Tinant, Eduardo Luis


Antología
para una Bioética Jurídica

 

 

Bs.As., La Ley, 2004  188p

 

 

 

 

    Ya he tenido el placer de comentar en PERSONA obras del Dr. Eduardo Luis Tinant, uno de los máximos exponentes de la Bioética argentina. Este prestigioso catedrático tiene una peculiaridad, que debería ser normal, pero por desgracia en varias naciones latinoamericanas no lo es: la de provenir del flanco de la Filosofía.

    Lo repetiré hasta el cansancio: la Bioética es una rama de la Ética, y ésta última lo es de la Filosofía. Entonces, quienes carecemos de una formación filosófica, si nos metemos a "hacer bioética", no podremos pasar del mero chapucerío, volando a altura de pollo, que es el patético espectáculo que tanto desuela nuestras jornadas, encuentros y hasta publicaciones. Por eso, siempre me apresuro a aclarar que, a diferencia de Tinant, y de otros más, yo NO soy ni pretendo ser un "bioeticista", sino, modesta y dificultosamente, un "bío-jurista", porque mi preparación, en todo caso, es en el Derecho, y se requiere mucha pista de despegue filosófica para escribir sobre Bioética sin decir gansadas.

    Nótese que no hablo de usar la Bioética. Eso es muy otra cosa. Muchos (y allí sí me incluyo, y decidido), empleamos la Bioética, sus desarrollos, sus conclusiones, sus problemáticas incluso, como se utiliza una computadora, o un coche. No se necesita saber cómo funciona un chip electrónico, ni ser mecánico de automotores, para usar esos objetos, para servirse de ellos. Escribir sobre Filosofía, es una cosa. "Hacerla", es muy distinto.

    Claro que la Bioética tiene la peculiaridad de ser un tablón enjabonado, porque a nadie se lo ocurre escribir sin saber sobre fusiones bancarias, o sobre la teoría finalista en materia penal. Pero de Bioética, raro es quien no se sienta autorizado a dar opiniones. Todo es sencillo. La anencefalia, la transexualidad, el aborto, las transfusiones. Todo es claro. Todo es A, o B, o C. A veces, parece que Dios mismo, por línea privada, ha dictado las respuestas. Suerte que tienen algunos... Otras, la fuente infalible es el "sentido común" (la cosa mejor distribuida de la tierra, según Descartes, porque todos creen tener lo suficiente). 

    Y allí afuera, estamos los tontos, los indecisos, los dubitativos. Los que creemos que hacer Bíoderecho, o Bioética, es tan difícil como caminar pisando huevos. Que somos conscientes de lo cósmicamente complejo de cada alternativa, de cada situación, de cada intríngulis. Que hoy pensamos A, pero mañana, porque leímos más, o porque escuchamos a los otros y nos convencieron, pasamos a pensar B, y tal vez mañana pensemos C, o regresemos a A. Si alguien me dice, ufano, "yo siempre he pensado lo mismo", estoy seguro de hallarme en presencia de un sandio.   

      Por eso es tan importante un libro como éste. Porque es en serio, y es profundo, y su autor sabe. De allí que no tenga desperdicio.

    Es, como Tinant lo anuncia desde el título, una antología. Reúne, dice en su Prefacio, "diversos trabajos bioéticos que he escrito durante los últimos años". Algunos de ellos, empezaron como conferencias. "Otros directamente como artículos de doctrina o notas a fallo publicados en distintas revistas especializadas, según se indica en cada caso".

    La gama temática es amplísima. Las cuestiones generales (relación entre Bioética y Derecho, principios, derechos humanos y Bioética) preceden a las particulares, en cuya nómina no hay ausencias. anencefalia, eutanasia, rechazo terapéutico, aborto, contracepción, trasplantes, esterilización, privacidad, procreación responsable, etc. Y varios capítulos se dedican al "derecho a la salud". Un verdadero banquete, como se observa, para los adictos a la materia.

    Eduardo Tinant y yo somos, en cierta medida, parcialmente, competidores. Él dirige la Maestría en Bioética Jurídica de la Universidad Nacional de La Plata, y yo la Maestría en Aspectos Bioéticos y Jurídicos de la Universidad del Museo Social Argentino, en Buenos Aires, a sólo cincuenta kilómetros de distancia. En algunos puntos (pocos) nuestros respectivos programas coinciden. Pero tener un "rival" de la altura y la calidad de éste, me honra sobremanera, y me llena de genuina satisfacción, científica y humana.

Ricardo Rabinovich-Berkman 

 

 

 

Abascal, Salvador

 

La Inquisición

en Hispanoamérica

 

 

México, Tradición, 1998   380 p

 

 

 

    Raro privilegio el de la Inquisición. Cuenta con abundantes detractores y con no pocos defensores, pero nadie se muestra indiferente para con ella. Esta que comento, es una obra polémica, de conclusiones harto discutibles. Valga como ejemplo esta afirmación de su autor, que basta para presentir su cuño ideológico: "la Inquisición Española cumplió con su misión: durante tres siglos ayudó eficazmente a salvar España y a Cristianoamérica de la herejía y, consecuentemente, de las costumbres inmorales y depravadas, que destruyen la paz social y política.” Res ipsa loquitur...

    La obra consta de dos partes y un apéndice, la primera parte tiene nueve capítulos y la segunda dos. Es amplia la documentación acompañada de los procesos inquisitoriales en la Nueva España, Lima y Cartagena de Indias. De la primera parte, destacan el capítulo primero (La Inquisición Española), el que versa sobre Los primeros 67 años del Siglo XVIII y el que se refiere al período De 1769 a 1810 (donde vemos los autos de fe en pleno Siglo de las Luces, por judaizantes, afrancesados, malos libros, traje de las mujeres, y contra los primeros patriotas).

    En la segunda parte, en el capítulo sobre El tormento, Abascal afirma que, en el siglo XVIII, en una sola ocasión se aplicó el tormento. ¿Será exacto? Esta afirmación es muy original, pero parcial. Se puede creer, sí, que la tortura no fue abundante en los procesos inquisitoriales, lo cual es discutible, sin embargo, según la documentación existente, y frente a lo que destacan investigadores de peso como de los Ríos, Lewin, Palma, Medina, Caro Baroja y tantos otros que han escrito sobre esta fecunda temática. Concluye el autor diciendo que durante la dominación hispánica en América sólo fueron condenadas 211 personas...

Sandro Fabricio Olaza Pallero