EL DERECHO
EN EL TEATRO
DE JUAN RUIZ
DE ALARCÓN

Un jurista dramaturgo,
apasionado
por las cuestiones humanas

 

(Última Parte)

 

por Ricardo D. Rabinovich-Berkman

 

8. REFERENCIAS AL DERECHO PENAL

         Difícil es que en obras del tipo de las alarconianas no aparezcan menciones a instituciones del campo penal, desde muy distintos ángulos. Estas, si bien restringidas en especial a algunas de las piezas, son sin embargo a veces sumamente ricas.

         Comencemos por este jugoso diálogo entre Don Juan y su siervo Beltrán, la divertida pareja de pillos de No hay mal que por bien no venga, que se encuentran aquí dedicados a planear un robo. Nótese que, en las cuitas del secuaz y en las seguridades que, fundado en su poder y nombre le da el taimado jefe, se halla plasmada una situación que la Historia real ha visto y sigue viendo una y mil veces, inclusive muy cerca y hace poco:

        

         "Beltrán: Mas, ¿qué será vernos presos

         por ladrones declarados?

         Don Juan: Calla. ¿Quién se ha de atrever

         a mi sangre y valor?

         Beltrán: Claro está. Yo soy, señor,

         sólo quien ha de correr

         ciento de rifa, que soy

         lo más delgado.

         DJ:                       Eso fuera

         si seguro no te diera

         el amparo que te doy"[290].

 

         Conceptos muy relacionados con la temática del poder frente al ordenamiento jurídico, a la que ya hiciéramos extensa referencia. Así como aparece esta cuestión vinculada con la del honor, sus códigos consuetudinarios, y su forma de “reparación”, en este diálogo entre el galán Don Fernando y el poderoso Marqués, en Ganar amigos:

 

“Don Fernando: Un hombre he muerto,

Y el lugar alborotado

Cierra las puertas furioso,

Y airado sigue mis pasos.

Marqués: ¿Fue bueno a bueno la muerte?

DF: Los dos solos desnudamos

Cuerpo a cuerpo las espadas,

Y el otro fue el desdichado.

M: Siendo así, yo os libraré”[291].

 

Nótese que el Marqués, antes de brindar su amparo (léase, impunidad) al homicida, lo examina sobre las características del entrevero, para ver si se adecua o no a los cánones de la sociedad caballeresca. El veredicto resulta positivo. Todo lo cual muestra la preeminencia de un sistema de normas sociales paralelo al jurídico, y contrario a éste, que acaba por reemplazarlo, basado en el mero poder de hecho. El choque entre ambos ordenamientos se dará en este diálogo que sostienen el Marqués, que representa al sistema paralelo, y el Rey (no por casualidad Pedro el Justiciero):

 

“Rey: Mas, ¿tenéis del agresor

Noticia? Que solamente

La pena del delincuente

Dará alivio a mi dolor.

Marqués: Hasta ahora se ha ignorado

El homicida; mas yo,

Puesto que ya sucedió

El daño, y que está probado

Que desnudaron los dos

Los aceros mano a mano,

Y dar a mi triste hermano

Menos dicha quiso Dios,

Sólo me holgara, señor,

Que el agresor apareciera

Para que a vos os sirviera

Un hombre de tal valor”[292].

 

         Para blanquear la situación del asesino de su propio hermano, el Marqués trae a colación, al Rey que es símbolo viviente del ordenamiento jurídico “oficial”, las normas del sistema paralelo, justificando la conducta del sujeto, hasta el extremo de que, quien para la estructura “positiva” es un “agresor” y un “delincuente”, para la alternativa se transforma en “un hombre de tal valor” que merecería gozar del favor del monarca, y servirlo en un puesto aventajado. Sobre el resultado de ese diálogo, conversan luego Don Fernando (el matador) y su siervo Encinas:

 

“Don Fernando: ¿Que el Marqués pidió a su alteza

el perdón del homicida?

Encinas: Así dicen.

DF: [...] Y el Rey, ¿qué le respondió?

E: Con severidad esquiva

Dijo sólo: Bien está.

Ya conoces su justicia”[293].

 

         Es decir que, al parecer, aunque se trata del mismísimo Rey Justiciero, vence el sistema paralelo frente al oficialmente vigente. Y eso a pesar de que el monarca es un verdadero histérico punitivo, que llega a exclamar cosas como ésta:

 

“Tanto a castigar me incito,

Que sé, si nombro el delito,

Que no podré perdonarlo”[294].

 

         Otro momento de crisis entre ambas estructuras normativas se da cuando Don Pedro, deseoso de pagar al Marqués, que se halla preso y reo de muerte, los favores que le debe, se presenta en la cárcel para liberarlo:

 

“Don Pedro: La vida y la libertad

He de daros.

Marqués: Para hacerlo,

¿Qué imagináis?

DP: Pues el sello

Tengo de su majestad.

Sacaros de la prisión

Quiero con él, y quedar

Yo en ella, para mostrar

Que es amistad, no traición,

Por quien cometer ordeno

Tal error contra su alteza”.

 

        Es decir, que violará, en aras del código no escrito de principios caballerescos, las leyes vigentes, pero lo hará de tal modo que su conducta, a su vez, se inscriba dentro de esos cánones. Mostrará al Rey y a todos “que es amistad, no traición” lo que lo ha movido a “cometer tal error”. La amistad, valor del sistema paralelo, será su justificativo, aunque se expone, por haber afrontado al ordenamiento “vigente”, a perder la vida. Y el Rey, que está escondido, observa: “Agradezco la fineza si la deslealtad condeno”[295].

Lo cierto es que el enfrentamiento entre ambas respuestas en esta pieza se va haciendo tan arduo (recordemos que es una obra de argumento muy complicado), que no parece haber una solución de desate semejante nudo. Pero Alarcón lo resuelve, no tanto como dramaturgo cuanto en su carácter de jurista hábil, haciéndole decir al Rey:

 

“De justiciero me precio;

No he de serlo menos hoy:

Justicia tengo de hacer,

Y premiar vuestro valor.

Al que es único en un arte

Útil a las gentes, dio

La ley de cualquier delito

Por una vez remisión;

Que el Derecho prevenido

Más conveniente juzgó

Conservar el bien de muchos

Que castigar un error.

De vosotros pues cualquiera

Es tan único en valor,

Que niega a los mismos ojos

Crédito la admiración.

Pues, ¿cuál arte puede dar

A un reino fruto mayor

Que el valor, pues por los cuatro

Miro yo en mi sujeción

Las cuatro partes del mundo?

Luego bien pruebo que os doy

La libertad por Derecho,

Y por justicia el perdón”[296].

 

Es un giro agudísimo. El monarca recurre a una institución “oficial”, tomada del ordenamiento establecido, para habilitar las soluciones que surgirían del sistema alternativo. Las normas positivas quedan a salvo, y la sensibilidad nobiliaria no se duele, porque se respeta de hecho la respuesta paralela, aunque formalmente no parezca recurrirse a ella. Por supuesto, el perdón de las penas por razón de la utilidad pública del condenado no estaba destinado a este tipo de casos, y sólo con tenazas y enorme esfuerzo puede efectuarse la interpretación que Pedro I vierte. Además, a la postre, el Justiciero acaba reconociendo el “valor” de estos delincuentes, que surge de sus conductas contrarias al Derecho establecido, que aquél tanto proclama defender.

         A la pena de destierro (normalmente traída a cuento por Alarcón sólo en las obras ubicadas en tiempos más antiguos) se refiere este tramo de Los favores del mundo:

 

"Príncipe:              Salid

al momento de Madrid.

García: ¿Para adónde?

P: Salid luego, y cuanto más lejos vais,

me daré por más servido.

G: Señor...

P:       Ya estoy ofendido

de que partido no hayáis[297].

 

         La obra más sabrosa en el aspecto penal es, como lo adelantara, El tejedor de Segovia. Las referencias a las prisiones y medios generales de asegurar a los reos son variadas y clarísimas. Así, se asombra Garcerán, al ver al protagonista en la cárcel:

 

"¿Qué es ésto,

Pedro Alonso? ¿Qué delito

tan grave hicisteis, que estáis

con ganfiones y con grillos?"[298]

        

         Y explica el tejedor cómo, en defensa del honor de su prometida, sacó espada e hirió de muerte, y:

 

"Llovió luego sobre mí

más justicia que granizo

el Noto helado dispara

en el abrazado estío.

Prendiéronme, y sepultaron

mis pies en doblados grillos;

pidiéronme la patente

con su acostumbrado estilo

los presos avalentados

con privilegios de antiguos;

mas yo con el remanente

del pasado furor mío,

con un mástil visité

los sesos a cuatro o cinco,

hasta que los bastoneros

acudieron al ruido,

y echándome estas prisiones

cesaron mis desatinos"[299].

 

         Es interesante la referencia a la "patente" que exigían del recién llegado los presos más viejos. Esa palabra, absolutamente anacrónica, posee resabios salmantinos de Alarcón, pues tratábase de "las contribuciones que hacen pagar por estilo, los más antiguos al que entra en algún empleo u ocupación. Es común entre los estudiantes en las Universidades, y de ahí se extendió a otras cosas"[300].

         Pero el fiero don Fernando no se deja vencer fácilmente. Lo que sigue, es realidad social carcelaria de todos los tiempos: al reaccionar con terrible violencia, y castigar duramente a los presos antiguos, obtendrá a un tiempo la represión de los guardianes y el respeto de los internos. Este último, bastará para erigirlo en jefe de todos ellos.

         Desde tal liderazgo, pues, comenzará el tejedor a planear la escapatoria. Así la discute con su criado Chichón:

 

"Chichón: ¿Tienes juicio?

Cuando te ves con ganfiones

las manos, los pies con grillos,

¿echas retos?

Don Fernando:      ¿Luego tú

por ventura has entendido

que he de estar preso mañana?

C: Antes, señor, imagino

que saldrás libre a dar higas

a todos tus enemigos;

mas daraslas con la lengua,

hecho en el aire racimo.

DF: Calla, necio.

Tráeme tú

dos cordeles y un martillo

que en casa del Embajador

he de amanecer contigo"[301].

 

         Ya haré referencia al asilo en casa de los embajadores, que aparece en este tramo. Ahora quiero seguir el hilo de la fuga, que está narrada de un modo apasionante. Por empezar, discuten los demás presos, delincuentes ellos sí, de verdad, y no por motivos de amores ni tiranías:

 

"Camacho: Pues Pedro Alonso lo dice,

y es su valor conocido,

él saldrá con lo que intenta.

Cornejo: Camacho, lo mismo digo.

Jaramillo: Más vale salto de mata

que rogar a estos ministros

del infierno"[302].

 

         Los "ministros del infierno" son, por cierto, los oficiales de la justicia institucional. El mensaje de estos bandidos es claro: más vale la huída que un pedido de clemencia. Lo asombroso es que parecen a todas luces gozar del apoyo alarconiano, atento las características tiránicas del privado que gobierna. Informa, pues, el bandolero Camacho al tejedor:

 

"Ya he tratado

con Cornejo y Jaramillo,

por quien se gobiernan todos

los bravos, vuestro designio.

Más de veinte están dispuestos

a ayudaros y seguiros."

 

         Y, por si a alguien le cupiese alguna duda sobre el aspecto épico de este alzamiento de "todos los bravos", viene entonces la arenga de don Fernando:

 

"Pues libertad, camaradas;

que ayuda a los atrevidos

la fortuna. Redimamos

el peligro con peligro;

que no han de estar tantos hombres

sujetos a dos puntillos

de una pluma, que cortando

los vientos, ensayos hizo

por cortar de las vidas,

como la parca, los hilos.

Camacho: Lo mismo decimos todos"

 

         Se comprenderá fácilmente por qué he dicho más adelante que esta obra huele un tufillo verdaderamente subversivo. No sólo es ésta que guía el protagonista una fuga carcelaria. Es más que eso. Es una rebelión contra las normas y las instituciones vigentes. Y así la construye don Fernando, mostrando Alarcón en este punto un conocimiento acabado de las peculiaridades de la vida en la cárcel, que sólo pudo haberle dado, ya que no fue, como Cervantes, huésped de tales posadas, su práctica como abogado y funcionario:

 

"Don Fernando: Sólo me falta advertiros

que busquen modo esta noche,

los que quieran conseguirlo,

de estar en la enfermería.

Camacho: Para los presos antiguos

no es difícil, porque tienen

oficiales conocidos.

Cornejo: Y los demás, con achaque

de velar a Alonso Pinto,

que está muriéndose, pueden

fácilmente conseguirlo.

DF: Trácelo al fin cada cual;

que yo, puesto que imagino

que es imposible, conforme

se acriminan mis delitos,

que fuera del calabozo

me dejen esos ministros,

si no hay precisa ocasión,

con la traza que fabrico

lo alcanzaré. ¿Tiene alguno

de vosotros un cuchillo?

Camacho: Yo le tengo: veisle aquí.

DF: Pues en la cabeza, amigo,

me dad una cuchillada;

y fingiendo que he caído

de esa escalera, mi intento

con este medio consigo,

pues luego en la enfermería

me han de poner.

Camacho: Peregrino,

aunque cruel, es el medio.

DF: Antes piadoso, si evito

con él de un fiero verdugo

el inhumano suplicio”.[303]

 

         En esta última referencia al suplicio, el adjetivo "inhumano" puede entenderse como sinónimo de "injusto", en referencia a la historia personal del tejedor. Recordemos que, en verdad, es hijo

 

"del noble Beltrán Ramírez,

el que en público suplicio

murió condenado, siendo

de Madrid alcalde".

 

         Condena fundada en mentiras, que le llevará a exclamar:

 

"Dios descubra la verdad;

que la fama siempre ha dicho

que dieron muerte al Alcalde

envidias, y no delitos"[304].

 

         ¿Cómo podría, pues, confiar el tejedor en las mismas instituciones jurídicas que llevaron a su padre a una muerte injusta? Se hace, pues, golpear por sus nuevos secuaces, y Camacho grita:

 

"Pedro Alonso, que ha caído

de esta escalera. ¡Mal hayan

tantos ganfiones y grillos!

Jaramillo: Mejor es matar a un hombre"[305].

 

         Estos comentarios, si bien con cierto grado de ironía, porque tanto los bandidos como el público saben que, en realidad, don Fernando (al que llaman Pedro Alonso) no "ha caído de esta escalera", no tienen desperdicio. "Mejor es matar a un hombre", antes que cargarlo con "tantos ganfiones y grillos", opinan los dos delincuentes. Para peor, el plan del tejedor no sale del todo bien, pues luego se lamenta:

 

"¡Qué no quisiese el Alcaide,

viéndome herido y enfermo,

aliviarme las prisiones!"

 

         Y Camacho le responde, con reminiscencias del Cid: "Aun muerto, le daréis miedo". Pero, de todos modos, el problema se plantea, pues, con los dedos presos en los ganfiones, no podría don Fernando dirigir la escapatoria. De allí que pida:

 

"¿Hay quien se atreva a romper

estos ganfiones? Cornejo,

Camacho, probad las fuerzas."

 

         El más tranquilo Garcerán lo detiene:

 

"Pues querer romperlo a golpes

es malograr el deseo;

que es forzoso que al ruido

despierten los bastoneros."

 

         Y entonces el tejedor, llevando al paroxismo su carácter heroico y mostrando hasta qué punto está desesperado por huir de esa justicia aberrante, adopta un recurso extremo:

 

"¡Pese a mí! Si tengo dientes,

¿Por qué busco otro remedio?

¿Dos dedos han de estorbar

que se libre todo el cuerpo?

(Muérdese los dedos, y arroja las esposas, y átanle unos paños)

Garcerán: ¿Qué habéis hecho?

Camacho: Hase arrancado

los dos últimos artejos

de los pulgares.

G:                En vos

otro Scévola contemplo."

 

         Obsérvese: Garcerán, un noble caballero, injustamente preso, y por tanto simpático al público, calificaba al líder del alzamiento, ni más ni menos que con el nombre de Scevola, en referencia a "Cayo Mucio, joven romano que, en 507 a.C., cuando Porsena, rey de los etruscos, sitiaba a Roma, decidió matar al soberano para librar a su patria. Al efecto penetró en la tienda real, pero dio muerte, equivocadamente, a uno de los personajes del séquito y, sorprendido, fue llevado a presencia del rey. Al amenazarle éste con la tortura, Cayo extendió una mano sobre el brasero y la dejó consumir, exclamando: Así castigo el error de mi mano. Admirado, Porsena le concedió la libertad y, además, firmó la paz con Roma. El heroico joven fue llamado desde entonces Escévola (mano izquierda) por alusión al hecho que le hizo célebre"[306].

         Es decir que el rebelde tejedor segoviano, que se arranca las últimas falanges de los pulgares a mordiscos, para poder así dirigir una fuga masiva de presos, la mayoría de ellos delincuentes pesados, de la cárcel, el jefe de bandoleros que prefiere la huída y la proscripción a los recursos que el orden jurídico le ofrece, es puesto por Alarcón (en boca de Garcerán) al nivel de uno de los más respetados héroes clásicos. ¿Se ve por qué hablo de una obra subversiva?

         Tras zafarse de los ganfiones, y declarar que no le empecen los grillos que aún porta en los pies, pues "como yo pueda usar de las manos, no estoy preso", don Fernando pide un cuchillo, y armado con él lanza una proclama cuyo tenor basta para borrar toda huella de caballerosidad del personaje:

 

"Quien de la hazaña que emprendo

desistiere, se imagine

con éste a mis manos muerto."

 

         El bandolero Cornejo le asegura: "Todos quieren ayudaros, seguiros y obedeceros". La mutación se ha operado. El tejedor ha pasado a ser un jefe de proscriptos de la peor calaña, empleando el lenguaje, las conductas y los valores de ellos. Explica, entonces, su proyecto:

 

"Pues, amigos, levantad

de las camas los enfermos;

que poniendo unas en otras,

podremos llegar al techo;

y rompiéndole una tabla

con este martillo, haremos

puerto, con que todos gocen,

libres de prisión, el cielo;

y estos cordeles después

serán escalas del viento

para bajar a la calle."

 

         Y regresa al tono terrible de antes, con un discurso notable para un protagonista heroico de una comedia española del Siglo de Oro:

 

"Enfermo

no ha de quedar, aunque esté

oleado ya, que de ello

pueda hacer la relación:

salga vivo o quede muerto

quien no pudiere seguirnos"

 

         Este "salga vivo o quede muerto", prácticamente eutanásico, da una pauta clara del nivel de la rebelión y de cuáles son los valores que manejan estos "bravos". Pero los versos siguientes no dejan lugar a dudas: estamos, a pesar de la atrocidad de la prédica, ante hombres oprimidos que luchan por la justicia, y merecen, por tanto, la simpatía del autor y del auditorio:

 

"Noche, ayude tu silencio

contra injustas tiranías

tan justos atrevimientos"[307].

 

         Y lo muestran dos personajes, a contrario sensu, cuando previenen a don Fernando:

 

"Este es el fin de quien anda,

Pedro Alonso, en tales pasos"[308].

 

"Paciencia, Pedro; que al fin,

quien mal anda, mal acaba"[309].

 

         Pero resulta que "el fin" del tejedor no es malo. Al contrario, termina perdonado por el rey, enaltecido, devuelto a su jerarquía nobiliaria. Los que  "mal acaban", muertos e infames, son los tiránicos privados, que al tiempo de la huída de don Fernando encarnaban, justamente, al poder constituido del que éste escapa.

         De hecho, la ecuación es: a más tiranía, más delincuentes. Y tal es el grado de la injusticia reinante, que le permite prever al tejedor:

 

"Si cuantos son delincuentes

me eligen por capitán,

en número excederán

a las de Ciro mis gentes"[310].

 

         El tejedor es, en efecto, un delincuente para el orden establecido:

 

"¿Tratan de prenderlo? ¿Hace

diligencias la justicia?

Alguacil: Dos mil ducados promete

a quien entregase viva

su persona"[311].

 

         Y así tienta el tiránico conde a Chichón, sirviente del tejedor, para que lo traicione y entregue:

 

"Dos mil

ducados Segovia da,

y el Rey por mí te dará

una vara de alguacil;

que a su majestad así

harás, Chichón, gran servicio,

al reino un gran beneficio,

y una gran lisonja a mí"[312].

 

         Hay en Alarcón referencias a delitos concretos, como esta jugosa descripción del modo de operar de un tahúr sevillano, que aprovecha la nutrida geografía de la ciudad del Guadalquivir para medrar. El que habla es Encinas, el criado gracioso de Ganar amigos:

 

“Un hombre conozco yo

Que es tahúr, y desde el día

Que a un desdichado inocente

En el garito emprestilla,

Se va al de otro barrio que es

Como pasarse a Turquía:

Cursa en él hasta pegarle

A otro blanco con la misma,

Y va visitando así

Por sus turnos las ermitas;

Y en acabando la rueda,

Se vuelve a la más antigua,

Donde, como los tahúres

Se trasiegan cada día,

O no va ya su acreedor,

O él hace del que se olvida,

O tiene conchas la deuda,

Del tiempo largo prescripta”[313].

 

         Dicho sea de paso, se nota aquí el permanente anacronismo de Alarcón, porque la acción transcurre en el siglo XIV, en tiempos de Pedro I, y sin embargo es muy obvio que la Sevilla descripta es la urbe multifacética  de la época de nuestro autor, tres centurias después.

         En la misma obra, existe un parlamento notable. Es aquél en que Doña Ana describe al Rey, con detalles, cómo fue la antesala inmediata de su violación:

 

“Solo el Marqués aleve,

En baja voz, que al fin, como traidora,

Tímido aliento mueve,

El Marqués don Fadrique soy, señora

Dijo; y porque a defensas me apercibo,

Fuerzas aplica a su furor lascivo.

Yo a su apetito ciego

Culpo humilde, registro valerosa,

Enternecida ruego,

Amenazo cruel, lloro amorosa;

Vuestro rigor le traigo a la memoria,

Última apelación de mi victoria.

Ni amenazas ni quejas

Ni ruegos penetraron sólo un grado

Por las sordas orejas

Al pecho en sus intentos obstinado;

Antes daba a su indómita violencia

Más insano furor mi resistencia.

Al fin, su fuerza mucha,

Débil mi cuerpo, mi defensa poca,

En la prolija lucha

Al pecho aliento y voces a la boca

Negaron: lo demás, si es bien contarlo,

La vergüenza lo dice con callarlo”[314].

 

No es demasiado difícil de entender cómo esta joven, que en tal trance “culpa humilde, enternecida ruega, y llora amorosa”, sólo consigue “dar más insano furor a la indómita violencia” de su agresor. Ella, al parecer, no termina de explicárselo. Termina implorando al monarca:

 

“Y el nombre Justiciero

Que en el delito despreció arrogante,

Ya que no fue bastante a refrenarlo,

Baste para vengarme y castigarlo”[315].

 

         A la violación se refiere también Blanca, en La prueba de las promesas, en una triste afirmación, que dice mucho de la relación entre Derecho y poder, de que tanto hemos hablado en estas páginas:

 

“Quien se deja a solas ver

De un amante con poder,

Hace justa la violencia”[316].

 

         Esta misma pieza, como gira alrededor de las proezas del mago Don Illán, ofrece inmejorables posibilidades para acercarse a otra cuestión penal, típica de la época alarconiana, la de la hechicería. Así responde el brujo a un caballero que le pide que le enseñe las artes oscuras:

 

“Don Juan, no os quiero negar

Que sé el arte; que usar de ella

Es culpa, mas por sabella

A nadie vi castigar.

Mas puesto que entrambos fueros,

Como sabéis, han vedado

El enseñarla, excusado

Quedaré de obedeceros;

Que al amigo, pienso yo

Que han de pedirse las cosas

Grandes y dificultosas,

Mas las ilícitas no;

Que aunque sois tan caballero,

Y obligarme pretendéis,

Quizá vos mismo seréis

El que me culpe primero;

Que cualquier delito nace

Con tal fealdad y tal pena,

Que aquel mismo le condena

A cuya instancia se hace”[317].

 

         Jugoso parlamento. Don Illán reconoce sus conocimientos mágicos, pero aclara que no los emplea (luego se ve que eso es falso), y destaca que no es delito saber la hechicería, sino sólo usarla, y enseñarla. Esto último, pues, es ilícito, y como tal, no exigible de un amigo. Y la reflexión final es de la cosecha de Alarcón, porque está ausente en el cuento de Don Juan Manuel (tal vez porque a principios del siglo XIV (antes de la Peste Negra) la brujería era menos impresionante en el imaginario popular, y posiblemente menos común como delito concreto, que en el XVII). El mago de la narración medieval se limitaba a predecir la ingratitud de quien quería ser su discípulo, y sólo al final aparecía una referencia a la cuestión criminal, cuando el pretendiente, convertido en Papa, en vez de reconocer al mago sus favores, lo amenaza: “que lo haría echar en una cárcel, que era hereje y encantador, y que bien sabía él que no tenía otro medio de vida ni otro oficio en Toledo, donde moraba, sino explotar aquella arte de la nigromancia”[318].

         La cuestión penal de la hechicería es, pues, en Juan Manuel un mero asunto muy tangencial y accesorio, que muestra sólo el pináculo del desagradecimiento del aprendiz de brujo. El tema anda casi exclusivamente por el lado de la falta de reciprocidad de quien recibe favores, una vez que se halla en condiciones de retribuirlos. Al conde Lucanor le ha pedido un sujeto ayuda para librar a otro de una situación judicial difícil, y el noble sospecha que su requirente será de memoria corta. Por eso su siervo Patronio le narra este “ejemplo”, de resultas del cual concluye:

 

         “Del que mucho ayudares y no te lo reconociere

         menos ayuda tendrás cuando en gran honra subiere”[319].

 

         En cambio, el jurista taxqueño, que además vive en el “siglo de la brujería”, se deja estar mucho más en estos escabrosos terrenos, aprovechándolos incluso para cosechar algunas sonrisas del auditorio, que seguramente tenía este tema muy presente y, como todas las cosas temidas, les era muy proclive a la chanza, y despertaría una carcajada pronta. En estos vulgares términos, por ejemplo, le explica el sirviente Tristán a su codiciada Lucía:

 

“Cuando a la noche te vea

Te daré mil novedades;

Ahora basta que sepas

Que hoy ha llegado a Toledo

Un pesquisidor de viejas;

Que sabiendo el Rey que son

Difuntos que se menean,

Y que dentro de sus cuerpos

Andan sus almas en pena,

Manda que las desencanten,

Y que sirvan en la guerra

Para parches sus pellejos,

Sus huesos para baquetas”[320].

 

         No es, pues, propicio el ambiente para hechicerías. Eso explica la mezcla de tensión y gracia en la escena donde este mismo Tristán, sin mayores estudios, creyéndose en buen secreto, lanza una fórmula amatoria:

 

“Digo el conjuro. Plutón,

Sal de la laguna fría,

Y muéstrame a mi Lucía”.

 

         Pero, para su sobresalto, entra de repente otro criado. “¡Vive Cristo, que es Chacón!”, exclama, y sólo atina a susurrar “Debime de errar”, para que el otro lo escuche. Pero tiene poco éxito, y Chacón le espeta:

 

“¡Ah! ¿Sí?

Señor don Tristán, por Dios

Que he de denunciar de vos”.

 

Desesperado, Tristán lo interroga: “Pues, ¿qué vísteis?” Y Chacón responde, en una escena que, si bien no libre de gracia, va creciendo en tensión:

 

“Nada vi;

Sólo dijisteis: “Plutón,

Sal de la laguna fría,

Y muéstrame a mi Lucía”.

 

         “Fue por burlaros, Chacón, y daros en qué entender”, replica Tristán, pero su descubridor no se convence: “En vano excusas buscáis”, le dice. Entonces, ensaya otro argumento:

 

“Como sé que la adoráis[321],

Y os vi, Chacón, esconder

A espiarme, quise así

Daros picón y cuidado”.

 

Chacón contesta:

 

“Ingenioso habéis andado;

Mas no os valdrá para mí;

Que ese libro que ocultáis

No es para darme picón”.

 

Y se lanza a buscar el volumen que Tristán ha escondido apresurado.  Es un momento de mucha tensión. “¿Qué libro?”, exclama el otro, tapándolo. “Mostrad”, insiste Chacón, súbitamente transformado en inquisidor. Y entonces Tristán parece recordar que es el hombre de confianza del noble más poderoso del reino, y, con un dejo amenazante, advierte: “Chacón, muy demasiado andáis”. Pero el otro cierra el ríspido diálogo abruptamente, con una advertencia aún más pesada y clara:

 

“¿Demasiado? Un buen día

A la corte habéis de dar”[322].                          

 

         A nadie escapa que en esta pieza campea, muy a diferencia del “ejemplo” medieval, el clima peculiar del siglo XVII en materia de herejías y delitos contra la fe. Nunca se menciona a la Inquisición, pero su presencia entre las bambalinas de esta obra es más que obvia, y sin dudas así lo sentían los espectadores. Las delaciones, el espionaje entre vecinos, el terror a ser descubierto y denunciado (incluso en un sujeto poderoso, como es supuestamente Tristán en el momento de esta escena), eran moneda corriente en la España de los Felipes. De allí que Alarcón, jurista y hombre de su época, extraiga estas aristas de la trama ideada por Don Juan Manuel, completamente impensables en la muy diversa cosmovisión de la Castilla en que vivió el Infante.

         Por eso, más adelante, cuando Chacón y Tristán ya han hecho las paces, y éste le ha cedido a aquél su famoso libro de magia, le advierte sesudamente:

 

“Cuerdo sois; no es menester.

El libro habéis de esconder,

No os le vean al salir;

Que hay curiosos, y será,

Si le lleváis en la mano,

Querer defenderle en vano”[323].                    

 

En Ganar amigos se presenta una situación muy divertida, que ofrece veta interesante desde el ángulo penal. Para cubrir los delitos de su patrón, el gracioso criado Encinas, que es testigo principal de ellos y del paradero del autor, ha sido disfrazado de monje franciscano, muy a su disgusto, y acaba de salir con su monacal atuendo cuando resuena el pregón: “El Rey, nuestro señor, promete dos mil ducados a quien entregare preso a Juan de Encinas, natural de Córdoba; y a él mismo, si se presentare, con perdón de todos sus delitos; y manda que nadie le ampare ni encubra, pena de la vida”[324].

Al escucharlo, Encinas se sume en reflexiones, que no tienen desperdicio:

 

“Si puedo

Pescar esa cantidad

Y vivir con libertad,

¿Quién me mete en tener miedo,

Andar retirado y solo,

Fugitivo, alborotado,

Bandido y sobresaltado,

Hecho el hermano Bartolo?

Señor, perdona: allá va

Tu disfraz y tu dinero”.

 

         Desesperado, su patrón, Don Diego, lo detiene: “¿Estás loco? Tente”. Pero Encinas le responde:

 

“Quiero,

Pues Dios su mano me da,

Verme libre de pobreza

Y justicia”.

 

         Don Diego estalla: “¿Esta es lealtad?”, le pregunta, azorado. Y, sorpresivamente, si tenemos en cuenta de lo que se trata, agrega: “¿Esta es ley?”. Encinas, inmutable, retruca: “La caridad, señor, de sí misma empieza”. El caballero capta de inmediato la insinuación de su criado, y se lanza por ese flanco: “Yo te daré mucho más de mi hacienda”, le promete, procurando superar la recompensa que ofrece el Rey. “¿Y el perdón de mi culpa?”, inquiere entonces el sirviente. Vienen entonces las reflexiones acerca de si el monarca ha de cumplir o no con lo que su pregón garantiza, que ya hemos volcado (nota 61), y la tensa situación se resuelve fácilmente, porque resulta que todo era una broma de Encinas (“Lindamente la has tragado”, se burla de su amo)[325].

 

         Dos referencias al perdón se ofrecen sobre el final de esta misma obra. La primera involucra al Rey Justiciero, que así dialoga con Don Pedro, quien, tras revelarse a un tiempo su culpa penal y su hidalguía, va a casarse con su amada:

 

“Rey: Lo que en dote quiero daros

No menos ha de alegraros.

Don Pedro: Ya lo espero.

R: Es vuestra vida”[326].

 

         Luego, Doña Flor implora a Doña Ana, que ha sido violada por el hermano de aquella, Don Diego, por el perdón de éste, y cierra el ciclo de absoluciones el Marqués, refiriéndose a Don Fernando, que es el asesino de su hermano:

 

“Doña Flor: Perdona, amiga, a mi hermano;

Queda con honra y casada,

Y no sin ella y vengada.

Doña Ana: Señor[327], dándome la mano

Don Diego, le doy perdón.

Marqués: Yo de la muerte le doy

A Don Fernando, pues soy

Parte formal de esta acción”[328].

 

         El Rey reconoce validez al perdón de Ana respecto de su violación, y al del Marqués en lo atinente al homicidio de su hermano, pero ello no basta para extinguir las acciones penales contra ambos. Por eso, Pedro el Justiciero recurre al ardid jurídico que hemos citado en la nota 296, y de ese modo otorga su propio perdón regio. Sólo así termina realmente la incriminación que pesaba sobre estos personajes.

         En El desdichado en fingir, presenta interés la argumentación de “obediencia debida” que vierte el criado Tristán, cuando han resuelto ponerlo a tormento, por haber mantenido un secreto cumpliendo órdenes de su patrón, Persio:

 

“Señor, si no hay culpa en mí,

¿Por qué me has de dar tormento?

Si Persio mi señor, ciego

Por tu hija fingió ser

Arnesto para tener

Modo de aplacar su fuego;

Y a mí, que soy su criado,

Que callase me mandó;

Siendo su criado yo,

¿Qué peco en haber callado?”[329]    

 

         En esta misma pieza, es digno de ser citado el acre diálogo que se da cuando el perverso Príncipe manda a su esbirro Claudio a detener a Arseno:

 

“Claudio: Sed preso y venid conmigo.

Arseno: ¡Preso! ¿Por qué?

C:                                  No lo sé:

Mándalo el Príncipe así

Por este suyo.

[...]

A: Obedecer es razón:

Vamos. –Padre, hermana mía

Quedáos a Dios.

Justino[330]:    ¿No podría

Saber por qué es la prisión?

C: No lo sé.

J:                ¿En qué habéis pecado,

Hijo?

A:      Pues que preso voy,

Sin duda culpado soy.

[...]

Ardenia: Pues, señor, ¿cómo os quedáis?

Id a saber la ocasión

De este rigor y prisión.

J: Voy a saberlo”[331].   

 

         Hay aquí, como se ve, retratadas dos posturas. La del ejecutor Claudio y el propio preso Arnesto, que dan por sentado que la mera autoridad del Príncipe justifica la detención, sin que haya lugar a más preguntas, por un lado. Y por el otro la del viejo Justino y su hija Ardenia, que entienden como un derecho el ser informados de las razones del arresto (con más fuerza parece esta postura en la joven, que se enoja con su padre por no ir de inmediato a averiguar lo que pasa).

         Tras esa referencia, cabe recordar que en Los favores del mundo se plantea un interesantísimo episodio, con aspectos muy vinculados que, como en el caso anterior, lindan entre lo sustancial y lo inherente al procedimiento penal (que tratamos en el punto siguiente). La protagonista de esa pieza, enamorada de un antepasado de Alarcón, pero a la vez pretendida por el Príncipe, no concibe mejor idea que la de pedirle a éste que, para lisonjearla, ponga en prisión a aquel. Nunca le da un motivo concreto para hacerlo (sólo menciona un "agravio" difuso, la existencia de una deuda). Se trata, y ello es obvio, de un mero capricho (de aquellos que en tiempos de Ruiz se creían propios del sexo femenino, y hoy preferimos atribuir a la naturaleza histérica, tanto de la mujer como del hombre). Y la bella Anarda no se preocupa en disimularlo:

 

"Y porque entienda que yo

no sé a dos favorecer,

le suplico haga prender

al que mi agravio causó"[332].

 

         La verdadera finalidad que persigue esta terrible enamorada, es la de evitar que el objeto de su pasión, pues es un viajero empedernido, se le escape. "Y así, por volver a verlo, lo aseguro con prenderlo", declara a su amiga Julia este portento de muchacha[333]. Y al poderoso Príncipe se le plantea un conflicto interno. Pero no el de la Justicia, que tal vez hubiéramos esperado hallar, sino otro, motivado por el hecho de que el sujeto a encarcelar acaba de prestarle un importante servicio, y en consecuencia, se atribula:

 

"Confuso estoy, ¿qué he de hacer?

¿Al que tanto ahora honré

tengo al punto que prender?"[334]

 

         De hecho, al final resuelve, por esas consideraciones y no por lo ilícito del pedido de Anarda, no detenerlo. Esa desobediencia no entraba siquiera en la consideración de la ávida joven, que ya daba la cárcel por un hecho:    

 

"Mas lo que me ha sosegado

es pensar que aprisionado,

como os supliqué, señor,

lo tenéis, para que así

no se vaya sin pagarme"[335].

 

         ¡Imagine, pues, el lector el enojo de tan asidua enamorada cuando se entera que el amante príncipe no ha sido tan sumiso como para poner entre rejas al deseado! A pesar de tratarse de la libertad de un hombre, la reacción de Anarda se parece a la de cualquier jovencita melindrosa a la que no le han traído flores, o satisfecho un antojo:

 

"¡La primer cosa que pido,

en que estribaba mi gusto,

y más cuando era tan justo

castigar a un atrevido,

no he podido merecer![336]

 

         La solicitada detención hubiera sido jurídicamente aberrante, y no "tan justa", como irónicamente (si bien sólo el público sabe el verdadero sentido del pedido) aduce Anarda. El sujeto a prender, en efecto, lejos de ser un "atrevido" a quien se busca "castigar", era un buen caballero, fiel en extremo al Príncipe, pero al parecer susceptible de desatar atracciones fatales.

         El tema de la prisión injusta, como viéramos, también se trata en extenso en El tejedor de Segovia, donde un personaje hace notar al detenido Garcerán, que el real motivo por el que está en la cárcel es el de ser pretendiente de la amante del privado:

 

"Digo que, a mi parecer,

la verdadera ocasión

que os tiene en esta prisión

no es la que os dan a entender,

causa tiene superior,

y para encubrirla, dan

al agravio, Garcerán,

que os hacen, este color"[337].

 

         Y Garcerán coincide, pero obsérvese en base a qué fundamentos:

 

"Porque siendo quien soy, darme

la cárcel pública a mí

por prisión, no se me esconde

que es rigor, furia y venganza"[338].

 

         Como viéramos, una de las consecuencias y aplicaciones prácticas del sistema socio-jurídico estructurado del período que nos ocupa (en realidad, del de Alarcón, más que de aquel en que éste colocó la acción) era que las medidas de seguridad y las penas habían, en principio, de administrarse en consideración a la "calidad" del sujeto. Garcerán, noble, es perfectamente consciente de ello, y de que, por serlo, no le corresponde ser llevado a una cárcel pública. Como sin embargo lo han hecho, de tal violación a sus fueros deduce la presencia de una venganza.

         Las demás referencias que aparecen en las obras tomadas, son literarias y metafóricas, si bien interesantes. Por ejemplo dice Ramiro, el contrapunto del buen Rodrigo en Los pechos privilegiados:

 

         "Lícito es cualquier delito,

         Para no morir de amor". [339]

 

         La imagen muestra un paralelismo discordante entre las leyes del Derecho, por un lado, y las "leyes de amor", por el otro. Mientras en el reino de las primeras ha de gobernar la lógica y el respeto por los principios y la licitud, cuando priman las segundas todo vale. Y no está volando bajo, pues se refiere a la violación de domicilios y de personas, no a "delitos" metafóricos. Más literaria es la figura empleada por García en La verdad sospechosa:

 

         "De las leyes de amor

         Es tan grande el desconcierto,

         Que dejan preso al que es muerto

         Y libre al que es matador." [340]

 

         En Mudarse por mejorarse, también emplea Leonor la imagen del delito, al decir:

 

"Que es mérito la mudanza

Cuando es delito el amor" [341]

 

En Ganar amigos se observa asimismo el empleo de esta línea de metáforas (aunque esta vez la expresión “delito” se acerca mucho más a la realidad), cuando Don Pedro, refiriéndose a sus relaciones con una mujer y a las actitudes de su rival en amores, dice:

 

“Él la sirve, y yo en secreto

La gozo y he de callar,

No se venga a sospechar

El delito que cometo”[342].

 

         En Los favores del mundo el príncipe, en vez de delito, usa "pecado", que era, como es sabido, para la época sinónimo funcional de aquella expresión. Y acuña una de las varias expresiones de Alarcón que hacen referencia (ya hemos visto otras antes) a la consideración jurídica de la voluntad:

 

"Que sé que no hay pecado sin intento"[343].

 

         Por su parte, la referencia, de sesgo divertido, que hace al arrepentimiento doña Inés en el Examen de maridos, además de contener una consideración psicológica al actuar del sujeto, nos trae a los argentinos recuerdos de episodios muy recientes de nuestra crónica judicial y policial, especialmente de uno, que involucró a un famoso púgil: 

 

"Si con el ardor primero

me arroja por un balcón,

decidme, ¿de qué provecho,

después de haber hecho el daño,

será el arrepentimiento?”[344]

 

         Terminemos con otra imagen jurídica penal, empleada en Ganar amigos (donde la presencia del Rey Justiciero tiñe todo de un aura forense, y empapa la terminología de la obra). Así razona Don Pedro, al enterarse de que se planea (él así lo cree) su caída:

 

“En estando solo el Rey

Le daré del caso cuenta;

Que pues derribarme intenta,

La defensa es justa ley”[345].

 

PARA CONTINUAR CON LA LECTURA DE ESTE TRABAJO, CLIC AQUÍ

[290] No hay mal..., p 267

[291] Ganar amigos, p 239

[292] Ganar amigos, pp 253/254

[293] Ganar amigos, p 273

[294] Ganar amigos, p 312

[295] Ganar amigos, p 319

[296] Ganar amigos, p 327

[297] Los favores..., p 203

[298] El tejedor..., p 19

[299] El tejedor..., p 19/20

[300] Diccionario de autoridades (1726-1737), cit. por Cortes Vázquez, Luis, La vida estudiantil en la Salamanca clásica, Salamanca, Universidad, 1996, p 170

[301] El tejedor..., p 18

[302] El tejedor..., p 22

[303] El tejedor..., pp 22-24

[304] El tejedor..., p 21

[305] El tejedor..., p 24

[306] Diccionario enciclopédico Espasa, Madrid, Espasa-Calpe, 1996, XII, p 4554

[307] El tejedor..., pp 30/31

[308] El tejedor..., p 74

[309] El tejedor..., p 75

[310] El tejedor..., p 40

[311] El tejedor..., p 44

[312] El tejedor..., p 52

[313] Ganar amigos, pp 269/270

[314] Ganar amigos, p 299

[315] Ganar amigos, p 300

[316] La prueba..., p 527

[317] La prueba..., p 468

[318] Infante Don Juan Manuel, El conde Lucanor, Bs.As., Difusión, 1979,  p 82 (actualizo el castellano)

[319] Idem, p 84

[320] La prueba..., p 476

[321] A Lucía, la criada que ambos pretenden.

[322] Toda la escena en La prueba..., p 518

[323] La prueba..., p 520

[324] Ganar amigos, p 303

[325] Toda la escena en Ganar amigos, pp 304/305

[326] Ganar amigos, p 312

[327] Se refiere al Rey.

[328] Ganar amigos, p 326

[329] El desdichado..., p 417

[330] Que se cree padre de Arseno.

[331] El desdichado..., p 430

[332] Los favores..., p 129

[333] Los favores..., p 130

[334] Los favores..., p 144

[335] Los favores..., p 170

[336] Los favores..., p 171

[337] El tejedor..., p 16

[338] El tejedor..., p 16

[339] Las paredes..., p 82

[340] La verdad..., p 117

[341] Mudarse..., p 336

[342] Ganar amigos, p 286

[343] Los favores..., p 198

[344] El examen..., p 406

[345] Ganar amigos, p 296