Editorial
¡¡¡ VEINTICUATRO NÚMEROS !!!
Gran parte de nuestros amigos lectores ya saben cómo empezó esta aventura. Otros
no, porque han sido varios miles los que se incorporaron en los últimos meses.
Por eso, una vez más, voy a recordar que la génesis de PERSONA es extremadamente
modesta. Que fue concebida una noche, hace un poco más de dos años, en una
oscura habitación de hospital, y que la humilde inspiración para darle hálito me
la regaló sin quererlo mi hijo de quince años, Ricky, que luchaba dormido sus
últimos y heroicos combates contra el sarcoma invencible, que le destrozaba el
pobre cuerpo y le pulía, hasta extremos que nunca antes hubiésemos previsto, el
alma de guerrero sin fortuna.
Fue del optimismo de su respiración
trabajosa, de ese arte de construir sonrisas dulces en medio de catéteres y
sondas, de pensar en los demás cuando la propia velita se extinguía, que se
nutrió mi flaca imaginación de padre triste para escribir las primeras palabras
de esta revista. Cada esfuerzo, cada idea, cada sueño, los cumplidos y los que
se esfumaron como el vapor previo a las tormentas, me lo confirió su ejemplo de
amor inconmensurable a la existencia con minúscula, a la pequeña y excelsa
maravilla del aire entrando en los pulmones, siquiera a gatas y con gran empeño.
Esa su religión adoradora de los amaneceres nuevos, de cada uno de ellos. Esa su
terca manía de responder siempre "Bien" a la pregunta cansina del "cómo estás
hoy", cuando la respuesta era más que obvia, y ciertamente, no era esa.
Tras más de dos décadas
interesándome, desde la investigación, la docencia, el ejercicio profesional y
el periodismo, por las cuestiones inherentes a los derechos básicos, aquellos
que suelo llamar "existenciales", porque son inherentes a la autoconstrucción de
cada ser humano, me encontraba de repente inmerso en ellos, pero a través de una
óptica distinta, secreta, clandestina y violenta. Ya no era su historia, ni las
teorías, ni los fundamentos filosóficos, ni las normas... Ahora, era la sangre,
el dolor, el aliento precioso que se escurre de los relojes jóvenes, infantiles,
como el agua huye de una mano inerme. Ahora, el escenario había mudado. Las
aulas se habían vuelto quirófanos, las bibliotecas, salas de hemoterapia. Los
pizarrones fríos, eran ahora glóbulos rojos tozudamente bajos, neutrófilos
injuriosamente ausentes, hematocritos insólitos, que según los libros no pueden
ser, pero que... sonríen, hombre, sonríen, y quieren ver la luz del día
siguiente...
Y, claro, no era Ricky mi único
maestro. Eran decenas de chicos y chicas, bebitos, nenes, adolescentes como mi
hijo, y por detrás de ellos, representados por ellos, otros cientos, miles, Dios
sabrá cuántos (y sí, seguro que sabe...) Cada uno de ellos, un universo, una
estrella solar, una Creación, una madeja de sueños, de ayeres y quiensabes,
pelotas que se quedaron en los árboles, muñecas gastadas de tanto dormir en
brazos, ositos, estaciones de servicio de plástico, primeros besos, labios mal
pintados, afeitadas prematuras -más para que la barba crezca, que para podarla-.
Y cada uno de ellos, con sus cabecitas calvas y sus ojos tristes, entona un
salmo de futuros cercanos, y destrona, destruye, ridiculiza, a los que se quejan
amargos y elocuentes de sus tasas de interés que no subieron, y sus aguinaldos
no cobrados, y sus carburadores que hacen ruido, y sus corpiños, y sus narices
largas...
Esa fue la enseñanza de mi Ricky, y
de los demás juveniles Guerreros de la Vida que me rodeaban con sus auras
doradas por entonces, que operó como útero tranquilo para esta sencilla idea de
PERSONA. La de que toda vida, absolutamente toda vida, aún la que se extingue,
la del que sufre, la del que llora sin que haya ya remedio, merece respeto,
conserva su dignidad, su sacralidad, su sustancia divina. Toda, toda la vida
humana debe ser venerada, puesta por encima de ecuaciones y estadísticas, de
cálculos y de debates. Ese, ese es y será siempre el compromiso inalterable de
esta pobre revista sin fronteras, sin banderas y sin credos religiosos, porque
quiere hacerse rada amiga donde atraquen todos los navíos, en tanto sus pilotos
amen a la gente.
Derecho, Economía, Medicina,
Historia, Matemáticas, Pedagogía, Psicología, Demografía y otras más, han sido
las ciencias que han desfilado a lo largo de este bienio por nuestras páginas
virtuales. Todas ellas, hilvanadas por un núcleo compartido: la persona humana.
Espectáculos, proyectos, actividades académicas, protestas, y hasta expresiones
literarias (que desde este número serán parte fija de nuestras ediciones),
también se han ido sumando. Gozamos de numerosas e inspiradas cartas y
contribuciones de lectores, y de la pluma, en los artículos de fondo, de autores
de primerísimo nivel internacional. Sin embargo, y lo gritamos con orgullo,
nuestras puertas permanecieron siempre abiertas a los estudiantes, y a los
jóvenes, y una porción importante de nuestro material fue obra de ellos.
Musulmanes, judíos, católicos, ateos, testigos de Jehová, protestantes... cada
uno de ellos libremente, abiertamente, como debe ser, expusieron sus puntos de
vista. Todos fueron bienvenidos, recibidos con fraterno abrazo, porque nos nutre
la mirada de los niños, y como ellos soñamos con un mundo de hermandad y de
respeto.
Gracias, queridos amigos lectores. Los antiguos, que vienen desde los originales
cuatrocientos, y los nuevos. Gracias por tolerar nuestros defectos, nuestra
debilidad tecnológica, nuestro ir aprendiendo cada hora. Gracias por apoyarnos,
por acompañarnos, por leernos en silencio o por mandarnos cartas y comentarios,
gracias a los que donaron libros usados para nuestras campañas de creación de
bibliotecas rurales, y gracias a los que compraron mi librito Ricky, un
guerrero de la Vida, cuya recaudación se destina al fomento de los
trasplantes de órganos infantiles. Gracias a los que nos enviaron trabajos para
publicar, a los que recomendaron PERSONA a sus amigos y alumnos, a los
que se alegraron con nuestro modesto crecimiento.
En el editorial de nuestro primer
número, escrito a la vera de Ricky, sin que él, que aún estaba entre los que
necesitamos dormir para soñar, lo supiera, me preguntaba si llegaría siquiera a
haber un segundo número. Ahora, sé que entraremos en nuestro tercer año. Este
mes, el 28, Día de los Santos Inocentes en el credo católico, que Ricky abrazó
poco antes de irse, se cumplirán dos años desde que, él mismo, pidió la morfina
final. Al día siguiente, 29, consagrado a Santo Tomás Beckett, terco, huesudo,
irónico y alto como él, entregó su suave alma guerrera con las palabras "Jesús,
dame fuerzas", dos veces repetidas. A lo largo de estos veinticuatro meses, su
sonrisa ladeada, siempre a flor de broma, y sus ojitos incisivos que capturaban
tanta gente, han sido mi escudo, mi lema y mi estandarte, para ligar a esta
sencilla revista en la lucha sin alardes, pero con convicción muy arraigada, en
una Civilización de la Vida.
Muy, pero muy cordialmente,
Ricardo D. Rabinovich-Berkman