ACERCA DEL Fundamento
de los Derechos Existenciales,
 utilizando como marco de referencia
a los Delitos de Genocidio,
Lesa Humanidad y Crímenes de Guerra

 

 por Gastón Federico Blasi


Sumario:
I.   Planteo.  II.   Criterios Preliminares.  III.   Fundamento de los Derechos Humanos.  IV.  Palabras de Cierre.  V.   Bibliografía Utilizada.

 

 “La desconfianza respecto de la gramática es
el primer requisito para filosofar.” 

(Ludwig Wittgenstein)

 

 

I.   Planteo

   La idea planteada en este ensayo es incursionar en el fundamento epistemológico de los derechos existenciales, para lo cual se tomarán los delitos de genocidio, lesa humanidad y crímenes de guerra a los fines de enmarcar este discurso. Ergo, la pregunta primera a realizarse es: ¿cuál es el bien jurídico que se protege a través de los delitos de genocidio, lesa humanidad y crímenes de guerra, y cuál es el basamento de ello?

 

   Ante tal planteo, uno puede hacer hipótesis, o mejor dicho, considerar innumerables bienes jurídicos que se buscan proteger a través de la tipificación de los delitos de genocidio, lesa humanidad y crímenes de guerra. Como autor de este breve ensayo, firmemente sostengo y entiendo que el bien jurídico que se busca proteger, no es solamente un derecho, sino que es un conjunto de derechos enmarcados bajo el título de Derechos Humanos o Derechos Fundamentales.

 

   Ahora bien, si los derechos fundamentales son el bien jurídico que se busca proteger a través de estos delitos, entonces este ensayo, versará sobre el fundamento de dichos derechos, pues caso contrario, mi planteo no tendría sustento ni fáctico ni jurídico ni filosófico. En otras palabras, argüir sobre el fundamento de estos derechos llevará al lector a comprender el porqué de mi decisión de considerar a tales como el bien jurídico que se busca proteger mediante la tipificación de dichos delitos.

 

II.   Cuestiones Preliminares

 

   Para una mejor comprensión de estas líneas, por regla, cualquier exposición debe empezarse por la conceptualización del tema a tratar. Ello así, es menester tener en cuenta que para evitar confusión en los términos, cuando haga alusión a la expresión ‘derechos humanos’, voy a estar refiriéndome, no a toda la gama de derechos, pues bien sabido es que todos los derechos son humanos; sino a los derechos fundamentales, es decir a aquel reducto de derechos que buscan amparar ciertos aspectos de las personas físicas que son esenciales para que puedan desarrollar su ser.  Como se puede observar, según cierta posición iusfilosófica, “el concepto de estos derechos puede predicarse respecto de todo ser humano por el solo hecho de ser tal y en cualquier sociedad, de allí la universalidad de la noción […] estos derechos quedan acotados en cuanto su titularidad a la persona física, sin distinción alguna de sexo o edad, superando las incapacidades de hecho o de derecho contenidas aún en algunas legislaciones. […] la calidad humana da iguales derechos sin perjuicio de que luego la ley se encargue de otorgar igual protección a quienes se encuentran en igual situación, […]. Esta igualdad reconoce como corolario la no discriminación. […], la no discriminación apunta a deslegitimar, declarando ilegal, toda diferencia que tenga por objeto cercenar, conculcar, de algún modo afectar o impedir el goce y ejercicio de estos derechos. La indivisibilidad intrínseca del ser humano, se reflejará en los derechos de que es titular y en la interdependencia de los unos y los otros.”[1] Esta definición es netamente iusnaturalista, sobre la cual comentaré más adelante.

 

   Los derechos fundamentales “son así un patrimonio común de los ciudadanos individual y colectivamente, constitutivos del ordenamiento jurídico cuya vigencia a todos atañe por igual.”[2] Asimismo, conviene distinguir estos derechos de sus fundamentos. Cuando hablamos de fundamentos de los derechos fundamentales estamos hablando simultáneamente de dos cosas distintas, aunque también indisociables, porque dos cosas tenemos siempre que distinguir en un derecho dado, ergo positivo: 1) el momento del contenido o materia de ese derecho; y, 2) el momento de su fuerza de obligar o forma. El fundamento del contenido tiene que ver intrínsecamente con el origen o génesis del mismo, si se quiere con su descubrimiento o invención, en su caso; el fundamento de la fuerza de obligar tiene que ver con la misma validez del derecho como tal, o sea con la normatividad eficaz o vigencia del contenido. Habría que ensayar – y no es ésta la ocasión – las diversas hipótesis posibles para dar cuenta de la conexión entre el fundamento material y el fundamento formal de un derecho positivo dado.

 

   Si desistimos de buscar los fundamentos materiales y formales de los derechos fundamentales, ya sea en el Cielo, ya sea en la Naturaleza, en general, es evidente que no nos queda otro camino que buscar esos fundamentos en la misma realidad humana, en cuanto tal, en lo humano del ser humano. Pero es muy dudoso que lo humano del ser humano pueda hacerse consistir en algo que no incluya ya a los mismos derechos. Entonces,  ¿cómo podríamos hablar de seres humanos anteriormente a la institución de todo tipo de esos derechos que llamamos fundamentales? Esto no tiene nada que ver con un proyecto de autofundamentación de los derechos humanos en el ser humano, y del ser humano en sus derechos. Y no hay autofundamentación sencillamente en la medida en que no hacemos consistir al ser humano exclusivamente en sus derechos.

 

   Ahora bien, hasta aquí, se ha producido una mera incursión en el concepto de los derechos fundamentales y en aclarar los términos utilizados, o factibles de serlo. Esto me deja una única sensación, hablar es incurrir en tautologías pues el mismo lenguaje esta a la deriva, a la deriva interpretativa. Esto significa que todo es una metáfora y para evitar seguir perdidos, los seres humanos, lo que hacemos es comprimir, compactar, más bien la palabra atinada sería: reducir el ámbito de trabajo, y de esta manera se trabaja en un ambiente controlado buscando el orden. Consecuentemente, todo sentido es metafórico, incluso la propia palabra metáfora, ergo lo que hacemos es crear metáforas privilegiadas, es decir el significado de ciertas palabras se disfraza de significado literal merced al hecho de tratarse de una metáfora conocida, incorporada de antemano al vocabulario de las personas.[3]   Naturalmente, no tiene sentido discutir sobre el significado de las palabras, pues solo estaríamos engañándonos ya que no hay un sustento absoluto y veraz, sino que todo depende de nuestro olvido y de la creencia de que las metáforas privilegiadas son verdades absolutas que no requieren ser probadas – para las ciencias exactas ello se traduciría en un axioma.

 

   No es que esté tratando de ser escéptico, sino que por el contrario, para evitar tener un sabor amargo al escribir parágrafos y parágrafos que, en definitiva, carecerían de sentido para sin, previamente, dejar en claro la realidad en la que voy a escribir y bajo qué reglas – no quiero parecer el portador de la verdad única, la cual no creo que exista, simplemente plasmar la realidad como la interpreto dentro de los parámetros de este ensayo. De esto inferimos que al encontrarse el lenguaje a la deriva, los seres humanos, para sobrevivir, buscamos reducir su ámbito de aplicación, ergo utilizamos un instrumento que nos caracteriza: el intelecto, “como medio para la conservación del individuo, despliega sus principales fuerzas a través de la simulación. […] Mientras el individuo quiera mantenerse frente a otros individuos, [..], utiliza el intelecto sólo para simular: pero puesto que el hombre debido a la penuria y al aburrimiento quiere existir a la vez socialmente y en rebaño, requiere de un pacto de paz […]. Este pacto de paz trae consigo algo que aparece como el primer paso hacia la obtención de aquel enigmático instinto de la verdad. Esto es desde ahora en adelante se establecerá lo que deba ser verdad, es decir, se inventará una designación de las cosas válidas y obligante en todos los casos; y también la legislación del lenguaje entrega las primeras leyes de la verdad: pues ahora surge aquí por primera vez el contraste entre la verdad y la mentira.”[4] Pero, “las verdades son ilusiones de las que uno se ha olvidado que son tales, metáforas que se han desgastado y se han vuelto sensorialmente débiles […]. Ahora bien, sin duda el hombre olvida que ésta es su situación; él miente de la manera señalada inconscientemente y de acuerdo a hábitos centenarios.”[5]

 

   Por consiguiente, ante tal realidad, la única manera de vivir, medianamente en tranquilidad – vaya uno a saber qué significa ‘vivir medianamente en tranquilidad’, quizás implique ir por la vida sin preguntarse qué cosa somos, cómo llegamos hasta acá, para qué servimos, o quizás implique vivir sin preocupaciones, aún no lo he dilucidado – es a través de la formación del contrato social o de paz: “[…] forma de asociación que defiende y protege de toda fuerza común a la persona y a los bienes de cada asociado.”[6] En otras palabras, a través de esta unión se busca conseguir la protección necesaria de los seres humanos contra sí mismos y así, sobrevivir – pues luchamos contra nosotros mismos, ergo el enemigo está en nosotros. Es por ello que se crea a través de una operación racional: el Derecho u Ordenamiento Jurídico, un instrumento artificial con el cual se expresa la razón de la fuerza. Este argumenta o justifica sobre el uso correcto de la misma, dándole legalidad al orden prevaleciente-vigente, así como también legitimidad a los actos que desempeñan las personas que están autorizadas a crear, aplicar e interpretar el Derecho.[7] Ergo, me pregunto, ¿hay una mayor falacia, mentira o engaño, que en la cual vivimos?

 

   Quiero dejar en claro que, en resumen, todo lo que yo explaye aquí, va a ser una mentira – en el sentido de que también vivo en el engaño y por ende, los elementos de los que me sirvo, son verdades tautológicas en sí mismas -, pues estoy trabajando a partir de metáforas privilegiadas que surgen, si se quiere fijar una fecha, con la celebración expresa del contrato social – o más bien, mucho antes, a partir de que aquel fue convenido tácitamente. Por ende, como ningún ser humano posee una ‘verdad’, el resultado de lo que se exponga a través de estas líneas, no se obtendrá, por cuanto no habrá ningún resultado que deba inferirse, sólo metáforas.

 

   En definitiva, en base a lo expuesto hasta el momento, se infieren como notas características de los derechos fundamentales: a) ser auténticos derechos – en el significado dado a dicho término, es decir instrumento artificial -, es decir bienes debidos, no meros ideales a alcanzar, ni principios morales, ni valoraciones, ni postulados políticos o requerimientos sociales;  b) no ser inherentes a la naturaleza humana, pues los derechos fundamentales son parte del artificio en el que vivimos y creamos – no obstante, desde esta perspectiva, sí serían inherentes a la naturaleza humana; c) no ser preexistentes a la ley positiva; d) ser constitutivos de nuestro sistema de gobierno, pues si este no protegiera ni reparara las vulneraciones que las personas sufren en sus derechos fundamentales, caería el fundamento de su existencia.

 

   A modo de corolario, entiendo que “la persona humana, […], es el fundamento del ordenamiento jurídico”[8], así como también su creador.

 

III.   Fundamento de los  Derechos Humanos

 

   Lo primero que hay que decir, a propósito del fundamento es que en el lenguaje corriente significa aquello en lo que se apoya algo, es la realidad que sirve para cimentar o soportar otra u otras. El fundamento es: “Principio y cimiento en que estriba sobre el que se funda un edificio u otra cosa.”[9] En palabras de Heidegger, la palabra fundamento tiene diversos significados, entre ellos: aquello que ya de antemano yace para todo ente, como soporte, esto es, el ser. Ergo ser y fundamento son lo mismo.[10] Ergo, fundamentar los derechos humanos “no es, por tanto, algo distinto que determinar la realidad en la que se sustentan y respecto de la cual se hace exigible su reconocimiento. Es interrogarse por el mismo ser de los derechos humanos, por su porqué  y para qué; es relacionar el fundamento con lo fundamentado.”[11]

 

   Las primeras formulaciones históricas de los derechos humanos se realizaron en el siglo XVI: la Escuela de Salamanca […], exige los derechos humanos o naturales para todos, por obra de Bartolomé de Las Casas, no sólo para los europeos, sino también para los indios[12]; “[…] luego siguieron las de la segunda mitad del siglo XVIII (Bill of Rights de la Constitución de Virginia, 1776, la Declaración Francesa de los Derechos Humanos de 1789) invocan expresamente el derecho natural. Los derechos humanos son concebidos como derechos otorgados por el derecho natural y su existencia no depende del derecho positivo. Lo único que queda al legislador es su reconocimiento. En el transcurso del siglo XIX esta fundamentación de los derechos humanos perdió gran parte de su fuerza de convicción cuando el positivismo jurídico se convirtió en la concepción iusfilosófica dominante. […] los derechos humanos fueron decepcionados bajo la forma de derechos y garantías constitucionales por la mayoría de los órdenes jurídicos positivos.”[13] Luego, con la aparición de los regímenes totalitarios, surgió la necesidad de buscar un fundamento iusfilosófico para evitar que las atrocidades cometidas, contra los derechos fundamentales, durante la Segunda Guerra Mundial no quedaran impunes. Entonces, “se sintió la necesidad de proporcionar a los derechos humanos una fundamentación más sólida que el mero derecho positivo para poder proteger esos derechos contra los regímenes totalitarios. […] lo que condujo a una especie de renacimiento del derecho natural.”[14]

 

  A raíz de ello, se adujo que existe un sistema moral objetivamente válido, accesible al conocimiento humano. Para poder analizar esto, es necesario definir los conceptos de iusnaturalismo y positivismo. El primero, en palabras de Nino, puede caracterizarse diciendo que consiste en sostener conjuntamente dos tesis: a) existen principios morales y de justicia universalmente válidos y asequibles a la razón humana; y, b) un sistema normativo o norma es jurídico siempre que no contradigan dichos principios morales.[15] Asimismo, el positivismo puede ser caracterizado de acuerdo a través de las siguientes tesis: a) no existen principios morales y de justicia universalmente válidos y cognoscibles por medios racionales y objetivos – escepticismo ético -; b) el derecho positivo, sólo por tener el monopolio de la fuerza y representar la voluntad dominante, es justo y permite justificar acciones o decisiones sin importar el valor moral de sus normas – positivismo ideológico -; c) el orden jurídico es completo, ergo no tiene lagunas, consistente, ergo no presenta contradicciones, preciso, ergo sus normas no son ni vagas ni ambiguas, ergo el orden jurídico es un sistema autosuficiente – positivismo teórico -; y, d) el derecho positivo puede identificarse sobre la base de ciertas propiedades fácticas sin que para identificarlas deban formularse juicios de valor – positivismo metodológico.[16]

 

   No tendría sentido alguno afirmar que los derechos fundamentales son anteriores a la ley positiva, en consecuencia la persona no es sujeto de derecho con prescindencia a la ley positiva, pues esta se creo para el fin que se estableció parágrafos anteriores – dirimir conflictos y evitar destrucción de la raza humana. Negar la existencia de una dimensión jurídica natural de los seres humanos, no necesariamente implica negar la existencia de los derechos humanos – estos surgen como resultado de la necesidad de crear ciertas herramientas o instrumentos que protejan determinados bienes o intereses de los seres humanos, por el valor que ellos representan para nosotros, tales como: la vida, la integridad física, trabajar dignamente, gozar de un ambiente sano, etcétera -, pues estos son parte integrante y fundamento de la vigencia del orden jurídico positivo, pues este se originó a los efectos de velar por el respeto de aquellos.

 

   En consecuencia, mediante la frase: “solo es Derecho el Derecho Positivo”[17], queda en claro que el debate entre positivismo e iusnaturalismo queda terminado. Como Aristóteles lo reconoció, el Derecho es uno[18], pero a diferencia de él, no considero que en parte sea natural y en parte sea positivo. Incluso más, adoptando una postura escéptica en lo ético, se arguye la inexistencia de principios morales o de justicia universalmente válidos, debido a que ellos no son cognoscibles al ser humano por la razón, pues en palabras de Descartes la única manera de saber que existo es a través de mi pensamiento – “pienso, luego existo, […] podía admitirla sin escrúpulo como primer principio.”[19] Con esto quiero significar que sólo aquello que comprendemos y conocemos a través de nuestra razón es lo válido – mi postura -, pues nada de lo cual yo no pueda probar a través del intelecto – como por ejemplo: la existencia de los principios morales universalmente válidos – realmente tiene sustento fáctico. Es decir, esos principios morales o de justicia universalmente válidos no son preexistentes al orden positivo, sino que todo lo contrario, si como el ser humano reduce el ambiente en el que vive para sobrevivir y por ende crea instrumentos que le faciliten ese fin – el Derecho -, asimismo esos instrumentos se valen de otros, también artificiales, con lo cual podemos entender que dichos principios morales en realidad son una creación del intelecto humano y no el fundamento que le da juridicidad a un sistema normativo, debido a que no hay manera alguna de poder probar en forma cierta y absoluta – desde lo inteligible – la existencia de dichos principios morales preexistentes al orden jurídico vigente, los cuales le otorgan validez.

 

   Entonces he llegado a un punto en el cual puedo afirmar que “si no hay normas morales absolutas, objetivamente válidas, tampoco puede haber derechos morales absolutos y, en particular, derechos humanos universalmente válidos.”[20] Por consiguiente, los derechos fundamentales sólo pueden estar fundados en el derecho positivo, “sólo pueden ser interpretados como exigencias que se formulan al orden jurídico positivo desde el punto de vista de un determinado sistema moral – también artificial, ergo con las falencias y deficiencias que tiene un ordenamiento jurídico positivo.”[21] Es pertinente aclarar que “el Derecho es originariamente una exigencia del ser humano, […], para realizarse como persona dentro de la comunidad, […]. De ahí que el derecho participe, […], de la estructura misma del ser humano en cuanto libre y coexistencial.”[22] En suma, “el Derecho es un fenómeno social, […] es una realidad totalmente distinta de la naturaleza. […] es un orden que regula la conducta de los hombres. […], aparece como un método específico que permite inducir a los hombres – debería decir seres humanos – a conducirse de una manera determinada. El aspecto característico de este método consiste en sancionar como un acto coactivo la conducta contraria a la deseada.”[23]

 

   Por ende, los derechos humanos no son algo dado, sino una exigencia, que nos imponemos los seres humanos a nosotros mismos para así sobrevivir. Solamente son reales con su positivización, estando estos librados al capricho del legislador.[24] Esto, puede argüirse, es peligroso, no obstante, no veo sentido en cerrar los ojos a la realidad y postular un terreno firme donde no lo hay – parágrafos más arriba se explicó que, incluso, respecto del lenguaje, no hay un lenguaje ideal o único del cual todos los demás provengan, sino que los seres humanos fuimos ideando diversos modos de comunicarnos para relacionarnos y así sobrevivir, por cuanto “la suma de fuerzas […] es instrumento de conservación.”[25] Ergo, fundamentar a los derechos humanos en el iusnaturalismo es poco convincente y sospechoso, por cuanto crea una sensación de seguridad que no existe realmente, pues si ellos tuvieran una base tan fuerte como el derecho natural propugna, no podríamos dejar de respetarlos; entonces, de este razonamiento, puede inferirse que, en realidad, estos son una conquista de la raza humana, por la cual hay que procurar la mayor cantidad de herramientas que velen por su cuidado.[26]

 

IV.   Palabras de Cierre

 

   En definitiva, ¿por qué arguyo que los derechos humanos son el bien protegido por la tipificación del genocidio, lesa humanidad y crímenes de guerra? ¿Cuáles son los fundamentos para justificar esta proposición afirmativa? ¿Por qué existe, en la actualidad, la necesidad de protegerlos? Esta necesidad, ¿es realmente imperativa?

 

   Esta clase de cuestionamientos surgen a raíz de lo que se viene exponiendo en este ensayo. En otras palabras, comprendemos que vivimos en una sociedad regulada por un sistema jurídico, netamente artificial, creado a los efectos de generar una convivencia pacífica y un orden o estabilidad en las relaciones entre humanos. Ahora bien, si bien a través del orden jurídico positivo se busca la protección y el respeto de los derechos de todas las personas, no debemos olvidar que, esos derechos, han sido ideados por sujetos similares a nosotros, y que, a diferencia de la corriente iusnaturalista, no son inherentes a los seres humanos por el sólo hecho de ser humano. A lo sumo, podría interpretarse que esa supuesta inherencia de la que el derecho natural habla, es más bien otra manera de intentar convencernos a nosotros mismos de que debemos respetar cierto reducto de bienes o intereses que hacen nuestra supervivencia, por el mundo, posible. Es decir, es necesario crear una ilusión, creíble a los ojos de la mayor cantidad de individuos, para así convencer – me pregunto, ¿acaso la religión no es un sistema de dominación y poder, cuál es su prueba científica?, no la tiene, por ello recurre a la fe.

 

   A lo largo de la historia de la humanidad – poniendo como inicio, el Código de Hammurabi -, los seres humanos hemos librado innumerables cantidad de batallas, cruentas, sangrientas, devastadoras, cuyo único fin, era la destrucción del ‘enemigo’, del contrario, o sea, de otros seres humanos – gracioso, no?; triste, demasiado, pues ello demuestra nuestra naturaleza. A medida de que el ser humano fue evolucionando – vaya uno a saber qué quiero con ello significar -, fue ideando artificios para legitimar la destrucción del ‘enemigo’, luego – corriente humanista – se adujo que la guerra no tenía que ser la solución a los problemas, específicamente durante el siglo XX luego de la Segunda Guerra Mundial. Durante ese épico suceso – ¡¿lucha entre los seres humanos buenos contra los malos!? – atrocidades - ¿nunca antes vistas? -, tocaron los ‘corazones’ de nuestros líderes de ese entonces, y decidieron que esas abominaciones no podían ocurrir nunca más, ergo, resurge el derecho natural, a raíz del cual se crean principios morales de valor universal – esto implica que son absolutos y no necesitan ser probados – sobre la base de los cuales, todo ordenamiento jurídico debía estar apoyado para ser tal, caso contrario, no había la obligación de obedecer.

 

   A través de dicho discurso, se inicia la protección de los derechos fundamentales, es decir, la idea era que, no obstante un sistema jurídico positivo no los reconociera explícitamente, debían, igualmente, ser respetados, pues le dan fundamento a la existencia del mismo, en otras palabras, el orden jurídico existe para evitar que se cometan violaciones contra dichos derechos. O sea, el razonamiento fue: evidentemente, un orden jurídico positivo, puede dar lugar a masivas violaciones a los derechos humanos, entonces, debemos buscar algo – derecho natural – a raíz del cual podamos conseguir su absoluta protección – lo cual, hoy en día, no funciona, pero ello así por cuanto no es necesario crear artilugios y creer que con ellos todo se va a solucionar. Si, a lo largo de estas páginas, se viene propagando la idea de que todo lo que nos rodea, todo en lo que creemos, es obra de la creación humana – ergo artificial -, por ende que no hay nada más allá de los seres humanos, quienes primero existimos y luego nos definimos – “el ser humano no es nada más que su proyecto, no existe más que en la medida en que se realiza, no es por lo tanto, más que el conjunto de sus actos, nada más que su vida”[27] -, entonces, no debemos dejarnos engañar por una proposición como la que arguye el iusnaturalismo: los derechos fundamentales son inherentes a los seres humanos por el sólo hecho de ser tales, en palabras de Nino, se llega a la conclusión de que “los derechos humanos otorgados por un orden jurídico son derechos morales, que el orden jurídico en cuestión reconoce, pero cuya existencia es independiente de ese reconocimiento. […] principios y juicios que poseen una validez objetiva, es decir, valen en todo tiempo y lugar, con independencia de su reconocimiento fáctico, y que son accesibles a la razón humana.”[28]

 

   Obviamente, surge el pero ahora. Pero, ¿cómo puedo, tácticamente, demostrar que dichos principios a los que alude Nino, son accesibles a la razón humana? Quizás, sólo a través de la fe. En realidad, no lo puedo probar tácticamente, ergo no valen en todo tiempo y lugar pues no son accesibles a la razón humana, excepto, por supuesto, por el hecho de que durante los últimos cincuenta o sesenta años se ha venido dando una exaltación por la cultura de los derechos humanos, ergo esto es comparable con la Alemania Nazi, período aquel, en el cual, si una era enseñado de que su raza era superior a las demás, que incluso existían razas que debían ser destruidas, obviamente uno iba a creer en ello - ¿o acaso la discriminación no se aprende, no se absorbe del ambiente que nos rodea?

 

   Entonces, a partir de la culminación de la Segunda Guerra Mundial, surgió la necesidad de crear más instrumentos a través de los cuales, se pudieran evitar y, en caso de no lograrlo, castigar a quienes no respetasen ese reducto de derechos. A raíz de ello, se dio origen a diversas categorías de delitos que, podrían ocasionar vulneraciones a los derechos humanos, entre ellos, se tipificaron los delitos de lesa humanidad, genocidio y crímenes de guerra. Los mismos, por la gravedad que pueden ocasionar, se encuentran hoy en el Estatuto de Roma, ergo son competencia de la Corte Penal Internacional, lo cual significa, que en ciertos supuestos y bajo el cumplimiento de ciertos requisitos de admisibilidad, este Tribunal tiene la facultad de poder juzgar a aquellas personas que cometan semejantes delitos en detrimento de los derechos fundamentales.

 

   A modo de conclusión, puede llegar a entenderse en esta línea de pensamiento que los derechos humanos surgen con la finalidad de reducir el ámbito de convivencia, es decir la positivización de los mismos, y una fuerte educación de respeto por ellos, permitiría, quizás, evitar las constantes violaciones que sufren, y así generar una mayor tolerancia entre los seres humanos. Porque en definitiva, de esto se trata nuestro mundo: el ser humano busca su bienestar individual sin importar el de los demás, ergo se ve que ello incluso puede llevar a que nos destruyamos entre nosotros mismos, por ende buscamos unirnos bajo un pacto de paz, y damos nacimiento a todo aquello que nos pueda llegar a ser útil para evitar dicha destrucción, y por ende sobrevivir. Creamos ideas absolutas, las cuales son verdaderas metáforas privilegiadas, pues no hay manera fáctica de probar su absolutez y menos su veracidad. Hoy en día, llegamos a un punto tal en el cual la necesidad de proteger estos bienes jurídicos – los derechos fundamentales – se hace imperativa como sustento de la existencia del sistema estadual bajo el cual vivimos. Pues, si este – el Estado – no es capaz de proveernos de dicha protección, considero que podríamos dar por terminado el contrato social que nos une y buscar una nueva forma de vida, o no.

 

V.   BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA

 

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-         Pinto, Mónica, Temas de Derechos Humanos, Buenos Aires, Editores del Puerto, 1997, 987-9120-07-8.

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        Sartre, Jean Paul, El Existencialismo es un Humanismo, Barcelona, Ediciones del ´80.


 


[1] Pinto, Mónica, Temas de Derechos Humanos, Buenos Aires, Editores del Puerto, 1997, 987-9120-07-8, p. 13.

[2] Ferreyra, Raúl Gustavo, Notas sobre Derecho Constitucional y Garantías, Buenos Aires, Ediar, 2001, 950-574-150-2, p. 137.

[3] Derrida, Jacques, La Descontrucción en las Fronteras de la Filosofía, Barcelona, Paidós, 1989, 84-7509-526-7, pp. 36/7.

[4] Nietzsche, Friedrich, Acerca de la Verdad y la Mentira en Sentido Extramoral, pp. 59-61.

[5] Ibidem, pp. 64/5.

[6] Rosseau, Jean-Jacques, El Contrato Social, Buenos Aires, Longseller, 2001, 987-9481-13-5, p. 34.

[7] Cfr. Ferreyra, Raúl Gustavo, Notas sobre Derecho…, ob. Cit., pp. 68-73.

[8] Hoyos Castañeda, Ilva M., Entre la Naturaleza y la Dignidad: Reflexiones sobre el Fundamento de los Derechos Humanos,  en Rabbi Baldi Cabanillas, Renato, Las Razones del Derecho Natural: Perspectivas teóricas y Metodológicas ante la Crisis del Positivismo Jurídico, Buenos Aires, Desalma, 1998, 950-569-150-5, p. 176.

[9] Voz ‘fundamento’, en Real Academia Española, Diccionario de la Lengua Española, Vol. I, Madrid, Espasa Calpe, 1992, p. 1005.

[10] Cfr. Heidegger, Martin, La Proposición del Fundamento, Barcelona, Ediciones del Serbal, 84-7628-420-9, 2003, p. 155.

[11] Hoyos Castañeda, Ilva M., Entre la Naturaleza…, ob. Cit., p. 184.

[12] Barret-Kriegel, B., Les Droits de l’homme et le Droit Naturel, Paris,  Puf, 1989,  cap. 1.

[13] Bulygin, Eugenio, Sobre el Status Ontológico de los Derechos Humanos, en Alchourrón, Carlos E. y Bulygin, Eugenio, Análisis Lógico y Derecho, Madrid, Prisma, 1991, 84-259-0896-5, p. 617.

[14] Idem.

[15] Nino, Carlos Santiago, Introducción al Análisis del Derecho, Buenos Aires, Astrea, 2001, 950-508-098-0, p. 28.

[16] Nino, Carlos Santiago, Fundamentos de Derecho Constitucional: Análisis filosófico, jurídico y politológico de la práctica constitucional, Buenos Aires, Astrea, 1992, 950-508-377-7, p. 36/7.

[17] Ollero, Andrés, La Eterna Polémica del Derecho Natural, en Rabbi Baldi Cabanillas, Renato, Las Razones del Derecho Natural: Perspectivas teóricas y Metodológicas ante la Crisis del Positivismo Jurídico, Buenos Aires, Desalma, 1998, 950-569-150-5, p. 279.

[18] Aristóteles, Ethica Nicomáquea, Buenos Aires, La Nave de los Locos, 2002, 987-20295-2-0, pp. 118-126.

[19] Descartes, Rene, El Discurso del Método, Madrid, Edaf, 1982, 84-7166-269-8, pp. 64/5.

[20] Bulygin, Eugenio, Sobre el Status…, ob. Cit., p. 624.

[21] Idem.

[22] Fernández Sessarego, Carlos, Fundamentos de los Derechos Humanos en el umbral del siglo XXI: Personalismo, Tridimensionalismo y Proyecto de Vida, en Abogados Nº 7, Lima, Edición Especial, 2001, p. 14.

[23] Kelsen, Hans, Teoría Pura del Derecho, Buenos Aires, Eudeba, 1997, 950-23-0666-X, p. 23/4 y 70.

[24] Idem.

[25] Rosseau, Jean-Jacques, El Contrato…, ob. Cit., p. 34.

[26] Bulygin, Eugenio, Sobre el Status…, ob. Cit., p. 625. 

[27] Sartre, Jean Paul, El Existencialismo es un Humanismo, Barcelona, Ediciones del ´80, p. 7.

[28] Nino, Carlos S., Ética y Derechos Humanos, Buenos Aires, Astrea, 1984, 950-508-289-4, p. 25.