EL QUANTUM DEL RESARCIMIENTO
EN CASO DE INCUMPLIMIENTO CONTRACTUAL:
ENTRE EL REEQUILIBRIO DEL SYNALAGMA Y EL
ID QUOD INTEREST


por Virginia Abelenda

 

SEGUNDA PARTE

El Derecho intermedio en la tradición romano-ibérica

 

 

Sumario: 1.  Las Siete Partidas y la glosa de Gregorio López.  2.  El Fuero Real.  3.  Las “Instituciones de derecho real de Castilla y de Indias” de José Marìa Alvarez y las “Instituciones de Derecho Romano” de Andrés Bello.

 

 

1.  Las Siete Partidas de Alfonso “el Sabio” (1265), glosadas por el Lic. Gregorio López[20]

 

El Derecho de las Indias, y, en particular el Derecho indiano propiamente dicho, es decir, las normas emanadas de la Corona de Castilla y León, y de los órganos a ello legitimados en América Latina para los territorios de las Indias, sólo parcialmente reguló aspectos del derecho de las obligaciones, sirviéndose sobretodo del Derecho castellano, y por lo tanto de la Nueva Recopilación (1567), de las Leyes de Toro (1505) y de las Partidas.

 

Las Siete Partidas, obra a la cual el gran proceso de reforma del derecho iniciado por Fernando III da impulso y que Alfonso X (llamado el Sabio) terminó en el siglo XIII, responden a una exigencia de mas alto nivel jurídico respecto a la recolección de leyes diversificadas al interior de los varios territorios ibéricos poco a poco sujetos a la corona de Castilla y León.[21]

 

En materia de resarcimiento del daño por incumplimiento contractual, en particular en contratos bilaterales como la compraventa y la locación, las Siete Partidas prevén la distinción entre las dos posibles consecuencias de dicho incumplimiento, tal como fue descripta en la exégesis precedente de D. 19, 2, 33.  De modo que, en caso de producirse tal incumplimiento por culpa o dolo del deudor (locador, vendedor), éste se obliga a resarcir no sólo el daño producido al acreedor (locatario, comprador), sino también el lucro o las ganancias dejadas de percibir, es decir, el id quod interest, como lo llamaban los Romanos.  Por el contrario, si dicho incumplimiento, proviene de un hecho no imputable al deudor (por dolo o culpa de su parte), queda liberado de su obligación, surgiendo en este último caso, la cuestión sobre la suerte que corre la contraprestación.        

 

En materia de compraventa, en la glosa de Gregorio López a la Partida 5ª, Tìtulo 5, Ley 23, pág. 20, se efectúa la distinción referida, siendo responsable el vendedor -si obró con culpa (en sentido amplio, comprensivo también del dolo)- del daño y del lucro cesante: 

 

“Damnum & lucrum rei venditae pertinet ad emptorem perfecta venditione etiam ante traditionem, nifi aliter conuenit, fi prouenit abfque; venditoris culpa. (...)”.

 

Seguidamente, el glosador establece algunas excepciones al principio -enunciado en la Partida señalada- de atribución del peligro o riesgo al comprador desde el momento de la perfección del contrato, en caso de publicatio, pacto en contrario, mora del vendedor, etc., afirmándose en este caso el principio opuesto, periculum venditoris, en continuación con la soluciòn dada por el jurista Africano en D. 19.2.33 para el caso de publicatio, tal como se observó en la exègesis de la primera parte del presente trabajo:

 

“(...) h. Del comprador. Azon in Summa. C. de peri.& commo.rei vendi. (...) omne periculum fpectat ad emptorem, excepto cafu publicationis, nifi pactu, mora, (...).”

 

Con referencia a la locaciòn de cosas, se establece también en un caso contemplado en las Siete Partidas, la distinción entre la obligaciòn del arrendador de resarcir el daño y el lucro cesante al arrendatario, y la obligaciòn limitada a la sola restituciòn de lo recibido en razòn del arrendamiento, la cual depende del conocimiento o no por parte del arrendador del derecho (en este caso un embargo) invocado por el tercero –determinante de la buena o mala fe de aquèl-, que impide el uso y goce de la cosa locada por parte del arrendatario. 

 

Ello se lee en la Partida 5ª, Tìtulo 8, Ley 21, pàg.45 vta.: Delos que arrendaren heredades, o otras cofas si les embargaren aquellos que las arrendaren que les deuen pechar los daños si non los empararen podiendo lo fazer.  (...) si los Señores de estas cosas, sobredichas, o otros a quien lo ellos pudiese vedar, embargasen en algua manera, a los que las touieren arrendadas, o alogadas, que non pudiesen vsar, nin aprouecharfe dellas, q les deuen pechar, todos los daños, e los menofcabos, que vinieren por tal razon como efta. E aun deuen les pechar de mas defto, las ganacias, que pudieran auer fecho, en aqllas cofas, que tenia arrendadas, o alogadas, fi non gelas ouieffen ellos embargado. Mas fi otros eftraños, que no fueffen los Señores dellas, nin atales omes, a quien lo ellos pudieffen vedar, fes fiziefse a tal embargo: fi aquellos que las embargan han alguna razon derecha por fi, por que lo fazen afsi como por fer Señores dellas: o por tener las empeñadas, o por otro derecho que ouieren fobre ellas, porque lo pudieffen fazer, dezimos que fi aquellos que las dieron, a arrendamieto, o a loguero, era fabidores defto, que deue pechar a los otros, todos los daños e los menofcabos, con las ganacias, que pudieran y fazer, fegund diximos, quado lo ellos embargafse. Mas fi quado lo ellos arrendaron, o logaron, non fueffe fabidores, que los otros ouieffen derecho en ellas, eftonce, no ferian tenudos de lo pechar: mas de tanto quanto ouieffe refcebido dellos, por razon del arredamieto, o del loguero, e fi no ouieffen recebido nada: no ha demada ninguna cotra ellos. (...) E efto que diximos en efta ley, fe entiende fi los arrendadore auia buena fe, quado las arredaron: cuydado q aquellos de quie las recibiero, auia derecho delas arredar, o delas logar: ca fi ellos auia mala fe: fabiendo que era de otro: eftonce no auria demada ninguna: en efta razo:cotra aquellos de quien las tenian.” 

 

En la glosa de Gregorio Lòpez se reafirma el principio: 

“Si conductor impeditur vti re locata per dominu vel aliu in cafu no permiffo que dominus potest prohibere, tenet ei dominus ad damnum & lucrum quod inde erat habiturus fi prohibitus no fuiffet: idem fi ex caufa iufta prohibere non poteft impediente qua fciebat locator tempore locationis:fed fi ignorabat tenetur duraxat ad recepta: & tenetur iufte impediens, conductori ad meliorationis aeftimationem. Et praedicta habent locum nifi conductor tempore contractus fciuit iufte poffe impediri:tuncenim denegat ei actio contra locatorem.”

 

En materia de locaciòn de obra o contrato de obra, se extrae de la Partida 5ª, Tìtulo 8, Ley 16, pàg. 43 vta., la misma distinciòn, que en este caso se basa en la existencia de un caso fortuito o de fuerza mayor que produce la destrucciòn de la obra –terremotos, grandes lluvias, avenidas de aguas, etc.-; o la culpa o dolo del constructor de la misma en ello, si la destrucciòn o ruina de la obra se produce, como dice el texto ‘por aventura’.  En èste ùltimo caso, se establece la previa verificaciòn por parte de expertos en la obra, quienes deben determinar si el hecho se produjo efectivamente por dolo o culpa del constructor de la misma, para responsabilizarlo del hecho.  La condena serìa una nueva realizaciòn de la  obra, o, la devoluciòn del precio recibido por ella con màs el pago de los daños y perjuicios ocasionados por el incumplimiento.  En caso contrario, si la destrucciòn o ruina  de la obra se produce por alguno de los casos citados como de caso fortuito o de fuerza mayor, o, como dice el texto ‘por otra cosa semejante’, no es obligado el artìfice o constructor a realizar nuevamente la obra, ni tampoco a devolver el precio que haya recibido por la misma con màs los daños y perjuicios derivados de ello, soluciòn que se podrìa relacionar con la solución adoptada en el ejemplo de corruptio del suelo en una locatio operis vista también en la exégesis de D. 19, 2, 33:

 

De los maeftros que toman adeftajoe e los obreros labores o obras por precio cierto que lo deuen pechar  fi lo fizieren falfamente.  (...) fi alguno recibiere a deftajo lauor de algund caftillo, o de torre, o de cafa, o de otra cofa femejante: e la fiziere cuytadamente, o la falfare de otra guifa, de manera que fe derribe ante que fea acabada, que es tenudo dela refazer de cabo, o de tornar al Señor el precio, co los daños e los menofcabos, que le vinieron por efta razo. E fi por auentura non cayere la lauor ante que fea acabada, e entendiere el Señor della que es falfa: o que non es eftable: eftonce deue llamar a omes buenos e fabidores, e moftrar la lauor, e fi aquellos omes fabidores entendieren, que la lauor es fecha falfamente, e conofciere que el yerro auino por culpa del maeftro, deue la refazer de cabo, o tornar el precio con los daños e los menofcabos al Señor della fegund es fobre dicho. Mas fi los omes fabidores que llamaffen para efto, entendieffen que la lauor non era falfa, nin era en culpa el maeftro: mas que fe empeorara defpues que la el fizo, o entre tanto que la fazia, por alguna ocafion que acaefcieffe afsi como por grandes lluuias, o por auenidas de aguas, o por terremotos, o por otra cofa femejante: eftonce non feria tenudo el maeftro de la refazer: nin de tornar el precio que ouieffe recebido.”  

 

La glosa de Gregorio Lòpez a su vez agrega:

 

“Faciens opus certo precio quod fui culpa fel falfitate antequam perficeret corruit, tenetur ad precium & intereffe: fed fi poftquam eft perfectum vocat dominus alios magiftros qui dicunt opus falfifica tum vel erratum, tenetur reficere, aut pretiu reftituere & intereffe: fed fi dicut non eius culpa fed alia caufa corruptu, no tenet.” 

 

 

2.  El Fuero Real

 

Entre las disposiciones del Fuero Real, encontramos tambièn la misma distinciòn en cuanto a las dos posibles consecuencias del incumplimiento contractual.  En materia de compraventa se establece la responsabilidad del vendedor si èste “por aventura” se ve imposibilitado de entregar la cosa al comprador, en este caso, no està obligado a darla, sino a pagar su valor, o a restituir el precio que hubiese recibido del comprador, al cual compete la elecciòn entre estas dos posibilidades: Libro 3º, tit. 10, ley 15 “El vendedor despues que la vendida fuere complida derechamente, sea tenudo de dar la cosa que vendiere a aquel que la comprò si la pudiere aver: ca si por aventura non la pudiere aver, non es derecho que sea costreñido de darla, mas dè la valìa, o torne el precio que recibiò del comprador, qual mas quisier aquel que la comprò.”

 

Asimismo, en el Libro 3º, tìt. 10, ley 17, tambièn en materia de compraventa, se dispone que el daño de la cosa vendida sea  del comprador -una vez perfeccionado el contrato- si ocurriò sin culpa del vendedor, de lo contrario, serà de èste ùltimo si ocurriò por su culpa:  “(...) si non se perdiò por su culpa, o sil non fizo pleyto que si se perdiese o se dañase, que el daño fuese suyo e non del comprador, ca en estas tres cosas el vendedor deve aver el daño e non el comprador (...).”

 

 

3.  Las “Instituciones de derecho real de Castilla y de Indias” de Josè Marìa Alvarez
     y las “Instituciones de Derecho Romano” de Andrès Bello

 

Estas dos obras institucionales, que resalen a las Institutiones de Gayo y de Justiniano, reafirmando un modelo de enseñanza del derecho, asumen un rol central para la didáctica jurídica en las Universidades latinoamericanas desde el siglo XIX.  En el caso de las Instituciones de Alvarez, dado el objeto de la tratación: el derecho privado de Castilla y de las Indias, y dada la amplísima difusión de ella en toda América; en el caso de las Instituciones de Bello, dirigida a la enseñanza del derecho romano, dado el rol y la importancia para el codificador chileno del modelo institucional.   

 

En las “Instituciones de derecho real de Castilla y de Indias” de Josè Marìa Alvarez, se sostiene en primer lugar que en los contratos llamados de buena fe, como la compraventa y la locaciòn, se debe todo aquello que dicta la equidad, aùn cuando no se haya pactado expresamente.  Por ejemplo, en la compraventa por la sola tardanza en verificar el pago, està el comprador obligado a las usuras, por ser este contrato de buena fe.[22]

 

Con respecto a la distinciòn referida supra, acerca de las dos diversas consecuencias del incumplimiento contractual, se considera en primer lugar y en general al daño, como todo aquello que disminuye nuestro patrimonio.  Esto puede suceder, o por dolo o por culpa o por caso fortuito.  Dolo se dice que hay, siempre que se verifica propòsito o intenciòn en el que daña.  Culpa cuando se falta por negligencia o descuido.  Caso fortuito cuando el daño viene “de la providencia divina que asì lo dispone, y a la que no se puede resistir.”  El dolo siempre se presta en todo contrato, aùn cuando hubiesen pactado entre sì los contrayentes que no se prestase, no valdrìa este pacto, porque “convidarìa a pecar.”  Al caso fortuito, en cambio, ninguno està obligado, porque a ninguno se puede imputar lo que no puede impedir, sino que depende “de la providencia divina que gobierna todas las cosas.”  Sin embargo, puede suceder que alguno preste el caso fortuito, si voluntariamente se quisiere obligar a èl; si fuere moroso en entregar o en restituir la cosa; y si por su culpa dio ocasiòn al caso fortuito.  Asimismo, y en referencia a la culpa, se afirma la divisiòn de la misma en culpa lata, leve y levìsima, distinguièndose, en lo que aquì nos interesa, que en los contratos que ceden en utilidad de ambos contrayentes, como en el caso de la compraventa y la locaciòn, cada uno està obligado a la culpa leve.[23]

 

Especìficamente en alusiòn al contrato de compraventa, se distingue por un lado el  peligro, entendido como un acontecimiento por el cual perece la cosa.  Si una cosa se ha vendido y no se ha entregado, y en este intermedio perece por acaso o se empeora, se sostiene que, luego que la compra y venta està perfecta, aunque no se haya verificado la entrega, pasa al comprador el peligro y utilidad de la cosa comprada.  Pero se exceptùan cuatro casos: si pereciere por dolo, culpa lata o leve del vendedor; si se pactase que el peligro sea del vendedor; si la cosa fuese de las que se venden contadas, pesadas o medidas, y de las que se acostumbran gustar previamente, pues antes de practicarse esta diligencia no se tiene por perfecto el contrato, aunque hayan consentido en la cosa, y convenido en el precio; si el vendedor fuere moroso en entregar la cosa al comprador, siendo reconvenido por este ante testigos.  Asimismo, se introduce la distinciòn en caso de que por culpa del vendedor no se verifica la entrega, estando obligado a satisfacer al comprador los intereses, y todos los daños y perjuicios que le hayan sobrevenido, aunque sea por culpa leve.[24] 

 

Andrès Bello, en sus “Instituciones de Derecho Romano”, agrega en este sentido, que por la actio empti se repite la cosa contra el vendedor o su heredero con sus frutos, accesiones y todo lo perteneciente a ella, y el resarcimiento de todo perjuicio producido por dolo, culpa lata o leve.  El vendedor està obligado a la tradiciòn, y no se libera ofreciendo id quod interest.[25]

 

En referencia al contrato de locaciòn, al igual que en la compraventa, ambos contrayentes estàn obligados a la culpa leve por ser èste un contrato que tambièn cede en utilidad de los dos.  En cuanto al caso fortuito nunca estarà obligado el conductor, si no es que lo quiera tomar a su cargo, o se produzca por su culpa.  Las acciones que nacen de este contrato son directas, obligàndose tanto el locador como el conductor desde el principio por la misma naturaleza del contrato; el primero a dar el uso de la cosa o a practicar las obras prometidas, el segundo a pagar la pensiòn o alquiler.[26] 

 

Bello aclara que Justiniano dice en este lugar que el que ha prometido o dado en alquiler el uso de vestidos, plata labrada o bestias de carga, debe prestar el cuidado de un diligentìsimo padre de familia, y entonces si por un accidente fortuito pierde la cosa, no es obligado a la restituciòn, lo que parece oponerse a la regla que en los contratos de beneficio mutuo se presta sòlo la culpa leve.  Por otra parte, se paga la pensiòn a prorrata, si por culpa del locador o por alguna calamitad fatal, deja de poder usarse la cosa, o si fuere necesario abandonarla por justo temor.[27]

 

LA PUBLICACIÓN DE ESTE TRABAJO CONCLUIRÁ EN EL PRÓXIMO NÚMERO

[20]Las Siete Partidas del Sabio Rey Alfonso el IX”, Barcelona, 1844.

[21] Véase sobre este argumento CARDILLI, “<La buona fede> come principio di diritto dei contratti”, cit., págs. 167 y ss.

[22] ALVAREZ, “Instituciones de derecho real de Castilla y de Indias”, New York, 1827, pàg. 33; igualmente, BELLO, “Instituciones de Derecho Romano”, Caracas, 1981, pàg. 134.  Con respecto al rol de la bona fides como fuente de integración del contenido del contrato en la tradición romano-ibérica, véase CARDILLI, “<La buona fede> come principio di diritto dei contratti”, cit., pags. 167 y ss.

[23] ALVAREZ, ob. cit., pàgs. 35/38; en igual sentido, BELLO, ob. cit. , pàgs. 134/135.

[24] ALVAREZ, ob. cit., pàgs. 124/125.

[25] BELLO, ob. cit., pàgs. 150/153.

[26] ALVAREZ, ob. cit., pàgs. 148/151.

[27] BELLO, ob. cit., pàg. 155.