Editorial

 

NUESTRO SÍMBOLO
Y SUS RAZONES

        Recientemente, una distinguida profesora universitaria, lectora de PERSONA, me hizo notar, con certero rigor, que la figurilla que hemos adoptado como símbolo no es clara en sí, ni en su imagen ni en su significado, y que nunca, a lo largo de nuestros ya más de treinta números, la hemos explicado, ni presentado, ni hemos dado siquiera una mínima y veloz exposición de los motivos que nos llevaron a adoptarla. Y tiene esta crítica harta razón, porque la verdad es que, por una cosa u otra, esa explicación se nos ha ido pasando, y es hora de que la afrontemos. En realidad, la profesora llegó un poco más lejos: me confesó que la imagen de marras no le gustaba, que le generaba rechazo, le parecía algo feo, desagradable... Comenté esta observación con otros amigos lectores, y me asombró descubrir que, si bien esa sensación no era muy compartida, sí en cambio lo era la intriga acerca del símbolo y sus razones de serlo. Pidiendo sinceras disculpas por haber tardado tanto tiempo, pues, vamos al asunto.

               Nuestro símbolo es una estatuita, realizada en piedra caliza, de color ocre oscuro. Mide unos 13 cm de altura, y unos 7 cm de ancho. Se encuentra actualmente en Viena, Austria, en el Museo de Historia Natural. Los arqueólogos, desde un principio (fue descubierta por Joseph Szombathy en 1908), la denominaron Primera Venus de Willendorf, y así le quedó el nombre, a pesar de resultar sumamente inadecuado, e importar el trasplante de categorías culturales tomadas de un contexto muy diferente. Se trata, según Elie Faure (Historia del arte. El arte antiguo, Bs.As., Poseidón, 1943, p 46), de "la más antigua escultura conocida". Este prestigioso historiador considera que "tiene sin duda, a pesar de su admirable carácter, muchas decenas de siglos más que las obras de La Vézère y de Altamira". Hoy, se calcula su datación, por estratigrafía, entre 24.000 y 22.000 años antes de Cristo. Es decir, que fue tallada en pleno paleolítico, cuando faltaban aún miles de años para las pinturas rupestres...

                 Estamos, pues, ante la primera representación artística del ser humano que se conozca. Porque se trata de una mujer. Una mujer aparentemente encinta. Destacan sus grandes pechos, y su vientre abultado, así como el triángulo púbico, la vulva insinuada, y las piernas característicamente femeninas. Esas peculiaridades anatómicas, relacionadas con el sexo y la reproducción, llevaron a atribuir a varias estatuillas paleolíticas, desde el siglo XIX, la anacrónica designación de "Venus", en referencia (quizás originalmente irónica) a la exuberante diosa romana (la Afrodita griega). En realidad, tal vez hubiese sido más adecuado vincularla con otras deidades hembras, si de eso se trataba, de la Europa posterior, más ligadas a la maternidad, como la Démeter helénica, o la Bona Dea latina. Pero, dado el impresionante hiato temporal y cultural que separa a estas divinidades de nuestra estatuita, toda identificación carece de sentido. La verdad es una sola: no tenemos la menor idea de si se trató de la imagen de una diosa, o del retrato de una señora de carne y hueso, concreta, que caminó por el mundo hace decenas de miles de años, o del arquetipo de la mujer, o del ser humano en general. Una de las primeras cosas que debe aprenderse en el escenario científico, es a reconocer la propia ignorancia, sin construir historias ficticias para suplir la falta de un conocimiento cierto (no sabemos, tampoco, por qué el escultor evitó tallar la cara, y la reemplazó por esas guardas paralelas, a modo de un cabello crespo prolijamente arreglado...).

                Lo que sí es obvio es que, para representar su propia imagen en una escultura, el humano debió ya, en ese remoto momento, tener conciencia de sí mismo como algo peculiar, diferente, con caracteres propios. Desde ese punto de vista, la estatuita de Willendorf transmite una profundidad extraordinaria. Uno no puede dejar de ver, entrecerrando los ojos, a la mujer o el hombre que hicieron esta obra maestra, transformando paso a paso, con el cuidado infinito que la pieza trasunta, un pedazo de piedra en un ser humano. Mientras trabajó, y ello seguramente fue un largo tiempo, debe haber reflexionado, meditado sobre lo que hacía a su especie ser eso y no otra cosa. En otras palabras, la o el artista del remoto paleolítico, allí entre mamuts gigantescos y tigres con ominosos dientes de sable, cobijaba en su mente una idea del ser humano, y la volcaba, por medio de sus manos y sus rudos instrumentos, en esa mujer que iba naciendo de la nada.

                He allí, pues, la primera razón de que la señora de Willendorf sea nuestro símbolo. Porque, para una revista que se compromete, desde su nacimiento y mientras viva, con el estudio y la defensa de los derechos esenciales del ser humano, nuestra primera representación de nosotros mismos, nuestra original evidencia de haber tomado conciencia de la unicidad y la particularidad de nuestra especie, parece una bandera insuperable. Con eso, bastaría. Pero hay más. Porque resulta que este primer ser humano, es, también, una mujer encinta de rasgos indeterminados. Y de cada uno de estos tres elementos, podemos sacar felices corolarios.

                Por ser mujer, ante todo. Porque nuestra especie, desde épocas remotas, ha cometido, con unos fundamentos u otros, la cósmica estupidez de haberse privado a sí misma de gran parte de la potencia de una de sus dos mitades. Acuñando y alentando mitos como la inferioridad mental femenina, su flaqueza de carácter, su necesidad de hallarse sometida al hombre, y mil otras formas de esa línea argumental tan atroz como carente de evidencia real, la humanidad se las arregló para (incluso empleando la fuerza, cuando llegaba la oportunidad), postergar y reducir a millones de sus miembros, por la decisiva razón de sus caracteres sexuales. Aún hoy, cuando hemos emergido de ese sopor sandio de milenios, y sólo podemos intuir, torpemente, cuántas obras filosóficas, cuántas esculturas y pinturas, cuántos tratados de paz, cuántas comedias y tragedias (en suma, cuánta cultura) nos hemos estado perdiendo, todavía a nuestro alrededor (y en medio de nosotros mismos) sobreviven los prejuicios, las discriminaciones, las postergaciones increíbles, de que nuestras compañeras de especie son objeto. No necesito ir a las atroces clitorictomías africanas, ni a las humillantes restricciones de vestimenta en algunos países islámicos, ni al trato despectivo que denuncian las mujeres chinas reiteradamente. Basta con ver las diferencias en el acceso a tareas de complejidad (cirujanas, pilotos de avión, ejecutivas, etc.) en gran parte del mundo "occidental" (Japón muy incluido). 

                Por eso, esta estatuita nos gusta más aún. Pero también nos encanta el hecho de que se halle encinta. Porque ello hace referencia a la vida naciente, a la gestación, a la maravilla suprema de la concepción de un ser humano nuevo. Y esa identificación conlleva un valor agregado insoslayable en nuestra época, cuando el aborto es levantado como estandarte por sectores que se proclaman, a su vez, defensores de los derechos básicos, y arrecia el combate por la cosificación de los embriones de nuestra especie, para los que hasta se proponen destinos industriales, experimentales, cosméticos, terapéuticos... Esta señora embarazada, con su pancita de sueños (allí, entre glaciaciones y cavernas, megaterios y gliptodontes), con sus senos que, da la impresión, saben ya del nutrir eterno de las mamíferas, nos recita, con su voz antigua sin boca ni rostro, un himno a la Cultura de la Vida. Si la miras, en silencio, te contará de un cuadro terrible, de fieras colosales, de fríos sin medida, de una naturaleza salvaje y omnipresente. Te dirá que muchos de los niños mueren al nacer, otros en sus primeros días, muy pocos, poquísimos, llegan a ser adultos... Te confiará lo grandioso del valor de cada alumbramiento, de cada gestación, de cada miembro nuevo de un grupo que, si no mantiene su número, perecerá sin remedio... ¡Sí!, a mí me pasa lo mismo, a mí también me parece que a esta muchacha le nacen brazos y manos, y se acaricia el vientre. Y que le surgen ojos en la cabeza redonda, y nos miran con lágrimas, lágrimas de esperanza... ¡Hombre! ¿Te das cuenta que ella puede haber sido la tatarabuela de cualquiera de nosotros, y nosotros, de algún modo, somos el nonato que ella lleva adentro?

                Mujer, y canto a la Vida. Pero también es humanamente indeterminada. Es decir, no es ni "blanca", ni "negra", ni china, ni cheyenne, ni polinesia, ni rubia, ni pelirroja... Es abrumadoramente humana esta pariente nuestra. Tal vez porque en esas tardes de hielo y gruñidos cercanos, aún no había más que una forma de humanidad, y todavía no habían sucedido los colores. Quizás porque quien talló la estatua deliberadamente quiso dejar un mensaje de paz y concordia a sus desorientados descendientes de la era del espacio, los misiles inteligentes, las computadoras y el hambre. ¿Será por eso que omitió los rasgos faciales? Ah, artista magnífico, ¡qué silencio terrible nos has legado, junto a tu obra perenne!

                A veces, cuando uno se pone a escribir algo, es como si las letras se fuesen ordenando solas, y trazasen el curso inesperado de un carril de ideas... No es extraño que, de pronto, en algún recodo de ese arroyo, que se libera incluso de su propio deshielo alimentador, las aguas se estrellen con un accidente geográfico, una peña, un estanque, que antes no estaba, o que no sabían que estaba. Al empezar con estos párrafos, sólo tenía la intención de explicar qué era nuestro símbolo, y por qué lo habíamos escogido. Ahora, sin embargo, no sólo me siento feliz y satisfecho de esa opción: me atrevo a imaginar que esta mujer anónima, que es todos los humanos, que es la Vida que nace, sería quizás buen escudo, algún día, si nuestra especie resolviera abandonar sus odios y sus latrocinios, sus soberbias y sus indiferencias, y encarase el camino glorioso y demorado de la hermandad...

                  Mis respetos, eterna hermana de Willendorf.

                  Muy cordialmente,  

                                                            Ricardo D. Rabinovich-Berkman