GERMAN BIDART CAMPOS

 

por Tulio Ortiz


Conocí a Germ
án Bidart Campos en 1971 cuando ingresé a la Carrera Docente en la Facultad de Derecho. Tras anteojos de gruesos cristales se escondía un rostro serio y sereno, coronado con  la frente ancha. Su trato era parsimonioso y amable, nunca levantaba la voz. Desde entonces, tuve la oportunidad de conocer a uno de los mejores juristas de la Argentina de fines del siglo XX. Su vastísima obra constitucional ha sido reseñada en otros lugares a raíz de su fallecimiento.

 

Algo menos referida, tal vez, sea su labor doctrinaria en el campo de lo que antes se denominaba Derecho Político (hoy Teoría del Estado), cátedra que titularizó por décadas (siendo el primero de todos el fundador de la materia: Dr. Mariano de Vedia y Mitre). Allí lo acompañé casi 20 años, que, por cierto no fueron fáciles.

Luego, al final del ciclo, tuve la suerte de compartir con él la conducción del Instituto Gioja, en la etapa postrera de su gestión.

 Su principal obra sobre política se condensa en dos textos:  Derecho Político y Lecciones elementales de Política, que fueron reeditadas hace poco en Perú.

 

En ellas, Bidart Campos recorre los temas de las teorías filosófico políticas abriendo una senda que seguirán numerosos autores posteriores. Ya que en el campo del Derecho Político su obra será referencia y punto de partida.

 

Bidart Campos estaba enrolado en el campo de la defensa de las libertades individuales desde el punto de vista de los clásicos, a los que citaba con profunda erudición y  solvencia.

 

No obstante, reconocía que  la supervivencia de lo que hoy se denominan derechos humanos se da solo dentro  un orden de justicia. En realidad este fue el principal eje de su meditación. Como iusnaturalista convencido estribaba la justicia en el derecho natural teocéntrico. Toda su obra es coherente en esto aún en los puntos mas específicos. El supremo objetivo del bien común debía primar, creía Bidart Campos, sobre los intereses egoístas y hedonísticos.

 

A pesar de su sesgo filosófico, Bidart Campos no desconocía el elemento historicista que imprime la existencia del hombre de tiempo y circunstancia, como decía su admirado Ortega. Es recomendable leer: La historicidad del hombre, del estado y del derecho, como una obra señera que marca un hito de gran importancia.

         Su preocupación por los temas sociales y económicos a la luz de la doctrina a la cual adhería es una de las características principales de sus obras políticas recientes. Hay que recordar que hasta el final Bidart Campos siguió pensando, enseñando y escribiendo.

Su inclinación doctrinaria, no obstó a profesar una fe militante en la libertad de pensamiento y de expresión, con un sagrado respeto a la tolerancia por las opiniones diferentes y al pluralismo en un grado que en pocas personas conozco y he conocido.

 

Un trazo menos conocido de su personalidad intelectual es la producción poética muy singular impregnada de una suave melancolía y de un misticismo profundo.

Misticismo acorde con sus ideas religiosas a las cuales adhirió con la humildad de los grandes (pues trataba de ser en todo momento "mensajero de Tu Paz", como pedía San Francisco), en ese sentimiento murió siendo inhumado, junto a sus padres, en la diócesis de Mercedes-Lujan, para desde ahí, esperar la Resurrección.