ANENCEFALIA

(una visión médica y ética)

 

por Ernesto Beruti

 

 

Breve descripción de la enfermedad

 

                    Para entender al alcance de nuestra información, el origen celular embriológico del tubo neural, referente obligado de la malformación fetal que comentamos, –el niño con anencefalia – debemos incursionar en una breve descripción de la placa neural del embrión como constituyente inicial del sistema nervioso central.

                    Hacia fines de la 3ª. Semana del desarrollo, el embrión tiene la forma de un disco aplanado En la zona media de su cara dorsal se origina la placa neural, conjunto celular que en el período al que aludimos, da comienzo a un proceso de plegamiento, de invaginacion, que continúa con una progresiva elevación de sus bordes  hasta juntarse, transformándose en un canal que en sucesivas etapas va cerrándose hasta constituir un tubo totalmente cerrado de orientación longitudinal con respecto a los diámetros del embrión. Una semana después, el tubo neural presenta una región caudal más estrecha que da origen a la médula espinal y tres  vesículas cerebrales, más dilatadas, de posición anterior, que dan lugar a la formación del encéfalo o cerebro.

                   Desde la 4ª. Semana en adelante, si alguno de estos grupos celulares es dañado por un agente patológico, pueden producirse dos efectos opuestos; o matan al embrión, o, de sobrevivir, el daño tenderá a ser definitivo, entre ellos, impedir el cierre total del tubo neural sitio y factor anátomo-topográfico desencadenante del proceso de anencefalia.

                   La ausencia de hemisferios cerebrales y su corteza en la porción anterior del encéfalo, base anatómica y fundamento de esta enfermedad embriológica, privará al feto  de las funciones superiores del sistema nervioso central tales, como el conocimiento, la comunicación, la afectividad, la emotividad, la racionalidad etc., pero mantendrán su funcionalidad los órganos que en la parte posterior del encéfalo constituyen el tronco encefálico, entre ellos, el bulbo raquídeo asiento del 4° ventrículo con sus centros nerviosos capacitados de mantener de manera autónoma funciones vitales como la frecuencia cardíaca, la coordinada respiración pulmonar, la dilatación vascular, los reflejos de la deglución y el vómito.

                   Queda asentado así, con lo señalado “ut supra”, el criterio universalmente admitido que el feto con anencefalia está totalmente distante  del criterio científico de muerte encefálica o cerebral, siendo por tanto un ser humano vivo, disminuido en su morfología y funcionalidad, pero con gran proporción de los atributos que caracterizan a la especie humana que lo convierten en persona .Como afirmación oficial se transcribe la resolución 34 /1.998 de la Secretaría de Salud Pública de la Nación, punto 1 – 9 .....”se excluyen, asimismo, para el protocolo de muerte encefálica a los niños con anencefalia “

                   Sólo una referencia a la seudoencefalia, que se caracteriza cuando el tejido nervioso ha sido sustituido por un tejido vásculo–conjuntivo, diferenciándola de la verdadera anencefalia, porque el tejido nervioso no ha sido reemplazado por ninguna formación parenquimatosa. Otras malformaciones  (13 al 33%) pueden concomitar  con la anencefalia.

 

 

La anencefalia desde el embarazo 

 

                 En épocas pretéritas, el diagnóstico clínico del feto con anencefalia era tardío; solo la clínica obstétrica, en manos habilidosas, podía suponer la sospecha  de una anencefalia cuando al tiempo de la versión espontánea del feto (antes de los 7 meses de gestación, hoy 32 semana) no se localizaba el polo cefálico. La confirmación de la anomalía venía por vía de la radiografía, cuando no en la sala de partos. Esto demuestra, si no había patología agregada, que el embarazo cursaba de una manera normal, al punto que era ignorado por la madre y aún por el mismo obstetra.

                 No existía dilema; o la paciente era más recipiendaria al dolor psíquico de engendrar un hijo malformado y sentenciado a morir, o la ignorancia de la autonomía reposaba en la beneficencia como principio rector del ejercicio de la medicina, o bien, la bioética no había desembarcado en el muelle de la medicina

                 Hoy, la patología anencefálica se sigue presentando pero suscita enfoques diferentes. La bioética ha irrumpido en la práctica del ejercicio profesional de la medicina, así como también  en otras disciplinas del profesionalismo, para advertir, aconsejar y prevenir al hombre el bien o el mal que hace cuando ejerce una profesión.

                 Un cambio significativo en la precocidad del diagnóstico por imágenes, por intermedio de la ecografía temprana  y en la actualidad tridimensional, ha desencadenado un torrente de opiniones sumamente dispares, tanto en el ámbito profesional médico como en el judicial, con respecto a la toma de decisiones lícitas o ilícitas en relación al adelantamiento del parto en una embarazada con un niño con anencefalia, que en su desacuerdo, ha obligado a la comunidad a recurrir a los estrados del Tribunal Superior de Justicia, la Suprema Corte de Justicia de la Nación Argentina, traspasando la médula de un acto científicamente médico a un problema judicial, en la que en última instancia, para su resolución, se han invocado principios Constitucionales conculcados

                 Se argumenta, sin demostrarlo, que la supuesta patología agregada al embarazo en una mujer que conlleva  un niño con anencefalia, afecta la salud física de la madre. Todas las referencias a polihidraamnios, desprendimiento prematuro de la  placenta, embolia de líquido amniótico, trastornos del mecanismo de parto etc.,carecen de justificación seria. Todas estas patologías que pueden estar presentes en el embarazo de un no anencéfalo,  a fuer de ser excepcionales algunas de ellas, son de diagnóstico fácil, corregibles y de pronóstico favorable para el feto y la madre. Es obvio recalcar, que cualquier patología de las señaladas que se presentaren en el embarazo de una mujer con un feto anencéfalo, y mínimamente pusieren en riesgo la salud de la madre, condicionarían en forma inmediata e insoslayable la inducción al parto si no hubiere alternativa válida para su prosecución. El feto se mantiene en su ritmo de crecimiento, excepto en lo referido al encéfalo, remedando una situación usual. No parece existir  riesgo físico orgánico o funcional mayor que el de un embarazo normal, manifestaba al jurista interrogante un experto profesional en uno de los recursos de amparo interpuestos.

                   Sostenemos en nuestra opinión, que la inducción al parto de un feto  inmaduro o prematuro en una mujer embarazada con diagnóstico de un feto con anencefalia, no es justificada como conducta profiláctica que evite futuras complicaciones del embarazo, y no puede ser tomada como elemento de prueba, que acortando la duración del embarazo, actúe beneficiosamente en favor de la paciente.

                    Para separar bien las aguas, no hemos de aludir a las conductas tempranas de interrupción del embarazo, de la que ya existe una propuesta firme , según declaración del 30 de Agosto del 2.001 de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Bs. As. Pensamos persuadidos que se trata de un aborto ilícito, sea el embrión o feto viable o inviable desde el vamos. Es una acción directa letal sobre el feto, sano o enfermo, que no encuadra ni en el derecho penal en su art. 86 inc 1, el aborto terapéutico, porque no se dan las condiciones, ni tampoco en el aborto eugenésico por cuanto es ilícito y punible para nuestro Código Penal.

                     Nuestra inquietud desde la bioética y la obstetricia es interrogarnos si es lícito para la ética médica, conocido el diagnóstico de un niño con anencefalia antes de nacer, adelantar el parto en un embarazo que cursa normalmente a petición de la madre y/o su familia.

                     Se ponen en juego principios y derechos que es necesario recordar. No pretendemos, ni mucho menos, ser depositarios de la verdad total. En un aceptado pluralismo de ideas, esta comisión razonará en la convicción que la moral que guía nuestros actos médicos es la que tiene como sustento la Ley Natural que es la Ley Divina.

 

 

La anencefalia desde el parto

 

                                            Las características de un feto con anencefalia, carente de calota craneana y con un cuello acortado en su longitud por hiper-extensión de su cabeza, que contradice la impronta de flexibilidad que es el signo distintivo de su postura fetal, pareciera impresionar como factor de distocia en la atención de un parto por la vía natural

                                             Estas particularidades peculiares a su malformación, son proclamadas por los detractores de la vía baja o vaginal para endilgar a quienes opinan lo contrario, los riesgos maternos que puedan significar que un feto anencéfalo de término o próximo a él, sea capaz de cumplir un mecanismo de parto espontáneo o conducido por la suficiencia de una manualidad y/o la técnica depurada de una instrumentalidad aplicada por un obstetra calificado.

                                              Se ha atribuido al exceso de peso fetal otro elemento de juicio para la impugnación de la vía baja, cuando sabemos que en general los fetos con anencefalia agregan a su patología embrionaria un retardo de crecimiento fetal intrauterino, y por ende, son de bajo peso al nacer aún cuando se considere la falta de cerebro y cráneo (Honneber y Swaab, 1.973)

                                               Al carecer de calota craneana, permanece en la mayoría de los observados la presentación pelviana, por cuanto el escaso peso de masa que sobrellevan los malformados huesos craneanos en un feto anencefálico, no alcanzan a cumplir con los postulados de la Ley de Pajot.

                                               La Ley de Pajot alude a la versión interna espontáneo de 180 ° que el propio feto realiza hacia la 36 semana de la gestación, para ubicar su extremidad cefálica como primer segmento de expulsión. El peso que representa el polo cefálico de un feto normal, hace que por ley de gravedad, sea el propio peso de la cabeza lo que impulsa la versión. Huelga decir, que esta es una de las razones por las cuales el feto permanece de nalgas. La temible dificultad de un parto pelviano es la retención de la cabeza última. Al disminuir el tamaño de la extremidad cefálica, por la malformación, la atención del parto pelviano en un anencéfalo no representa obstáculo.

                                                Similares, y no convincentes argumentos fisiológicos, animan a quienes execran la atención de un parto de un feto con anencefalia en presentación cefálica. Es rigurosamente cierto que la hiper-extensión de la cabeza malformada y, consiguientemente el acortamiento del cuello, crean un diámetro de mayores proporciones (el sincipito-preesternal) que los que habitualmente se ofrecen en una cabeza bien flexionada. Remeda, con casi exactitud, el parto de cara primitiva o secundaria en un feto con constitución y tamaño de cabeza normal, pero eso no obsta a que se cumpla un mecanismo de parto perfectamente nomenclado en sus distintos tiempos  y que el obstetra con rigurosa  metodología digital o instrumental  soluciona, obteniéndose un parto por la vía natural  sin daño fetal ni materno. Desestímase así, que  dejando evolucionar el embarazo en una mujer con un feto con anencefalia hasta el término de la gestación , la idea de la distocia partal no tiene asidero.

                                               La prescindencia en la última década en la atención de los partos en mujeres que gestan un niño con anencefalia por la vía vaginal natural, impiden la documentación bibliográfica. Es una resultante de la postura actual de la bioética anglo-sajona que ha inficionado en la obstetricia respecto a este tema. No ha podido la vocación médica suscitar en la madre y su entorno familiar, el derecho privadísimo del embrión a pretender vivir, en las condiciones que fueren, el lapso de 40 semanas que le asignó desde el inicio la sabia naturaleza.

                                              El rol de la operación cesárea alcanzó el cenit de su fama (bien merecida, por cierto, cuando es bien indicada), y es el camino que se elegirá en la atención de un parto en una mujer cuyo niño padece anencefalia, y ello por dos simples razones; o porque es de elección en la relación médico paciente – debidamente conformado el consentimiento ilustrado, que nos resguarda – o por el fracaso obstétrico a la inducción al parto.

                                               Para no confundir el alcance de los resultados, que pudieran objetarse, no es lo mismo para la clínica obstétrica, inducir un parto en la semana  24 a 26 que al pretérmino, es decir de la 37 semana en adelante

                                               La fisiología obstétrica habla de un determinismo del parto sustentado en diversas hipótesis que no llegan a conformar una teoría,  todavía no dilucidadas, que casi diría, misteriosamente, desencadenan el trabajo del parto.

                                              Las modificaciones generales y locales que a la fisiología de la mujer imprime  el estado de embarazo se van sucediendo secuencialmente, dirigidas primordialmente al tracto genital y al órgano vital el útero y su segmento inferior, hasta alcanzar su madurez, léase la 40 semana de gestación.

                                             Con prelación a este lapso, todo lo que se intente para lograr el éxito en una inducción partal es exclusivamente artificial; trátase de reproducir, por acción medicamentosa, administrada por distintas vías y  recurriendo a variados métodos, los mecanismos por los cuales se llega a la maduración de las estructuras configuradas por la naturaleza, para que cumplan con la función del trabajo de parto sin causar daño al feto ni a la madre. Cuanto más precoz sea la indicación de la interrupción del embarazo, más fracasos se sucederán , porque es evidente , como la fruta, que no puede ser compelida a madurar de la noche a la mañana. Intentar cambiar los ciclos biológicos cuando ellos se desarrollan normalmente, hace reflexionar sobre su conveniencia, pero es auspicioso que así sea máxime cuando el objetivo busca el bien de la madre y el feto, pero no, cuando una conciencia errónea cifra el bienestar en un interés personal y/o familiar, con su connotación de tragedia si así se interpreta, pero revocando la esencia espiritual que caracteriza al principio de la vida humana.

                                              Ergo, el parto de comienzo inducido termina en una operación cesárea, corolario final de la obstetricia que apaña desprolijidades de conceptos y oculta inmadurez científica cuando la indicación no es precisa y la paciencia no es virtud.

                                              Siendo una magnífica intervención no está carente de riesgos, quirúrgicos, anestésicos, del órgano y de incierto futuro procreativo por cuanto está demostrado que luego de 3 operaciones cesáreas la avidez del embrión por asentar en el lecho cicatrizal, puede desembocar en un acretismo placentario que compromete, en el mejor de los casos, no solo la procreación futura, sino también, pone en altísimo riesgo la vida de la madre. Por esta última expresión  y otras razones ya expuestas, es prudente, aunque la Ley lo autorice, desaconsejar la inducción al parto antes del término en los fetos con anencefalia y esperar en actitud vigilante el parto por vía natural.   

  

 

Consideraciones desde la bioética:

El protagonismo del feto

 

                                    Es a partir de la genética que podemos aseverar que el feto enfermo con anencefalia, al igual que el normal y sano, es estructurado en la doble cadena del A.D.N., repartido en sus 46 cromosomas que es lo que distingue a la especie humana, y que encierra en su constreñido ovillo la descripción anticipada de toda la ontogénesis en sus más pequeños detalles.

                                  Así está constituido el recientemente secuenciado genoma humano.

                                  Al estar privado de calota craneana, hemisferios cerebrales y corteza cerebral no lo relega a la categoría o familia de los sub-humanos “.....ninguna patología ulterior a la concepción transforma a la persona en un producto sub-humano....” (Suprema Corte de Justicia de la Nación). Las Leyes Romanas, desconocidas de información embriológica, y fundadas en la apreciación fenotípica después de nacido, le negaban signos de humanidad porque faltaba el mínimo desarrollo biológico para ser considerado persona.

                                 Se intenta compartimentar la secuencia natural del desarrollo embriológico priorizando etapas que, en opinión de algunos, autodeterminan al feto como persona. Si carecen de estructuras nerviosas insustituibles, como ya hemos visto en la descripción orgánica de su patología, arguyen que no puede atribuírsele capacidad cognitiva, ni posibilidades de comunicación ni perceptivas de sensibilidad que lo desaforan de la condición de persona.

                                 Estimamos que es un criterio reduccionista evaluar el concepto de persona ligado a la aparición de hitos morfológicos, funcionales o de percepción. Contrariamente, en nuestra legislación civil, se fija el concepto que una desviación de las formas normales de la humanidad, no obsta a la capacidad del derecho, sin especificar cuales son los signos sensibles para reconocer una criatura humana.

                                No se ha dado la quimera de albergar en el seno materno humano naturaleza racional que no sea humano. La biología molecular se encarga de su rechazo. Se puede colegir, entonces, que lo que procede de humano es humano y por simple razonamiento transmite esa condición a los hijos.

                               Que morfológica y funcionalmente responden a la condición humana, lo atestiguan las acciones de presión y succión como han sido demostradas en el recién nacido con anencefalia, y la respuesta positiva a estímulos dolorosos, aunque se interpreta esta última, como un arco reflejo a la existencia del tronco encefálico que conserva su capacidad de responder neurológicamente.

                                Esta reducida signología que podría ser abarcativa desde la singamia hasta el nacimiento del feto con anencefalia, lo define desde la antropología como ser humano, y por ende, asume el rol de persona en la vieja definición de Boecio, “substancia individual de naturaleza racional “, adjudicándosele para los monoteístas  un destino escatológico trascendente. De tal manera, que la simple posesión de la naturaleza humana implica para cada individuo llámese huevo, zigoto, embrión, niño, joven, adulto o anciano ser persona y por tal sujeto de derechos.

                               No sería prudente citar  “in extenso” todo el articulado de nuestro Código Civil, lo correspondiente de  la Constitución nacional, el art. 4° del Pacto de San José de Costa Rica, así como  el art. 6-1 de la Convención sobre los derechos del niño en donde con algunas variantes se ratifica lo anteriormente expuesto.

                                    Sobran entonces, razones de peso para que el feto con anencefalia inocente y desvalido, exija su derecho a la vida intrauterina el mayor tiempo posible al que pueda acceder. Para quien no acepta la posibilidad de la minusvalía en el ser humano, antes o después del nacimiento, supone una especie de racismo de los sanos, de racismo cromosómico en frase de Lejeune.

                                   Si algún magistrado, irrazonablemente, restringiera el derecho a la vida de personas que padecen patologías físicas, incurriría en una discriminación arbitraria. Y si se induce el parto en una mujer con un feto anencéfalo, con antelación al término, se limita el tiempo intrauterino de vida fetal

                                    Si se procediera así, el beneficio acordado es unidireccional; el resultado aporta tranquilidad a la embarazada y sus allegados, desestimándose los riesgos inherentes a toda inducción partal, sin que medie indicación médica por patología que afecte orgánicamente a la mujer gestante. En otras palabras; se anticipa la muerte de un ser humano que inocente y malformado la Sociedad lo condena por anticipado, negándole el derecho que no puede expresar, a vivir el tiempo establecido por la gestación en el incognoscible misterio uterino hasta que la naturaleza humana por si sola, sabiamente estructurada, lo decida por mecanismos propios del parto a cesar en su existencia.

                                   A los efectos de encontrar puntos de contacto con vivencias cotidianas, un punto de reflexión analógica sería el siguiente: A un ciudadano del mundo condenado a muerte en 1ª. Instancia le cabe el derecho de apelar, justa o injustamente, ante un tribunal superior que dictamine sobre su muerte. Hasta tanto la 2ª.Instancia se pronuncie ha de preservársele la vida. Pendiente su sentencia de muerte nadie puede anticipársela hasta el momento en que el tribunal superior lo disponga. La madre de un sentenciado a muerte, que a pesar de las circunstancias lleva el indeleble sello de madre, sufre la agonía de la espera infructuosa, pero no suplicaría la muerte de su hijo delincuente antes que la sentencia se pronunciara. No es un bien para nadie acelerar el fin de la existencia humana, así se la enfoque desde la embriorganización hasta la ancianidad; como no lo es tampoco negarle el derecho de apelación a un condenado a muerte. El tiempo de apelación que media entre la muerte inmediata y la muerte diferida es patrimonio exclusivo del derecho de las personas sean sanos o enfermos, delincuentes o santos. Es la justicia humana la que avala tales procedimientos.

                                 Al feto con anencefalia quiérese restringir o cercenársele el derecho de apelación (porque no puede formularlo) a permanecer un tiempo más, intrauterinamente, no en una cárcel sino en un medio natural y apropiado que le sirvió y le sirve de habitáculo creador.

                                 Sentenciado a muerte por la patología que lo aqueja, y me arriesgaría a decir en su dolor inocente, no puede llegar en tiempo natural (si privado de libertad de elección se le induce prematuramente el parto) a la sentencia final que en conjunto dictan las estructuras orgánicas y funcionales, erigidas en tribunal superior, para producir su nacimiento.

 

 

El protagonismo de la madre

 

                                 Así como el don de procrear necesita de dos referentes (varón y mujer) ateniéndonos a la clásica definición de género, el proceso de maternidad se desarrolla simultáneamente con dos referentes válidos, madre e hijo, ambos independientes y libres con igualdad de derechos pero sujetos a principios inmanentes que conforman el orden moral regulando el bien y despreciando el mal. El principio bioético de beneficencia ha sido el estandarte que orgullosamente lució e hizo brillar a la medicina en la búsqueda del bien del paciente, pero la súbita aparición de otros principios tan valederos y respetuosos, como el de autonomía, han tergiversado las interpretaciones y conducido a situaciones conflictivas en la resolución de los dilemas éticos médicos.

                            Este preámbulo se encamina a señalar que el derecho de autonomía de una paciente sana, vital, presente, en proceso de gestación y con un diagnóstico de un feto con anencefalia puede colisionar con los de su hijo malformado, inocente, desvalido, también vital, ausente de presencia física tangible pero presente en el derecho.

                           La bioética no es emotivista, se sabe guiar con criterios objetivos y concretos buscando en el diálogo meduloso y profundo el consenso necesario para la satisfacción de las partes. Pero cuando en el substratum de la controversia (aunque no se contraponen principios religiosos)  se pone en tela de juicio el principio de la vida humana, debe plegarse al imperativo irrenunciable de su defensa porque, de no, pierde el apelativo de disciplina rectora. Es el meollo de esta comisión, la prolongación de la vida del feto, con muerte real si se le adelanta antes del término, o el potencial daño psicológico de la madre si se le posterga.

                           En salvaguarda de una especialidad tan noble como la Clínica Psiquiátrica ¿ No puede controlarse debidamente una patología depresiva exógena, de corta duración, hasta que cese espontáneamente la causa, con una adecuada terapia específica medicamentosa y una eficaz psicoterapia de apoyo?

                          Si se logra hoy mitigar en el paciente el dolor físico consecutivo a patologías orgánicas invasivas de larga duración ( que lo enfrenta a su propia muerte), con tecnologías de avanzada que manteniéndolo en estado de vigilia garantizan, al ceder el dolor, la lucidez del paciente y que la excelencia del recurso humano profesional tácticamente sabe aplicar. Cómo entonces, no lograr paliar el dolor psíquico emergente –absolutamente comprensible- en una paciente embarazada en cuyo desarrollo fetal se ha diagnosticado un niño con anencefalia. ¿ Es resorte de la conciencia recta hablar de víctima y victimario como se les ha adjudicado?

                          ¿Qué es lo que roe la mente de una mujer o de una familia, para rechazar en consenso la continuidad de la vida de un feto al cual le dio la humanidad?  ¿Cambia el concepto maternal porque es un malformado, minusválido e indefenso? ¿O es irreflexivamente escudarse, para, tras argüir un potencial daño psicológico sustentar primordialmente el principio de autonomía, competir y mancillar con su actitud el de beneficencia que protege la vida humana, vida humana de su hijo no nacido hasta la instancia final que es el parto? Se vale de la autonomía como capacidad de darse asimismo sus normas morales. Es lo que la razón práctica entiende por lo que debe hacerse, olvidando que los preceptos absolutos morales son preceptos negativos; lo que no debe hacerse tiene más universalidad, porque valen absolutamente, valen siempre y para siempre como el “no matarás”

                             No nos parece conducente explicitar a favor o en defensa de la madre el hipotético daño psicológico basado en la peyorativa expresión  “féretro ambulante,” como se adoctrinara en un juicio de amparo. Esta expresión gramatical efectista, desacertada y espuria metáfora, atenta contra el dolor materno; niega por la dureza de su contenido el desarrollo de la vida humana que no conforma con una biología sana e induce, indirectamente, a echar mano a un proceso de rápida eliminación. Ni tampoco el sustantivo “tortura” con que se ha comparado su delicada situación. Para que se haga fáctica una tortura debe darse un torturador y un torturado. ¿ En el feto inocente, malformado, desvalido, inintencional, que llama más a la compasión que al rechazo, puede imaginarse un torturador? ¿ No es equívoca la opción de una madre, que sabiendo que su hijo malformado va a morir quiera sacárselo de encima y cuanto antes mejor?                

                                     Si no pudiéramos sobreponernos a la profunda pena que ocasiona la muerte de un ser querido con el que hemos compartido una larga convivencia, dejaríamos de reconocer el potencial de inteligencia de que hemos sido dotados por nuestra naturaleza, como promotora de la ratio, que nos alienta con férrea voluntad a elaborar el duelo necesario y esperanzador fuera de todo dogmatismo con que pudiera replicarnos un secularismo fanático.

                                    Comprendemos la tragedia para quien no da un valor metafísico al sufrimiento, pero el dolor psíquico de una madre lo entendemos cuando asienta en la frustración de la vida de su hijo; cuando asume la impotencia de dar vida por un desvío de la naturaleza; cuando la esperanza se va....pero conserva intacta la ternura hacia ese ser que sin haberlo visto amará hasta el último momento. Es la demostración intuitiva de un cariño que es intraducible, que escapa a la objetividad pero que se nutre con el sentimiento más puro del amor de madre.

                                     Este sentimiento es sublimado, por quien piensa y obra así, con el desprendimiento total de su autonomía para donársela a aquél que es el objeto de su amor. Transfiere su derecho al hijo no nacido para que lo aproveche hasta el final de su efímera existencia. Diríase que es una actitud altruista no exigible al ciudadano común, pero también de renunciamientos, sin pretender la heroicidad o el martirio, están constituidas las almas  que ennoblecen a la sociedad humana.

                                   La madre que está gestando un feto enfermo con anencefalia y se aviene a mantenerlo en sus sagradas entrañas hasta el fin del embarazo, no está exenta del sufrimiento psíquico-moral temporario o prolongado, pero lo hace con el convencimiento de enaltecer y defender el principio natural de la vida humana de su hijo, sano o enfermo, aunque por la circunstancia sea breve, independientemente de toda connotación religiosa, moral, social, política o eugenésica con que se gobierna el hombre.