MORAL… O MORALINA DISCRIMINATORIA

 

por Roberto Subirana

 

 

Según la Real Academia de la Lengua Española, moral es: lo perteneciente o relativo a las costumbres o a las reglas de conducta * Que es de la apreciación del entendimiento o de la conciencia * Que no concierne al orden jurídico sino al ámbito de la conciencia personal. Es decir que, sin dudas, se refiere -sea individual o colectivamente- a nuestras costumbres, conducta y conciencia, todo ello enmarcado en el ámbito de la sociedad en que estamos insertos. En consecuencia, podemos entender y aceptar que el individuo puede -por convicción, educación, formación y/o tradición- elaborar una escala de pautas morales con las que ordenará y regirá su vida y su interrelación con el medio social.

 

Lo sano y positivo será que las pautas morales que adoptemos para nuestra vida privada e íntima guarden la mayor coincidencia posible con las que aplicamos en nuestra convivencia con el resto de la sociedad. ¿Puede no haber completa coincidencia entre alguna de las pautas que aplicamos en nuestra intimidad con las que adoptamos “hacia afuera”, en nuestra relación con la sociedad? La respuesta es sí… y ello no constituye problema alguno si cuidamos que nuestra “moral privada” no afecte, interfiera o agreda a nuestra “moral pública”. Esto, que podría parecer una contradicción no lo es en el fondo: simplemente es que uno, en su vida privada, en la íntima soledad de su hogar, puede desarrollar ciertas conductas con plena conciencia de que no son “aceptables” para el resto de la sociedad y, por lo tanto y sin incurrir en hipocresía, las reserva para ese ámbito íntimo y privado.

 

Por descontado sabemos que lo precedente podrá ser lo “ideal”… pero parece no ser lo común y corriente en la sociedad que nos toca vivir. Una sociedad que se presenta como muy inclinada al “doble discurso”, al “haz lo que yo digo pero no lo que yo hago”.

 

De allí que, bajo la apariencia de broma, lo que no descarta su acierto en muchos aspectos, me permito repetir la definición de moral expresada por un viejo humorista, Simplicimus: “Moral es… el miedo de que pase algo”… especialmente si ese “algo” es que llegue a conocimiento de los demás… ¡y júreme usted, semejante, que no conoce a unos cuantos congéneres cuyo concepto de la moral responde a esta definición!…

 

A esta altura del comentario muy posiblemente usted se esté preguntando “¿A qué viene toda esta filosofía de bolsillo?”… Le diré, lo precedente viene a cuento por haber llegado a mi conocimiento un hecho prototípico del mencionado “doble discurso”,… de la irracional discriminación que ello lleva implícito. El caso es que, una persona joven, aunque legalmente mayor de edad, en un arranque de honesta sinceridad informó a sus padres de su homosexualidad… ¡y se produjo la hecatombe familiar!… La reacción encerró tanto irracional rechazo como incoherente incomprensión. Resultado: esa joven persona, que tantas veces había escuchado a sus padres pregonar la obligación de ser honestos y sinceros… hoy está pagando el haber creído (y cumplido) en esos preceptos con una situación rayana en la de un sospechado del más aberrante homicidio en uso de libertad condicional.

 

Esos padres… ¿preferirían acaso que esa joven persona, por ellos engendrada, cuidada y educada, fuese “normal”, es decir, heterosexual… como Jorge Rafael Videla, como Emilio Massera, como Rodolfo Galimberti, como Mario Firmenich, como “el gordo” Valor… sólo por citar algunos entre otros muchos?

 

Personalmente declaro que si un semejante, nacido “Carlos”, me pide que lo llame “Carla” y otro semejante, nacido “Alejandra”, me pide que lo llame “Alejandro” lo hago sin sentir que ello me provoque ningún problema, que afecte en lo más mínimo mis derechos, que pueda producirme daño alguno. Sé que no faltará quien plantee objeciones desde el punto de implicancias legales… pero dichas implicancias se esfumarían si existiese una ley que permitiese libremente realizar el cambio… registrándolo debidamente, sin incurrir en omisiones, negligencias o imperfecciones (que las hay, aun sin que exista esa norma).

 

¿Hablé de sexualidad “normal”?…   No pretendo meterme en lo que no conozco en detalle,… pero sí voy a recurrir a los especialistas (indiscutidos e indiscutibles) en el tema. Dijo Wilhelm Stekel (1): “Oímos hablar a menudo de una sexualidad normal. ¡Esa sexualidad normal no existe en realidad! No hay una escala para medir lo que es normal o enfermizo en amor, pues estos límites varían de acuerdo con las naciones y las distintas capas sociales. Cada individuo tiene condiciones amorosas propias, adecuadas a su temperamento”. “Los padres comprenden difícilmente la moral de sus hijos y hacen toda clase de esfuerzos para inculcarles sus principios morales. En materia de moral siempre se enfrentan las generaciones”. También advierte que “la moral” es “una suma de convenciones creadas por la sociedad para ocultar las reacciones del instinto de los individuos”, por lo que plantea la existencia de una “doble moral”: la aparente y la verdadera. 

 

Ya sea que nos guste o no, que lo adoptemos o lo rechacemos para nosotros mismos, hay cosas que poseen existencia real, indiscutible. Conductas que ciertamente se apartan de lo “tradicional y convencionalmente aceptado”… lo que no implica que no hayan existido desde los albores de la Humanidad. El hecho de que neguemos lo que no nos gusta no significa que eso no exista,… y esto es una innegable realidad. La heterosexualidad, la homosexualidad y la bisexualidad existen desde que el ser humano habita este planeta. El hecho de que, durante siglos y en ciertos ámbitos sociales, se haya aplicado la filosofía del “de eso no se habla” no logró que ese “eso” dejase de existir. Al respecto, June Reinsisch (2) sostiene, en base a su extensa experiencia profesional, la existencia de las tres orientaciones sexuales ya citadas: hetero, homo y bisexuales, agregando que “Para algunas personas, la orientación sexual (indicada por el sexo de sus parejas) cambia a lo largo de la vida, pero para la mayoría se mantiene constante”… pero, al momento en que se produce un cambio (de hetero a homo o bisex o viceversa), dicho cambio no responde “… a una decisión personal, ya que nadie puede obligarse a sí mismo a enamorarse de alguien”. Más adelante señala que “Aún no se saben las causas de la orientación heterosexual, homosexual o bisexual. De la misma manera que usted no tomó una decisión consciente de ser heterosexual, una persona de orientación homosexual o bisexual tampoco ha escogido su orientación sexual. Las investigaciones han demostrado que los niños criados por padres homosexuales no tienen más posibilidades de ser homosexuales que los niños que han sido criados por padres heterosexuales”.   

 

Las opiniones de estos eminentes profesionales me exime de extenderme en este aspecto de la cuestión… pero no de reiterar mi llamado de atención sobre la actitud irracionalmente discriminatoria (y hasta contradictoria, en no pocos casos) esgrimidas en el caso que generó este comentario y que, desgraciadamente, no es infrecuente.

 

A quienes se manejan con esos parámetros les recuerdo que la orientación sexual de una persona no incide en su calidad ni virtudes humanas y que, si en algún momento, generan en esa persona actitudes agresivas u ofensivas para su entorno, generalmente ello se debe a una comprensible aunque no positiva reacción ante el rechazo y la discriminación social a que son sometidos… ¡y no se caiga en el error de pensar que mis palabras sirven también para justificar a quienes sostienen que delinquen (arma en mano y con cruel violencia) “porque la sociedad los margina”!… Conozco a muchos semejantes que han sido y son marginados por buena parte de la sociedad, empeñada en sostener irracionales criterios; también yo padezco algún tipo de marginación. Sin embargo ni a esos semejantes ni a mi se nos ha ocurrido empuñar un arma y vivir del delito como respuesta a la irracionalidad y/ insensibilidad social.

 

Seamos honestos y objetivos: si la sociedad le diese a un travesti las mismas posibilidades laborales que le da a un heterosexual (o a un homosexual, en tanto no advierta que lo es) no existirían tantos travestis dedicados a prostituírse,… lo que, como no podemos ignorar, lo hacen porque media la participación (la demanda y el pago) de supuestos heterosexuales, muchos de ellos “serios y honestos padres de familia”.

 

¡Hasta la próxima, semejante… y gracias por su paciencia!


 

NOTAS:
1)
 Wilhelm Stekel fue un famoso psicoanalista, especializado en la conducta sexual de los seres humanos. Es autor de numerosos libros sobre el tema que complementaron, ampliaron y, en algunos aspectos, corrigieron los trabajos de Sigmund Freud.
2) La doctora June Reinisch es directora del equipo de sexólogos creado por el doctor Alfred Kinsey y responsable de las periódicas publicaciones del Informe Kinsey.