Editorial

EL REGRESO
DEL CURATOR VENTRIS

 

    En las fuentes romanas aparece una institución cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, y que, en lo personal, no dudo que entronca con creencias muy remotas, enraizadas en la cosmovisión característica de los grupos paleolíticos, que tendían a considerar a la prole como un bien común, probablemente por no relacionar aún el acto sexual con la fecundación, y considerar que ésta era conseguida por medios metafísicos.

    Se trata de la "cura ventris", en latín, que puede traducirse literalmente, a primera vista, como "cuidado del vientre". Empero, si se considera que la vieja expresión "vientre" tenía el sentido primigenio de "tumor" o "hinchazón", y se aplicaba predominantemente al abultamiento del cuerpo femenino en razón del embarazo, como elipsis para referirse al ser que crecía allí adentro, puede traducirse libremente "cuidado del ser humano en gestación". A éste último, los romanos le daban muchos nombres. A veces lo llamaban "parto", otras "niño", otras, como viéramos, "vientre", o "el que puede nacer" ("nasciturus"). Pero predominaba la frase "el que está en el útero".

    El "curator ventris", era, justamente, el "cuidador" que ejercía esa función. Su naturaleza parece haber sido compleja, al menos en los primeros tiempos. Por una parte, habría representado al aún no nacido, ejerciendo sus derechos, que el ordenamiento latino le reconocía. Por la otra, actuaba en virtud de la designación del pueblo romano, al que también, en esa medida, representaba. Pero lo más característico era que debía adoptar todas las medidas y procedimientos destinados a salvaguardar la salud y la vida del nonato, y muy especialmente procurar que naciera, porque, obviamente, para "el que está en el útero" el derecho de vivir pasa por el derecho de nacer...

    La figura, eminentemente romana, pasó a infinidad de códigos civiles, y se mantuvo en numerosos ordenamientos jurídicos hasta nuestros días. A veces, teñida de un color más patrimonial. Otras, limitada a los supuestos en que se verificase colisión de intereses entre el nonato y su propia madre. Obviamente, en su base está la idea de que hay algo (o alguien) que proteger, sea que se lo considere un sujeto de Derecho, o no. Por eso, la institución sufrió un golpe mortal en los Estados Unidos de Norteamérica en 1973, cuando la Corte Suprema, en el fallo Roe vs. Wade, declaró nítidamente que en ese país el ser en gestación no posee derecho alguno, y sólo existe un interés público en que no sea abortado a partir del momento en que podría mantenerse con vida si naciera (es decir, lo que el alto tribunal llamó, con escasa propiedad, "viabilidad").

    La República Argentina fue más lejos en este punto que ningún otro país del mundo. En 1869 aprobó un Código Civil, vigente hasta hoy sin mayores reformas en este aspecto, que declara "persona" al ser humano "desde su concepción en el seno materno", con lo que, a partir de entonces, es sujeto de derechos. Dalmacio Vélez Sársfield, el genial codificador cordobés, tomó esta solución, a la letra, del Proyecto de Código Civil (normalmente conocido como "Esbozo") que redactara para el Brasil el brillante jurista bahiano Augusto Teixeira de Freitas, quien, a su vez, se había inspirado en el Derecho Romano.

    En el siglo XX, al aparecer la fecundación extracorpórea, se planteó si el circunstancial de lugar "en el seno materno" implicaba negar la personalidad (es decir, la titularidad de derechos) a los embriones no implantados en una mujer. La inmensa mayoría de la doctrina rechazó esa limitación, y reiteradamente reforzaron ese criterio las Jornadas Nacionales de Derecho Civil, y otros cónclaves científicos de alto nivel. En 1994, al reformarse la Constitución, tal postura se vio apoyada al conferírsele "jerarquía constitucional" a la Convención Americana de Derechos Humanos, que hace arrancar esas prerrogativas fundamentales desde la concepción. Los proyectos de ley abrogando la poco feliz frase (que se entiende por razones tradicionales, pues deriva de los textos latinos), arreciaron en ambas cámaras del Congreso nacional.

    En 1993, como muchos de los amigos lectores saben, promoví una acción judicial en defensa de los embriones congelados, destacando su carácter de personas de acuerdo con el sistema normativo argentino, y la correlativa titularidad de derechos humanos. Tras largos avatares procesales, la Cámara de Apelaciones declaró que se trata de sujetos de Derecho, y que deben ser protegidos. A cuyo efecto, como primera medida, ordenó la confección de un censo, para que se pudiera conocer a ciencia cierta ante qué cantidad de seres humanos congelados nos hallamos.

    Ese fallo vio la luz en 1999, y desde entonces discurrió un lustro, sin que tal recuento se haya podido concretar. Oposiciones de especialistas en crío-preservación, rechazos de las reparticiones oficiales encargadas de cumplir el censo, y demás peripecias, siguen conspirando en contra de tal realización. Sencilla como parece, esta diligencia se ha tornado más ardua que los trabajos de Hércules...

    Por ello, finalmente, el señor Defensor de Menores ante la Cámara, Alejandro Molina, resolvió echar mano de un recurso innovador, y a la vez cimentado en las más rancias tradiciones latinas: requirió del tribunal la designación de un "tutor especial" para que tomase a su cargo la protección de estos embriones y ovocitos pronucleados (células con ambos núcleos, el del óvulo y del espermatozoide, pero aún sin conjugación genética), y urgiera la realización del tan demorado censo. La solicitud hizo arreciar el rechazo por parte de los sectores ya mencionados, pero acabó, tras meses de controversia, haciéndose realidad. Latinoamérica volvió a demostrar al mundo su capacidad de plantear respuestas innovadoras: el "curator ventris" reapareció, pero ahora, adecuado al siglo XXI, con el encargo de defender los derechos básicos de los embriones humanos crío-preservados.

     ¿Se desparramará esta institución, nacida en la proteica ciudad de Buenos Aires, a otras latitudes? Por empezar, es de esperar que se contagien de ella las demás jurisdicciones argentinas. En especial, aquellas donde es de suponer que hay, o que no tardará en haber, embriones congelados. Córdoba, Santa Fe, Mendoza, la Provincia de Buenos Aires misma... Luego, países hermanos como Perú y Ecuador, donde el embrión es sujeto de Derecho sin la más mínima duda. Y Chile y Brasil, donde, aunque la situación del nonato es más ambigua, también se establece que goza de protección jurídica. Incluso, ¿por qué no pensar en los estados europeos? En muchos de ellos, como España e Italia, la figura podría tener cabida... ¿Es mucho soñar? Puede ser. Pero es soñar con la Vida.

    La del "curator embrionis", el "tutor especial de los embriones y ovocitos pronucleados", es una institución que se yergue desde las profundas raíces jurídicas del pasado, con los ojos puestos en el futuro, y en su savia una filosofía de apoyo a la existencia, de respeto a la maravilla cósmica de nuestra especie y de cada uno de sus individuos, que atraviesa los milenios, a pesar de los Hitlers que la han acechado en cada recoveco del camino. Su creación constituye un grito de esperanza en la dura lucha por una Civilización de la Vida, frente a aquellos vientos necrófílos contra cuyos efluvios pestilentes tanto alertaran voces como la de Fromm, o la de Brecht incluso.

    PERSONA, por su parte, saluda alborozada esta iniciativa sudamericana. Y yo, a mi vez, sólo puedo agradecer humildemente a Dios, y a quienes confiaron en mí, al honrarme tanto con la deferencia de este cargo.   

    Muy cordialmente,

                                        Ricardo Rabinovich-Berkman