor profesional que un común “normal” (ya que la falta de visión agudiza sus otros sentidos, en este caso el de la audición)?…

    Los “normales” reclamamos por los ahorros encerrados en el “corralito” o en el “corralón”; reclamamos planes “Trabajar” o “Jefes y jefas de familia”; reclamamos por el aumento desmedido de los precios de los productos de primera necesidad, por las tarifas de los servicios públicos, por los impuestos… pero (¡he aquí, nuevamente  un “pero”!)… ¿cuántos “piquetes”, marchas, manifestaciones, “cacerolazos” ha escuchado y/o visto y/o integrado para hacer reales, efectiva y definitivamente, los derechos de nuestros semejantes “diferentes”? ¿Cuántas campañas en gráfica o en televisión ha visto proponiéndole “ponerse en el lugar” del otro, del “diferente”, del ciego, del sordo, del sordomudo, del lisiado, del afectado por el síndrome de Down… y qué ha hecho, qué respuesta ha /hemos) dado, en términos concretos, positivos, de nuestra vida y entorno cotidiano?

    Por lo tanto, estimado semejante, asumamos que -mal que nos pese- estamos discriminando, estamos marginando a una cantidad de otros semejantes-diferentes… pero no nos quedemos en aceptar lo que hacemos: comencemos a corregirlo. Hay (afortunadamente) mucha gente trabajando por esos “diferentes”. Su lucha pasa, la mayoría de las veces, desapercibida para gran parte de la sociedad… Para corregir eso, para que su tarea sea más eficiente y amplia necesitan de nuestra comprensión y, mucho más, de nuestra colaboración, de nuestra ayuda… y no precisa ni exclusivamente con dinero: necesitan que dejemos de discriminar.

     ¡Hasta la próxima… y gracias por su paciencia!