EL “EFECTO MASA “ Y LOS LIBROS
por Marcos Manuel Sánchez (Marsan)
Es curioso comprobar hasta qué punto en la
moderna sociedad de consumo se sigue el principio de que “el tamaño es lo que
importa”. Cuanto mayor es el número de metros cuadrados de un centro comercial,
más devastadora resulta la atracción ejercida sobre la psique consumista del
ciudadano. Sales del trabajo y antes de llegar a casa paras ante la enormidad de
un centro de esos, dispuesto a adquirir aquel paquete de maquinillas de afeitar
que te hacía falta. Bueno, pero como unos pasos más allá está la sección de
música y cine, te llevas el último par de films que han sacado en DVD las
multinacionales abastecedoras de ocio. A continuación pillas un compact del
grupo que más gusta a tus hijas, agarras el spray desodorante del cercano
estante de perfumería y por último (at last but not least, que diría un
sajón) recalas en la sección de jardinería, ¿cómo no? Para llevarte un par de
sacos de mantillo. Ese es el coste real del maldito paquete de maquinillas para
el rasurado. Sin olvidar que hemos dedicado el triple del tiempo que estábamos
dispuestos a emplear.
Si cuando recoges el coche compruebas que
delante de ti se adocenan en una fila interminable otros como tú que intentan
escapar del vientre del gigante comercial, ello no supone obstáculo para que
vuelvas por allí una y otra vez en penitencia voluntaria, animado por un
instinto compulsivo digno de una atenta terapia psicoanalista.
Y yo me pregunto: ¿pasaría lo mismo si no existieran las grandes superficies?
¿Cuánto tiempo nos llevaría recorrer cuatro manzanas del barrio buscando la tienda de discos, el videoclub, la droguería y la tienda de… ¿dónde se vendía el mantillo antes?
En fin, si aplicamos lo anterior al mundo del libro podríamos establecer un
símil:
Llega a mis manos el último best seller mundial. Una novela que ha arrasado entre las masas consumidoras quienes, como yo mismo, llevan en su carrito de la compra alimentos, películas, ropas, calzado y … un libro. Ese libro que todos sabemos que hay que comprar gracias a la implacable maquinaria publicitaria que nos lo imbuye en el hipotálamo. El boca a boca subsiguiente ha contribuido a extender el éxito de la obra al igual que un vertido de petróleo se difunde en el amplio mar. Más que un boca a oreja es una letanía que surge de forma espontánea en cualquier conversación: “tienes que comprarlo, te va a encantar”.
Cualquier momento y lugar es bueno para hacer propaganda y contribuir a extender la notoriedad de autor y obra hasta el último confín.
Y sin cobrar por ello.
Nos convertimos en los mejores agentes de ventas altruistas. El libro famoso va
implantándose y manifestándose con una presencia creciente en nuestras vidas. Se
habla de él en iglesias y tabernas; vive en la palabra de letrados y menos
ilustrados; convive, roza, engrana en nuestro entorno y llega el instante en que
decides arrojarte a sus literarios brazos que te tientan como el torero a su
bestia.
Y te pones a bufar, entras al trapo y la compras. Con un fervor difícil de
explicar te dispones a leerlo. Has encontrado por fin ese hueco huidizo en tu
tiempo para disfrutar de la lectura. Y lees.
Las primeras páginas encierran contenidos atractivos: un ambiente sugerente
donde unos personajes atrayentes hacen cosas atractivas. Pero a medida que
avanzas en la ¿trama? descubres que cae en aclaraciones tan reiterativas como el
párrafo anterior del presente escrito. ¿Qué pasa? ¿Se trata de un truco del
autor? Quizá sea un guiño al lector para que se ponga en guardia: “lo que venga
después debe ser la mar de original; no pares, sigue, sigue”. Vas dejando que
transcurra la historia y al cabo de muy poco compruebas que tus expectativas se
ven defraudadas por algo que en tu mente comienza a cobrar forma de bodrio
(cualquiera que esta sea). El contenido es tan insustancial que aquella lectura
que imaginabas amena y reconfortante te produce el mismo efecto que si pasaras
las páginas tan sólo mirando por encima, como las vacas que ven pasar el tren.
Se transforma en un discurrir de palabras que resbalan en tu memoria como el
viento entre los árboles; como un paisaje yermo y plano que contemplas
somnoliento a través de la ventana de ese tren.
Así que esta es la gran obra literaria de hoy, la que todos ensalzan y venden
con sus elogios de boca en boca…
Lo mismo sucede cuando adquieres aquel libro de autor desconocido que tiene a
gala lucir en lugar destacado un par de frases rubricadas por un escritor
exitoso que aboga maravillas a favor del novel. “Con este aval merece la pena
comprarlo”, piensa el ingenuo que llevamos dentro. Pero… qué decepción. Al cabo
de algunos párrafos te ves obligado a desistir por motivos parecidos a los que
te llevaron a considerar un engendro el best seller.
“Al menos había que intentarlo. Llevaba un prólogo del gran John Smith”.
Sin el “efecto masa” de los hipermercados, uno iría tan campante por la vida, adquiriendo de poco en poco en los comercios del barrio todo lo necesario para su subsistencia. Habría una sana labor de propaganda de los libros de librero a cliente y entre los amigos aficionados a leer, pero estoy convencido de que seríamos un poco más selectivos con la literatura. Hoy en día todo nos viene impuesto por la imagen y la publicidad desbocada, que además no contribuye a que haya más adeptos a lo literario.
A pesar de todo uno se deja empapar por el chaparrón. Qué más da. Aunque abras
el paraguas siempre te salpicará algo.
Y una vocecilla cansada aunque no exenta de una vaga ilusión se hace notar en el interior de tu mente:
<<Así que estas son las grandes obras literarias de hoy, la que todos ensalzan y venden… >>
¿Cuáles nos invadirán mañana?