Un fusil
y treinta monedas de plata


 por Paula Siverino Bavio


        Cuando me cruzó la muerte escapaba de una terrible rencilla doméstica.
        Había salido a desahogar mi frustración en la cálida noche de Junio, y elegí Piazza Spagna porque estaba a solo diez minutos de Metro. Distraída, adelanté a un grupo de muchachotes en la escalera mecánica, sus simpáticas galanterías me hicieron sonreír - lo que no hubiera creído posible - y  en el interminable pasillo subterráneo me enteré que estaban en Roma para divertirse un par de días antes de participar en un concurso para viajar como voluntarios militares a Irak.
        La curiosidad pudo más que mi visceral rechazo por los uniformes (tal vez porque nací en Buenos Aires en plena dictadura del '76 no puedo ver ni a los bomberos) y acepté de buen grado sentarme con ellos en las
escalinatas de Trinità Dei Monti a fumar un cigarrillo, que por Dios me hacía falta.
        Cuatro pibes, todos "terroni" ( es decir, los subdesarrollados del sur de Italia) uno de Bari, el resto de Lecce, el menor, fornido y taciturno, con 20 años apenas cumplidos , el más guapo de 23 y los  dos 'veteranos' de 25. Digamos que se llaman Marco, Paolo, Matteo y Luca para no traicionar sus confidencias ni mi mala memoria.
        Voluntarios del ejercito en Irak. Cuando los diarios que cuentan la mitad de lo que cuentan despliegan el horror a pagina y media de asesinatos, atentados, bombas y desmanes y ni la Copa Europa ni la misteriosa liberación de los rehenes italianos consiguen desdibujar la guerra, ellos se preparaban para ir como voluntarios a Irak.
        Me aguanté un par de minutos para no parecer tan descortés antes de hacer la pregunta obligada: por qué? La respuesta vendría en coro y sin anestesia: la pensión y un sueldo de 7 mil euros por siete meses. "El Estado te da una posibilidad, agregaron, allá no hay trabajo, no tenemos un título ni una profesión, qué otra nos queda?"  Y que dice la mamma? insisti " ya soy mayor de edad" contestaron con cierto embarazo " nadie me dice qué hacer".
    - Pero se dan cuenta que el riesgo es la muerte?  - "y bueno, de algo hay que morir, dijo Luca sonriendo, si todos pensaran así nadie ayudaría a esa pobre gente." - "a la pobre gente? lo interpeló Matteo, se están matando por el petróleo, Bush es un delirante y Berlusconi un obsecuente que le sigue el juego". Luca se rectificó y compartió su teoría: " es cierto. Bush y Sadam eran los mejores amigos.. y Bush sabe donde esta Bin Laden, espera solo a que falten un par de días para las elecciones antes de capturarlo, para lograr un golpe de efecto; pero vos te pensás que cuando lo atrapen se terminará el conflicto? Será aún peor. serán cientos, miles, matándose en las calles". Y entonces, por qué quieren ir como voluntarios si no comparten lo que esta pasando en esta guerra ni están de acuerdo con el gobierno?  -"Y, bella.  son siete mil euros al mes.  la pensión, y además la 'busta paga'. -" por otra parte es una misión de paz", intentó débilmente Marco. - " de paz?! - se exasperó Matteo  - " sabés? cuando le tenés que apuntar a un tipo en la cara ya no es una misión de paz".. le explicó más serenamente Luca.
     A medida que avanzaba la conversación, entre criticas al gobierno, miedos compartidos, la descripción de la vida en el pueblo, las tibias expectativas, me empezaron a doler y a doler tanto esas caras juveniles en las que se reflejaba una resignación endémica, la vejez prematura de la perdida de las ilusiones y la patente inocencia pueblerina y adolescente.
        Traicionados. Por una sociedad que los excluye y les niega la posibilidad de la Universidad, de un trabajo digno, que les roba los sueños, el futuro y las ideas. Traicionados por un gobierno egocéntrico, de políticas fashion del Made in Italy milanese, ciego, sordo y mudo,  que primero los margina y luego los soborna, ofreciendo sueldos desmesurados y botas nuevas a cambio de la sangre y la inocencia.
          No son militares de carrera, son pibes que hicieron el servicio militar y están recibiendo entrenamiento de un par de meses antes de trasladarse al infierno. Los miraba y sentía rabia, impotencia  y una ternura infinita.
         Me costó dejarlos, como si  pensara que mi presencia pudiera resguardarlos un poco de la locura. Los estreché fuerte uno a uno, y me prometí contar su historia.  No podía dejar de pensar en  Diego, mi hermano,
a quien no veo desde hace meses y que a esa hora seguramente estaba con mamá en la cocina, tomando café con leche.
         En Trinità dei Monti me golpeò la guerra.
         Emprendí el regreso  rezando,  y con gusto a muerte en la boca tome el tren de medianoche.