Editorial

 

CONTABILIZANDO EXISTENCIAS

 

       En este año que se ha ido, se hacía ya difícil, para cualquier ser humano mínimamente sensible, disfrutar del clima de las Fiestas. Un año feo, plagado de catástrofes naturales, y además herido de punta a punta por la agresión permanente al pueblo iraquí (ahora, oficialmente declarada gratuita, al reconocer públicamente el invasor que las famosas armas masivas que se emplearon para intentar justificar el ataque, nunca existieron). Y sobre el final, la marejada gigante, que hizo conocer al mundo la exótica palabra "tsunami", abatiéndose sobre países a los que décadas o siglos de explotación y colonialismo habían dejado ya en situaciones muy desventajosas, y pugnaban por salir adelante. Los ojos se negaban a creer las cifras de muertos, que más olían a guerra multitudinaria que a olas y temblores. Pero, como casi no hubo país sin triste representación en la masacre, y como hoy las imágenes surcan el orbe en instantes, y hacen del desastre un lienzo de pantalla, donde los cadáveres no huelen, las lágrimas carecen de humedad, y la sangre es siempre fría, no hubo más remedio que asumir la enormidad de las pérdidas.       

        Así estábamos en Buenos Aires esa calurosa noche del 30 de diciembre. Pensando en cómo es eso de brindar con champán y comer turrón y pan dulce, lanzar cohetes luminosos, mientras 150.000 familias hermanas de nuestra especie lloran sus muertos insepultos, junto a las ruinas de sus casas destrozadas. Así estábamos, cuando ardió la discoteca República Cromagnon, en el céntrico barrio del Once. Según parece una bengala, o algo por el estilo, hizo encender una lona altamente inflamable que cubría el techo, y el fuego generó la combustión de materiales en extremo tóxicos. Las puertas de emergencia estaban trancadas, para que no entrase por ellas gente sin pagar. Los resultados se conocen. Cerca de dos centenares de fallecidos, la mayoría de ellos jovencitos, adolescentes. Y muchos niños pequeños, también...

        Sobre este horror, se ha dicho mucho, y se ha escrito más. Se han predicado, como siempre, cosas profundas y cosas muy estúpidas. Se han buscado responsables, explicaciones, instigadores y cómplices. Algunos cargaron las tintas sobre el propietario del lugar. Otros, acometieron contra las autoridades. Unos más, culparon al público, al representante del conjunto que daba el concierto, al grupo mismo... Los bomberos, la policía, los inspectores, los gobernantes. Nadie salió del holocausto sin una cuota de barro. Con o sin fundamento. Con más o menos bronca. Pero se dijo de todo. Así que no es mi intención ni echar nueva leña a un fuego tan tóxico como ese, ni colocar la quinta, sexta, milésima, rueda a este carro que asemeja no llegar a ningún lado. No es esa la idea de estos humildes párrafos, por cierto. 

        Hace unos pocos meses, en agosto de este fatídico 2004, varios centenares de personas murieron, también asfixiadas, en el incendio de un centro comercial de Asunción, cuyo propietario, como el de la discoteca argentina, hizo cerrar las puertas de emergencia por razones económicas. No deja de ser notable que ambos sitios sean paradigmáticos de nuestra época. Uno de ellos, el shopping (¿a alguien le asombra que la palabra internacional sea en inglés?), puede considerarse la estructura emblemática de la sociedad de consumo neo-seudo-liberal y pragmático-capitalista. Colosales edificios donde la estética arquitectónica se despliega con la sola finalidad de incitar al público a comprar. Templos de la intrascendencia, cuya cerrazón al exterior permite imaginar que se ha logrado el control del clima, y hasta del tiempo, porque noche y día no se diferencian demasiado entre aquellas columnas y escaparates. Con maestría, el gran jurista brasileño Sylvio Capanema de Souza, en conferencia, vinculó una vez al centro comercial con el útero materno...

        Un útero donde no ingresan los que no deben, los ectópicos, los que no tienen papel de "gente linda" (expresión que escuché, también en conferencia, a una abogada argentina). Porque hay puertas (que tienen la mala costumbre de cerrarse en los incendios), y guardias en las puertas. Y esos guardias dejan fuera a los que no deben ser vistos, oídos ni olidos, porque no tiene sentido que entren, porque no son consumidores, y ese es un centro de consumo, y porque su mera presencia tiene la mágica potestad de arruinar ese idilio futurista de Buck Rogers en el Siglo XXV. Porque esas ciudades fantásticas que dibujábamos de chicos, con rascacielos de vidrio, monorrieles silenciosos, y autopistas de altura insólita, trazando tirabuzones inconcebibles, la mayor gracia que tenían, era la ausencia de injusticia.

        ¿Y qué de las "discotecas"? Pongo esa palabra entre comillas, porque en realidad se refiere a un conjunto de discos. Pero no es esa la acepción que nos interesa, claro, sino aquella otra, que hoy ha vencido. La de un lugar sólido, macizo, oscuro, con luces de colores intermitentes, donde miles de seres humanos se congregan sin unirse, para aturdir sus oídos y sus mentes. Para perderse por unas horas, fuera de una existencia sin verdaderas metas ni valores, y jugar al dulce deporte de no ser, entre las vibraciones carismáticas, las retinas agredidas y los humos falsos (que tienen la mala costumbre de volverse verdaderos, y matar gente, de vez en cuando).

        En la patética segunda película de la serie Matrix, donde Hollywood mostró una vez más su extraordinaria capacidad de tomar excelentes ideas, y transformarlas en basura, hay una escena que es modélica, porque transmite con una claridad cristalina todo esto. En festejo de una victoria militar, los humanos "despiertos" (hay una reminiscencia budista muy remota en este film) se reúnen, miles de ellos, en una caverna gigantesca, y al son de músicas rítmicas, con harta percusión (el efecto hipnótico de los parches no era ignoto a Hitler y sus secuaces, que lo empleaban a discreción en sus ceremonias), saltan y se contonean, fuera de sí, cual derviches ensimismados, o danzantes posesos de una macumba colosal.

        Las discotecas del tipo de la que fuera sede del desastre de diciembre, cumplen una fundamental función, que es muy semejante a la del centro comercial: hacer que sus dueños ganen dinero. En última instancia, la música es otro elemento comercial. Los asistentes, son consumidores. Pagan, y se transforman en medios, en instrumentos al servicio del incremento del capital de quien explota el sitio. Si el lugar posee habilitación para mil personas, pero pueden meterse otros dos millares más, adelante. Ello triplicará las ganancias. Si las madres jóvenes no vienen, porque deben ocuparse de sus retoños, pongámosles una "guardería" (pocas veces la palabra cumplió tanto su etimología) para que los traigan, y así paguen su entrada. ¿Dónde colocar una guardería en una discoteca? Las madres son mujeres... ¿qué tal el baño femenino? ¡Qué horror, Dios mío!

           Por detrás de los responsables concretos, que sin dudas los hay, y que deben ser castigados, hay una gran culpable de todas estas tragedias. La civilización de la muerte. La cultura que construye por sobre el dinero, que valúa la eficacia en base a la productividad, que toma a las personas como factores económicos. La cosmovisión de la intrascendencia, la tradición de la superficialidad. Allí donde se pierde de vista la santidad pinacular de lo humano, lo irrepetible y magnífico de cada sonrisa, ese es el hito donde se siembran los incendios, donde se fecundan las asfixias, los sonajeros sin dueño, las adolescencias truncas.   

            Nada hay más importante que un miembro de nuestra especie. ¿Crees que la hizo Dios? Excelente. ¿Piensas que es la cumbre de un impresionante proceso evolutivo? Magnífico. En realidad, no importan demasiado tus fundamentos, en tanto ellos desemboquen en poner al ser humano por sobre el dinero (y también por encima de las razones de estado, y de las grandes "políticas", gratas a los que gozan de vivir existencias ajenas). "Quien salva una vida, es como si hubiera salvado al universo", enseña el Talmud hebreo. "El humano es un microcosmos", decían los griegos. Es inconmensurable la verdad que navega en esas frases. Si tan sólo la tomásemos en serio...

            ¿Qué son, entonces, las 365 vidas (una por cada día del año, triste ironía cabalística de algunas cifras) del centro comercial de Asunción, y las casi doscientas de la discoteca de Buenos Aires? ¿Son pérdidas, que se deben anotar en la columna del "debe", especialmente cuando haya que pagar indemnizaciones, si el seguro, prolijamente abonado mes tras mes, no las cubre? ¿Son "cosas que pasan", riesgos de las actividades lucrativas, factores a ser considerados, avatares de los negocios? Sí, son todo eso, para la cultura en que vivimos. Y seguirán siéndolo, aunque lluevan las sanciones jurídicas, aunque se renueven las inspecciones y cundan las clausuras, porque, como decía Brecht, de nada sirve matar a los bastardos mientras la perra sigue en celo.

            En tanto no vivamos la aventura humana, universal y fraterna, de construir piedra por piedra, con sudor y sueños, una civilización que tenga por sol la Vida, por epicentro la gloria de cada criatura de nuestra especie, sin exclusión alguna, y por brújula la trascendencia, las muertes serán números, los suspiros estadísticas, las cunas desiertas gráficos cartesianos, y el llanto de los padres cálculos de un ábaco vampiro.

            El día anterior al de la tragedia de Cromagnon, 29 de diciembre, se cumplieron tres años exactos de la partida de mi hijo Ricky, a cuya memoria he consagrado esta humilde revista, porque en su adolescente lucha por el amanecer siguiente, contra ese cáncer arrasador que lo disolvía en cuerpo, y al propio tiempo lo enaltecía en espíritu, me inspiró la necesidad de clamar en esta guerra pacífica por la existencia, y me enseñó más sobre el amor al aire fresco, sobre el valor de los atardeceres y las pelotas de cuero, que todos los filósofos clásicos juntos.

            Ricky, si no hubiera viajado a Dios, hoy tendría dieciocho. Tal vez hubiera estado en la funesta discoteca. Su hermano mayor, estuvo una vez en ella, afortunadamente no esa noche. En cada uno de esos chicos, que hoy son sus vecinos de morada, veo sus ojos y escucho su hálito lleno de horizontes. Desgraciadamente, sé cómo es el sabor de las lágrimas que se vierten por un hijo. Quien lo haya probado, como varios amigos lectores desgraciadamente bien lo saben, poseerá el poder cósmico, por siempre, de entender la enormidad sin límites de cada vida humana. Quien, tras haber despedido a un vástago, aún cree que las existencias son variables de ajuste, estadísticas y datos, ha perdido la más ácida oportunidad de aprender que existe.

            Rezo en silencio por los que se fueron, y no podrán ser repuestos por indemnizaciones ni castigos. Pero al hacerlo, pido al Señor que algún mes de septiembre, entre las flores que renacen y los pájaros que vuelven, la Humanidad se encuentre por fin a sí misma, y comience, arado en mano, la edificación de una Tierra donde nada haya más sagrado que la Vida.

            Muy cordialmente,

                                                    Ricardo Rabinovich-Berkman