Ética,
lenguaje
y
filosofía
analítica

                            
                                     
por Nicolás Zavadivker

 

 

Es ya un lugar común la afirmación de que mientras la filosofía antigua hizo de la ontología su objeto de reflexión y la filosofía moderna hizo lo propio con el conocimiento, el pensamiento contemporáneo centró su atención en el lenguaje. Este histórico viraje hacia el lenguaje, común a las más diversas corrientes de la filosofía del siglo XX, modificó profundamente el modo de encarar los tradicionales problemas de la filosofía, y en ocasiones incluso a declararlos disueltos o falaces.

El presente trabajo tiene por objeto el mostrar particularmente cómo el llamado “giro lingüístico” alteró radicalmente el planteamiento de los problemas éticos en la filosofía  contemporánea. Mi atención se centrará antes que nada en el conjunto de corrientes y autores que suelen agruparse bajo el nombre –paradójicamente vago- de “Filosofía Analítica”. Mostraré como las distintas concepciones del lenguaje que fueron predominando dentro de la Filosofía Analítica fueron dando lugar a diferentes concepciones del lenguaje moral.

Antes de comenzar a desarrollar esta propuesta, me gustaría realizar un par de aclaraciones. La primera de ellas se refiere a las características del llamado “giro lingüístico”. Es claro que la reflexión filosófica sobre el lenguaje no comenzó en el siglo XX, sino que se remonta, al menos, a la antigüedad clásica. En las páginas de Platón y de Aristóteles podemos encontrar profundas consideraciones acerca del asunto; pero lo que no hallamos en ellas es la conciencia del fundamental papel que el lenguaje juega en el conocimiento, en el pensamiento y aún en el nivel de la experiencia sensible. Para la filosofía clásica el lenguaje sólo aparecía como un objeto de reflexión secundario, periférico; la filosofía contemporánea, en cambio, lo coloca en el centro de su atención.

No obstante, el concepto de “giro lingüístico” no hace referencia únicamente al lenguaje como objeto de reflexión; suele considerarse también que el análisis lingüístico es el mejor modo que tenemos para abordar los viejos problemas de la filosofía. Esto es particularmente cierto en el caso de la Filosofía Analítica, como esperamos graficar a lo largo de este trabajo.

La segunda aclaración se vincula directamente al comentario precedente. Cuando se ocupan del terreno de la ética, los cultores de la Filosofía Analítica no intentan responder, como los filósofos morales tradicionales, preguntas tales como “¿en qué consiste ‘lo bueno’?” o “¿qué criterios determinan la moralidad de una acción?”. Se ocupan, más bien, de problemas más modestos tales como “¿qué decimos cuando decimos que algo es ‘bueno’?” o bien “¿qué características son propias del lenguaje moral?”. El campo de estudio abierto por preguntas como éstas se conoce como metaética, es decir, como un discurso que se ocupa a su vez de otro discurso, el moral. Nótese que la acción humana deja de ocupar el centro del pensamiento ético, reemplazada por el lenguaje moral.

Dos fueron las concepciones del lenguaje que predominaron entre los pensadores analíticos. La primera de ellas es conocida como verificacionismo, y fue sostenida por los integrantes del Círculo de Viena, creadores de la corriente popularizada como Positivismo Lógico. La segunda podemos denominarla pragmática. Los principales portavoces de esta concepción del lenguaje fueron Ludwig Wittgenstein (en las Investigaciones filosóficas) y J. L Austin (principalmente en How to do things with words). En lo que sigue, expondremos brevemente ambas posturas y mostraremos cómo éstas condicionaron fuertemente el tratamiento de las cuestiones morales.

La teoría verificacionista del lenguaje constituye la piedra angular del Positivismo Lógico. De acuerdo a ella, una proposición tiene significado sólo si es verificable[1], esto es, si existe una observación posible que permita determinar su verdad. Si no pueden establecerse las condiciones de observación que hacen verdadera o falsa a una afirmación, los positivistas sostienen que en realidad no se ha afirmado nada. De acuerdo al Positivismo Lógico, las proposiciones de este tipo son en realidad seudo-proposiciones que carecen de sentido cognoscitivo. A esta categoría pertenece gran parte de la tradición metafísica, cuyas afirmaciones pretendían trascender los límites de  la experiencia sensible.

Ahora bien, también las proposiciones de la ética, particularmente los juicios de valor, son sinsentidos de acuerdo con este criterio de significación. “X es bueno”, por ejemplo, no es una proposición verificable. Una observación empírica sólo nos revelará cualidades sensibles de X, pero la bondad no parece ser una propiedad sensible. La prédica de G. E. Moore en su Principia Ethica aportaba buenas razones en este sentido, particularmente su denuncia de la falacia naturalista, consistente en asimilar “bueno” a una cualidad natural.

Pero Moore, quien desarrolló sus ideas sobre ética con anterioridad al Positivismo Lógico, estaba muy lejos de negar sentido a los juicios de valor. Por el contrario, interpretó que el enunciado “X es bueno” tiene significado (en el marco de su teoría referencialista del lenguaje), y dedujo del hecho de que “bueno” no puede ser equiparado a ninguna cualidad natural que su referente debe ser una cualidad no-natural. Como esta cualidad no-natural no podría ser percibida a través de los sentidos, postuló que la conocemos a través de una intuición moral.

El Positivismo no podía aceptar una doctrina semejante, que por momentos hace recordar al platonismo. No obstante no puede negarse que el análisis de Moore y su intento por determinar el significado de “bueno” desbrozaron el camino para plantear con mayor claridad el problema del status de los enunciados morales. Una vez realizado este primer paso, y aparecida ya la teoría verificacionista del lenguaje, resultó bastante claro que “bueno” no podía ser sino un seudo-concepto.

Correspondía al Positivismo dar una explicación más acabada de este hecho, puesto que debía responder si la Ética podía o no aspirar a algún status cognitivo, y también porque la afirmación de que los juicios de valor son sinsentidos no podía (y no puede) dejar de percibirse con cierta antipatía. Quienes asumieron esta tarea fueron principalmente Alfred Ayer y C. L. Stevenson. La teoría en cuestión se conoce como Emotivismo[2]. De ella seguiré la versión de Ayer en su Lenguaje, verdad y lógica.
 

Ayer se enfrenta, con las armas del análisis linguístico, a anteriores doctrinas éticas surgidas también en el seno del empirismo. Particularmente ataca al subjetivismo[3], y a las distintas versiones del utilitarismo. Ambas doctrinas defienden el carácter fáctico –y por lo tanto significativo- de los juicios morales.

El subjetivismo interpreta a los juicios de valor como afirmaciones sobre los sentimientos del enunciador. “Juan es bueno”, por ejemplo, significaría aproximadamente “Me gusta la forma de ser de Juan”, juicio acerca de un estado de conciencia susceptible de ser verdadero o falso.

El utilitarismo, por su parte, define la bondad de las acciones en términos de producción de placer, con lo cual también reduce los términos morales a términos empíricos. Ayer muestra que de acuerdo a las convenciones linguísticas sobre el uso de la palabra “bueno”, ésta no puede identificarse ni con la propuesta subjetivista ni con la utilitarista. En relación a la primera, indica que no es contradictorio sostener “que un hombre que confesara haber aprobado algunas veces lo malo o lo injusto no se contradiría a sí mismo”[4]. En relación a la segunda, “no es contradictorio decir que a veces es moralmente malo llevar a cabo la acción que causaría real o probablemente mayor felicidad”[5].

De acuerdo a las convenciones lingüísticas existentes, el término “bueno” no puede ser equiparado completamente a ninguna cualidad empírica. El rechazo del subjetivismo y del utilitarismo como análisis de las nociones éticas existentes lleva a Ayer a sostener que los juicios de valor no son en realidad juicios fácticos, y por lo tanto que carecen de significado. Menos aún le satisface la solución intuicionista, a la que llama “absolutista”, puesto que ésta vuelve no verificables a los juicios éticos.

Ayer llega a la conclusión de que los términos éticos son seudo-conceptos que no agregan ningún contenido fáctico a las proposiciones en las que se los incluye. Sostiene Ayer que al decir “Usted ha obrado mal al robar ese dinero” no se afirma más que cuando se dice “Usted robó ese dinero”. La única diferencia es que en el primer caso se manifiesta (pero no se afirma) una particular emoción en el enunciador.

Cuando se pronuncia un juicio de valor no se afirma nada ni sobre algún objeto del mundo ni sobre el estado personal de ánimo: sólo se expresan ciertas emociones. Pero expresar no es lo mismo que afirmar: decir “Robar dinero es malo” es como decir “¡¡Robar dinero!!”, con un particular tono de asco moral. Los conceptos morales no agregan ninguna información: sólo manifiestan ciertos sentimientos, del mismo modo que “¡Ay!” no es una afirmación acerca de un dolor que se siente, sino la expresión de ese dolor. Los juicios de valor son entonces pseudo-enunciados, y no son por lo tanto ni verdaderos ni falsos.

De este modo la teoría verificacionista del lenguaje aplicada al campo de la filosofía moral desembocó en la teoría de acuerdo a la cual no existen proposiciones genuinas de ética, y a la afirmación de que los términos éticos no son más que formas de expresar ciertas emociones.

Se trasluce en estas ideas de Ayer, no obstante, que el lenguaje parece hacer algo más que describir la realidad. Funcionaría también como un medio de expresión: puede reemplazar a un tono, a un ademán, a un chillido. Otras características no menos notables del lenguaje aparecieron ante el análisis del emotivista Stevenson, quien suscribía en parte lo que W. D. Hudson llama la “teoría psicológica del lenguaje”[6], aunque su ensayo “El significado emotivo de los términos éticos” fue incluido en la compilación El positivismo lógico, realizada por el mismo Ayer. Dicho muy suscintamente, para Stevenson un juicio de valor como “La música clásica es buena” significaría aproximadamente “A ti también debería gustarte la música clásica”. De modo que los juicios de valor no sólo tendrían un valor expresivo, sino que mediante ellos el enunciador pretendería ejercer una presión normativa sobre su interlocutor, persuadirlo de que realice ciertas acciones (en términos de Stevenson “crear una influencia”).

Bien miradas, estas ideas parecen exceder los límites de una teoría meramente verificacionista del lenguaje. El análisis de los llamados sinsentidos éticos reveló aspectos del lenguaje que exigían ser comprendidos en su especificidad, no como meras desviaciones de un único uso genuino del lenguaje. Un profesor de “Filosofía Moral” en Oxford se percató de esto y dio este gran salto hacia una nueva concepción del lenguaje, revolucionando la filosofía analítica. Su nombre era John Langshaw Austin. Al respecto, Austin cuenta lo siguiente:

 

“El continuo descubrimiento de nuevos tipos de sinsentidos ha sido, en conjunto, beneficioso, por poco sistemática que haya sido la clasificación de ellos, y por misteriosa que haya seguido siendo su explicación [...] fue natural preguntar, en una segunda etapa, si muchos que parecían seudo-enunciados eran en realidad enunciados. Ha llegado a sostenerse corrientemente que muchas expresiones, que parecen enunciados, o bien no son formuladas en absoluto para registrar o suministrar información directa acerca de los hechos, o tienen ese propósito sólo en parte. Por ejemplo, las ‘proposiciones éticas’ quizá persiguen manifestar emociones, exclusiva o parcialmente, o bien prescribir conducta o influirla de maneras especiales.”[7]

 

Las declaraciones de Austin parecen sugerir que en parte fue su estudio de las proposiciones éticas y jurídicas lo que lo llevó al cuestionamiento de la teoría verificacionista del lenguaje, y consecuentemente a denunciar la “falacia descriptiva”, en la que incurrían los positivistas junto a gran parte de la tradición filosófica. Se había advertido en este trabajo la estrecha dependencia que guardan las investigaciones éticas en relación a la concepción del lenguaje que se sustenta; cabría agregar que en esta ocasión los estudios en ética contribuyeron ellos mismos a alterar la visión que se tenía del lenguaje.

El giro en la atención hacia el uso corriente del lenguaje no sólo fue patrocinado por Austin; las Investigaciones filosóficas de Ludwig Wittgenstein desempeñaron también un papel fundamental en este sentido. No obstante, dada la complejidad y riqueza de esta última obra, su análisis excede en mucho el alcance de este trabajo.

Mencionaré brevemente algunas de las ideas más importantes de Austin, a los fines de caracterizar este cambio en la forma de encarar el fenómeno del lenguaje, y consecuentemente en la forma de concebir la actividad filosófica. Austin ha afirmado que los términos tal como se usan en el lenguaje corriente incorporan una serie de distinciones realizadas por los hombres a lo largo de generaciones “que han pasado el prolongado test de supervivencia del más apto”[8]. Por ello mismo es fácil suponer que tales distinciones son más ricas, sensatas y sutiles “que las que cualquiera de nosotros podamos concebir una tarde en nuestro sillón de trabajo”[9]. Tal procedimiento, en cambio, era uno de los favoritos en el seno del Positivismo Lógico, corriente que denunciaba la excesiva flexibilidad de la lenguas naturales (al permitir la enunciación de sinsentidos) y la ambigüedad del empleo corriente de términos y expresiones, con la intención de construir un lenguaje artificial y purificado de dichos defectos.

Para Austin, en cambio, hacer filosofía consiste primeramente en aclarar los conceptos ordinarios incorporados en el lenguaje común, no en eliminar arbitrariamente la vaguedad natural y la contextualización de los conceptos a los fines de un uso técnico. De esta manera se explicita el aparato conceptual presupuesto en el empleo ordinario de palabras y expresiones, para recién abordar así los problemas filosóficos. En otras palabras, constituye un paso necesario el develar qué es lo que realmente decimos cuando nos comunicamos, sin apelar a teorías previas que condicionan este análisis.

Muchas teorías sobre el Bien, por ejemplo, pueden ser eliminadas cuando se advierte que  implican el forzar uno de los usos de esa palabra para justificar una concepción previa de ‘lo bueno’. Desde esta perspectiva la pregunta “¿qué queremos decir cuando decimos que algo es ‘bueno’?” cobra un nuevo sentido, puesto que sólo puede ser contestada apelando a los numerosos usos que se hacen del término en distintos contextos y circunstancias lingüísticas. Así, Austin sostiene en Sense and Sensibilia que gran parte de las teorías filosóficas son el resultado de “una obsesión por algunas pocas palabras, cuyos usos son ultrasimplificados, no entendidos verdaderamente, no estudiados cuidadosamente y no descriptos correctamente”.

Una de las ideas más influyentes de Austin fue la distinción entre tres tipos de cosas que hacemos con las palabras, llamándolos actos locucionario, ilocucionario y perlocucionario. El primero de ellos incluye un acto fonético (producir determinados ruidos), un acto fático (pronunciar ciertas palabras) y un acto rético (el usar esas palabras con un cierto sentido y referencia).

El acto ilocucionario es lo que hacemos al decir algo (por ejemplo preguntar, confirmar, advertir, etc.). En este punto se subraya la idea de que decir algo es ejecutar un acción. Se afirma así que el hablar es un tipo de hacer, conexión que dio lugar al título “Cómo hacer cosas con palabras”, y que fue remarcada asimismo por pensadores contemporáneos tan disímiles como Wittgenstein, Searle, Foucault y B. F. Skinner. El acto perlocucionario, por su parte, hace alusión a los efectos que produce en el interlocutor lo dicho. Por ejemplo, puede persuadir de que se realice una determinada acción.

Estas nuevas ideas acerca del lenguaje también tuvieron proyecciones en el campo de la ética. Me referiré muy brevemente a la discusión suscitada entre dos filósofos morales seguidores de Austin, G. J. Warnock y R. M. Hare. Ambos realizan una interpretación diferente de este pensador. Mientras que Warnock considera que Austin distingue claramente el significado de la fuerza ilocucionaria (al haber colocado la referencia y el sentido en el acto locucionario), Hare considera que Austin extiende el concepto de significado a la fuerza ilocucionaria.

De allí que Warnock defienda que lo característico del discurso moral sea el hablar sobre un determinado contenido (consistente en la felicidad, los intereses, las necesidades y los deseos del hombre) y no en el tipo de acto ilocucionario que se emplee (por ejemplo, prescribir o valorar). Las fuerzas ilocucionarias de los juicios morales pueden ser, para Warnock, tan diversas como las del discurso en general. Hare, en cambio, afirma que lo propio de los juicios morales es su particular fuerza ilocucionaria, esto es, que se usan siempre para prescribir acciones, independientemente de cuál sea su contenido. Se trata, a mi juicio, de una reedición particularmente interesante y con aspectos originales de la vieja discusión entre los éticos formalistas y quienes defienden una ética material, posibilitada por la distinción de Austin.

Me referiré finalmente a otra de las importantes distinciones realizadas por Austin, para luego mostrar cómo fue utilizada a los fines de la justificación de ciertas normas morales. El pensador anglosajón nota la existencia de una serie de enunciados legítimos que no describen o informan sobre algo, sino que hacen algo. Así, por ejemplo, al pronunciar “Te apuesto cien pesos a que mañana va a llover” no se está informando acerca de una apuesta preexistente: se está apostando. Este tipo de enunciados son llamados por Austin realizativos o performativos, y diferenciados de los que denomina constatativos. Al mostrar casos en que decir algo es claramente hacer algo, producir un hecho, se “cuestiona una vetusta suposición filosófica: la suposición de que decir algo, al menos en todos los casos dignos de ser considerados [...] es siempre enunciar algo”[10].

Esta interesante distinción trazada por Austin tuvo repercusiones en el campo de la justificación de las normas morales. John Searle, otro filósofo anglosajón cercano a la lingüística, mostró que un enunciado realizativo podría ayudar a derivar un juicio de deber a partir de un juicio fáctico[11]. La cuestión se inserta en el marco del problema de la posibilidad de deducir lógicamente un juicio de deber de un juicio de ser. Hume fue el primero en hacer notar que tal derivación sería imposible, debido a que ambos tipos de juicios tienen una estructura lógica diferente. De esta manera se dificultaban seriamente las posibilidades de fundamentar las normas morales en enunciados descriptivos, como generalmente pretendieron los filósofos morales. La objeción formulada por Hume a tal procedimiento influyó decisivamente en la filosofía moral contemporánea, especialmente entre los cultores de la filosofía analítica de la primera mitad del siglo XX y en general de filosofías cercanas a la ciencia.

A todos ellos se enfrenta Searle al proponer un modelo de derivación, válido para determinados casos. Searle parte del enunciado realizativo “Yo prometo...”. Cuando se lo pronuncia no se está describiendo la formulación de una promesa, sino que se la está haciendo. Según Searle, el prometer algo implica a su vez el aceptar una obligación, y por lo tanto el adquirir un deber. La derivación realizada por Searle es la siguiente:

 

1)      Jones pronunció las palabras: "Te prometo, Smith, pagarte cinco dólares"

2)      Jones prometió a Smith pagarle cinco dólares

3)      Jones adquirió la obligación de pagarle a Smith cinco dólares

4)      Jones tiene la obligación de pagar a Smith cinco dólares

5)      Jones debe pagarle a Smith cinco dólares[12]

 

El enunciado 1) es claramente descriptivo (se describe un acto performativo realizado por otro) y el 5) claramente normativo. Searle afirma que cada proposición se sigue deductivamente de la anterior agregando una serie de premisas adicionales entre enunciado y enunciado, premisas que ahora no viene al caso explicitar.

De acuerdo a Searle la derivación de un juicio de deber a partir de un juicio de ser podrá realizarse en algunos casos, a saber: aquellos que se sitúan dentro de instituciones cuya sóla definición incluya determinadas obligaciones para sus participantes. En éstos, Searle considera que la existencia de las obligaciones son verdades analíticas. En el caso de la institución de la promesa, cuando se pronuncian las palabras “Yo prometo...” se está efectivamente llevando a cabo la acción de prometer. La proposición tácita que permite pasar del juicio descriptivo al juicio prescriptivo en este caso es “se deben cumplir las promesas”, que para Searle no es otra cosa que una tautología, y no una premisa prescriptiva encubierta.

Searle explica su inferencia además sobre la base de dos distinciones (la diferenciación entre hechos brutos e institucionales, y entre reglas regulativas y constitutivas) que no vienen al caso desarrollar a los fines de este trabajo. Me centraré, en cambio, en los aspectos lingüísticos. De acuerdo a este autor, “lo que condujo a los filósofos a la falacia de la falacia naturalista [...] (fue) una teoría del lenguaje”[13].

Dice Searle: “La inclinación a aceptar una distinción rígida entre ‘es’ y ‘debe’, entre descriptivo y valorativo, descansa sobre cierta idea de cómo las palabras se relacionan con el mundo”[14], a continuación de lo cual describe lo que denomina el “cuadro empirista” y la teorías metaéticas resultantes del mismo: el hecho de que los enunciados valorativos y normativos sean interpretados como expresiones de emociones o de prescripciones.

Sus propias ideas sobre el lenguaje, en cambio, están basadas en Austin, como lo demuestra esta cita: “Muchos filósofos no logran ver todavía la fuerza total  que hace de decir ‘Con esto prometo’ una expresión ejecutoria. Al proferirla, uno ejecuta, mas  no describe, el acto de prometer. Si la promisión se considera como un acto locutorio de clase diferente al describir, entonces es más fácil ver que una de las características del acto es la asunción de una obligación.”[15] 

Finalmente da su propia versión de la clásico dicotomía entre lo valorativo y lo informativo, a la luz de las ideas de Austin: “Si estoy en lo cierto, entonces la supuesta distinción entre expresiones descriptivas y valorativas, es útil sólo como distinción entre dos tipos de fuerza ilocucional, la de describir y la de valorar”[16].

A modo de síntesis final, retomaré brevemente la idea que guió a este trabajo. He tratado de ilustrar el influyente papel que desempeñan en la filosofía contemporánea las distintas concepciones del lenguaje. Me centré fundamentalmente en la visión que del mismo se suscitó en el pensamiento anglosajón, para mostrar cómo esta visión llevó a los filósofos morales a encarar su campo de estudio de una determinada manera, negando legitimidad a ciertos problemas tradicionales y generando problemas nuevos, antes descuidados. La adhesión a una determinada teoría del lenguaje permitió también sugerir algunas distinciones e ideas interesantes, que acaso de otro modo hubiesen permanecido en la oscuridad.

 

Bibliografía

 

Hudson, W. D., La filosofía moral contemporánea, Madrid, Alianza, 1987.

 

Ayer, Alfred; Lenguaje, verdad y lógica, BsAs, Eudeba, 1971.

 

Zavadivker, Nicolás, Una ética sin fundamentos, Tucumán, Universidad Nacional de Tucumán, 2004.

 

Stevenson, C. L.; The emotive meaning of ethical terms, Mind, vol. XLVI, 1937.

 

Austin, J. L.; Cómo hacer cosas con palabras, Barcelona, Paidós, 1998.

 

Ferrater Mora, José; art. "Austin, J. L.", en Diccionario de Filosofía, Barcelona, Ariel, 1994.

 

Carrió, Genaro - Rabossi, Eduardo, La filosofía de John L. Austin, en J. L Austin; Cómo hacer cosas con palabras, Barcelona, Paidós, 1998.

 

Searle, John Cómo derivar 'debe' de 'es', en Teorías sobre la ética, compiladora Philippa Foot, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 1974.


 


[1] Obviaré aquí el tratamiento que desde el Positivismo Lógico se dispensa a los enunciados analíticos, por ser éste irrelevante para las cuestiones de ética.

[2] Sin haber pertenecido al Positivismo Lógico, pero hallándose cercano a él, Bertrand Russell también formuló una versión propia del emotivismo. Su principal contribución en este sentido puede hallarse en su ensayo “Ciencia y ética”, incluído en Religión y ciencia, México, Fondo de Cultura Económica, 1951. Recordemos que en un primer momento de su desarrollo intelectual, Russell había adherido al intuicionismo de Moore.

[3] El subjetivismo fue históricamente defendido por Hobbes y por Hume, entre otros pensadores, aunque sin la precisión que requiere la posterior escuela del análisis filosófico. De hecho es posible encontrar  párrafos emotivistas en la obra de ambos pensadores, por lo cual suele considerárselos precursores de esta interpretación de los enunciados éticos.

[4] Alfred Ayer; Lenguaje, verdad y lógica, p 129.

[5] Ibid..

[6] En palabras de Hudson, esta teoría afirma que “el significado es la disposición para causar, o ser causado por, ciertos procesos psicológicos en el oyente, o del hablante, respectivamente”. W.D. Hudson, La filosofía moral contemporánea

[7] J. L Austin; Cómo hacer cosas con palabras, pp 42-43.

[8] “A plea for excuses”, Philosophical Papers, Oxford University Press. p. 130. Citado por  Genaro Carrió y Eduardo Rabossi, La filosofía de John L. Austin, prólogo de Cómo hacer cosas con palabras.

[9] Ibid., p. 130.

[10] J. L Austin, op. cit., p. 53.

[11] John Searle, "Cómo derivar 'debe' de 'es'", en Teorías sobre la ética, compiladora Philippa Foot

[12] La traducción de la derivación de Searle fue extraída de Norbert Hoerster; Problemas de ética normativa, México, Fontamara, 1992, por considerarla la de mayor claridad en lengua castellana. La traducción es de Ernesto Garzón Valdez.

[13] John Searle, op. cit., p. 157-158.

[14] John Searle, op. cit., p. 163.

[15] John Searle, op. cit., p. 161.

[16] John Searle, op. cit., p. 170.