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¿Alguna vez se habrán imaginad o
Teresa, Ana María, Raquel, así como tantas otras mujeres, como tantos otros
hombres, ocupar el lugar que ocupan? Desde luego que no.
¿Alguna vez se habrán imaginado Teresa, Ana María, Raquel, así como tantas
otras mujeres, como tantos otros hombres, conseguir lo que consiguieron? Es
probable que no.
Pero antes de preguntarnos todo eso, incluso antes de contar lo que hay que
contar, pensemos en esos sueños que alguna vez tuvimos y que ya no nos
acompañan, en esas imágenes, lugares, cosas que vimos, visitamos, tocamos y
que hoy no son más que un anhelo, un recuerdo, una realidad que se diluyó en
el tiempo.
Tal vez, luego de pensar en algo de lo que dice el párrafo anterior, podamos
entender un poco todo lo que sigue; aunque lo más probable es que no.
Cuando, hace doce años, el dolor comenzaba a unirlos, cuando hace doce años
la injusticia los hacía un uno quizá infinito, los miembros de COFAVI (la
abreviación de un nombre lamentablemente largo: Comisión de Familiares de
Víctimas Indefensas de la Violencia Social, Policial-Judicial e
Institucional) comenzaron a reunirse y, a partir de allí, a luchar cada caso
como si fuera el mismo. Primero, a través de gritos que no se oían; luego,
cuando el tiempo les proporcionó más integrantes a su causa, esas voces
encontraron desde verdadera compasión hasta detestables gestos políticos.
Es que la frase de Kipling puede aplicarse tanto a una cosa como a la otra:
puede ser entendida como la aplicación de un modelo
económico-social-político-jurídico que, una vez en marcha, se descontroló
tanto que generó los resultados más impensados. Impensados por mucha gente,
no por los que impusieron el modelo de sociedad que hoy nos rige, eso es
obvio. Entonces nos encontramos con un Estado que por ineptitud, malicia, y
cualquier otro adjetivo calificativo que uno desee agregar, tiene que cargar
luego con sus propias víctimas: ante una justicia inepta, una policía
corrupta, frente a una escasa seguridad, pobreza, hambre, mortalidad
infantil, analfabetismo, etc., etc., el Estado mismo es quien después tiene
que ocuparse de detener las ondas que causó la piedra que él arrojó. Y una
de esas ondas quizá sean los miembros de COFAVI; o quizá no.
Pensemos entonces sólo en los seres que integran COFAVI, tanto en los que
están con su presencia, como en aquellos que acompañan a los presentes desde
el recuerdo. Imaginémonos a ellos como el acto arrojado al mundo, donde
jamás sabremos hasta dónde llegarán sus consecuencias. Sin embargo, poco a
poco iremos conociendo algunas, poco a poco, el mismísimo paso inevitable
del tiempo nos revelará algunas de esas ramificaciones que comenzaron a
expandirse por nuestra sociedad hace unos doce años. Y, precisamente, una de
esas consecuencias reveladas es la que sucedió el 27 de agosto del 2004, día
en el que COFAVI inauguró un sueño anhelado durante demasiado tiempo: sus
propias instalaciones, el lugar propio desde donde encararán su lucha; la
propia propiedad que en este mundo parece ser tan necesaria.
Aquel 27 de agosto del 2004, en un departamento de la Ciudad de Buenos
Aires, cuando la noche ya se había presentado por completo, se abrió una
bandera argentina que en el medio reflejaba diferentes rostros de una misma
realidad: caras y más caras de niños y jóvenes, fotos que indicaban cada una
y todas las luchas juntas; todas las luchas, la lucha. Y a la bandera la
sostenían madres, padres, hermanos, amigos. Entonces, recuerdo que en aquel
momento pensé que no podía ser eso a lo que se reducía nuestra realidad, un
país que había conseguido que el surrealismo dejara de ser lo que era para
convertirse en el más simple y devastador de los realismos.
¿Alguna vez alguien se habrá imaginado que por perder a alguien luego
conocería a un amigo? ¿Lo imaginó Teresa, Raquel, Ana María? ¿Lo imaginaron
tantos otros padres y madres? Tal vez la respuesta hoy no interese, es más,
seguro no interesa. Lo que sí importa es que hoy esas personas tienen un
lugar donde reunirse que es es de todos ellos, un sujeto raro en esta
sociedad, un sujeto que, por el momento y parece que por mucho tiempo,
parece no vislumbrar un límite, un sujeto que ha lanzado un acto al mundo y
que a la vez es un una de las consecuencias de una acto que este
bendito-maldito país arrojó. Federico Piedras
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