¡¡¡ JUSTICIA PARA MARCELITA IGLESIAS !!!

por Federico Piedras

       Marcela Brenda Iglesias era su nombre. Tenía sólo seis años de edad cuando sucedió el hecho. Fue un cinco de febrero de 1996. Caminaba por el Paseo de la Infanta como tanta gente había caminado antes que ella, y como tanta gente camina aún hoy. Pero de pronto, la gravedad, la impericia, la casualidad y causalidad se conjugaron para que una escultura de 270 kilos terminara con su vida, apagase aquellos primeros sueños, sepultara su alegría.

        No hay que ser demasiado inteligente para imaginar el cuadro posterior al hecho, para pensar en lo que sobrevino a la tragedia, es decir, más tragedia, desesperación, angustia, llanto, tristeza; pero lo que uno no hubiera creído es que después de todo aquello, también debió aparecer la lucha. La batalla por justicia ante semejante tragedia, una lucha que buscaría encontrar, ni más ni menos, un responsable por la muerte de Marcela.

        Y esa lucha de la que hablamos tuvo un comienzo: hace nueve años, justo después de que una escultura terminara con los seis años de vida de Marcela, y aún hoy, nueve años después, cuando Marcela debió haber cumplido quince años, la lucha continúa, porque la injusticia permanece incólume frente a los padres de Marcela, Nora y Eduardo, que día a día, desde que perdieron a su hija, ven como nadie tuvo la culpa de lo que sucedió, como nadie es el responsable. O tal vez quieran hacernos pensar que la culpa de todo la tuvo la misma Marcela, por caminar por el Paseo de la Infanta, y pasar por debajo de la escultura de 270 kilos que ya había programado caerse en aquel instante...

        Diana Lowestein, dueña de varias galerías de arte en el país y en el extranjero; Danilo Danziger, escultor, y los funcionarios municipales Héctor Torea, Antonio Mazitelli y Juan Carlos Favalle, permanecen procesados por el hecho. Sin embargo, ninguno de ellos, hasta ahora, ha sido encontrado como responsable. Todos, hasta el momento, gozan de la libertad que la Justicia les ha otorgado.

        Y por ello, el martes 19 de octubre, los padres de Marcela Iglesias se congregaron frente a Tribunales, junto a otros familiares y asociaciones de familiares de víctimas, no sólo de algún hecho que les causó la muerte, sino, además, de la impunidad.

        Allí, aquel 19 de octubre del 2004, fecha en la que Marcela debió haber podido festejar sus quince años, había carteles en alto, y personas que sostenían los carteles para, de ese modo, recordar a Marcela y, a la vez, pedir justicia. Y así fue que

        un clavel rosa,
        entregaron los padres,
        un clavel rosa,
        que ahora, marchito,
        está frente a mí,
        junto a una foto de Marcela,       

        lo que me hace recordar que también estuvieron los medios, las cámaras, los periodistas que darían lugar a la noticia, refrescarían el hecho en la memoria de las personas, para  luego olvidarlo y, también, borrarlo de la mente de los televidentes al pasar a la siguiente noticia (Show must go on, decía Queen). Y eso quedó mucho más claro cuando, después de que se apagasen las cámaras y los medios comenzaran a irse, los cárteles continuaron en alto.

        Me pregunté, entonces, por qué, qué había además de la protesta por algo que de todos modos no sería nunca verdadera justicia para aquellos padres, o para los familiares de tantas otras víctimas, y que los obligaba a permanecer allí, o que los obligará a ir a otros lugares en el futuro y seguir pidiendo por esclarecimientos y resoluciones de lo injusto. Fue cuando me vino la idea del tiempo y su relatividad, cuando creí advertir que para todos ellos ya nada era lo mismo que antes. Pero no me refiero a la obviedad de que les falta algo, es decir, no me refiero a su angustia, sino que lo que quiero decir es que para ellos el tiempo nuestro, la manera en que nosotros lo vemos, ése ya no era su tiempo.

        Es más, me pareció que ni siquiera ellos eran su propio tiempo. Su tiempo había dejado de existir para transformarse en el tiempo de otro, aquel tiempo que se había terminado al finalizar la existencia por la que reclamaban. Creí comprender, aunque no creo que mi compresión sea cierta, que ellos habían detenido su propio tiempo para acaparar el del otro, para adquirir parte de la existencia del otro, y ser tiempo en aquel otro tiempo, y de ese modo, permitirse, por ejemplo, Nora y Eduardo no sólo, un 19 de octubre del 2004, pedir Justicia por su hija, sino que también aquello les permitía pensar que Marcela cumplía quince años...