Editorial

WOMEN ON WAVES

(of blood)

 

    Los antiguos juristas romanos daban una notable importancia al sentido común. No siempre se ha recalcado cuánta... A menudo, los estudiosos destacan los aspectos lógicos, la racionalidad, por así decirlo, del viejo Derecho latino. Pero olvidan, o soslayan, su fortísimo factor intuitivo. Hacen de los grandes doctrinarios del Digesto justinianeo una suerte de computadoras vestidas de toga, cuando en realidad eran (perdón, Nietzsche) humanos, demasiado humanos (felizmente humanos, si se me permite). Y dejaban fluir esa su humanidad, se entregaban a ella (y la veían como una forma de "animalidad", de "naturalidad",  porque en varios textos vemos cómo consideraban, muy ecológicamente, al hombre como un animal, hermanado a los demás animales, y como un ser natural, sujeto a los principios sempiternos que gobiernan la naturaleza). Buscaban, pues, las soluciones más valiosas para esa Humanidad que alegremente compartían. Por eso rechazaban la esclavitud como institución. Por eso propendían al apoyo del débil, a la liberación del deudor, a la inocencia del reo. Por eso fulminaban al aborto.

    Hoy se trata de vincular a las posturas contrarias a la matanza de los humanos en gestación con la Iglesia Católica, o con grupos dentro de ésta (los "ultra-católicos", curiosa expresión, como si las religiones admitieran grados de intensidad: "es demasiado judío", "es un poquito musulmán", "está empezando a ser budista", etc.) No sin cierta intención, se muestra una relación exclusiva y excluyente entre ambos aspectos. Y es un verdadero disparate. Ante todo, porque toda la teoría jurídica de la defensa del niño concebido, fue elaborada por doctrinarios romanos, fundamentalmente del Principado medio (segunda mitad del siglo II y primera del III), prácticamente ninguno de los cuales era cristiano (y ni siquiera parece que ese credo les atrajese). Por el contrario, eran paganos, adoradores de sus antepasados familiares y de los dioses públicos. Compartían, sí, muchos de ellos, con varios seguidores de Jesús, la cosmovisión estoica. Pero eso, de religioso nada tiene.

    Waman Puma, el gran cronista indígena peruano, relata cómo el aborto estaba penado con la muerte en el Tawantinsuyu, postura que Louis Baudin encontraba plenamente coherente con su visión "socialista" del país incaico (con la que discuerdo, dicho sea de paso). Joseph Campbell halla a la muerte de los concebidos una constante de todos los grupos "primitivos" estudiados, y la plantea como característica humana desde la Prehistoria. No hay antropólogo serio que no coincida en este punto. Por cierto, ninguna de esas culturas era cristiana.

    Como explican Muhammad Husain Beheshtí y Muhammad Yauád Bahonar, en su Introducción a la filosofía del Islam, los musulmanes consideran el embarazo una carga-privilegio de la mujer, que se deduce de haberle proveído la naturaleza un sistema destinado a ese efecto. El Corán condena el asesinato en general, y en particular el de los niños (6:151, 17:31, 6:140, 60:12, etc.) El texto emplea la palabra "walad", referida tanto al nacido ("maolud") como al que aún está en gestación. El teólogo Arafat El Ashi (Islam y aborto), agrega: "Como una forma comprensiva y única de vida, el Islam no concuerda en lo más mínimo con aquellos que dicen que la mujer tiene pleno control sobre su cuerpo. Esto no significa que el Islam subyugue a la mujer y la ponga bajo el control masculino. El Islam considera nuestros cuerpos un préstamo de confianza, que debemos preservar y mantener. También confirma que el feto es la creación de Dios Todopoderoso. Nadie, ni siquiera la madre, tiene el derecho de deshacerse de él, salvo que su presencia amenace la vida de la madre. Pues en ese caso, y sólo dentro de esos límites, el Islam permite el aborto".

     Para el judaísmo, como lo recuerda A. Cohen en su clásica obra sobre el Talmud, la vida humana es sagrada desde que existen los primerísimos esbozos de un cuerpo. "¿A qué se parece un niño en el seno de su madre?", se pregunta la Mishná (Teharot, Niddá, 30), ese magnífico compendio de sabiduría israelita. "A un libro cerrado que descansa apoyado", responde. "La boca está cerrada, el ombligo abierto", y el niño "no evacua, por temor de matar a su madre". Luego, "cuando aparezca al aire libre, lo que estaba cerrado se abrirá, y lo que estaba abierto se ha de cerrar". Entonces, ese libro de Vida que es cada ser de nuestra especie, se mostrará de par en par. Explica el Dr. Daniel Eisenberg (Aborto y Halajá), que "como regla general, el aborto en el judaísmo está permitido sólo si existe una directa amenaza a la vida de la madre en caso de llevar el embarazo a término, o por el parto en sí". Sin embargo, aún en tales circunstancia, la Mishná aclara que, si fuera posible salvar a la madre mutilando al feto, por ejemplo amputándole un miembro, el aborto estaría prohibido (Teharot, Ohalot, 7:6). 

    Podríamos continuar pasando revista a las "grandes" religiones (y después a las "pequeñas"...) y el resultado sería casi siempre el mismo, o harto semejante. En el budismo, por ejemplo, el aborto es visto como una infracción al "primer principio", que impone no dañar a un ser vivo. Desde la concepción, entiende este multitudinario credo, hay ya un ser reencarnado, y por tanto algo sagrado, con entidad propia (que, si fallece, merece incluso ritos funerarios). Así que el rechazo del aborto no es algo exclusivamente "cristiano" (ni, mucho menos, "ultra-católico"). Claro que es muy difícil ser cristiano, o musulmán, o judío, o budista, y al mismo tiempo estar de acuerdo con el aborto (salvo ante el riesgo serio, grave e inminente de vida para la madre), o, peor aún, propiciarlo.

     La lucha por la Cultura de la Vida tampoco es una exclusividad católica. Podría hacerse el mismo muestreo del caso anterior, incluso con mucha mayor amplitud. Que es imposible ser cristiano y estar por la muerte, va de suyo. Quien se proclame católico y grite "¡Viva la muerte!", como el tristemente célebre general franquista Millán Astray, es un hipócrita. No hay vueltas en ese punto. Y no ha de olvidarse que pocos encuadraron tan feliz y precozmente el conflicto entre biófilos y necrófilos como Erich Fromm, genial ateo filo-marxista, de origen judío, en su perenne Corazón del hombre.

    En lo personal, rechazo el aborto porque identifico en todos los seres humanos a mis iguales, sin distinción de tamaños, colores, sexos, etc. Y reivindico y respeto para ellos los mismos derechos esenciales que reclamo que me sean reconocidos a mí, e idéntica dignidad. Hoy, la ciencia me dice que hay un humano, un "como-yo" en todo aquel ente biológico que porta un genoma característico de nuestra especie, o está pronto a portarlo (caso del ovocito pronucleado, concretamente). En términos romanos, ese algo es una "persona". No necesito de religión alguna para sustentar esos puntos de vista. No hay nada teológico ni metafísico en ello. Es, si se quiere, hasta casi una visión positivista...

    El humano es humano en diferentes etapas y circunstancias. Cambia a cada instante. Puestos en segmentos separados, esos momentos se diferencian mucho. El bebito es muy distinto del anciano, y éste se parece poco al niño, que sólo se reconoce muy remotamente en el cuarentón. Todos esos seres son humanos. Son formas en que el ente humano es su humanidad. La del embrión, la del feto, son otras maneras de ser humano. Esto, no requiero que los sacerdotes de ningún credo me lo enseñen. Ni siquiera los filósofos: es la biología la que me lo explica.

    Últimamente, volvió a escucharse en la Argentina el argumento de que el aborto debería despenalizarse, porque de ese modo se evitarían los muchos casos en que las madres, de resultas de las malas intervenciones clandestinas, mueren o resultan muy lastimadas. Ese es, también, uno de los discursos de la organización "Women on waves" (Mujeres en olas), que regentea el famoso barco Aurora, cuyo curioso objetivo es navegar los mares, practicando abortos en aguas libres, frente a los países que lo consideran delito.

    Es un fundamento notable. Se basa en hechos ciertos, indiscutibles. Es verdad que gran cantidad de mujeres fallecen o sufren severos daños a causa de los abortos secretos. También son legión las que padecen hemorragias graves, u otras lesiones, que pueden derivar incluso en la muerte, de resultas de violaciones concretadas en lugares sórdidos, oscuros o alejados. ¿Hemos de legalizar, entonces, la violación? Cuando un señor desease violar a una señorita, ésta sería llevada por la fuerza pública, a una hora determinada, a un lugar decente y confortable, limpio y bien amueblado, con un lecho mullido y una ducha cálida. Allí, el caballero la violaría bien, sin lastimarla fuera de lo estrictamente necesario. ¡Cuántos desastres se evitarían de ese modo! Y, si se me apura un poco, hasta podríamos llegar a legalizar el homicidio, y así permitiríamos a la víctima despedirse de sus seres queridos, dejar sus papeles en orden, y el asesino lo acabaría de un solo tiro, bien propinado, y sin sevicias...

    ¿Que es absurdo? No tanto. A la señorita, nos chocaría llevarla a la cama acolchada a la fuerza, porque gritaría, y se rebelaría, y lucharía contra sus agresores. En cambio, al embrión se lo puede conducir al quirófano-patíbulo sin mayores aspavientos, porque no tiene manera de quejarse, de resistirse, de defenderse. En otras palabras, si la muchacha a ser violada fuese una enferma siquiátrica profunda, sin conciencia de la realidad ni voluntad propia, serían perfectamente análogas ambas situaciones. En realidad, no, porque la mujer no resultaría muerta, mientras que el embrión sí...  Y a veces, menester es reconocerlo, la vía de la reducción al absurdo es bastante útil.

     Algunos se consuelan, y pretenden tranquilizar a otros, aduciendo que el embrión no siente nada, no entiende nada. Que no siente nada, no lo sabemos. Pero, en todo caso, tampoco siente nada un hombre que, de resultas de un accidente, ha quedado en un coma del que es probable que en un tiempo emerja. ¿Podemos, pues, matarlo impunemente? Que el embrión no entiende nada, es muy cierto. Tal como sucede con un niñito recién nacido, o de días, o incluso semanas. ¿Despenalizaremos el homicidio de esos chiquitos? Hay que reconocer, una vez más, que la verdadera y honda diferencia estriba en que los embriones son muy pequeñitos, y no pueden defenderse. Son más fáciles de matar. Eso es todo.

    Hubo un tiempo en que el sentido común, caro a los viejos latinos, indicaba que, justamente, a raíz de esa debilidad intrínseca, debía incentivarse el amparo estatal sobre el humano aún no nacido. En esas épocas, asesinar al débil e indefenso era considerado algo innoble, cobarde y, por sobre todo, feo. Esos tiempos pasaron. Hoy, entidades internacionales, como Women on Waves, se yerguen poderosas, auxiliadas por autoridades y políticos del mundo, con sus barcos y sus euros, con sus médicas de ojos dulces y sonrisas inocentes, que hasta están embarazadas de cuando en cuando, como esos antisemitas notorios que gustan de mostrarse del brazo de algún amigo israelita... ¿Qué posibilidades tiene un embrión contra semejante puesta en escena?

    En su magnífico (creo que puede ya decirse, insuperable) estudio sobre la cosmovisión hitleriana Los médicos nazis (increíblemente aún no traducido al castellano), Robert Jay Lifton destaca el papel central que tuvieron los galenos en el Exterminio, así como en todas sus operaciones accesorias, y en la construcción de la filosofía del Tercer Reich. Él habla de la "healing-killing paradox", la "paradoja curar-matar" (en inglés suena mejor). Supuestamente, el facultativo está "curando" (por ejemplo, a la madre, la sana de su preñez), y para curar, mata. Así, el matar deviene un quehacer médico. Joseph Mengele, ese galeno con tanto éxito póstumo, nunca se sacaba el guardapolvo blanco. Lo usaba abierto, sobre el uniforme de las SS, botas de montar incluidas, cuando de pie en la rampa de llegada de los trenes repletos de prisioneros, fusta en mano, iba separando "éste sí, ésta no, ésta no, ésta no, ésta sí" (toda similitud con la selección de embriones para ser implantados tras una fecundación in vitro, es pura coincidencia, aclaro).

    La Dra. Goomperts es una médica. Ella dirige Women on Waves, y se dedica a hacer abortos. Es una hermosa tarea. Ahora está embarazada, y ha resuelto no abortar. Cuando su hijo crezca, y le pregunte: "Mamá, ¿tú a qué te dedicas?", ella le responderá, orgullosa: "Voy por el mundo haciendo abortos". Y lo llevará a su barco. Es una nave gallarda, de casco azul marino. Podría llevar juguetes para niños pobres, comida para niños hambrientos, medicinas para niños enfermos, ropas para niños con frío, payasos para niños tristes... Podría llevar tantas cosas lindas... "¿Qué llevas en tu barco, Mamita?" "No llevo juguetes, ni alimentos, ni remedios, ni abrigo. No llevo payasos. Llevo la muerte".

    El barco se llama "Aurora". No "Guadaña", ni "Sangre", ni "Apocalipsis". Se llama Aurora. Es un nombre muy lindo, de esperanzas, de luz que nace tras la noche oscura. ¡Ah, cómo me viene a la mente el ominoso Orwell, con su doble-pensar! ¿Recuerdan? La libertad es la esclavitud... Y me acuerdo también (porque la memoria es un animal caprichoso), de ese momento en que Creón la mira enojado a Antígona, y le dice al Coro algo que puede traducirse (perdón, Sófocles, tú sabes que te quiero) como "a menudo los delincuentes tratan de defenderse dándoles a sus crímenes nombres gloriosos"...

    Ay, la neolengua, el doblepensar... Ay, los médicos que matan... Otro de los fundadores de Women on Waves, me entero, es un médico de Greenpeace, que tras haberse dedicado largos años a salvar las ballenas, ahora, como parte de la misma aventura, se ocupa de matar niños... "Quisiera ser una ballena azul", pensaría si pudiera el embrión que cae en el bisturí de este filántropo, "tal vez así me tuvieras algo de compasión, algo de pena". Pero el cirujano se regodea en la contemplación silente de las colas de cetáceos: su ecología es para las grandes gestas. Está para preservar especies y paisajes, no deditos. Él ya ha vertido su cuota de lágrimas por las belugas y las marsopas, por los arrayanes y los tilos. No le queda llanto para las cunas vacías.

    (Y menester es reconocer que existe una recóndita coherencia macabra en las acciones de este galeno. Porque, dado que fueron los hombres los que tanto daño hicieron a las especies cetáceas, hasta llevarlas al borde del abismo, tal vez, aniquilando a los humanos se logre un inesperado y feliz renacimiento de las manadas de ballenas. Quizás, incluso, si la cultura de la muerte triunfa, con sus abortos, sus deudas externas y sus misiles de largo alcance, la especie del homo sapiens desaparezca, finalmente, del universo. Y entonces sí, libres, ilimitadas, en mares que lentamente irán recuperando el color turquesa, bullirá la vida nuevamente, sicut erat in principio).

    Vivimos en una era confusa. En Buenos Aires, en un predio público, se ha abierto una exposición. Se llama "Todos los Derechos Humanos para todas y todos". Es un nombre hermoso, como Aurora. Una de las entidades organizadoras, es la "Comisión por el Derecho al Aborto" (otra, es la Corte Suprema de Justicia nacional...) Una de las áreas a exhibirse es "Familia". ¿Puede compatibilizarse esa mezcla? Lifton, Orwell, Fromm, Sófocles... ¡Por favor, alguno que nos ayude a entender!

    ¿Qué creo que debe hacerse frente al aborto clandestino? Jamás cerrar los ojos, por cierto. Nunca mirar hacia otro lado, ni negar lo obvio. Es indiscutible que se trata de un flagelo terrible. Pero ha de atacárselo por el camino de la Vida, no de la muerte. Debemos luchar, sí, pero no para que nuestros países legalicen el aborto, sino para que defiendan y apoyen a las madres en riesgo, que las acompañen y ayuden, personal y económicamente. Bregar por Estados verdaderamente comprometidos con cada ser humano, desde sus primeros momentos.

    Hasta la mujer que ha sufrido el horror de una violación, y ha quedado encinta, debe sentir que, sin menoscabo de esa tristeza enorme, que nada ni nadie podría quitarle, hay junto a ella un pueblo amigo que la protege, que sufre con ella, y que va a demostrarle con hechos concretos que esa vida nueva, aún cuando proviene de tanta atrocidad, es sagrada y hermosa. Sé bien que construir países así es mucho más difícil que levantar tierras de aborto sencillo y muerte pronta. A menudo, lo mejor es más complejo que lo malo... 

      En un tiempo, el sentido común, la intuición casi, dividía las acciones y las cosas en buenas y malas, en lindas y feas. Entre las cosas lindas estaban las ballenas, los pájaros y los niños. También los barcos azules y blancos, y las mujeres, sobre las olas o en cualquier otra parte. Las auroras eran cosas muy bellas, poéticas, que transportaban el alma y la hacían cantar de gozo. Eran cosas feas, por ejemplo,  la muerte, los misiles (inteligentes o no), la pobreza y el aborto. Los médicos eran gente buena, que curaba y salvaba las risas de los pequeñitos. Cuando no los podían sanar, como sucedió con mi hijo Ricky, cuyo recuerdo inspira esta revista, procuraban ayudar a que vivieran lo mejor posible lo que les quedase de vida... En esa época, la aurora no traía sangre de niños, y la mayor gloria del ser mujer era el privilegio de la maternidad.  

    Yo, en la inminencia de esta Natividad, que es la ocasión propicia, pido humildemente a Dios que me permita ver el día en que los barcos azules sean dignos de llevar nombres hermosos, y porten Vida, de las manos de doctores con afán de curar. Y que las Mujeres y los Hombres y los Niños y Todos, Absolutamente Todos, en las olas y en los campos, y en los valles y en las selvas, y en las ciudades, y en cualquier parte, creamos de nuevo en las cosas y las acciones lindas, y nos den asco las feas, tengamos la religión que tengamos, o aunque no tengamos ninguna. 

     Muy cordialmente, y con los mejores deseos para nuestra Humanidad en estas Fiestas.

                                        Ricardo Rabinovich-Berkman