Autotragedia

 

 

 

 

 

 

 

 

por Alejandro Gorosito

 

 

 

              Esa mañana de julio, Lucas se despertó temprano, demasiado temprano para su agrado, y se quedó varios minutos en la cama, hasta que finalmente pudo despegarse de las sabanas y empezar a vestirse. Sintió el piso helado, la habitación casi oscura y un fino reflejo proveniente de la puerta entreabierta del baño. Desayunó un café negro intentando despabilarse. Estaba irritado por tener que levantarse mientras el resto de su familia dormía. Eran vacaciones y Buenos Aires estaba de fiesta. Miles de turistas habían llegado esa semana para disfrutar. Había espectáculos, teatro, cine, y los novedosos shoppings estaban llenos.

 

              Pero Lucas no se había levantado a las seis para pasar un día libre, sino para terminar un trabajo de la Universidad. Debía escribir un ensayo sobre “El Hombre”. Pero cómo definir al Hombre. Hacia tres semanas que estaba obsesionado con esta idea. Había leído, había investigado, pero cuanto más buscaba, más lejos parecía estar de llegar a alguna conclusión. Es que cualquier definición, cualquier descripción incluso, resulta ser una selección de rasgos conforme a una previa toma de posición. Qué contradicción -sonrió Lucas irónicamente- todos los días, en cada momento, veo, escucho, converso con cientos, miles de hombres, yo mismo soy un hombre y, sin embargo, soy incapaz de definir completa, cierta y sinceramente al ser humano, a lo que yo mismo soy.

             

     Bebió Lucas el último sorbo de café y se zambulló a releer el texto que él mismo había empezado a escribir:

 

     “¿Qué es el hombre? ¿Es Leonardo Da Vinci, o es el protagonista del horror de Hiroshima, o es el criminal de acá a la vuelta, o se llama Einstein, o San Martín, Hitler; o simplemente dignidad, amor, o guerra?

             

     El hombre es todo, cualquier cosa: Biblia y calefón, héroe y villano, la cara blanca y oscura de la luna. Porque el hombre no se mide por sus palabras sino por sus hechos. El hombre no es lo que dice, sino lo que hace.

 

     El que defiende la paz y el que hace la guerra. El que hace una curita y el que hace una bomba. El que preserva un río y el que lo contamina. El que cuida un niño y el que lo desampara. El que hace santuarios y el que destruye los templos. El que ama a Dios y el que niega su existencia. Y también, el que por amor a Dios destruye a todos los que no aman a su Dios como él lo ama. Porque hay hombres que curan y hay hombres que matan.

             

     ¿Dónde está el hombre?. Al hombre no hay que buscarlo en los libros y utopías. No hay que buscarlo en las páginas de la historia o en la imaginación de un futuro. Basta con mirar en el mundo de hoy, en nuestra vida real.”

             

              De pronto, un llamado telefónico distrajo a Lucas de su lectura. Pensó en no atender, pero volvió a la realidad de sus obligaciones cotidianas y contestó el teléfono. Entonces, casi sin poder creer lo que había escuchado, mecánicamente, encendió el televisor. Y así, esa mañana de 18 julio de 1994, Lucas no vio a un hombre, vio el horror. Otra vez el horror de una bomba en el centro de la cuidad, pensó. El horror de la embajada pensó. La embajada del horror, pensó. Y ya no pudo pensar más.

             

     Hay un punto donde uno queda descerebrado. Se quedó así, inmóvil, absorto, seco y reseco de emociones y sin poder comprender. Porque le es imposible entender al hombre, en qué consiste, por qué juega a la paz mientras prepara la guerra, por qué dice que somos hermanos cuando somos fraticidas.

             

     Luego vinieron otros hombres, los que salvaron a los sobrevivientes, curaron heridos, ayudaron y apoyaron a los damnificados. Tarde, siempre tarde, demasiado tarde.

             

     Después de este hecho algunos llorarán, otros clamarán, otros buscarán causas, motivos, culpables, explicaciones. Pero él no es capaz de ir tan lejos. Se siente derrotado y confundido. Le invade un profundo dolor por esta autotragedia creada por el mismo hombre, que no atacó a la nobleza o al pueblo, que no atacó a los judíos o cristianos, que no atacó a la Argentina. Que atacó a todos. Porque cuando un hombre es asesinado, es asesinada toda la humanidad.

             

     Ya era de noche y Lucas no se había podido mover de esa habitación. Se sentó en la única silla libre que quedaba frente al escritorio. Iba a redactar una nota al juez, estaba seguro. Viajaría a Medio Oriente o al lugar que sea. Investigaría por su cuenta, haría denuncias. Perseguiría a los culpables. Haría justicia. Por la ventana, las luces de la ciudad parecían grietas en la oscuridad. Prendió un cigarrillo y estuvo quieto. Por un instante, logró imaginarse a los siete pisos de la AMIA cayendo uno sobre el otro. Pensó en todas esas vidas, en los familiares y oyó sus gritos. Después bajó la cara, y se largó a escribir casi sin pensar, como si algo o alguien le dictara:

             

             “Lunes 18 de julio de 1994. Esa mañana Lucas se despertó temprano, demasiado temprano para su agrado y se quedó varios minutos en la cama, hasta que finalmente pudo despegarse de las sábanas y empezar a vestirse. Sintió el piso helado, la habitación casi oscura y un fino reflejo proveniente de la puerta entreabierta del baño. Desayunó un café negro...”