LA PACÍFICA GUERRA DE FAVELCID

 

por Federico Piedras

 

            Primero de mayo del 2002. Kevin Sedano junto a un amigo corrían con todas sus fuerzas para huir de una patota que deseaba atacarlos. Corrían, temerosos quizá, con el único objetivo de no ser alcanzados y arribar a sus casas, sanos, a salvo.

            Llegaron a la Avenida Maipú: el primero en cruzarla fue el amigo, y Kevin, que iba detrás de él, lo hizo luego. Sin embargo, en la mitad del trayecto, fue impactado por un auto que era conducido por Eduardo Alexis Sukiassian.

            Sukiassian detuvo el vehículo y al darse cuenta del estado en que se encontraba su víctima, escapó. Kevin quedó en la calle inconsciente, en completo desamparo.

            Cuando llegaron los paramédicos, Kevin todavía se encontraba con vida. Fue llevado al hospital pero, una semana después, entre llantos y dolores profundos, familiares y amigos daban el último adiós, que, no obstante, marcaría el comienzo de una lucha, incesante, inclaudicable, por justicia. El comienzo de una lucha que se sumaría a otras anteriores, y a la que se unirían otras posteriores para, todas juntas, congregarse en FAVELCID (Familiares de Víctimas en Lucha Contra la Impunidad en Democracia).

 

            Veinticinco de julio del 2003. Nos encontramos en La Lucila, provincia de Buenos Aires, para ser testigos de una nueva batalla de aquella guerra que comenzara un año atrás. Podemos contemplar como, poco a poco, varias personas se agrupan en la intersección de las calles Rawson y Acassuso y entre besos, abrazos, caricias y palmadas en la espalda preparan el ambiente de lo que luego será una nueva marcha por el recuerdo.

            Nos acercamos para saludar y congeniar con los allí presentes. Nos presentamos y en ese momento quedamos a su más entera disposición. Comenzamos a dialogar con las distintas personas y, poco a poco, nos enteramos de sus historias, diferentes pero semejantes a la vez: todas claman por la justicia, por el no olvido ni perdón y que paguen como realmente deben hacerlo. Allí están Viviam Perrone, madre de Kevin Sedano; Raquel Witis, madre de Mariano Witis (asesinado por policías cuando fue tomado como rehén por un ladrón que huía de robar un banco en el microcentro); Sara Carman, madre de Cecilia y abuela de Vanina (que murieron quemadas al incendiarse el auto en que viajaban, chocado por Sebastián Cabello, que corría a gran velocidad); el abuelo de Julia y Mariano Trujillo (atropellados por Juan Erhart del Campo) que con amabilidad nos da un folleto que cuenta la historia de lo que les ocurrió a sus nietos; familiares de Vanesa Pérez y Vanina Mejía, también atropelladas.

        Todos llevan fotografías colgadas en los cuellos o sostenidas por carteles que cristalizan la imagen de cada uno de los que ya no están, y conversan sobre ellos, los recuerdan: anécdotas que compartieron, los proyectos y las ilusiones que tenían, cómo eran, qué les gustaba; y, entre recuerdos que provocan sonrisas tristes, comenzamos a hablar sobre el estado de las causas judiciales: cómo están caratuladas, si como homicidios dolosos o culposos, si el juez aplica o no la teoría del dolo eventual. En fin, oímos como madres, padres, abuelos, tíos, mencionan términos que nunca antes creyeron que iban a estar en sus bocas pero que ahora son trascendentales; es que todos se relacionan con su pacífica guerra por la justicia.

            No falta nadie, todos los que tenían que estar estaban. Entonces, llega la hora de emprender la marcha. Serán dos cuadras que caminaremos hasta llegar al destino: Catamarca 3183, hogar de Eduardo Alexis Sukiassian. Carteles en alto, fotos sujetadas con las manos (apretadas de tal forma que parece que simularan abrazos), silencio, pasos y más pasos: los verdaderos cuerpos de paz se dirigen a otra batalla de su guerra aún más pacífica.

            Ya en el lugar, los ocupantes de la casa advierten nuestra presencia y, despavoridos, van hacia adentro. Escuchamos cómo se cierran ventanales y se bajan persianas: el enfrentarse con la verdad causa dolor, mayor aún si en forma contínua se quiere escapar de ella. Luego, los familiares de las víctimas comienzan a dar entrevistas a los medios televisivos y, concluidos los dichos y pedidos formales frente a las cámaras, comienzan las conversaciones amenas hasta que el sonido de una sirena, que cada vez se oye desde más cerca, irrumpe con la apacibilidad del momento. El patrullero se detiene frente a nosotros para informar el motivo de su presencia: desde la casa de Eduardo Sukiassian los llamaron para decirles que una manifestación arrojaba piedras a las ventanas… la mentira y la cobardía, amigas inseparables y detestables. Comprobada la falsedad de la denuncia se retiran tan rápido como vinieron.

            El reloj marca las dieciséis y treinta horas y llega el momento de la retirada. No porque el tiempo transcurrido es el suficiente, sino porque se requiere la presencia de los soldados en otro campo: en Perú y Avenida de Mayo donde junto a las madres del dolor de Santiago del Estero, marcharan contra la impunidad hasta la casa de aquella provincia.

            La lucha es pacífica e inclaudicable, ardua y dolorosa; saben que tendrán que enfrentarse contra diferentes obstáculos, a los que están dispuestos a vencer para llegar a su objetivo final que es el de que se haga justicia. Sin embargo, sabemos que dentro de ellos siempre habrá un sabor de injusticia, más allá de lo que diga el juez.