Tinant, Eduardo Luis (Director)

GENÉTICA Y JUSTICIA

La Plata, SCJBA, 2000, 115p   

 

 

 Este libro riquísimo, en sus apenas más de cien páginas, reúne las conferencias vertidas en el año 2000, durante un curso homónimo, que dirigiera el prestigioso iusfilósofo argentino Eduardo Luis Tinant, y coordinara Mónica Tiscornia, en la ciudad de La Plata, capital de la Provincia de Buenos Aires, cuya Suprema Corte de Justicia patrocinó tanto el evento como la publicación de esta obra.

    Al presentarla, el Dr. Tinant refiere su inescindible vinculación con los avances del Proyecto Genoma Humano (escribe en agosto del 2001), y la aparición del "Derecho Genético", expresión que, con la honradez científica que lo caracteriza, reconoce tomada de Jean-Christophe Galloux. Y es muy atinada su evocación de aquella queja de Julián Marías, que bien podría oficiar de prefacio al artículo de Carlos Fernández Sessarego que publicamos en este número, y hasta -¿quién sabe si no lo adoptaremos?- de esta humilde revista toda. "Asombra la resistencia de este siglo a comprender lo que significa ser persona"...

    Tras la introducción mentada, se vierten las palabras preliminares de Eduardo Pettigiani, ministro del supremo tribunal bonaerense, y a continuación las seis conferencias. A saber: El rol del Derecho ante la genética: ¿Aventar el temor colectivo o tutelar la condición humana? (Christian Byk, magistrado y bío-jurista francés), Bioética y Genómica (José Alberto Mainetti), El Proyecto Genoma Humano (Graciela Medina), Aportes de la Genética y la Antropología Molecular a los Derechos de los Indígenas Argentinos por la posesión de tierras (Néstor Bianchi y Verónica Martínez Marignac), Implicaciones jurídicas de la investigación sobre el Genoma Humano (Salvador Darío Bergel), y El ADN y la Administración de Justicia (María Mercedes Lojo).   

    Se trata, en suma, por la relevancia de los tópicos tratados, y la calidad de sus autores, de una obra cuya consulta se impone a cualquier estudioso interesado en las cuestiones bío-jurídicas y bioéticas. RDR-B

 

 

Theresia a Matre Dei

EDITH STEIN
En busca de Dios

Estella, Verbo Divino, 1998, 307p

 


        Ésta es la muy espiritual biografía (ahora ya puede decirse, con rectitud, "hagiografía"), de la recientemente canonizada monja carmelita descalza Teresa Benedicta de la Cruz, que naciera con el nombre de Edith Stein, y fuera asesinada en el campo de exterminio de Auschwitz, en las cámaras de gas, el 9 de agosto de 1942, por pertenecer a la "raza judía" por un lado, y en represalia contra las críticas de la jerarquía católica holandesa al régimen de Hitler, por el otro.

            Pocas personalidades tan interesantes y profundas, y tan arquetípicas de lo bueno del siglo XX (que tenerlo lo tuvo, y tanto contrasta con las terribles sombras de esa centuria lamentable, que brilla con una luz enceguecedora) como la de esta mujer seria y tranquila, que vio la luz en un hogar judeo-alemán practicante, cuyos recuerdos dulces la acompañaron siempre, y pasó luego a convertirse en discípula dilecta del gran filósofo creador de la fenomenología, Edmund Husserl (de origen hebreo, como ella).

            En un tiempo en que no eran muchas las mujeres que se aventuraban en los caminos de la filosofía,  y menos aún con suceso, Edith, que en la Primera Guerra Mundial se enrola como enfermera, y gana la Medalla al Valor, despierta de inmediato la atención del genial maestro. No prima en los círculos de la fenomenología la actitud religiosa, y la joven Stein no escapa a la regla. El piadoso judaísmo de la infancia se ha ido, y domina ahora en su vida el ateísmo, aunque con las puertas abiertas a la búsqueda de lo trascendente.

            En 1933, Edith, que ya había recibido el bautismo católico tiempo atrás, ingresó a la orden del Carmelo. Como religiosa, dejada atrás su vida de brillo académico, destacó en la profundidad de su devoción, y en la limpieza de su alma. Querida por todos, judíos, católicos y ateos, debió huir de los avances del racismo salvaje, y pasó a la amistosa Holanda, donde fue capturada más tarde por las hordas infames, y entregada al suplicio.

            Los testimonios postreros de sor Teresa Benedicta, la muestran íntegra, adusta y muy triste, pero no decaída, rodeada de los chiquitines israelitas que iban con ella al calvario, abrazándolos, consolándolos, limpiándolos, haciéndoles de madre, o bien organizando oraciones colectivas, porque el grupo del que formaba parte era, fundamentalmente, de hebreos de religión católica, varios de ellos sacerdotes o monjes. Pero la severa selección de Auschwitz sólo vio en ella una mujer de 51 años, con salud quebrada, y Edith fue gaseada, junto a su hermana Rosa, desnuda como todos los prisioneros, al día siguiente de su llegada al templo de la muerte.  

            Hoy, las cenizas de esta monja, beatificada en 1987 y canonizada por S.S. Juan Pablo II el 11 de octubre de 1998, yacen mezcladas con las de millones de personas de origen judío, de diversas religiones, o sin religión alguna, masacradas en aras de un proyecto político atroz. Su cuerpo ardió en los crematorios anónimos, como tantísimos otros. Edith, que siempre destacaba sus cimientos hebraicos, se fue como una israelita más, como otra descendiente del pueblo de Cristo, ofrendando -según coinciden los testigos de esos sus últimos días- su agonía como sacrificio a Dios.

            Leyendo esta inspirada biografía que otra religiosa carmelita escribe, no puedo dejar de meditar sobre cierta paradoja: dos fueron los discípulos más famosos de Husserl: Heidegger y Edith Stein; y ambos siguieron caminos muy diversos. Ella, entregada a la vida trascendente, se hizo carne con la Iglesia, y murió mártir bajo las botas siniestras de la svástica. Nunca será recordada, quizás, como filósofa, pero sí venerada en los altares, y querida por millones de personas que poco saben de fenomenología. Heidegger, en cambio, el gran existencialista alemán, se volcó en las fauces del nazismo. Mientras Edith caía, desnuda, en la cámara de gas de Auschwitz, Heidegger impartía, solemne, sus clases de filosofía en la Universidad de Friburgo...

            Hay conceptos de la autora de este libro que no comparto, sobre todo su insistencia, casi subliminal, en la atribución a "los judíos" de la muerte de Cristo, estupidez mayúscula desde donde se la mire -sobre todo del punto de vista religioso cristiano- que ha causado tanto daño (al extremo de estar muy vinculada al antisemitismo que acabó con la vida de Edith Stein), y contra la que hoy, felizmente, la Iglesia Católica ha reaccionado con vigor. Pero, dejados de lado un par de desatinos como éste, se trata de una obra muy digna de leerse. Sor Teresa Benedicta Stein, la santa de Auschwitz, merece ser conocida, querida y admirada. RDR-B