Editorial

 

 

 

 

 

UN AÑO PELIGROSO

 

         

 

 

 

Ha terminado el año 2003. Es muy difícil, si siquiera posible, evaluar el impacto de un año, de un lustro, de un decenio, de una era completa, teniéndolo aún tan cerca, estando todavía inmersos en sus efluvios, respirando sus vientos, resonando en nuestros oídos sus sonidos y su furia. ¿Algún romano habrá habido que, en ese 476 curioso, tan destacado por nuestros libros de Historia -en especial los más pedestres, que radican en fechas y detalles- realmente se percatase de haber asistido a lo que luego, wagnerianamente, gustarían los autores de llamar "la caída del Imperio Romano"? Colón y los suyos, ese grupo tan insondable, cuando descendieron agradecidos y asombrados en la tierra caribeña, y de la espada hicieron cruz para hincar las rodillas cansadas de agua calma, ¿imaginaron que ese año que vivían habría de ser, en los siglos por venir, y justamente por aquello que a ellos les estaba aconteciendo, considerado lápida de la Edad Media, y partida de nacimiento de la Modernidad?

Tal vez no el timonel, no el grumete, no el mozo de cabullería, me diga un agudo amigo lector, pero sí, en la trastienda de su siquis tan compleja, el oscuro Almirante de la Mar Océano, que de todo parece hoy haber hecho cálculo y previsión, y para cuya inteligencia sobrehumana semejaban no haber existido los azares, los acasos, aunque acabara después entre cadenas, y fuera tarea tan de gesta la de su hijo, de devolverle el nombre y la fama, tan importantes para la gente de ese tiempo... No, es cierto, le respondo, tiene usted razón. Y quizás algún culto latino, de esos que coleccionaban volúmenes en sus bibliotecas, y los sorbían como el néctar las abejas, vislumbró que el final del intrascendente Rómulo Augústulo sería mucho más fecundo en consecuencias de lo que a primera vista podía creerse. ¿Tendrá algo que ver el conocimiento de la Historia en el desarrollo de esa aptitud de algunos espíritus privilegiados para notar lo que los muchos dejan revolotear desapercibido? El saber de los hechos y las ideas de los antiguos, ¿ayudará a fruncir el ceño ante sucesos que para la mayoría son pan de hoy, y migaja de mañana? Así, por lo menos, nos lo enseñaba mi querido maestro, ya partido al cielo de los docentes, Antonio Pérez Amuchástegui, en las aulas de Filosofía y Letras... Y a veces, sólo a veces, muy de vez en cuando, creo que tenía bastante razón.

Yo no pertenezco a esa pléyade selecta de seres con agudeza para captar la importancia de los momentos, la trascendencia de los hechos. Pero sí poseo, y gracias doy a Dios por ello, la costumbre de interrogarme, a mí y a las cosas que me rodean, y el hábito del asombro, cuando no del estupor, si el caso lo amerita. Por eso, estoy preocupado este fin de año. Porque en el 2003 pasaron cosas que me parecen en extremo graves, y convocadas a surtir secuelas lamentables. Episodios que exceden las elevadas grillas de los poderosos, y se derraman sobre las vidas de los simples, de los que, como yo y como usted, querido lector, no acariciamos proyectos ciclópeos ni nos soñamos héroes de epopeyas broncíneas, sino que sólo somos buscadores sencillos de amaneceres claros, de atardeceres melancólicos, de besos dulces, de sueños bien dormidos, de niños que crecen, de familias que se quieren, y no andamos en procura de coronas, palacios ni ducados, sino de casas donde resuenen voces amigas, con aromas gratos al recuerdo, y de donde los seres salgan y regresen, cansados pero felices, al final de la jornada de trabajo honesto. Humanos que, aunque parezca mentira, aunque muchos pugnen por no creerlo, por eludirlo, por hacer como si así no fuera, constituimos la impresionante mayoría de nuestra especie. 

En el año 2003, un orden precario, casi nominal, casi formal, pero orden al fin, se quebró. Porque el país que se supone, y se proclama, y posiblemente sea, el más poderoso del orbe, apoyado por otros estados que también se cuentan entre los más fuertes, enarbolando motivos que eran obviamente, desde un principio, falaces, y cuya mentira ellos mismos, ante la evidencia incontestable, debieron reconocer más tarde, violaron la autonomía de otra nación, ingresaron en sus fronteras a sangre y fuego, barrieron con su infraestructura y sus instituciones, y la redujeron a la situación de protectorado, de provincia. Nadie, absolutamente nadie, por pueril que fuera, creyó en las excusas de la invasión. Hubo y hay, sí, discusiones acerca de cuáles fueron los verdaderos móviles. La mayoría pensó en el petróleo, otros nos inclinamos por el agua dulce (y temblamos, si vivimos en países, como Brasil y Argentina, dueños de ingentes cantidades de ese importantísimo recurso), los demás por la relación dólar-euro, y hay aún más alternativas. El carácter despótico, tiránico y atroz del gobierno de Saddam Hussein, un sistemático agresor de los derechos humanos de propios y extraños, estaba fuera de debate. Pero a Estados Unidos todo eso no le había importado, cuando ser "amigo" de Bagdad le convino (durante el conflicto con Irán), como no le preocupó apoyar a las dictaduras militares sudamericanas, ni se conmueve hoy su idilio con China por las persecuciones religiosas que Beijing ha desencadenado sobre sus ciudadanos budistas (ver carta de lectores en este mismo número), ni por sus políticas demográficas de aborto compulsivo...

Pero lo más terrible, lo ominoso por excelencia, no fue ni siquiera la invasión de Irak. Lo peor, fue la actitud del resto del mundo. De las Naciones Unidas, que demostraron una vez más su ineficacia, pero ahora pusieron además en evidencia que tienen bien claro quién les paga las cuentas. Y de los restantes países, cuyas protestas, cuando las hubo, fueron desde la calidez hasta la mera formalidad. De romper relaciones diplomáticas con los agresores, ni hablar. Aplicarles sanciones, cerrarles fronteras comerciales... ¡Nada! Sólo un timorato y oportunista sacudirse de hombros. Un suspirar "hoy no me toca", y seguir con lo propio, y mirar para otro lado. Que, por supuesto, a nadie decente podía caerle en gracia Hussein, ni su gobierno, ni su política de palacios seudo-socialistas, así que... ¿Y esas familias destrozadas por "misiles inteligentes" disparados por idiotas, que atinaban sobre mercados y sobre coches particulares, con tal cantidad de "errores" que uno no puede menos que pensar que, o bien la humanidad iraquí es escasamente estimada en el gran país del norte, o bien el entrenamiento militar de Washington está a cargo de Homero Simpson? ¿Y esas personas llorando, hijos sin padres, padres sin hijos, ese dolor innecesario, esa tristeza profunda y simple, transparente y áspera? Bueno, es gente rara, gente con turbantes, con vestidos largos y velos en la cara, que hablan raro, que son mahometanos... ¡No es tan grave! La libra de carne del desierto cotiza mucho menos, en la bolsa de valores del afecto "occidental", que la de los habitantes de Nueva York.

En definitiva, no pasó nada. Los atacantes siguen felices (por lo menos, tan poco felices como antes). Se sienten respetables, critican las violaciones a los derechos humanos en otros países, se horrorizan ante la delincuencia en las calles, y sonríen frente a las cámaras, emprolijándose las corbatas de seda. Las empresas norteamericanas se sienten imparables. Me consta el caso de una, que notificó una demanda en Argentina en idioma inglés, y después, muy suelta de cuerpo, dijo ante el juez (que aceptó el argumento) que no veía nada de malo ni de raro en ello. El gobierno estadounidense se sabe todopoderoso. En Buenos Aires, su embajada simple y sencillamente se apoderó de una avenida céntrica, y la transformó en playa de estacionamiento para sus funcionarios (con el consenso de la municipalidad, por cierto). Toda sombra, todo espejismo de equivalencia ha desaparecido. Nunca fuimos iguales, es verdad. Pero ya ni la delicadeza queda.

Desde el 2003, nadie, en ninguna parte, duerme tranquilo. Es sólo una cuestión de fuerzas, y ellos ya se sabe que tienen la más poderosa. Quizás mañana sean los campos de hielo de la Patagonia, o la cuenca amazónica, o el petróleo de otras naciones más... ¿Excusas? Siempre hay, siempre pueden crearse. Muchos presidentes son desagradables. Pocos gobiernos respetan los derechos humanos. Casi todos, deben plata... El fin justifica los medios. Esa es la gran victoria de Adolfo Hitler, que hoy insufla la cosmovisión de sus enemigos (no todos lo fueron, Henry Ford le pagó las campañas políticas, y hubo más...) ¿Será recordado este año que se extingue, como aquél en que el Imperio Estadounidense, este inesperado Cuarto Reich, dio inicio a su expansión territorial definitiva? ¿Será acaso esa etapa de conquista el síntoma de la decadencia final de esta civilización que nunca pudo subsistir sin la explotación externa, y ahora, a la postre, demuestra que sus principios sólo valen cuando le conviene?

Estados Unidos es un país con mucho para admirar. Ya desde su partida de nacimiento, la brillante Declaración de Independencia, esa magnífica proclama que, valientemente, le gritaba a un mundo hostil que "nosotros sostenemos que estas verdades son autoevidentes", y la primera de ellas: "que todos los hombres son creados iguales". Y lanzaba al rostro de una Europa despótica la confianza en "ciertos derechos inalienables" con que los humanos han sido "dotados por su creador". Y entre ellos enumeraba a "la vida, la libertad, y la búsqueda de la felicidad". En aquellos días, las jóvenes ex colonias inglesas, reconocían su "respeto decente a las opiniones de la humanidad". La tierra de Lincoln, de Martin Luther King, de Gene Roddenberry, de Woody Allen, de Patch Adams... La que enamoró (ella y sus mujeres) al gran Sarmiento, la que enseñó a Alberdi, la que inspiró a Bolívar... No es una civilización despreciable, todo lo contrario. Es un edificio cuyos cimientos riega la sangre joven de miles de guerreros vencedores de las hordas anticristianas del nazismo. Pero algunas de sus dolencias congénitas, y otras adquiridas, han hecho eclosión, y desde el 2003, y hasta que revea su política ante el mundo, se ha convertido en una amenaza.

Que el 2003 marque el portal de una era de sujeción y miedo, o pase más o menos desapercibido (que suele ser la gloria de los años), dependerá de cómo los países actúen en el futuro. La humanidad se yergue en la bisagra de alternativas muy duras y dispares. Según labremos el mármol de nuestro destino, acuñaremos una era de respeto fecundo, una Cultura de la Vida y del Amor, o nos hundiremos en tiempos de una oscuridad nefasta, donde imperará la fuerza, donde la vida, la salud, la dignidad y los afectos, serán minucias, atavismos torpes, cosas de un pasado olvidado y remoto. Un hombre centro del orbe, o un hombre variable de ajuste económico. El humanismo, o el pragmatismo. Las ideas, o la muerte de las ideologías. La bíofilia, como advertía el genial Fromm, o la civilización necrófila. Dios quiera que el 2003 se olvide, que su tristeza no haga escuela, y nuestros hijos y nietos prosperen en un orbe donde las "verdades autoevidentes" de la noble Declaración de Independencia norteamericana, sean una realidad para todos los humanos del mundo.       

Muy cordialmente,               
                                                                Ricardo D. Rabinovich-Berkman