TRENES INEXPLICABLES

 

    Hoy buscarás en vano

a tu dolor consuelo.


    Lleváronse tus hadas

el lino de tus sueños.

Está la fuente muda,

y está marchito el huerto.

Hoy sólo quedan lágrimas

para llorar. No hay que llorar, ¡silencio!


Antonio Machado (español, 1875-1939)

 

               Hace varios años, tuve que explicarle a mi hijo mayor lo inexplicable.

            Él era entonces un niño. Asistía a una escuela que quedaba a metros de la embajada del Estado de Israel en Buenos Aires. Era una cercanía de la que nunca nos habíamos percatado, ni nosotros ni nadie, porque a todos pasaba desapercibida. Hasta una tarde...

            Escuchamos un estruendo, un trueno diabólico, en nuestra casa, a decenas de cuadras... Luego, un silencio extraño. Un interrogante de hierro que se incrustaba en el ambiente. Y un rato después sonó el teléfono.

            Gracias a Dios, los chicos estaban en recreo. Si no, hubiese sido una masacre. En otra escuela, lindante con la de mis hijos, hubo niños muertos. En la nuestra, sólo heridos. Pero mi muchachito había probado el sabor acre del infierno. Sus ojos, adaptados a la contemplación de Melchores y Baltazares, de trineos que surcan el cielo navideño, habían visto de repente estallar los vidrios, caerse las paredes, florecer rosas de sangre inesperada en los rostros y los cuerpos de los compañeros. Sus oídos, dispuestos aún a canciones de cuna, rondas, mambrúes que se van a algo muy extraño que es la guerra, y pajaritos que cantan, habían vibrado con el inolvidable estruendo del odio, con los gritos desesperados de las maestras, con los llantos de nenas y nenes como él...

            Ezequiel estuvo varios días sin poder dormir bien. Tardaba en conciliar el sueño, se agitaba en pesadillas insondables. Estaba atrapado en un océano negro de preguntas sin respuesta. Nosotros, sus padres, teníamos una tarea ciclópea, abrumadora, más difícil que los trabajos de Hércules: la de poner en palabras lo que ningún idioma humano es apto para expresar, dar semántica, gramática, ortografía, puntos, comas y acentos, a lo monstruoso, a lo inasequible, a lo que no debería haber tenido jamás palabras, como las cosas que no existen.

            En aquellos días me obsesionaba una nube que volvería, como un fantasma obcecado, dos años después, cuando el viejo edificio en que había concertado los funerales hebraicos de mi querido padre, también voló en mil pedazos, llevándose estúpidamente un centenar de vidas, y tallando una herida en el alma argentina que, tal vez, nunca se llegue a curar del todo. Y de nuevo otras veces. Como ese terrible once de septiembre. Como este tristísimo, tristísimo, tristísimo, tristísimo once de marzo, en que la sangre inundó las calles de la dulce Madrid.

            Es que uno supone que todas las conductas humanas de cierta significación están guiadas por una relación de causalidad con un proyecto, y guardan algún vínculo, por remoto que sea, con una finalidad, buena o mala, compartible o execrable. Uno asume que no se actúa sin sentido. Pero entonces llegan las bombas, las dinamitas cuya traición tanto temió el pobre Nobel, los suicidas del terror, los aviones que son lanzados sobre torres, los trenes que explotan y vomitan metralla. Y otra vez los ojos grandes, interrogantes, de mi hijo, preguntándome “¿porqué pasan estas cosas, papá?”, y mi silencio, y mi impotencia de hombre común con un corazón sencillo, y esa lágrima discreta, que como una procesión de duelo, se coló de pronto por mi mejilla pálida.

            ¿Edificaremos alguna tarde una sociedad sin trenes de la muerte? ¿Estamos, acaso, caminando en esa senda? Esta locura, este dechado de no me importas, ni tú, ni tus sueños, ni tus besos ni tus llantos, ni las sábanas a las que no vuelvas, ni las miradas que te buscarán en vano, ni las flores que serán para otros olfatos y no el tuyo, este vacío tan hondo, tan sin gracia, tan sin poesía, tan sin sonido, ¿no nos dicen nada? ¿O es que esas manos abiertas al infinito, esas pupilas que querían ser testigos de más amaneceres, de más cuerpos desnudos, de más hijos y padres, no han de enseñarnos que vamos por mal rumbo?

            ¿Cómo se responde a estas acciones descarnadas? ¿Con más violencia, con un marco casi carcelario, como lo hicieron los Estados Unidos, que no dudaron en borrar incluso las garantías constitucionales más supinas en aras de esa lucha? Pero la sangre retroalimenta la sangre. “Los hombres a quienes se trata mal, se vuelven necesariamente más injustos”, profetizaba en su República el gran Platón. Y pocas frases más profundas han resonado en la faz del mundo (y tal vez por ello tan difíciles de cumplir) como aquél “Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores” de Cristo, que nos reporta Mateo (“hagan el bien a los que los odian”, agrega Lucas). Las grandes verdades poseen esa cualidad paradojal, de ser reverenciadas y evitadas al mismo tiempo...       

            No sé si “lo que quieren” estos sujetos es destruir el orden institucional de las naciones modernas, porque realmente creo que, lo que es querer, no quieren nada, pues el querer hace referencia a un proyecto, y ellos ni proyecto parecen tener, y tocan sin partitura ni concierto. Pero es obvio que ni los autos-bomba, ni los aviones ariete, ni los trenes de metralla, deben llevarnos a arrojar por la borda la construcción paciente y milenaria de los derechos esenciales. Hidalgamente, los acongojados españoles (aunque todos fuimos españoles estos días –y sé que se sonríen, desde allí arriba, mis antepasados sefardíes–) lo exclamaron en sus impresionantes manifestaciones del doce de marzo: “con la Constitución”, gritaron. Es decir, como un Estado civilizado de mujeres y hombres tristes, no como una horda herida. Sí, hermanos de la noble Hispania: así responde la gente de bien, como abrumadoramente sois vosotros. Con las leyes, con el Derecho, con rigor pero sin ceguera. Vosotros ya sabéis mucho de olivos talados y amaneceres truncos. No os dejaréis llevar por las mareas del odio.

             Sin embargo, tal es la sed de causas y efectos de nuestra especie, que se buscan explicaciones a lo inexplicable. He recibido un mensaje abierto que culpa del atentado a la intervención española en Irak. "Nosotros dijimos no a esa guerra", rezaban unas pancartas de manifestantes madrileños. ¿Cómo es eso? Si no ibais a ir, ni vais a ir, a una guerra cualquiera, porque la consideráis injusta, torpe, ridícula o maligna (como, en lo personal, creo que fue y es la agresión contra el Irak), entonces os respeto, y os estáis construyendo libremente, y según vuestros valores y principios. Pero si vuestra razón para no acudir a las armas era y es el miedo, el temor de volveros blanco de trenes salvajes, de aviones asesinos, de coches sicarios, el pánico a oxidadas cimitarras que ensucian el Santo Nombre de Alá, no, no os doy, humildemente, más que una mirada de soslayo. Me haríais recordar a quienes en Buenos Aires, ante los cadáveres y las piedras huérfanas, meneaban la cabeza diciendo: "he aquí lo que nos pasa por haber mandado naves al Golfo".

            ¿Es que es tan difícil entender que puede haber actos sin razón, que no obedecen a lógica alguna, ni siquiera a la tortuosa lógica de la venganza? ¿Tanta es nuestra necesidad de razón y de leyes naturales, que pretendemos poner un silogismo donde hay y habrá sólo caos e histeria? Creo que la decisión de Aznar de alinearse con el Imperio en la invasión del agua potable y del petróleo, fue de una sandez notoria, y de muy poca nobleza, pero de ningún modo puede vérsela como el antecedente causal de este ataque terrorista, porque ello implicaría reducirse a hablar el lenguaje de los monstruos.  

            PERSONA se viste de luto por las víctimas de Madrid. Como padre que perdió un hijo, conozco el insondable espacio de amargura que dejan las caricias. Por cada uno de esos niños, niñas, mujeres, hombres, ancianos, por cada uno de los caídos en el atentado de Nueva York, por cada uno de los que se fueron al estallar la AMIA y la Embajada de Israel, por cada vida segada en la invasión del Irak el año pasado, por cada humano muerto de resultas de la prepotencia, del mesianismo, de la discriminación, de los delirios de superioridad, ha de alzarse algún día, si realmente lo deseamos, un árbol frondoso, que acune en su sombra pacífica a una inmensa familia de hermanos diferentes.

            Modestamente, oro en silencio por la llegada de esa mañana.

 

            Muy cordialmente,

                                               Ricardo Rabinovich-Berkman