Editorial

 

TREINTA NÚMEROS DE COMPROMISO CON LA VIDA

 

            Mirar atrás produce sensaciones encontradas. No hay camino que no confiera a las sandalias del viajero el aroma agrio de los momentos felices que se fueron, y la satisfacción sonriente de los zarzales vencidos. Los recuerdos, esos misteriosos destellos de eternidad propia, que los antiguos reverenciaban con unción casi religiosa, y nosotros tratamos en vano de reducir a meros insulsos estímulos eléctricos encefálicos (cuántas esdrújulas nos impone la era de la ciencia), no poseen una melodía inherente, un tono que les cuadre siempre, un color genérico. Ora piden el dulce Adagio de Albinoni, ora el alegre festejo de los primeros Beatles, ora una zamba, ora un candombe. Ora callan las músicas, porque el cielo es gris, y llueven lágrimas silentes...

            Ustedes, mis amigos lectores, ya saben que me nació esta humilde idea como un imperativo del alma, esa noche tan pero tan triste, en la segunda mitad del 2001, cuando mi hijo de quince años se me iba de las manos, luchando heroico contra ese cáncer impío, y yo velaba, admirado de su coraje, pero ahogándome en angustia, su inquieto sueño de guerrero sin suerte. Al son de sus respiraciones netas, que eran cada una de ellas un himno al minuto siguiente, mi corazón de padre herido concibió la misión de hacer una revista electrónica dedicada a los derechos básicos (que yo los llamo existenciales), y comprometida visceralmente con la Vida. Así, con mayúscula, para recalcar su sentido trascendente.

            Mi luchador adolescente, se fue. Quienes hayan leído mi modesto librito Ricky, un guerrero de la Vida, sabrán cómo. Recordarán su voz reducida a un hilo, pero repentinamente firme, pidiendo al médico, mirándolo a los ojos, la morfina final. Evocarán su voluntad de no partir sin el Bautismo, y su satisfacción al recibirlo. Su deseo de donar los órganos (que no pudo cumplirse), sus últimas palabras, repetidas dos veces: “Jesús, dame fuerzas”, que aún resuenan en mis oídos, el pedido final a su madre de que no le soltase la mano derecha (su creadora de sueños de papel y lápiz)... Pero la revista que se nutrió a su lado, en esa habitación oscura de dolor y aroma a desinfectante, sólo calló por un mes, por un número, en respetuoso homenaje a su partida, y luego siguió adelante, muy tímida, muy caseramente. Y hoy cumple treinta ediciones.

            Este origen explica algunas cosas. Uno de los pocos lectores que pidió no recibir más la revista (y, curiosamente, luego volvió a solicitarla, así que seguramente verá estas líneas), fundó su retirada, sustancialmente, en este argumento: “Es una publicación contradictoria en su estilo”, dijo, “porque trata temas científicos de mucha relevancia, con varios autores importantes, pero insiste en mantener un tono intimista, incompatible con lo anterior”. Y esa, justamente, ha de seguir siendo nuestra principal característica. Porque creemos en la sencilla bondad de lo que hacemos, pero no en la solemnidad. Porque no pensamos que la cercanía, la amistad, el afecto, conjuren contra la profundidad, sino todo lo contrario. Nacidos a la vera de la muerte, somos adoradores de la Vida.

            ¿Qué me cuenta el índice de estos treinta escalones? Me habla de artículos sobre una multitud de tópicos: Medicina, Derecho, Economía, Psicología, Arquitectura, Filosofía, Historia, Educación, Religión, hasta Matemáticas. Todos ellos reunidos alrededor de un sol: los derechos básicos, el Humanismo, el culto de la existencia. Me dice de autores de numerosos países: Argentina, Brasil, Ecuador, Perú, Italia, Uruguay, Alemania, Canadá, Estados Unidos... Me susurra nombres de impactante relevancia internacional, pero también me recuerda que nuestras páginas estuvieron siempre gratamente abiertas a los estudiantes inquietos, a los jóvenes estudiosos, a los investigadores primerizos... Me canta que en PERSONA se sintieron a sus anchas pensadores de muy diversas líneas ideológicas, políticas, filosóficas, creyentes de muchas religiones, ateos, agnósticos... En medio del insano furor provocado por el horrendo atentado del 11 de septiembre, nosotros quisimos salir al mundo con un análisis sobre La dignidad de la persona humana en el Islam, escrito por un talentoso abogado musulmán argentino, Sumer Noufouri. Pero no tardarían en sumársele el trabajo sobre la Relación entre los derechos básicos y el mensaje profético de San Francisco de Asís, de la hermana franciscana seglar Silvia Tosti, y no ha de olvidarse que nuestro primer artículo fue labrado ni más ni menos que por Marcelo Bahamondez, el testigo de Jehová que luchara con ahínco por su derecho a ser tratado con terapias acordes a sus creencias (y llegara a obtener un fallo señero de la Corte Suprema argentina). Y más, y más, y más... Y todos, todos ellos, sin excepciones, sintiéndose en su casa en nuestras páginas. Como debe ser. Como queremos que sea...

            Empezamos con menos de quinientos receptores, y hoy llegamos a varios miles, personas e instituciones (algunas de ellas, a su vez, redistribuyen la revista entre sus miembros). PERSONA es leída en Argentina, Chile, Brasil, Perú, Uruguay, Bolivia, Ecuador, Venezuela, Colombia, Panamá, México, Puerto Rico, Estados Unidos, Canadá, Cuba, Santo Domingo, España, Portugal, Inglaterra, Italia, Francia, Suiza, Holanda, Alemania, Dinamarca, Israel, Australia, Rusia, Polonia, Sudáfrica y Nueva Zelanda. En cada número, se agregan nuevos suscriptores. Universidades, oficinas gubernamentales, entidades religiosas, organizaciones intermedias, bibliotecas... Estudiantes, docentes, investigadores, literatos, periodistas, hombres y mujeres interesados por el conocimiento y la defensa de las prerrogativas esenciales.

           Y llegamos a los treinta números... Y tenemos ya trabajos de muy buena calidad para garantizar varias ediciones más. Y nos siguen llegando, y les damos una muy calurosa bienvenida. Claro que nada de eso hubiera sido posible sin nuestro excelente equipo. Sin Rodolfo Sebastián Zotto, Sandro Fabricio Olaza Pallero, Claudia Gabriela Somovilla y Juan Carlos Frontera, con sus comentarios bibliográficos. Sin Luis Ignacio Galli y Andrea Quaranta, que envían el material para nuestra Agenda Existencial. Sin Silvina Borgnia y Adriana Vera, que confeccionaron los índices. Sin Federico Piedras, nuestro infaltable cronista de eventos. Sin Fernando Casais Zelis, que durante varios números cubrió la sección de Espectáculos (a veces estuvo allí también Mariano Ron). Sin Paula Siverino Bavio, colaboradora múltiple, autora, cronista, literata, y últimamente nuestra corresponsal en Europa. Sin los amigos colaboradores del interior, que son muchos, como María Virginia Rodríguez Márcico, Marcelo Senna, Gustavo Wagener, etc., etc. Pido perdón si me olvido de alguien, que eso es seguro, y se debe a mi pésima memoria, no a desprecio ni a desconsideración. Pero no quiero cerrar este párrafo sin agradecer muy especialmente a mi hijo Ezequiel, genio de las computadoras, que siempre ha estado a mi lado, cuando lo necesité (y fueron y son demasiadas veces), generosa y simpáticamente, para ayudarme en los vericuetos de la informática.

            Hace poco, tuve el honor de participar en un seminario sobre la Cultura de la Vida, organizado por la Casa Social San José Obrero. No es mi intención referirme al evento en sí, porque Gonzalo Fossa, uno de sus organizadores, lo trata en una nota en este número de PERSONA. Lo que sí deseo es destacar mi satisfacción enorme, al encontrarme con tantas personas que coinciden plenamente con la idea que nosotros sustentamos de esa Civilización de la Vida. La idea, en definitiva, que insufla esta revista. Idea que no se basta ni complace en una mera lucha contra el aborto (que es como más de un miope visualiza a la Cultura de la Vida), sino que se lanza, alegre y decidida, a la construcción de una sociedad abierta, solidaria, afectuosa y tolerante, donde toda existencia humana sea sagrada, antes y después del nacimiento, donde se borren las hipocresías farisaicas de quienes abogan por la punición, pero cierran los ojos ante las causas (o, peor aún, se pavonean ensimismados en una auto-contemplación narcisista, extática, de su propia supuesta perfección, orgullosos de no creerse barro, ebrios de amor propio). "¿Cómo no pensar también en la violencia contra la vida de millones de seres humanos, especialmente niños, forzados a la miseria, a la desnutrición, y al hambre, a causa de una inicua distribución de las riquezas entre los pueblos y las clases sociales?", se pregunta S.S. Juan Pablo II en la magnífica encíclica Evangelium Vitae, de 1995, que es al mismo tiempo una verdadera Constitución, y un programa de trabajo, para los biófilos (siguiendo la insuperable división de Erich Fromm, entre los que gritamos "¡Viva la Vida!", y los que aúllan, como el triste general Millán Astray, "¡Viva la muerte!").

            Cuando PERSONA nació, yo no sabía si iba a durar treinta, cien o tres números. No pensé en eso. Sólo creí que había un tipo de publicación ausente, y me lancé, con varios jóvenes compinches, a tratar de lograrla. No sé si lo hemos conseguido. Pero sí me atrevo a pensar que el resultado valió la pena. Alzo una vez más mi copa, y, como ya lo hice en editoriales anteriores, brindo con mis amigos lectores, autores, colaboradores, corresponsales, exclamando el hermoso brindis hebreo, con el que seguramente, como buen judío que era, habrá brindado Cristo:

 

            “¡Le-Jaím!”, por la Vida.

 

            Muy cordialmente,

                                               Ricardo Rabinovich-Berkman