Episodio de la fiebre amarilla, Juan Manuel Blanes (1830-1901) (1)


 
VÓMITO

 NEGRO

 

   (Historia
   de la fiebre amarilla,
   en Buenos Aires
   de 1871)

por Diego Howlin   

 

Introducción

     En Enero de 1871, comenzó la epidemia de fiebre amarilla, que en sus seis meses de duración dejo un saldo de 14.000 victimas entre la población de la ciudad de Buenos Aires, estimada por entonces en 190.000 habitantes aproximadamente. La tragedia convulsiono al país y en aquellos momentos se apreciaron gestos de heroísmo, cobardía y discriminación, elevándose en ultima instancia el sentimiento de unidad que identificó, de alguna manera, al pueblo argentino ante el drama que diezmó a Buenos Aires y en menor medida a la ciudad de Corrientes, durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento (1868 a 1874).

     Eran instantes cruciales, ya que todavía cundía en el ambiente la impresión causada por el asesinato de Urquiza (11 de abril de 1870), la sublevación de Entre Ríos y la conclusión de la guerra con el Paraguay (Guerra de la Triple Alianza). Y no era la primera vez que el flagelo se hacia sentir, pues en 1852, 1858 y 1870 había incursionado sobre la ciudad Rioplatense, aunque con menor agresividad, a modo de alertante vaticinio.

     La confusión en la ciudad de Buenos Aires ha sido muy bien descripta por las crónicas de La Nación y La Republica entre otras; han dejado un valioso testimonio de aquellas siniestras jornadas. Aun no se conocía el descubrimiento del Dr. Carlos J. Finlay, y las condiciones higiénicas no eran las más deseables en la ciudad; de ahí que el fantasma epidémico pudiera hacer presas fáciles a la población, situación que la ciencia tuvo que contemplar con la mayor resignación e inoperancia.

     Recién, el sabio medico Cubano Carlos J. Finlay emitiría el 14 de Agosto de 1881,  su tesis de que la fiebre amarilla se transmite por un mosquito portador del contagio de individuos infectados a receptores no inmunes.

     El censo nacional de 1869, realizado bajo la presidencia de Sarmiento, determinaba que Buenos Aires tenía 177.787 habitantes, dentro de un total de 1.830.214 para todo el país. La población extranjera en Buenos Aires era de 88.126 personas, frente a un total de 89.661 argentinos y fue clasificada así: italianos 44.233; españoles 14.609; franceses 14.180; uruguayos 6.177; ingleses 3.174; alemanes 2.070; suizos 1401; portugueses 798; brasileños 733; norteamericanos 611; paraguayos 606; austriacos 544; chilenos 471; belgas 163; bolivianos y peruanos 151, varios 2.297.

     La ciudad pugnaba por la conclusión de las aguas corrientes y la adecuada eliminación de los deshechos urbanos. Estaba sembrada de pozos negros que contaminaban las primeras napas de agua, los aljibes eran receptáculos usuales de impurezas. Si bien las estadísticas no lo recuerdan, se da como fecha de iniciación de la epidemia el 27 de enero de 1871 con tres casos identificados por el Consejo de Higiene Publica de San Telmo. Precisamente, el brote se propago desde este sector del Bajo, barrio poblado por conventillos de inmigrantes, y se difundió hasta la zona norte.  

     El día 2 de marzo de 1871 fueron suprimidos los bailes de disfraz[2], el 3 se clausuraron las escuelas y la Universidad. Se construyeron lazaretos tales como el de San Roque, ubicado entre las calles 24 de Noviembre, México, Caridad y Venezuela, colocado bajo la dependencia del Hospital General de Hombres, y otros locales de emergencias para dar cabida a los enfermos, inaugurándose por entonces también el Cementerio del Sud (actual Parque Ameghino). Hasta el 16 de abril se mantuvo estacionaria la crisis, comenzando posteriormente a declinar, siendo el periodo mas intenso el comprendido entre el 27 de marzo y el 13 de abril.

     El total de fallecimientos alcanzo a 13.614, según los datos del diario La Republica y del Boletín de la epidemia editado por Mardoqueo Navarro[3]. El día 13 de abril se registraron 501 decesos, cundiendo el pánico. El 16 de abril el Boletín transmitía la siguiente nota: “los negocios cerrados, calles desiertas, faltan médicos, muertos sin asistencia, huye el que puede, heroísmo de la comisión popular“. El impreso de Navarro apareció entre marzo y mayo siendo complementado por un suplemento llamado “Marcha de la Epidemia“, que abarcó 16 números. Todas estas publicaciones tuvieron por finalidad divulgar las medidas para contrarrestar el mal, consignando las disposiciones oficiales y los consejos de muchos facultativos.

     El 14 de marzo de 1871 quedó constituida la Comisión Popular, que actuaría en forma paralela con las autoridades municipales, integrada por José Roque Pérez (Presidente); Héctor F. Varela (vicepresidente); Mariano Billlinghurst, Emilio Onrubia y Matías Behety (secretarios) “… Cuando tantos huyen - decía Evaristo Carriego - que haya siquiera algunos que permanezcan en el lugar del peligro socorriendo a aquellos que no pueden proporcionarse una regular asistencia”. Tampoco podemos olvidar que así como aumentaban las victimas, algunos miembros de la Comisión Popular recorrían los barrios como ángeles vengadores, como un segundo azote, echando a la calle a todos los habitantes de los inmuebles donde aparecía el terrible mal. Especialmente encargados de la misión fueron Juan Carlos Gómez, Domingo Cesar, Manuel Argerich y León Walls.

     Habilitada para el transporte de cadáveres, la locomotora “La Porteña“ partía diariamente de la calle Centro América y Corrientes, rumbo al cementerio de la Chacarita, llevando su tétrico cargamento.

 Superado el caos, el fervor de Buenos Aires se volvió agradecido hacia quienes con abnegación y desinterés se destacaron por su alta misión humana y espiritual, fundando el 21 de Junio de 1871 la primera Orden de Caballería Argentina – Cruz de Hierro de Caballeros de la Orden de los Mártires – concedida a los que contribuyeron al auxilio de los damnificados por el brote epidémico.

     El pintor uruguayo Juan Manual Blanes ejecuto un cuadro muy celebre en su momento, homenaje a Roque Pérez y Manual Argerich, fallecidos gloriosamente luego de socorrer a tantos enfermos… Otras victimas famosas, por así decir, también cayeron cumpliendo con su deber, Francisco Javier Muñiz, Adolfo Señorans y el Padre Fahy.

     Pasada la tempestad, renació la calma sobre la pobre Buenos Aires. Fueron impulsadas las obras de saneamiento dirigidas por Coghlan y Batemann, se difundieron las doctrinas de nuestros máximos higienistas y la estampa de aquel nefasto episodio desapareció paulatinamente tras el olvido y la resignación.

 

Vomito negro (Fisiopatología de la enfermedad)

QUÉ ES LA FIEBRE AMARILLA?

     Considero que antes de describir la epidemia, es importante explicar brevemente lo que se sabe actualmente de la fiebre amarilla, no solo para conocer la enfermedad sino también para comparar estos conocimientos con los que se tenían en 1871 y, para saber el porque esta enfermedad diezmó a la antigua Buenos Aires.

     Durante 300 años, la fiebre amarilla ha sido la única enfermedad viral epidémica conocida que iba acompañada de manifestaciones hemorrágicas graves. La fiebre amarilla es una enfermedad infecciosa aguda de breve duración y de gravedad sumamente variable, se debe a un flavivirus y va seguida de una inmunidad para toda la vida. La clásica triada de síntomas: ictericia (color amarillento en la piel y conjuntivas por insuficiencia hepática), hemorragias, albuminuria intensa (presencia de proteínas en la orina) se observa únicamente en infecciones graves, las cuales pueden ser solo un pequeño porcentaje del total. El nombre de la enfermedad proviene de la ictericia, producida por el daño hepático que demuestra un tropismo selectivo de este flavivirus por el hígado.

     Antiguamente se la denomino “Vomito Negro[4] debido a las hemorragias producidas a nivel gastrointestinal.

     La enfermedad parece haber sido introducida en América por esclavos y mosquitos provenientes de África hace ya varios siglos .El vector de la fiebre amarilla urbana es el Aedes aegypti y el reservorio es el hombre, mientras que en las aéreas selváticas los reservorios son los primates del nuevo mundo, y son vectores diversas especies del genero haemagogus (mosquitos parientes del Aedes aegypti).

 

Prevalencia y Epidemiología:

     Durante más de 200 años, después del primer brote identificable, ocurrido en Yucatán en 1648, la fiebre amarilla fue una de las grandes plagas del mundo. Incluso en 1905, Nueva Orleáns y otros puertos del sur de los Estados Unidos sufrieron al menos 5000 casos y 1000 de ellos con elevada mortalidad. Debido a la existencia de una forma selvática de la enfermedad, deben establecerse medidas de protección contra la enfermedad humana. Durante los últimos 20 años, se han producido brotes y grandes epidemias en Sudamérica (Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Perú, Venezuela) y África (Gambia, Nigeria, Senegal). Entre 1962 y 1964 se produjeron en el sur de Etiopia más de 100.000 casos con unas 30.000 defunciones. Al parecer en Asia no se ha producido nunca un caso de fiebre amarilla.

     Los progresos de erradicación del Aedes aegypti han eliminado la fiebre amarilla urbana, pero esta se mantiene en ciclos selváticos en las junglas de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay, Brasil y cíclicamente en zonas selváticas del noroeste de Argentina. En la provincia de Misiones, reaparece periódicamente cada unos 10 años, reintroducida por poblaciones no inmunes de primates que provienen de las selvas del sur del Matto Grosso, donde se mantienen los ciclos selváticos (monos- mosquitos).

     La infección con este virus produce alta mortalidad en monos selváticos, especialmente el mono araña, hecho que sugiere que la enfermedad es relativamente nueva en América.

     Desde 1949 hasta 1956, la fiebre amarilla se disemino en toda América Central desde Panamá hasta el sur de México.

     Durante más de un cuarto de siglo no se han detectado casos urbanos de fiebre amarilla.

 

Manifestaciones Clínicas:

     El periodo de incubación suele ser de tres a seis días. En las infecciones accidentales adquiridas en hospitales o laboratorios, se han descripto periodos de incubación más prolongados (10 a 13 días). En la fiebre amarilla leve, los únicos síntomas pueden ser la fiebre de comienzo brusco y la cefalea. Otros síntomas pueden ser nauseas, epistaxis (sangrado por la nariz), bradicardia relativa conocida como signo de Faget (o sea, con una temperatura de 38.9 grados, la frecuencia del pulso puede de ser solo de no mas 52 latidos por minuto), y albuminuria ligera la forma leve de la enfermedad dura totalmente de uno a tres días y se parece a la gripe.

     Los episodios moderadamente graves y malignos de la fiebre amarilla se caracterizan por tres periodos clínicos distintos de infecciones de remisión y de intoxicación, no suele haber síntomas prodrómicos, el comienzo se caracteriza por su brusquedad, con cefaleas mareos e hipertermia de hasta 40 grados centígrados, sin bradicardia relativa. Los pequeños menores de 4 años pueden tener convulsiones febriles. La cefalea es seguida rápidamente por dolores en el cuello, espalda y piernas. Son frecuentes las nauseas, vómitos y arcadas; la exploración demuestra rubefacción facial (cara sonrojada) e inyección conjuntival (sangre en la conjuntiva). La congestión ocular persiste hasta el tercer día.

     Es típico que la lengua se muestre saburral en el centro con bordes y punta de color pardo. Hacia el segundo día aparece el signo de Faget. Son frecuentes la epistaxis y las encías sangrantes. Al tercer día de enfermedad, la fiebre puede descender, remisión aparente, pueden aparecer hemorragias copiosas y anuria (sin orina), la fase de remisión dura unas horas o días. En la tercera fase aparecen los síntomas “clásicos” de la fiebre amarilla, reaparece la fiebre, pero se mantiene el pulso lento. La ictericia es detectable hasta el tercer día, sin embargo, la ictericia no es acusada ni siquiera en casos mortales. Son frecuentes las hemorragias en aumento: epistaxis, melenas (deposiciones de sangre digerida) y metrorragias aunque la hematuria (presencia de sangre en la orina) macroscópica es rara.

    De los signos clásicos, el “vomito negro“es más característico que la ictericia. La hematemesis (vomito de sangre) no suele aparecer antes del cuarto día y generalmente se asocia con un pronóstico mortal. La albuminuria, que rara vez aparece antes del tercer día, se observa en el 90% de los enfermos y puede ser bastante intensa (3 a 20 gramos/litro). A pesar de esta albuminuria masiva, no se han descrito edemas ni ascitis. Poco antes de la muerte que suele sobrevenir entre el cuarto y sexto día, el enfermo presenta delirio, y agitación violenta. La fiebre amarilla esta relativamente exenta de complicaciones, siendo la más destacada, de ellas la parotiditis supurativa. Las recidivas clínicas no son características de la fiebre amarilla.

 

Diagnóstico y Tratamiento:

     Los métodos de elección para aislar al virus en la sangre son la inoculación, bien en células cultivadas de mosquitos o intratoráxicamente en el propio mosquito. Es más probable lograr el aislamiento si las muestras de sangre se toman en los tres primeros días de enfermedad. Los métodos serológicos comprenden las pruebas de identificación del antígeno y los anticuerpos IgM de la fiebre amarilla, generalmente por el método de ELISA (que conforma el diagnóstico sobre el terreno en tres horas).

    Aunque la diseminación del virus por vía hemática llega a todos los órganos, el órgano blanco es el hígado.

El tratamiento ha sido sintomático y de sostén y debe basarse en la valoración y corrección de las alteraciones circulatorias. Es esencial atender cuidadosamente el estado hidroelectrolítico y estado ácido base.

    La mortalidad global de la fiebre amarilla se sitúa entre el 5 y 10 % de los casos clínicos; aunque puede ser menor, pues muchas infecciones son leves o subclínicas.

 

Prevención y Profilaxis:

     Dado que el Aedes aegypti es el único vector urbano, deben extenderse las medidas de protección para evitar las picaduras y deben eliminarse las colecciones de agua dentro y alrededor de las vivencias para evitar el desarrollo de las larvas de mosquitos.

    El riesgo de transmisión de fiebre amarilla en un área urbana puede determinarse mediante la búsqueda del Aedes aegypti adulto y de sus huevos en floreros, barriales, etc.; con lo que se determina el denominado “índice Aedes aegypti”. Si este es mayor de 4% existe riesgo en esa comunidad de que la picadura de Aedes aegypti a un sujeto virémico inicie una epidemia.

     La fiebre amarilla fue eliminada en las zonas (urbanas) donde se erradicó el Aedes aegypti o bien donde la población fue vacunada. En las zonas rurales o selváticas, el control de los mosquitos es casi imposible. Por ello es esencial la vacunación del hombre que debe penetrar a la selva por diversas razones. Aunque también pueden efectuarse fumigaciones, las medidas de saneamiento ambiental permanentemente son de mayor importancia.

    Existe una vacuna a virus vivo y atenuado que ha sido efectiva en la protección de millones de seres humanos susceptibles en África y América Central durante la primera mitad del siglo XX. La vacunación está indicada en zonas endémicas, en individuos que por cualquier cosa viajen a zonas selváticas y en personal de laboratorios virales[5].

 

Buenos aires me mata (Aspectos de Buenos Aires a Principios de 1871)

     Al comienzo de 1871, las condiciones sanitarias de la ciudad de Buenos Aires, favorecieron la incubación del mosquito Aedes aegypti. Nuestra ciudad carecía de las mínimas condiciones de salubridad y se había convertido en un excelente campo de cultivo para el desarrollo de gérmenes infecciosos. Todo conspiraba contra la salud pública: focos de infección ubicados en distintos lugares, temperaturas excesivamente elevadas durante los meses de verano, hacinamiento de los inmigrantes en los inquilinatos en todos los barrios, especialmente en la zona sur. Los saladeros, el Riachuelo que ya empezaba a oler mal y los mercados constituyeron poderosas fuentes de infección, que prepararon el campo propicio para la incubación del mosquito transmisor de la peste amarrilla.

     Al promediar la presidencia de Sarmiento, nuestra ciudad no se extendía más allá de las actuales calles Boedo y Medrano hacia el oeste y el arroyo Maldonado hacia el norte; dentro de esa superficie se distinguía una zona poblada limitada por las calles Brasil, Entre Ríos, Callao y Arenales. Fuera de esta sección urbana, las pequeñas y grandes quintas ofrecían un paisaje de fulgurante verdor que enmarcaban a la pequeña Buenos Aires, que a principios del último tercio del siglo XIX, aun no había perdido su aire colonial. Se distinguían catorce barrios parroquiales; Catedral del Norte, San Miguel, San Nicolás, La Piedad, El Socorro, Pilar, Catedral Sur, Montserrat, San Telmo Concepción, San Cristóbal, Barracas, La Boca y Balvanera.

    El empedrado de las calles, solo era patrimonio de los barrios céntricos y se había realizado sobre los desechos orgánicos y a distintos niveles, que provocaban frecuentes inundaciones. En la iluminación de las calles más importantes se empleaba el gas y en las demás se utilizaba aceite. Las calles eran vigiladas por serenos; los de infantería actuaban en las zonas más pobladas y los de caballería, en los lugares más apartados. Aun podían observarse en esa época, los vestigios de los dos característicos zanjones, que habían demarcado la traza primitiva de la ciudad, sugestivos focos de infección y vehículos de propagación de enfermedades epidémicas.

    La ciudad estaba desprovista de un sistema de evacuación de inmundicias, y la distribución del agua era absolutamente insuficiente para las necesidades de su población, que aumentaba de manera sorprendente. Los edificios estaban construidos de tal manera que sus terrazas hacían posible el aprovisionamiento del agua de lluvia por medio de cisternas situadas en los patios, a la manera romana. Las casas particulares tenían pozos cavados en la primera napa. Los retretes eran formados  por pozos más o menos profundos que alcanzaban la napa de agua subterránea, a veces estancada, pocos estaban construidos en albañilería. Las aguas caseras corrían en los fondos o en los sumideros (especie de zanjones). El servicio de recolección de inmundicias y residuos servía para nivelar las calles y terrenos bajos de la ciudad. Estas condiciones de higiene no ofrecían mayores inconvenientes, en tanto el número de habitantes no fuera elevado; pero el aumento rápido de la población produjo un cambio radical.

    Entre las causas determinantes que influyeron en la propagación, debe mencionarse en primer termino la falta de higiene de la ciudad, la carencia de cloacas, la provisión insuficiente de agua y en malas condiciones, la obra de los saladeros, el relleno de las calles de la ciudad con residuos, la construcción deficiente de los retretes, cuyos líquidos contaminaban por sus infiltraciones el agua que luego era utilizada para el consumo. Se debe agregar quizás el hacinamiento de los pobladores en algunas casas. Algunos miembros de la comisión de higiene lograrían convencer a la población que los inmigrantes que vivían hacinados en los conventillos, eran los más propensos a enfermarse y a propagar tal terrible enfermedad.

 

Los Verdaderos Focos Infecciosos: El Saladero y el Riachuelo.

     Los saladeros fueron importantísimos focos de infección. Estaban sobre la margen derecha del Riachuelo y amenazaban permanentemente a la salud pública y en especial a la población de los barrios del sur. Su erradicación a parajes más alejados del centro de la ciudad, había sido la preocupación incesante de las autoridades y de la población, que veía en ellos la causa permanente de las enfermedades infecciosas. Durante la presidencia de Mitre se previó la posibilidad de remediar el problema; pero la solución se fue dilatando por intereses particulares. En enero de 1871, el Sr. Raggiero propuso la desinfección de los saladeros al Gobierno Provincial, mas su intento se estrelló contra la pasividad oficial. Por otra parte los saladeros arrojaban los desechos al Riachuelo y las materias orgánicas se descomponían y contaminaban las aguas.

    El lecho del Riachuelo, era un poderoso foco de infección, pues estaba constituido por gran cantidad de materias en estado de putrefacción; es decir era un basural líquido, que atentaba contra la salud de los porteños. Por esa causa, principalmente los barrios del sur fueron castigados por la peste.

    La progresista industria de la salazón de carnes auspiciadas por el virrey Vertiz, se extendió en diversos lugares de la ciudad, hasta mayo de1822, en que por decreto del gobernador Martín Rodríguez, refrendado por Bernandino Rivadavia, se dispuso que los saladeros se ubicaran a una legua de la comarca de la ciudad, distancia que con referencia al sur, debía medirse a partir del Riachuelo de Barracas.   

    La desaprensión de muchos de los gobernadores, que incluso tenían puestos sus intereses en estos emprendimientos, permitió el desarrollo industrial incontrolado, sin limitaciones higiénicas. La precariedad de las instalaciones carentes de maquinarias para facilitar la faena, con rudimentarios procedimientos en la matanza, contribuía al deterioro sanitario.

     El diario La Nación Argentina, en uno de sus editoriales, refiriéndose a los saladeros decía: “… el olor inmundo esparcido el domingo a la noche por toda la ciudad, ha venido a recordarnos que los saladeros del Riachuelo continúan con autorización del gobierno sus pestíferas faenas y a delatarnos la contravención de los saladeristas a las disposiciones que prohíben arrojar las aguas de cola, sin desinfectarlas previamente…”. Luego agregaba: “…el ambiente que se respiraba anteanoche, viene a darnos la razón que, o bien los desinfectantes empleados son impotentes para prevenir la corrupción de las aguas que se arrojan al Riachuelo o que no se hace uso de tales desinfectantes. De todos modos esta ahí y continua agravándose y haciéndose más terrible de día en día”. Añadiendo luego: “…con el calor que fermentara las materias inmundas de que es gran deposito el Riachuelo, habremos de morirnos asfixiados o respirar sus emanaciones que nos predisponen a contraer todo tipo de genero de enfermedades y entre ella la tan temida que no hace mucho sufríamos… (Refiriéndose a la epidemia de cólera)…”[6].

    La incuria de las autoridades frente al grave problema sanitario, incrementaba la critica de la opinión publica, exacerbada con las dos epidemias de cólera de los años 1867 y 1868, motivando un decreto, por el que se suspendían las faenas de los saladeros, al haber infringido estos las medidas prohibitivas, lo que no llego a concretarse ante la formal promesa de los saladeristas de ajustarse a las condiciones higiénicas exigibles. Se designó entonces una comisión integrada por Manuel Augusto Montes de Oca, Mariano Moreno y colaboradores. Luego de un minucioso estudio sobre la debatida la cuestión de los saladeros y las propuestas para resolver la situación, y analizado los proyectos, se determinó reiterar la prohibición de arrojar al Riachuelo los residuos y de enterrarlos, esparcirlos o acumularlos a distancia de la ciudad, y la orden de condicionar la acumulación de los residuos sólidos en los galpones adecuados. La comisión llamó seriamente la atención sobre el estado del Riachuelo, cuyo lecho tan corrompido, más que por sus aguas, por el cúmulo de materias orgánicas, obligaba a desobstruirlo y limpiar su fondo de las sustancias putrescibles acumuladas y facilitar la mezcla reciproca de sus aguas con las del rió de la Plata, con el cual suele estar incomunicado haciendo imposible la navegación de las más pequeñas embarcaciones.

    Por su parte los saladeristas en nota enviada el 22 de febrero de 1868, dirigida al ministro Avellaneda, manifestaban la imposibilidad material en cumplir las restricciones impuestas[7].

     Contemplando la opinión muy atinada de la comisión especial y la negativa fundada de los saladeristas, el gobierno de Adolfo Alsina, daba un nuevo decreto el 27 de septiembre de 1868, en que buscando evitar la interrupción de las tareas laborales, sin desoír lo aconsejado por la comisión especial, cuyos considerándoos apoyaba, permitía la reapertura de los saladeros en condiciones provisorias, o sea quemando diariamente los residuos sólidos de la matanza, incluso las materias excrementicias y parte sólida de la sangre y arrojando al Riachuelo el suero de la sangre y salmuera modificados. Para afianzar las medidas adoptadas, se requirió un pronunciamiento de la Legislatura provincial, motivando la sustanciación de la ley. Aceptándose como procedimiento inmediato, el método químico de Puiggari, convertidor de materias orgánicas en sustancias útiles para la agricultura, proyecto sancionado el 10 de octubre de 1868 y promulgado el 2 de noviembre del mismo año. A pesar de todo, a instancias de las inspecciones de los saladeros, que continuaban sin mayores cambios, el gobierno, en mayo de 1870, obligó a los saladeristas a construir hornos para la quema de las materias orgánicas y demás desechos a fin de evitar que se hicieran a la intemperie, y por lo tanto minimizar la contaminación ambiental.

    El diario La Nación decía en un severo editorial: “…teníamos un río magnifico, verdadera bendición de Dios, con aguas de virtudes medicinales y lo hemos contaminado, frente a la ciudad, con la corriente envenenada del Riachuelo…”. “Teníamos una corriente subterránea que daba muy regular agua. También la hemos envenenado con los pozos, sumideros y letrinas…”.

 

Buenos aires…tu pasado te condena (Antecedentes del brote epidémico)

    La terrible epidemia de fiebre amarilla de 1871, ya contaba con antecedentes oficiales en nuestro país desde el año 1852, y aun antes: ya había ingresado a nuestras fronteras causando numerosas víctimas y una preocupación transitoria de las autoridades.

    En Historia de la Universidad de Buenos Aires y su influencia en la Cultura Argentina (La Facultad de Medicina y sus Escuelas), del Dr. Eliseo Cantón, se expone que la epidemia era importada por navíos mercantes, procedentes de varios puertos de Brasil, agregando que hizo su segunda aparición en el mes de febrero de 1870, en verano y localizada en el centro de la ciudad, en el Hotel Roma, ubicado en la calle Cangallo, traída por un pasajero enfermo, llegado a nuestras playas en el vapor Piutou.

    Lo expresado con respecto a la aparición de la enfermedad en nuestros país mucho antes de 1870, se prueba de inmediato con la copia de la nota dirigida al señor Practicante Mayor Don Francisco Soler, en el año 1858, nota que viene a demostrar que además de la entrada de la epidemia en el año 1852, hubo brotes que también causaron sus víctimas y no fueron, sin embargo suficientes motivos para la adopción de serias medidas que reclamaba la ciudad en su aspecto sanitario y en relación al crecimiento registrado de su población.

    La voz de alarma, no cundió desgraciadamente, por lo que se puede verificar en la ciudad de Buenos Aires, y la gran improvisación hubo de pagarse muy caro al estallar la peste de 1871, que superó la capacidad numérica de los facultativos, la hospitalaria, la de los depósitos de medicamentos y farmacias, la propia de transportes, la concerniente a los servicios públicos y hasta de los cementerios, uno de los cuales se vió colmado, teniéndose que habilitar otro para cubrir la demanda (cementerio de la Chacarita, que eventualmente se clausuraría el 9 de noviembre de 1886).

     La epidemia de fiebre amarilla acontecida en Buenos Aires hacia el verano de 1870, fue la antesala de la de 1871. Ese brote se caracterizó por su pequeña mortalidad, pues el número de infectados no sobrepaso el centenar. Se inicio en el Hotel Roma e irradió a distintos lugares de la zona norte y sur de la ciudad. La población de Buenos Aires se calculaba en 190.000 habitantes. La asistencia medica se llevaba a cabo en hospitales públicos y privados, algunos de ellos: el Hospital General de Hombres, Hospital General de Mujeres, Hospital Militar de Retiro, Hospital de Hombres Dementes u Hospicio de San Buenaventura, Hospital de Mujeres Dementes y Asilo de Inválidos. Los nosocomios privados o de la comunidad eran los siguientes: Hospital Italiano (Caseros y Bolívar), Hospital Inglés (Defensa entre Caseros y Brown), Hospital Francés (Libertad al 200) y el Hospital Irlandés (en Riobamba y Tucumán)[8].

     La higiene publica se había descuidado y muchos factores conspiraban contra ella: calles angostas que constituían focos de infección a causa del empedrado realizado sobre desechos orgánicos, escasas plazas sin grandes arboledas en los barrios céntricos, mataderos insalubres donde se faenaban los animales en deplorables condiciones de higiene y mercados ubicados en locales antihigiénicos, sin el lavado diario obligatorio y donde se expendía la carne después de 24 horas de exposición, en pleno estío.

     El mes de enero de 1870 se caracterizo por ser caluroso y seco, con brisa fresca al atardecer, especialmente durante la primera mitad del mes, el cielo permaneció claro casi todos los días y la temperatura promedio alcanzo los 31 grados. Las enfermedades características del mes fueron la indigestión, cólicos, fiebres gástricas, enterocolitis, disenterías e inflamaciones en general. El Consejo de Higiene Publica, la Municipalidad, la Facultad de Medicina, la Junta de Sanidad y aun la policía eran las instituciones responsables a salvaguardar la higiene pública, pero la acción se encontraba trabada por la falta de recursos derivada de la despreocupación de las autoridades legislativas.

     La prensa porteña denunció el brote epidémico en la ciudad de Río de Janeiro. Prontamente la noticia se hizo pública, pero no cundió la alarma entre la población, ni tampoco las autoridades dispusieron medidas de precaución. Recién en el mes de febrero la gravedad del asunto se tomó en cuenta, cuando el cónsul general de la Republica Argentina en el Imperio de Brasil atestiguó la existencia de fiebre amarilla especialmente en las inmediaciones del puerto y la ciudad de Río. Por estas razones el gobierno nacional impuso una cuarentena de diez días a todos los barcos procedentes de esa ciudad.

    Cumplidas las visitas médicas de rigor y el periodo de cuarentena en el puerto de la ciudad, se concedía la “libre práctica” y los pasajeros podían descender a tierra.

 

El primer caso de fiebre amarilla.

     No obstante, el flagelo de la fiebre amarilla penetró en Buenos Aires por vía marítima desde Río de Janeiro, por medio de un barco francés que había concluido la cuarentena en nuestro puerto. Este caso produjo alarma a la Junta de Sanidad, al Consejo de Higiene Pública y a las autoridades nacionales y provinciales. Francisco Turett, de 25 años de edad, casado, que se había alojado en el Hotel Roma, empeoró hasta que la enfermedad hizo crisis el 22 de febrero. También se hizo saber que murieron otras seis personas: no hubo un solo foco de infestación, sino que simultáneamente se produjeron varios casos en distintas zonas de la ciudad. En los diarios porteños no se dio a publicidad este primer caso de fiebre amarilla, tal vez porque la enfermedad se consideraba superada o para no alarmar a la población que había sufrido de brotes de fiebre amarilla (1858) y de cólera (1867).

     Se sugiere en numerosos documentos que la Junta de Sanidad del Puerto de Buenos Aires cometió negligencia, estando justamente encargada de vigilar y resguardar a la población de estas epidemias. De la lectura de documentos y cartas de la época surgen indicios de irresponsabilidad criminal del Cónsul Argentino en Paraguay y por lo menos, una sospecha de negligencia grave, de un proceder burocrático e impropio de las circunstancias y sus deberes de los doctores Wilde y Mallo[9].

     “Señor presidente de la Junta de Sanidad del Puerto Central de Buenos Aires. Coronel D. José Maria Bustillo-escriben estos últimos- a fines de mayo de 1870  anunciándose por medio de los periódicos la aparición de la “fiebre amarilla” en Asunción del Paraguay y no teniendo esta junta aviso oficial para proceder en consecuencias, se dirigió al Sr. Cónsul General en aquella republica, doctor don Félix A. Benítez, pidiéndole se sirviera informar sobre el estado sanitario de aquel país.”[10].

    La contestación del Cónsul, aseguraba que no existía allí la “fiebre amarilla” por lo cual no se tomaron las precauciones de uso. Continuando con el informe de los doctores Wilde y Mallo: “…de todos modos la Junta, por el mencionado dato oficial quedaba al abrigo de toda inculpación que se le quisiera hacer por no imponer por entonces cuarentena a las procedencias del Paraguay”, con fecha del 22 de Junio de 1870. Prosigue este documento: “…el Consejo de Higiene de la Provincia puso en conocimiento del Señor Ministro de Guerra y Marina que el capital del vapor Taraguy se hallaba atacado de fiebre amarilla, habiendo desembarcado el 20 del mismo mes.[11] la superioridad ordeno en vista de esto que se estableciera cuarentena para las procedencias del Paraguay.

    Se dice concretamente, en este último párrafo, que es el Consejo de Higiene Pública el que toma esta determinación y no la Junta de Sanidad, que había fracasado en su cometido, puesto que el enfermo había desembarcado y tomado comunicación con la ciudad. Pero lo más extraordinario de este proceder, es que ni siquiera a partir de ese momento y ante semejante evidencia, la junta de Sanidad impuso cuarentena alguna a los buques que llegaban de Asunción con el siguiente argumento: “…excusamos recordar a V.S. que las Juntas de Sanidad están en la obligación de creer la palabra de los capitanes de los buques, los que tienen a su vez fuertes penas por faltar a la verdad”[12].Por esta razón y a pesar del peligro de muerte que amenazaba a la ciudad, la Junta de Sanidad no habría actuado. Los doctores Wilde y Mallo se conformaban con la declaración de los capitanes y ni siquiera inspeccionaban los barcos.

 

La epidemia de fiebre amarilla de 1871

     Desde su fundación hasta principios del último tercio del siglo XIX, la ciudad de Buenos Aires fue azotada por varias pestes que probaron la fortaleza de su población, el desempeño de las autoridades sanitarias, el heroísmo de algunos, que ofrendaron sus vidas en pro de la comunidad.

    Esta investigación está destinada a rememorar la epidemia más mortífera que registra la historia de la medicina Argentina, no solo sus eventos epidemiológicos, sino la repercusión política, social y ética. Esta peste histórica, que señaló el capitulo más trágico de la historia de nuestra ciudad, no fue casual, sino debida a una serie de circunstancias, tales como la procedencia de Asunción del Paraguay, su itinerario por la vía fluvial paranaense, la negligencia grave de la Junta de Sanidad del Puerto de Buenos Aires, el afincamiento en el barrio de San Telmo, la pérdida de tiempo y recursos en la innecesaria persecución de los inmigrantes y finalmente su propagación a través de los barrios parroquiales de Buenos Aires por el mosquito Aedes aegypti.

     La peste que diezmó a la población de Buenos Aires, en el primer semestre de 1871, había provenido de Asunción; se propago luego a la ciudad de Corrientes y finalmente, a través de la vía fluvial paranaense, penetró en nuestra ciudad, radicándose con toda cizaña en el barrio de San Telmo.

     En Asunción, el máximo apogeo se había producido en diciembre de 1870, propagándose luego a los pueblos ribereños del río Paraguay. Las noticias sobre la fiebre amarilla en el Paraguay creaban un estado de aprensión en los porteños. El 29 de diciembre de 1870, el doctor Luis Tamini, municipal del barrio de San Telmo, propuso el ensanche del Lazareto Municipal, como medida de precaución, en el caso de que se produjese una epidemia.

    No obstante las medidas tomadas por las autoridades sanitarias de la Capitanía de la Ciudad de Corrientes, el 9 de enero de 1871, el flagelo epidémico arraigó en esa ciudad mesopotámica, cuya población no sobrepasaba los 15.000 habitantes. De inmediato se estableció una cuarentena de 15 días para los barcos que partían hacia Buenos Aires y aquellos que hacían escala en Corrientes, a fin de contemplar todas las embarcaciones que tenían como destino el puerto de Buenos Aires. Sin embargo a veces se burlaban esas disposiciones, tal como aconteció con el vapor Columba, que habiendo partido de Asunción el 5 de enero, no tocó en los puertos argentinos del Paraná, y arribó a Montevideo, y desde allí siguió viaje hacia Buenos Aires.

     El 11 de enero, Arístides Cote falleció de tifus icteroide en el Hospital General de Hombres, pero al practicar la autopsia el Dr. Larrosa señalo que el deceso se había producido por una ictericia. Esta noticia provocó cierta alarma entre las autoridades sanitarias, a tal punto que la Municipalidad ordenó la construcción de dos pabellones en el Lazareto Municipal y dictaminó que se practicaran las visitas domiciliarias en las casas de inquilinato, bodegones y fondas y en cualquier lugar donde hubiera hacinamiento, imponiéndose multas a los infractores.

     En la segunda semana de enero, la población comenzó a intranquilizarse, pues había la alarma de que existía cólera en la ciudad. Una noticia periodística fue premonitoria de la entrada de la fiebre amarilla: “las defunciones habidas ayer, 19 de enero, dentro del municipio ascienden a 40.  Desgraciadamente esto hace creer que estamos propensos a ser amagados por algún flagelo, pues en épocas normales, el número de defunciones rara vez excede de 28 a 30 individuos”. Las primeras víctimas de la fiebre amarilla de 1871, tuvieron lugar en dos manzanas del barrio de San Telmo, las viviendas situadas en las calles Bolívar 392 y Cochabamba 113, primeros focos de iniciación y propagación de la mortal epidemia[13].

    En Bolívar 392, pequeño inquilinato de 8 cuartos de material, la fiebre amarilla atacó sin piedad a una familia. El italiano Ángel Bignollo de 68 de años de edad y su nuera Colomba de 18 años, contrajeron la enfermedad siendo asistidos por el Dr. Juan Antonio Argerich, quien no pudo detener el desenlace fatal, que se produjo el 21 de enero. En el certificado de defunción el Dr. Argerich expresó que el deceso del primero se debía a una gastroenteritis, y el de la segunda a una inflamación de los pulmones. Ese diagnóstico, expresado erróneamente a sabiendas, tuvo la finalidad de no alarmar a los inquilinos de la casa y a los vecinos del barrio; pero en la notificación que Filemon Naón, comisario de la Sección 14, elevara al jefe de la policía, Enrique Gorman, se expreso que ambos eran casos de fiebre amarilla.

    El excesivo calor, la gran sequía que asolaba a la ciudad y las deficientes condiciones sanitarias, favorecieron el desarrollo del mosquito Aedes aegypti por los barrios de la ciudad. Las autoridades sanitarias, comisiones de higiene y los facultativos comprometidos con la salud pública, ignoraban al enemigo oculto, del cual poco se sabía y nada se sospechaba.

    La Comisión de Higiene de San Telmo solicitó a los vecinos del barrio, el cumplimiento de las siguientes medidas higiénicas:

1) Hacer fogatas con maderas, alquitrán y otros combustibles, cuyo humo no sea nocivo, para desinfectar la atmósfera.

2) Blanquear las viviendas interiores y exteriores.

3) Desinfectar y asear las letrinas con cal.

    En la sesión del 7 de febrero, la Municipalidad acordó que los cadáveres de los amarílicos fuesen inhumados en el Cementerio del Sud, seis horas después de ocurrido el deceso. Se prohibieron las inhumaciones de los apestados, en el Cementerio del Norte. El 9 de febrero la peste salió de su foco primitivo y prosiguió su marcha por toda la ciudad.

 

Desalojo de los inquilinatos y persecución de los inmigrantes.

     La Comisión Popular, atenta a los nacimientos de los distintos focos de la peste, había verificado que estos se relacionaban con los lugares en que existían aglomeraciones humanas. El articulo publicado por el diario La Nación, de fecha 5 de Marzo de 1871, intitulado La mortalidad y sus causas, decía: “… la fiebre ha buscado el punto de mayor aglomeración y desaseo y lo ha atacado sin piedad. Inmediatamente que se han hecho cesar las causas de la propagación, la peste ha desaparecido encerrándose de nuevo en su guarida primaria. Sabido es que un nuevo foco de peste se había anunciado en la calle Paraguay, entre Artes y Cerrito. Averiguando el hecho, resultó que el lugar atacado, teniendo capacidad para cincuenta personas, alojaba trescientas veinte. Pero había algo peor… con un objeto que no es fácil adivinar, el locador o dueño de esa casa no consentía que se sacasen las basuras que se hacían diariamente en ella, que no serían pocas ni de buena calidad. Iba amontonando en el fondo de la casa donde hacia 10 meses que se estacionaban, por manera que, cuando se sacaron, fue necesario ocupar 10 grandes carros de los que hacen el servicio municipal. Allí dio su asalto la fiebre amarilla, atraída sin duda por los inmundos efluvios de aquella atmósfera, y la primera victima que hizo fue el mismo dueño o arrendatario de la casa, en seguida fue atacada su mujer y murió…”

    El día 9 de marzo, a 4 días de la aparición del articulo de La Nación, en un acuerdo entre las autoridades del Municipio, la Comisión Popular y el Gobierno, se dispuso proceder al inmediato desalojo de todos los conventillos de la ciudad, en el término de cinco días, y bajo la pena de que pasado el tiempo y no cumplida la disposición, se emplearía la fuerza publica.

     Mientras aumentaban las víctimas de la epidemia de fiebre amarilla, los miembros de la Comisión Popular recorrían los barrios más afectados, echando a la calle a todos los habitantes de los inmuebles donde aparecía el terrible mal. Especialmente  encargados de la misión fueron Juan Carlos Gómez, Domingos Cesar, Manuel Argerich y León Walls. A veces eran acompañados por miembros de la Comisión de Higiene, y siempre por un piquete policial con orden de actuar cuando surgían dificultades. La mayoría de las veces la resistencia era mucha. No solo se desalojaban los inquilinatos, también se incineraban todos los mubles, ropas y demás cosas que hubieran estado en contacto con los enfermos.

    Fueron los conventillos los que padecieron este tipo peculiar de requisa. Los pobres inmigrantes allí hacinados, recién llegados al país y medio muertos de miedo por el espanto que los rodeaba, recibían la visita de la nutrida comisión, con la que apenas podían entenderse las más de las veces por desconocer el idioma. Los desdichados, desarraigados, perdidos en medio de la locura en que se hallaban sumergidos, contemplaban entre desolados y temerosos a esos señores que les impartían órdenes, incomprensibles la mayoría de las veces. Cuando comenzaban las requisas, los echaban a los empujones a la calle, casi siempre sin dejarles recoger sus pertenencias. Es natural que se resistieran, que gritaran, que intentaran salvar lo poco que tenían. Pero todo cuanto había en la casa estaba condenado a ser quemado.

    El conventillo era encalado, desinfectado y luego cerrado. Los comisionados y la policía se iban y quedaban los inmigrantes en la calle librados a su suerte.

    Como la mayoría de los inmigrantes eran italianos, hubo verdadera saña contra ellos. Una prueba de psicosis colectiva anti-italiana la ofrece el historiador norteamericano Alison William Bunkley, al decir: “…se culpo de la epidemia a los inmigrantes italianos. Se los expulsó de sus empleos. Recorrían las calles sin trabajo, ni hogar, algunos incluso murieron en el pavimento, donde sus cadáveres quedaban con frecuencia sin recoger durante horas. Había un gran pedido de pasajes para Europa. La compañía Genovesa vendió 5.200 pasajes en quinces días…”[14]

 

 

Escenas trágicas

      A mediados del marzo, se había producido el éxodo de las dos terceras partes de la población de San Telmo. Las familias y comerciantes abandonaban sus hogares y huían despavoridos hacia pueblos de campaña, olvidando a veces en el apresuramiento, cerrar las puertas de las viviendas. Por esta causa fue incesante la actividad cumplida por el personal de la Comisaría 14, a cuyo frente se hallaba el comisario Lisandro Suárez. Permanentemente, durante el día y la noche, el personal policial recorrían las calles, y al encontrar una casa abandonada la cerraba con candados, remitiéndose la llave al jefe de la policía. Poco a poco, San Telmo se despoblaba  por la peste, y ese barrio tan dinámico se volvía sombrío a medida que la fiebre amarilla penetraba en sus casonas, convertidas en grandes inquilinatos. Gran cantidad de casas estaban abandonadas, expuestas a la voracidad de los ladrones.

     En la madrugada del 17 de marzo, Manuel Domínguez, sereno de la manzana 72, notó que la puerta de la casa situada en la calle Balcarce 384 estaba abierta. En cumplimiento de su deber llamó, y al notar que nadie contestaba, penetró en el inquilinato, y encontró el cadáver de una mujer, con una criatura de pecho, mamando.

    Condolido ante esa situación, el sereno levantó al niño y lo entregó al ayudante quien lo remitió al departamento de Policía. La madre se llamaba Ana Cristina, residía con su marido enfermo en el barrio de la Boca, del cual había sido conducida en el carro de pobres a la casa antedicha, que estaba abandonada. Esta trágica escena pudo haber motivado al famoso cuadro de Blanes.

    Al tiempo que el gobierno nacional y el provincial decretaban feriado hasta fin de mes, la Comisión de Higiene decidía finalmente adoptar la grave medida de aconsejar al abandono de la ciudad. Era una cumplida demostración de impotencia ante la calamidad reinante, y si bien ya Buenos Aires estaba semivacía, la actitud de las autoridades, aumentó el pánico. Ya el 9 de abril el diario La Nación aconsejaba desde su editorial el éxodo de la ciudad.

    El editorial pintaba exactamente la triste realidad que se vivió en abril de 1871. El consejo de evacuar llegó tarde, cuando la ciudad ya estaba evacuada a medias y desordenadamente pero, si bien agravó la fuga, las autoridades tomaron medidas para alojar a los fugitivos. El gobierno provincial ya tenia listos, aquel 11 de abril, cien vagones del Ferrocarril Oeste en Moreno, dispuestos para alojar a familias pobres y preparaba otros cien en Merlo, además de setenta carpas en San Martín (hoy Ramos Mejía). A su vez, la Comisión Popular dispuso la preparación de casillas de emergencia.

     En la primera quincena de abril, el terror epidémico había penetrado en los hogares porteños. El abandono de las casas y la huida de las dos terceras partes de la población, en la cual se contaban legisladores, funcionarios de gobierno, miembros de la Corte Suprema de Justicia y profesionales diversos, constituyeron la prueba fehaciente de la excesiva mortandad. Desde el 30 de marzo hasta el 13 de abril, fueron inhumadas 5.377 víctimas de la epidemia.

     El progreso de la epidemia, el abandono de la ciudad de unos 62.000 habitantes, que habían huido presas del terror, la feria declarada a las actividades administrativas, con excepción de los indispensables organismos del estado, la clausura de las escuelas y de las iglesias, el cierre del puerto, transformaron a Buenos Aires en una gran aldea silenciosa.

    A pesar que se expendían pasajes gratuitos para salir de la ciudad, es indudable que la falta de transporte se debió principalmente al apuro. La enfermedad dio motivos de sobra para que algunos inescrupulosos obtuviesen dinero, haciendo pagar traslados a un costo extraordinario, o exigiendo fortunas por el pago de ranchos miserables a las afueras de la ciudad. Las casas abandonadas ya habían provocado la codicia de numerosos ladrones. Muchas familias, a su regreso, encontraron sus casas virtualmente saqueadas.

    A mediados del mes de abril, la epidemia comenzó a declinar, y en mayo la población regresó a Buenos Aires, a sus casas, con la esperanza de volver a su vida cotidiana.

 

 A modo de conclusión

      Hacia 1871, cuando Buenos Aires comenzaba a cambiar su fisonomía colonial por la de una metrópolis moderna, el flagelo de la peste se abatió sobre la ciudad. La epidemia tuvo pronto sus mártires y sus héroes, sus momentos trágicos y sus anécdotas.

    No por azar la fiebre amarilla azotó Buenos Aires. Distintos factores decretaron la desgracia: las obras de salubridad inexistentes, viviendas precarias, escaso o nulo control sanitario, y una casi actual despreocupación oficial por el bienestar de la población.

    De los habitantes de la ciudad, 14.000 aproximadamente perecieron. Nunca como entonces la igualdad ante la muerte se hizo tan evidente. Noches y días, carros fúnebres llevaban montañas de cadáveres, que saturaron el Cementerio del Sur, y demandaron la creación del de la Chacarita. La Reina del Plata cayó estoicamente durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento.

    En San Telmo se vieron los primeros casos de fiebre amarilla, en enero de 1871, propagándose rápidamente a los barrios de Monserrat, Balbanera, San Nicolás, San Miguel y Catedral al Sud. La hipótesis más cuestionada era que los soldados que regresaban de la guerra del Paraguay, como así los inmigrantes enfermos, propagaban el mal. No se conocía la etiología del flagelo, y la inoperancia terapéutica colmaba los limites razonables, se suministraba quinina a altas dosis, diaforéticos, revulsivos cutáneos, tónicos amargos y hemostáticos...

     Creado el cementerio de la Chacarita, el Ingeniero A. Ringuelet instaló las vías de un ferrocarril que llevara los casos fatales desde Centro América y Corrientes, transportados por “La Porteña”. Hospitales y lazaretos trabajaron a ritmo agotador, morían médicos y enfermeros, mientras se arbitraban medidas desesperadas. La Cruz de Hierro, primera orden de caballería argentina, fue destinada a honrar a los conductores de la defensa civil. Los ejemplos de altruismo se multiplicaron.

    Se imputó injustamente el desarrollo de la epidemia al hacinamiento en los conventillos, y quizás con más verdad, al sucio Riachuelo y a los saladeros. Estas circunstancias fueron potenciadas por lluvias persistentes, con la formación de pantanos, y un calor intenso, que favorecieron la proliferación del mosquito, real responsable de la epidemia, de quien aun no se sospechaba.

    En el mes de junio, la fiebre amarilla se alejó para siempre. El gobierno proclamo su mea culpa, y se impulsaron las medidas de salubridad y saneamiento que, de haberse adoptado antes, sin duda hubieran impedido en mucho la propagación de la enfermedad.

 

 

Bibliografía empleada


 


1) JUAN MANUEL BLANES: Nace en Montevideo en junio de 1830 en el seno de una familia modesta. Tempranamente revela afición por el dibujo, el que no abandona a pesar de sus múltiples actividades. Finalizada la Guerra Grande pasa a instalar un taller en Montevideo y comienza a ganarse el sustento pintando retratos. Por problemas familiares se traslada a Salto y de ahí a Entre Ríos donde pinta para el General Urquiza los cuadros de sus victorias militares, retratos familiares y motivos religiosos.
     Convencido de su necesidad de formarse, solicita al gobierno uruguayo una beca a Europa, la que le es concedida en 1860. Es el primero de una serie de viajes al viejo continente, en los que incluirá con posterioridad Medio Oriente. Sus cinco años en Europa se centran en Florencia con el maestro Antonio Ciseri de neta filiación academicista, que marcará su obra posterior. Vuelve a Montevideo entre 1865 y 1879. Realiza algunos de sus grandes cuadros de tema histórico o de actualidad y su fama se divide entre Montevideo, Buenos Aires y Santiago de Chile.

     El 8 de Diciembre de 1871, los porteños asistieron a un acontecimiento que los conmovió profundamente. Ese día, en el foyer del viejo Teatro Colón (ubicado frente a la histórica Plaza de Mayo), Blanes, de 41 años de edad, presento al público su tela “Episodio de la Fiebre Amarilla”. Había sabido expresar sustancialmente la miseria, el horror y el heroísmo de aquellos aciagos días. Alguna vez alguien se preguntó si el trabajo de Blanes había sido solo una idealización, pero se corrobo la veracidad del episodio al saberse del parte policial del Comisario Lisandro Suárez de la sección 14. Representa el momento en que los doctores Roque Pérez y Manuel Argerich, presidente y vocal, respectivamente, de la Comisión Popular, penetran en una habitación de conventillo donde hay una mujer joven, muerta en el suelo, junto a un bebé que pugna por alimentarse de su pecho. El episodio parece haber ocurrido el 17 de marzo de 1871; se sostiene que la mujer, italiana, se llamaba Ana Bristiani, y estaba sola con su hijo en ese conventillo de la calle Balcarce de Buenos Aires, pues su marido se encontraba en la Boca del Riachuelo.
     El dibujo es naturalista. En la distribución de la luz es un académico preocupado por aislar los colores puros en medio de ocres y grises. Con Blanes la historia nacional se convirtió en tema, con su obra despunta la pintura republicana y por ello fue llamado "el pintor de la Patria". La seriedad historicista con que realiza su tarea queda demostrada en su correspondencia, buena parte de la cual está destinada a solicitar información minuciosa para documentarse antes de emprender sus cuadros históricos. También el paisajismo uruguayo se inaugura con Blanes. No recurre al paisaje en un sentido estricto, ya que éste constituye para él en telón de fondo de sus escenas y nunca en protagonista. Alcanza también renombre a través del retrato, inscripto en estricta escuela academicista. Muere en Italia, en 1901
(Scenna Miguel Ángel. Diario de la Gran Epidemia, Historia desconocida de un Cuadro Famoso, en Todo es Historia, Año 1, Número 8, Diciembre de 1967)

[2] Se ha incriminado con acritud a la Comisión Municipal acusándola de ocultar la verdad para no deslucir los inminentes festejos de Carnaval, que entonces eran algo serio, casi sagrado, sumamente populares, celebrándose ruidosamente y a lo grande. Lo cierto es que el pueblo porteño dejó de lado los temores y se divirtió entre bailes, corsos y comparsas. “las fiestas arrecian y la fiebre se olvida. Los excesos rendirán su fruto…” por lo tanto, las fiestas de carnaval se suspendieron una vez terminadas… (Scenna, Diario de la Gran Epidemia..., p12.

[3] Idem, pp 26/27

[4] Martín, Ernesto, Fiebre Amarilla, Modo sencillo para curarse uno mismo, Bs.As.,1871, p 11

[5] Wyngaarden Cecil y col.. Medicina Interna

[6] La Nación. Buenos Aires, 16 de Febrero de 1871, Nota de la Editorial. Micro Films del Congreso de la Nación Argentina, Biblioteca del Congreso Nacional, Sección Hemeroteca.

[7] La Nación. Buenos Aires, 23 de Febrero de 1871, Nota de la Editorial.”La libertad y los saladeros”. Micro Films del Congreso de la Nación Argentina, Biblioteca del Congreso Nacional, Sección Hemeroteca.

[8] Jankilevich, pp 85-98

[9] Idem, p 107

[10] Ibidem.

[11] Idem, 108.

[12] Ibidem

[13] Scenna, Diario..., p 12

[14] Scenna, Cuando Murió Buenos Aires: 1871