REFLEXIONES

DE

MARÍA

 

 

                               por Paula Siverino Bavio

                                                   

 

 

 

 

 

Reflexiones de María (las cinco de la tarde)

Hay amores que se escriben con la tinta del olvido. Lo supo esa noche, cuando después de esperar un dolor que no llegaba, un crujido de huesos rotos, unos espasmitos, que se le diera por despotricar contra su suerte, y no encontraba la tragedia de haberlo perdido para nunca más, se le ocurrió que tal vez así como había amores imposibles, habría amores invisibles. Y se dijo que, bueno, después de todo, si debía ser justa, él le llenó ojos y oídos de requiebros traidores, pero también de una luz que creía perdida, y le puso cascabeles en el alma con su prosa de macho enamorado.

Falso como moneda de dos pesos si lo apremiaban un poco y sí... pero qué lindas cartas de amor le había escrito.... había logrado una colección de frases de esas que se atesoran para los días grises; él le había dicho no todas, pero de seguro buena parte de las cosas que soñaba escuchar toda mujer. Lo único malo era el engaño, y claro, el cuerpo, que se  lo había dibujado para amarlo desaforadamente y ahora, tras meses de inventarse un kamasutra  - que te toco aquí, que te huelo allá, te doy de mordiditas, te abrazo, te devoro - al buen hombre se le había dado por los planteos existenciales y le cerró la puerta en las narices. Tal vez fuera mejor salir a recuperar el tiempo perdido a su memoria.

Nunca sabría cuántos kilómetros había de su ciudad a Buenos Aires, ni cómo era amarlo despacio y a sabiendas.

(Sacó como lección que cuando toca querer, mejor hacerlo  con ganas y de una vez, sin especular ni perderse en principios inútiles, y que se puede tropezar dos veces con la misma piedra, aunque con distinto pie) 

 

(las dos de la mañana de una semana más tarde)

Cómo evitar la desazón de la ausencia, esa ironía de encontrarnos así de desencontrados. El descalabro del amor entre paréntesis, gallos y medianoches. El conjurado vaticinio de la felicidad.

Cómo te explico y me explicás que me adorás y te adoro y jamás tendremos más que una fantasía epistolar, cuando por sobre todas las cosas quisiera yo tu vivo retrato cuerpo a cuerpo. Hay tantas razones para este desatino... y de veras, nada que sirva para entender cómo llegamos vos y yo, dos perfectos desconocidos, criados a la luz de tan opuestas geografías a necesitarnos fieramente de los pies a la cabeza.

(Nunca nunca más María beses bajo un árbol a un hombre que te haga reír, son los más peligrosos, tan sencillitos que parecen, con esos ojos de cielo ) 

 

(reproche de las diez)

Lo único que quería era tu abrazo, tu boca esquiva y las cuatro paredes de tu cuerpo.

Nada y un poquito; tu día tu sol tu dolor apelmazado.

quería las mentiras y el amor de detrás de tus ojos.

No había nada para querer pero yo quería, quería resistir

y perder ante tu risa, quería odiarte y tenerte mío, todo, siempre, cada hora.

Quería lo real, lo soñado, lo ridículo

quería libertad de esas ganas de tocarte

arrancar de una vez por todas tu cretina distancia.

yo quería infiernos y milagros,

y  un rincón de tus deditos.