Editorial

SALVAR LA AMAZONIA, ¿DE QUIÉN?

    En los últimos tiempos, ha arreciado una ofensiva, no siempre sutil, notoriamente vinculada a los Estados Unidos de Norteamérica (aunque también se vislumbran otros centros de poder detrás, especialmente europeos), y respaldada por algunas organizaciones no gubernamentales (una proteica especie de nuestra época, cuya generosa paleta tiene lugar para todos los colores), que generalmente se proclaman "ecologistas", y defensoras a ultranza de los recursos naturales en extinción (que a menudo son todos menos el ser humano, cuyos millones de crías que fallecen cada año, antes y después de nacer, rara vez merecen tanta lágrima, y muchas incluso todo lo contrario, como sucede con los paradojales alegatos ecológico-abortistas, que son más de uno...).

        Me refiero a la prédica que destaca la importancia visceral que para el futuro del mundo (en este caso particular, la Humanidad va incluida) poseen las fuentes de agua potable que aún sobreviven. En particular, los discursos se relacionan, en esta etapa, con la selva amazónica, y la cuenca impresionante del río que le da nombre. Estudios serios atribuyen a ese sistema ecológico extraordinario, único por su amplitud y características, entre el 60% y el 70% de las reservas universales del precioso elemento. Hay quienes levantan aún más ese guarismo, con fundamentos. La civilización humana podrá seguir adelante sin petróleo, sin gas, y sin energía atómica. Pero algo es seguro: sin agua potable, no.

        Claro que el destino les ha jugado a las grandes potencias del Norte una pésima pasada, porque resulta que ese reservorio esencial se halla distribuido íntegramente entre países sudamericanos, tradicionalmente considerados "pobres", "subdesarrollados", "deudores", y otra suerte de calificativos poco edificantes. Por fortuna para esos superpoderes, también se trata de estados débiles, que militarmente jamás podrían constituir un obstáculo serio para las fuerzas armadas de las coaliciones imperialistas, como la que en el 2003 invadió Irak, y lo somete (dificultosamente) todavía, en abierta violación a todas las normas del Derecho Internacional Público.

        Por eso, se está difundiendo últimamente una campaña certera e insistente, sobre todo por medio de Internet, que tiende a "alertar" a los ciudadanos del mundo "desarrollado", y en especial a los estadounidenses, acerca del riesgo "para la Humanidad" que implica la posesión de esta colosal riqueza estratégica por parte de un ramillete de supuestas republiquetas caóticas, que ni siquiera pueden mantener sus propias instituciones, ni gobernarse pacíficamente a sí mismas, ni pagar sus deudas, como hace cualquier país decente. Es como si el tesoro familiar estuviera en manos de una banda de niños malcriados y violentos, impredecibles e inmaduros. Se hace hincapié en la corrupción reinante en esos estados, en la desprotección de los derechos esenciales de sus habitantes. Se pinta un cuadro truculento, que el cine y la televisión ayudan a difundir...

        Como respuesta, solución terrible, triste y muy de última instancia, pero desgraciadamente necesaria, se plantea la "internacionalización" del área amazónica. A veces, no se habla en forma directa de una pérdida de la soberanía, sino de una especie de administración subordinada, bajo protectorados con otro nombre, menos ominoso pero igualmente efectivo. ¿A cargo de quién? Pues, de las Naciones Unidas, que se han ido convirtiendo, en estos lustros finales, en el mascarón de proa del seudo-imperio del águila calva (siempre esas aves...) y sus camaradas de armas y cofres. Por supuesto, esta respuesta se entreteje, más o menos concientemente, con la cuestión de la deuda externa. ¿Cómo pueden los insolventes morosos dominar la riqueza del orbe, mientras los defraudados prestamistas honestos se ven privados de ella?

        Nada se dice, por supuesto, de las circunstancias de contracción de esas supuestas deudas, muchas veces tomadas por gobiernos espurios colocados en el poder violentamente por los propios estados capitalistas. Menos aún se habla de las reiteradas violaciones a los principios elementales del Derecho Internacional, fundados en los parámetros del Derecho Romano. La ilegitimidad de los intereses de intereses (anatocismo), de la elevación unilateral de las tasas, etc., etc. Reiteradamente ha sido demostrado que la deuda externa latinoamericana, si es que existió alguna vez, ha sido ya pagada varias veces, y con exceso. Hoy, esta quimera es una colosal mentira que, sustentada por los intereses creados de adentro y de afuera, se bebe la sangre de nuestros pueblos, y para colmo les deja un sabor amargo de propia culpa, y los convence de su inferioridad esencial e irreversible. La deuda externa es una nueva forma de darwinismo social, con muchos puntos de conexión con la cosmovisión fundante del nazismo, les guste o no les guste a sus defensores. Si el del racismo fue "el mito del siglo XX" (Rosemberg dixit), éste es el el del XXI.

        Latinoamérica es atrasada y primitiva, subdesarrollada y salvaje, porque pugna por salvar del caos de nuestra era una civilización basada en el valor de la vida humana desde la concepción y hasta la muerte. Porque reconoce en la familia al componente esencial de la comunidad humana. Porque aún cree en la trascendencia, en la grandeza de la Creación y de su Autor, lo llame como lo llame, y se obstina en no poner al dinero como ídolo en el altar de sus afectos. Latinoamérica nunca trató de conquistar a nadie, nunca llevó a otras tierras sus ansias de explotación y prepotencia, nunca se creyó ontológicamente superior a otras civilizaciones o culturas. Latinoamérica se abrió de par en par a los perseguidos, a los expatriados, a los parias de todas las regiones. Y los integró, en toda la medida en que desearon integrarse, porque su fuerza de atracción siempre superó a la de los patéticos grupúsculos fascistas discriminatorios insertados en su tejido social.

        Latinoamérica es bárbara y retrógrada, porque lucha contra el aborto y la esterilización compulsiva. Porque sus arcaicos moradores a menudo avanzan en grandes procesiones religiosas, y suelen venerar a los santos con denuedo, y hacer bendecir las semillas antes de la siembra, y nada de eso entra en los parámetros de la Escuela de Chicago, ni en el neo-positivismo económico de Harvard. La cultura de Rulfo, de García Márquez, de Isabel Allende, de Jorge Amado, de Borges, de Cortázar y de Alejo Carpentier, entre tantos otros, es en extremo resistente a las verdades de hierro de Wall Street y al time is money. Nosotros no tenemos edificios tan altos (aunque el más alto del mundo fue diseñado por un argentino), ni autopistas tan extensas, ni aeropuertos tan impresionantes. Es cierto, pero teníamos (y aún tenemos, a pesar de todo) menor consumo de drogas, menor violencia social, y más sentido de la vida.

        La enorme mayoría de las veces que la estabilidad política latinoamericana se ha quebrado, por lo menos desde la segunda mitad del siglo XX, los intereses estadounidenses (y, en menor medida, de otras potencias del Norte) han estado detrás, obrando cobarde y subrepticiamente. Eso es algo que hoy nadie en su sano juicio discute. No somos más corruptos que aquellas naciones, cuyos escándalos a menudo resultan ciclópeos, aunque sean en inglés, alemán, japonés o chino. No somos mejores ni peores. Harvard dio premios a los científicos nazis, Francia fue pionera en la eliminación de deficientes mentales con gas, Inglaterra esclavizó naciones enteras y desarrolló las teorías racistas, Japón prostituyó a miles de mujeres en los países que sus fuerzas ocuparon, Rusia mató a millones en su "archipiélago Gulag", China barrió con sus cerebros en las "revoluciones culturales", Italia eligió a Mussolini, y Alemania a Adolfo Hitler. España idolatró a Franco... ¿Hay que seguir?

        ¿Para qué civilización debe ser "preservada" la Amazonia? ¿Para la del capital, y el llamado "neoliberalismo" (que, en realidad, ni es nuevo, ni es liberalismo)? Porque, si es así (y así parece que fuera), deseo hacer notar un fenómeno curioso. Cada vez que realmente consideramos que algo es importante, procuramos extraerlo de inmediato del esquema del capitalismo, con todas sus secuelas (patentamiento, propiedad privada, explotación económica, etc.) Así sucede, por ejemplo, con el genoma humano, con los órganos y materiales anatómicos de nuestra especie, y podríamos continuar. Si en verdad creyésemos que ese sistema es bueno, no estaríamos tan desesperados por impedirle acceder a los extremos que tenemos por más preciados y valiosos. Pero lo cierto es que, más o menos concientemente, sabemos de sus aristas perniciosas, de su flagrante inhumanidad. Y le tenemos un justificado, visceral miedo.

        Este mes de febrero, PERSONA tardó en aparecer. Algunos amigos lectores se asombraron, se preocuparon incluso. Pedimos disculpas. Lo que sucedió, justamente, es que, aprovechando la honrosa invitación de la prestigiosa Pontificia Universidad Católica del Ecuador para dar unas clases en un seminario de posgrado, y del acogedor Hostal Charles Darwin, de la ciudad de Quito, para residir en sus confortables y amistosas instalaciones, cumplí uno de mis más recónditos y persistentes deseos: el de conocer la Amazonia ecuatoriana. No fue mucho lo que pude adentrarme en esa tierra fantástica, desgraciadamente, y me queda para futuras incursiones una profundización mayor y más duradera. Pero alcancé a tomar un sabor de aquella selva extraordinaria, a dejarme rodear por sus plantas gigantes, a bañarme en sus cascadas prístinas, a llenar mis atrofiados oídos urbanos con su sinfonía desordenada de sonidos imposibles. Entre aves de colores exóticos y mariposas inverosímiles, tuve la oportunidad de palpar, siquiera de tangente, la riqueza de ese pulmón del orbe. El Napo, el Pastaza, con su incesante correr de aguas preciosas, me confiaron ominosas visiones de un futuro no improbable: el de la invasión militar sangrienta, que tiña de bermellón la selva esmeralda, como pintó recientemente el desierto mesopotámico.

        Latinoamérica debe cerrar filas desde hoy mismo en la defensa pública de su derecho a ser respetada. No podremos librar una guerra contra el Norte invasor, ni tendría sentido que pensáramos siquiera en esa hipótesis. En realidad, dado el esquema militar actual, la existencia misma de nuestras fuerzas armadas carece de sentido real, porque en ninguna verdadera hipótesis de conflicto podrían sernos de utilidad alguna. Y no me refiero a nuestras guerras fratricidas de opereta, vergüenza de la tierra de San Martín y Bolívar. Esas, deben ser abolidas para siempre, por zopencas y ridículas. Y cuando tengamos en frente a un enemigo en serio, ¿qué haremos con nuestras simpáticas defensas contra esos poderes colosales? Latinoamérica no puede fundar su porvenir en la milicia, sino en la vigencia del Derecho. Sólo en un mundo donde las fronteras se respeten y las violaciones sean condenadas unánimemente, podremos aquí en el Sur dormir tranquilos. No es el mundo en que hoy vivimos, por cierto. No, al menos, desde que la Humanidad convalidó la invasión flagrante del Irak, declaradamente mentirosa en sus excusas, abiertamente asesina en su proceder.

        No me consta que sea auténtica una aducida respuesta de un ministro brasileño a la pregunta sobre la internacionalización de la Amazonia. Habría contestado que, en tal caso, deberían ser internacionalizados también los museos, los yacimientos de petróleo, las deudas externas, los niños con hambre, en fin, el mundo todo. No sé si será verdad ese argumento, aunque el coraje del noble país verde bien me consta y admira, y nada me asombrarían esas palabras osadas en boca de un representante suyo. Pero, sea real o no aquel discurso, sin dudas son bien ciertas las cosas que en él se vierten. ¿Por qué se habla de internacionalizar la Amazonia, pero no los bosques estadounidenses, que también son de gran valía para nuestra especie? Simple y sencillamente, porque los latinoamericanos no tenemos los portaaviones ni los submarinos que sí manejan Washington y sus nórdicos aliados.

        Aún resuenan en mi memoria los murmullos de esa selva codiciada. Que sean el preámbulo de una masacre militar sin precedentes, quizás incluso de una Guerra Mundial, la última de todas, o un adagio de cara al futuro de una Tierra nueva, de nosotros, de todísimos nosotros, depende. Mi corazón ya tocó el Amazonas, ya se impregnó de su aura mágica. En sus últimos tiempos de agonía, Ricky, mi hijo adolescente, a cuya memoria esta humilde revista está dedicada, me confiaba su íntima esperanza de que allí, en los efluvios serpentinos de esa oscuridad esmeralda, yacía escondido el remedio huidizo para el cáncer. Él no llegó a tenerlo, querido y heroico muchacho mío, pero tal vez sí lo logren otros, en un mañana cercano. Yo creo en esa profecía de Ricky: mucho bien ha de surgir de aquella foresta entrañable, si la Humanidad la encara con respeto recíproco, y sin bravuconadas autoritarias ni mesiánicas.

        Muy cordialmente,

                                            Ricardo Rabinovich-Berkman   
 

ALGUNAS FOTOGRAFÍAS


En medio del océano esmeralda


El río Pastaza, en todo su esplendor


Los puentes amazónicos (para encomendarse a Dios antes de cruzarlos)


Jugando
con mariposas gigantes


Cosas que pasan: un camión choca EN el puente,
y el tránsito queda demorado por horas


Cosas que pasan: el río se llevó el puente; en tanto lo reponen, hay que vadear con el coche


Llueve en la inmensidad verde

 
Con dos de mis hijos
en una maravillosa
ducha natural recóndita,
"made by God".


En la Universidad Católica del Ecuador, con el Dr. Pablo Sarzosa Játiva, Director de la Unidad de Investigaciones y Estudios Avanzados de la Facultad de Jurisprudencia,
y su eficiente Secretaria, Silvana Rosero Bravo


Con doña Catalina Jaramillo, propietaria, junto a sus hermanos Alberto y Ramón, del Hostal Charles Darwin, de Quito,  ([email protected]), un sitio ideal
para los que nos gusta viajar sintiéndonos "en casa"...


John Lennon, Marilyn Monroe y Chaplin:
el Hostal Darwin y yo tenemos ídolos en común...


En el plácido jardín
del Hostal Darwin

 

Y esta foto de mi hijo menor,
Alexis, en el avión, al regreso,
la pongo... porque me gusta
(¿o acaso no es por ellos
que hacemos todo lo que hacemos?)