Editorial

"SI ALGUIEN
LE ENCONTRÓ
SENTIDO A LA VIDA,
POR FAVOR,
ESCRÍBALO ACÁ"

 

    El martes 28 de septiembre, un jovencito de quince años fue al colegio, en Carmen de Patagones, al sur de la Provincia de Buenos Aires, llevando la pistola reglamentaria de su padre, efectivo de la Prefectura Naval, y disparó en el aula contra sus compañeros, matando a algunos e hiriendo gravemente a otros. Este episodio consternó al pueblo argentino, y dio rienda suelta a una nueva andanada de superficialidades, potenciadas por los medios masivos de difusión.

    Parece que el muchacho era depresivo y hosco, que se vestía de negro, que exteriorizaba pensamientos suicidas, y escuchaba a cantantes de letras violentas. Dicen que sus compañeros se burlaban de él, o lo despreciaban, pero que para padres y maestros era un adolescente normal, buen alumno, y no mayormente merecedor de atención especial. Entonces aparecieron los echadores de culpas sencillas. Que todo se debe a la música "metálica", que es por los atuendos que vestía, que los profesores debieron haber previsto el peligro, que cómo pasó desapercibida su situación en el hogar...

    Y hubo voces en respuesta. Porque todo aquello es cierto, pero también lo es que en la Alemania de Hitler no había televisión (y la radio no era violenta), que los asesinos del gobierno militar argentino no escuchaban música metálica, que los monstruos del Ku Klux Klan vestían de blanco, y muchísimos buenos sacerdotes de negro, que las hordas que masacraban juderías en la Europa de antaño no jugaban a los juegos electrónicos, y que tanto Goethe, como Cicerón y Séneca, entre millares, miraban con cierta simpatía al suicidio.

    Personalmente, hay coros en los que no canto. Porque me gusta bastante la música metálica (sobre todo algunos grupos), y me encanta vestir de negro, y he llevado varias veces el cabello largo hasta la espalda, y he sido siempre un defensor del derecho de cada ser humano a disponer sobre su vida. Pero jamás he tenido en mis manos un revolver, ni una pistola, y sólo empuñé, muy a disgusto, las armas militares que se exigían para satisfacer las "condiciones de tiro" de la conscripción obligatoria. Y pido a Dios que me permita discurrir toda la vida sin jamás lastimar a otro ser humano. Así que hay predicados que no me los creo...

     He escuchado las canciones de Marilyn Manson, y reconozco que sus letras no me agradan, y en general no las comparto, pero no todas son violentas, y muchas mueven a pensar y criticar, lo que es más bien necesario en la juventud, y bastante escaso, por cierto. Todavía me siguen resultando infinitamente más incitantes a la agresividad las óperas de la Tetralogía wagneriana, que me gustan muchísimo, desde que mi querido padre me las inculcara en mi niñez ("y pensar que en Israel esto no se escucha", murmuraba, entrecerrando sus semíticos ojos). Y, por cierto, los prisioneros de los campos de la muerte, al descender en Auschwitz de los trenes fatídicos, no era rock lo que escuchaban, sino la "Cabalgata de las walkirias".

    Como docente, que lleva un cuarto de siglo en las aulas, que se ha nutrido y se nutre cada día con la savia vivificante de las mentes jóvenes, que abre los pulmones ávidos a los vientos fecundos de esas miradas nuevas, de esas cosmovisiones diferentes, de esas sonrisas y ceños de amanecer y esperanza, creo que episodios como este tan doloroso de Carmen de Patagones convocan, no a un concurso de explicaciones baladíes y de respuestas veloces, de imputaciones fugaces e índices airados, sino a un replanteo serio y profundo de nuestros parámetros sociales, culturales, económicos, políticos... Y cuando digo "nuestros", queridos amigos lectores, que nadie interprete "argentinos", porque éste es un problema universal.

    Creo que debe asumirse que hemos edificado una civilización vacía, carente de valores y de trascendencia. Dicen que el jovencito había escrito en su pupitre estas frases:  "La mentira es la base de la felicidad",  "Lo más sensato que podemos hacer los seres humanos es suicidarnos", y "Si alguien le encontró sentido a la vida, por favor, escríbalo acá". Se trata de aforismos de una profundidad enorme, obra de una mente tan angustiada como aguda, tan certera como desesperada... ¿Sabría este chico cuántos reflejos de Schopenhauer, de Kierkegaard, de Nietzsche, había en esos terribles predicados? Muchos, muchísimos más, que de Marilyn Manson, sin duda alguna: y Schopenhauer, Kierkegaard y Nietzsche se estudian (y está bien que así sea) como bibliografía de los programas oficiales de las escuelas de todo el planeta...

    "La mentira es la base de la felicidad". ¿No es ese el mensaje que recibe cualquier persona mínimamente pensante en nuestras sociedades? La "felicidad" que se vende y se consume, esa felicidad de cotillón, de fotografía de tapa, esa felicidad de los ricos y famosos, de los hermosos y exitosos, de las modelos bien pagadas y los políticos electos... ¿no está basada, acaso, en las más descarnadas, obvias y punzantes mentiras? ¿Por qué esos "felices" se drogan, se dan a conductas perversas, cambian de parejas hasta el hartazgo, se quitan la vida directa o sutilmente? ¿Puede negarse la realidad de este aserto nefasto?

     "Lo más sensato que podemos hacer los seres humanos es suicidarnos"... ¿Y no es eso, acaso, lo que estamos haciendo? De maneras solapadas, subterráneas, clandestinas a veces... Contaminando los mares, talando los bosques, agujereando el ozono, pudriendo las tierras, volcando desperdicios ominosos en los ríos, y empleando artefactos cancerígenos en aras del progreso... ¿No está la mitad del mundo matando de hambre a la otra mitad, sin mosquearse un ápice, sin remordimientos ni conciencias? ¿Y no es eso, visto desde la óptica de la Humanidad, un colosal suicidio? ¿No son suicidios los atentados terroristas, las invasiones vengadoras, las represiones salvajes, las torturas institucionalizadas? ¿No es suicida la supuesta deuda externa?

    En otras palabras, si la vida fuera como los gurúes del mercado la pintan, como la publicidad nos la ofrece, como las pantallas nos la describen, como los carteles nos la prometen, si esa fuera la razón del mundo y de nuestra especie, si esa fuese la teleología de la evolución, desde las amebas hasta Neruda, desde los paramecios hasta Einstein, desde los trilobites hasta John Lennon, entonces... ¿qué más sensato podríamos hacer que suicidarnos?

     "Si alguien le encontró sentido a la vida, por favor, escríbalo acá", pidió el muchacho de negro... ¡Ay! Sus quince años, bien se nota, estaban vacíos de Cristo, de Buda, del Mahatma, de Erich Fromm, de Fray Luis de León, de Víctor Hugo, de Salgari, de San Francisco de Asís, de Alejandro Dumas, de Maimónides, del Arcipreste, de Kipling, de Mandela, de Dickens, de Ghibrán, de Saint-Exupery, de Juan  Pablo II, de Cronin, del Dalai Lama, hasta de Paulo Coelho, de Serrat y de Paul Mc Cartney. Y de tantos otros...

    Ojalá pueda este chico tan triste viajar algún día a Toronto, y entonces ver, en la Avenida de la Universidad, a la entrada del Hospital para los Niños Enfermos, la escultura que una artista canadiense dedicó a la memoria de su hijito, fallecido en esa institución, a pesar del esfuerzo de los galenos. Porque se trata de un gran banco de bronce, un banco redondo de plaza, con miles de inscripciones de paz y de amor, en infinidad de idiomas y caracteres, provenientes de seres humanos sencillos, ignotos, de todos los rincones del orbe...

    ¡Escuchemos el ruego de este muchacho! ¡Los que hemos encontrado sentido para la Vida, escribámoslo! En todos los pupitres, en todas las aulas, en todos los periódicos, en todas las almas. Gritémoslo felices, sin estridencias, sin soberbia alguna, pero con profunda simpatía, para que nos escuchen nuestros jóvenes. Para que sepan que la verdadera felicidad no se basa en la mentira, pero no es, ciertamente, la misma que les quieren vender en cada esquina. Que los humanos tenemos cosas mucho más sensatas para hacer que suicidarnos, porque la Existencia es algo hermoso, si se la encara como una gesta de amor y trascendencia, de combate por un mundo mejor, sin discriminaciones ni odios, sin hambre ni misiles. Sin pistolas.

    Padre Nuestro, Abinu, recoge por favor en tu seno el alma suave de los chicos que estas balas tan sin sentido te entregaran, y ayúdanos, creamos o no en ti, a edificar una Tierra de Vida, donde los pupitres, tallados por los adolescentes, griten de alegría: "La Verdad es la base de la Felicidad", "Lo más sensato que podemos hacer los seres humanos es Vivir como hermanos", y "Si alguien no le encontró sentido a la vida aún, por favor, pregúntemelo".   

    Muy cordialmente,

                                        Ricardo Rabinovich-Berkman