CLONACIÓN DE HUMANOS

 

por Marcos Manuel Sánchez (Marsan)

 

 

    Se han vertido muchos comentarios respecto a los reparos de gobiernos y sociedades ante la clonación de humanos. Existen barreras éticas que parten de nuestra más íntima condición de seres nacidos libres al mundo, con la variedad que nuestra herencia genética ha dejado en manos del azar: una combinación aleatoria de genes heredados de nuestros padres que nos hace únicos. ¿Supone la clonación una clasificación del ser humano según el capricho de unos pocos? ¿Se llegará a una sociedad controlada genéticamente, donde se eliminen las enfermedades degenerativas, por ejemplo?

 

Quizá deberíamos sentir amenazada la seguridad de nuestros puestos de trabajo porque empresas aseguradoras revelen nuestros defectos genéticos... O quizá debiéramos congratularnos porque la ciencia pondrá fin a algunos tipos de cáncer utilizando células madre. Cabe preguntarse si elegir el sexo de los hijos o su capacidad física e intelectual nos ayudará a evolucionar. ¿O se trata de un retroceso? El futuro guarda la respuesta.

 

La sociedad actual se sostiene bajo el yugo de la productividad a toda costa y exprime a cada uno de nosotros, que cada vez más nos acercamos a la figura de autómatas, al tiempo que el ansia por el enriquecimiento rápido y el tener más que los demás opera en nuestras vidas como un motor que consume nuestras energías de forma inexorable. Así, el concepto moderno de familia se esta entendiendo, en mi opinión, como un dejar a los hijos (rara vez más de uno o dos por familia) en manos de otros (conocido/cuidadora o pariente próximo)  mientras nosotros dedicamos diez horas o más a la jornada laboral.

 

En esas condiciones es previsible que el diálogo padre-hijo no se produzca nada más que para dar las buenas noches y salir disparados el fin de semana en ceremoniosa caravana de vehículos hacia ninguna parte. Reducción de la calidad de vida, lo llamaría yo en aras de una metamorfosis progresiva de los cabeza de familia hacia la condición de máquinas. En esas circunstancias uno se plantea si la clonación de humanos debe enfocarse con el elemental miedo a generar individuos faltos de unicidad y libre albedrío o si deberíamos aceptarlo tal como viene, pues no es ni más ni menos que más de lo mismo, es decir, los mismos seres cautivos del materialismo y además con el mismo collar.