Editorial

¡TOLERANCIA CERO
Y MANO DURA!

    Esta vez, quiero que nuestros amigos lectores sean testigos de una rectificación. Es más: de una abjuración, si se quiere. Un diametral cambio de ideas y de principios. ¡Sí! Porque quienes vienen siguiendo estas humildes páginas virtuales, saben bien cómo y cuánto me he opuesto hasta hoy a los reclamos de "tolerancia cero" (marca registrada del inefable señor Alcalde de Nueva York) y de "mano dura" (es un genérico, no tiene copyright), tan arduamente defendidos y sustentados por vastos sectores de la población del mundo (especialmente, aquellos sectores que comen, que constituyen, aún, una franca minoría de la demografía universal).

    Tal vez haya incidido en mi conciencia la colosal marcha nocturna con velas (¡qué recuerdos traen esas manifestaciones, con velas o antorchas, y esta vez con la sugerencia "oficial" de acudir vestidos de negro...!), en que, por primera vez en la historia argentina, en pleno centro político de la capital nacional, una multitud estimada en más de cien mil personas (algunas fuentes hablaron de ciento cincuenta mil), aplaudió y vivó, de fuerte y sincera voz, un discurso en que la expresión "derechos humanos" fue empleada en forma abiertamente peyorativa...

    Quizás sea que han hecho mella en mi mente sencilla, de tanto escucharlas hasta el cansancio, como a esas músicas de radio, las muletillas de las mujeres y los hombres que, en las calles de Buenos Aires, al verse demorados por los "piquetes" o las demostraciones que cortan calles, se transforman, como el honesto Jeckyll, en Hydes, y pergeñan torturas y castigos, muertes y sevicias, y las exclaman y comparten, con rostros demudados ("¡hay que matarlos a todos!", "¿nadie los rocía con nafta y prende fuego?", "¡deberían ser encadenados y obligados a trabajar!"...), seguros de la adhesión del prójimo (y muy molestos si no la consiguen), demostrando cómo de profunda y visceral es su religiosidad, y su asunción de los valores en que se fundan, o declaran fundarse, los Estados modernos.

    No sé las causas, pero he resuelto revertir mi postura, y sumarme a esa tsunami arrebatadora. ¡Pido mano dura, y tolerancia cero! ¡Ya mismo, y sin excusas ni demoras! No podemos seguir así ni un minuto más. La mínima decencia, la más supina convivencia, así lo exige. Y voy a dar ejemplos, con el permiso amable del lector:

     En la Argentina, como en casi toda Latinoamérica, más de la mitad de la población se muere de hambre. Nuestros chiquitos crecen sub-nutridos, lo que les ocasiona deficiencias cerebrales muchas veces irreversibles, arruinándoles la vida sin solución. No sólo se les destroza la infancia y la adolescencia, se les impide una formación para autoconstruirse luego... ¡además, se los transforma en débiles mentales, arrasando con su dignidad humana! Eso, sucede mientras otros cobran sueldos estatales asombrosos, exagerados, sobreabundantes, mientras se dilapidan los recursos públicos, y la corrupción enriquece micro-clases cerradas, con sólido espíritu de cuerpo, que controlan el poder. Esos privilegiados son honrados y respetados, temidos y protegidos, y gozan de existencias alegres... ¿Cómo podemos permitirlo? ¡Tolerancia cero! ¡Mano dura con ellos!   

    La Argentina, como gran parte de Latinoamérica, gime bajo las cadenas de una imposición económica tan atroz como falsa, disfrazada de deuda externa. Mil veces se ha demostrado ya, sin sombra de dudas (recuérdese la gesta de Alejandro Olmos), que muchos de sus títulos de origen son nulos. Economistas prestigiosos como Eric Calcagno, juristas de primerísimo nivel internacional como los italianos Sandro Schipani y Pierangelo Catalano, y estudiosos profundos, como el embajador argentino Espeche Gil, han puesto en claro que la deuda, si existió, ya fue legítimamente pagada varias veces, porque los mecanismos empleados para inflarla (anatocismo, levantamiento unilateral de intereses, etc.), chocan franca y absolutamente contra los principios elementales del Derecho Internacional, de raíz romana.

    Reunidos en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, a instancias de su Decano, Atilio Alterini, profesores y autoridades de numerosas casas de altos estudios argentinas emitieron una declaración instando al gobierno a presentar el caso ante la Corte Internacional de La Haya (me honro de haberla suscripto). Pasaron desde entonces más de dos años, y varios lustros transcurrieron desde que Espeche Gil hiciera pública su coincidente doctrina (que hoy se estudia en todo el mundo), y desde que en Italia se alzase la proclama de Santa Ágata de los Godos, también en el mismo sentido... ¡Y no se ha hecho nada! Por el contrario, cada "renegociación" de la supuesta deuda, por enojados que se muestren quienes la gestionan, y por firmes que sus actitudes parezcan... ¡la está reconociendo! Cualquier alumno del primer año de Derecho conoce el valor interpretativo de los actos propios...

    En la Argentina (y quizás en otros países de Latinoamérica), fallecen niños y niñas en los hospitales, a veces de hambre, a veces por enfermedades que se suponen superadas hace décadas, a veces porque faltan insumos, o limpieza, o medicamentos, hasta los más básicos. El dinero, en vez de dedicarse a esos destinos, fluye en el aducido pago de la imaginaria deuda externa (o "eterna", porque es imposible que alguna vez sea satisfecha). ¿Cómo podemos soportar eso? ¡Tolerancia cero! ¿Y qué hacer con los funcionarios que lo permiten, que lo fomentan, que son cómplices de este horror? ¡Mano dura con ellos!

    Nuestros países condenan a millones de seres humanos a vidas vacías, sin viviendas dignas, sin posibilidades de trabajo decente, de subsistencia, de ganarse el pan. Sin escuelas para sus hijos, y con pocas posibilidades de que vayan a las que hay. Nuestras sociedades exhiben una patética indiferencia a la colosal desigualdad de situación socioeconómica entre sus miembros. Barrios de lujo principesco contrastan con favelas horrendas, con "villas miseria" hediondas. Miles de familias, con niños pequeños incluso, salen cada atardecer a hurgar desesperadamente en las bolsas de residuos, a mano desnuda, en procura de algo que aún se pueda comer, de algo que se pueda vender por monedas, de lo que sea... Se cortan las manos con latas y vidrios, carecen de auxilio médico y de vacunas, pasan horas y horas cada noche en las calles, entre la roña... ¿Cómo podemos soportar este horror? ¡Tolerancia cero! ¿Quiénes debieron y deben hacer algo para remediar urgentemente este estado de cosas? ¡Mano dura con ellos!

    Los televisores nos llenan, desde la más tierna infancia, de mensajes de violencia, de odio, de discriminación, de sexo agresivo. La mayoría de los programas que los transmiten son generados en los mismos países fuente de la "tolerancia cero", y pagan regalías en ellos, y los ensalzan, directa o indirectamente. Otros, realizados localmente, no pasan de ser meros émulos de aquellos (tal el caso de más de un "teleteatro" argentino de los últimos años, incluso -y muy especialmente- algunos dirigidos al público adolescente). No son raras las referencias, en un tono aséptico, cuando no veladamente positivo, al consumo de drogas, al aborto, a la sexualidad "sin compromiso". En una reciente investigación, publicada por una revista de Psicología, he demostrado la abrumadora cantidad de sitios telemáticos que preconizan la violencia sexual, incluso (y muy especialmente) con víctimas menores de edad. La mayoría de esas bases aberrantes son norteamericanas, o se originan en ese país, y secundariamente en las otras naciones "desarrolladas", pero su consumo es universal... y sus resultados sociales también. ¿Cómo podemos seguir admitiendo esta realidad perversa que causa criminalidad, dolor y muerte? ¡Tolerancia cero! Y, ¿qué hacer con los funcionarios y con los empresarios y demás personas que están detrás de este pandemonio, o lo permiten, o lucran con él? ¡Mano dura para ellos!

    ¿Y qué de los que, escudados tras la personería jurídica, defraudan? ¿Qué de los empresarios que llevan sus firmas a la quiebra, dejando a decenas, cientos, miles, de personas sin trabajo, de familias sin pan? ¿Qué de los bancos elegantes, con nombres extranjeros, que birlan los ahorros de la pobre gente, amparándose en vericuetos normativos, como sucediera escandalosamente en la Argentina hace poco? ¿Qué de las entidades multinacionales que drenan recursos de los países pobres? ¿Qué de quienes emplean los concursos de acreedores y las bancarrotas como medios para enriquecerse a costa del desastre de su prójimo? ¿Qué de las empresas que destruyen el medio ambiente, que vierten desperdicios en regiones pobladas, que esparcen enfermedad y muerte, que emplean materiales reconocidamente nocivos, y contaminan agua, tierra y aire? Pues... ¡tolerancia cero para quienes están detrás de esas lacras, y para quienes con su desidia, o su corrupción, las permiten! ¡Mano dura con ellos!

    Tenemos también a los policías que, deseosos al parecer de mostrar cuán dura puede ser su mano, entran a sangre y fuego donde hay rehenes (y así se muere el joven poeta Sergio Schiavini, cuyo asesinato sigue impune), o matan a todos a mansalva (y así fallece el músico Mariano Witis, también sin posterior justicia), o disparan porque una moto no se detiene al dar la orden de alto (y así se acaba la vida de Leandro, un estudiante que paseaba con un amigo), o, simple y sencillamente, como hicieron con ese pobre pibe, Ezequiel, cuyo delito era ser morocho, humilde, y andar por la calle de noche, arrojan al sospechoso al Riachuelo, y le gritan que se vaya a nado por el agua contaminada y asquerosa, si no quiere que lo fusilen. Ezequiel no sabía nadar, y murió, y su homicidio sigue impune... ¿Por qué no aplicamos en estos casos, a rajacincha, la tolerancia cero? ¿O es que, acaso, esa, justamente, es, la tolerancia cero?

    Tal, pues, mis amigos, mi adhesión al Paradigma de Giuliani. Algunos me susurran que no lo he interpretado del todo correctamente, que no era esa la idea, que la tolerancia cero no era para con esa gente, sino solamente respecto de otra. Que la mano dura es una mano sola, y para los que yo mencioné hay otra, blandita y suave, casi amable... ¡Pero están equivocados! No les creo, porque si les creyera debería poner en dudas a todos los gestores de la Teoría de la Tolerancia Cero. Al inefable George Bush, fundamentalmente, cuya honestidad está fuera de cuestión. ¿O no se ha visto cómo era verdad lo de las armas químicas y atómicas iraquíes, y con cuánto respeto fueron tratados los derechos de los prisioneros, y la población de ese país en general? ¿Quién no sabe que, así como los habitantes de Bagdad esperaban con los brazos abiertos a sus libertadores, los brasileños ya no pueden de ansias de verlos llegar para preservar el Amazonas, y argentinos y chilenos desean hasta el éxtasis poner en sus sabias manos la administración de los hielos continentales, máximas reservas de agua potable del planeta?

    No, yo creo en Giuliani, en Bush, y en el FMI, que es un santuario de gentes honradas y filantrópicas, que velan por un mañana más dulce para el género humano. Creo en el American way of life, en el Time is money, y en la ciencia sin ética al servicio del capital. Creo en la Globalización, en la Intrascendencia y en los beneficios de la Represión Social. Creo en el Fast food, en la Superficialidad y en fomentar la drogadicción y perseguir después al drogadicto. ¿Que os preocupa mi nueva postura? ¿Que no sabéis cómo concuerda, cómo cierra, cómo se equilibra? Muy sencillo, mis amigos: ¡Tolerancia cero y mano dura!

    Muy cordialmente,

                                        Ricardo D. Rabinovich-Berkman