Estimado Ricardo:
 
Acabo de leer su editorial escrito para el último número de la revista "Persona"
y referido a la película de Gibson. Simplemente, quería transmitirle por este medio mi satisfacción
por haber asistido a una crítica tan aguda y fundada de la película, como no lo había hecho antes,
ni a través de la crónica periodística o cinéfila, ni tampoco a través de los debates mediáticos,
tanto religiosos como filosóficos.
 
Debo confesarle que mi condición de judío (aunque no practicante) me sensibilizó
frente a la parafernalia desplegada (justificada o injustificadamente) por los medios.
Y si bien algunas versiones me esclarecieron parcialmente la cuestión, sus apreciaciones
me parecen certeras y sirven para desnudar la falacia y el infantilismo
que siempre encierran las interpretaciones maniqueístas de los acontecimientos.
 
No vi la película, y sigo negándome a ello, aun cuando debo admitir que su editorial
incentivó mi curiosidad al respecto. En cambio, me genera un panorama sombrío
la anécdota sobre sus alumnas, especialmente una de ellas, porque al fin, este sujeto,
parece entonces haber logrado su objetivo de confundir a la gente,
y quizás, desviar la fe (además de juntar dólares).
 
Le mando un fuerte abrazo,
 
Diego Zentner