Editorial

ABORTO: ¿DERECHO DE DECIDIR?

 

   En las calles de Buenos Aires, mientras arrecia la polémica acerca de la despenalización del aborto, aparecieron unos carteles propugnando el "derecho de la mujer a decidir". Por supuesto, a decidir si ha de llevar adelante su embarazo o no. Esta postura no es nueva ni original, y deriva de los postulados de los "choicers" norteamericanos. He creído, amigos lectores, que merece unas líneas.

    La cuestión de base es que las criaturas aparecen y crecen dentro del cuerpo de sus madres, y se mueren si se las saca de allí antes de tiempo. Ésta es una realidad natural, como los tsunamis y los terremotos (pero también como el dulce sol de otoño y la magnífica aurora boreal), y la ciencia no ha podido hacer aún nada al respecto. Quienes preconizan el derecho de decidir, tienden a mostrarla como una terrible y desgraciada carga, que pesa sobre la mitad del género humano. En otras épocas, cuando la mujer aún no se había liberado, sostienen, la preñez fue vista por sus sufrientes, hipnotizadas bajo la prédica masculina, como una bendición. Hoy, corren otros tiempos. Claro que son unos tiempos muy raros, porque coexiste la prédica abortista con la fecundación in vitro, característica de los sectores y los países económicamente privilegiados, y cuya clientela son señoras que están dispuestas a pagar miles de dólares para tener lo que sus congéneres quieren con tanta voluntad eliminar.

    Se pueden decir (y se dicen) muchas cosas. Es obvio que los niños no deseados se generan dentro de sus madres, se alimentan de ellas, les pesan y las engordan, arruinan sus siluetas y a menudo les afectan la carrera o el trabajo. Eso es verdad. Pero el problema reside en que no son parte de sus madres, porque poseen su propio genoma y su propio cuerpo. Y sucede que esa, su individualidad biológica, que suele pasarse por alto velozmente en los argumentos abortistas, es la real clave de todo el asunto.

    Cuando Van Gogh se cortó la oreja, fue una locura, pero al fin y al cabo... era su oreja, y cada cual con su oreja hace, más o menos, lo que quiere. Más heroico fue el famoso patricio romano de los viejos tiempos, Cayo Mucio, del que nos cuenta Livio (1,2,12) que, preso de los etruscos, puso a quemarse su diestra, tranquila y voluntariamente, al rimbombante lema de "muy poca cosa es el cuerpo para los que aspiran a la gloria", para impresionar a sus captores. Ganó con ello varias cosas: el apellido de Scaevola, "el zurdillo", que su familia llevaría en adelante, unos campos del otro lado del Tíber, nada despreciables, y su vida, porque los etruscos de verdad se impresionaron. Pero, de nuevo, si se le fue la mano (pocas veces tan literal este adagio), era la mano propia.

    Esos son los comportamientos que varios autores actuales llaman "auto-referentes", porque sólo afectan a los demás muy remotamente, pero sobre todo es el sujeto mismo el que se daña. El no demasiado ejemplar señor Michael Jackson, ha hecho con su cara, a altos costos, algo que yo no le haría ni a mi peor enemigo, si lo tuviera. Pero es su cara, y es él quien la debe soportar cada vez que se mira al espejo. En cambio, cuando, según parece, corrompe niños, la cosa es muy distinta, porque sus víctimas son otros. Hay bastante acuerdo en que, más allá de las consideraciones morales y religiosas, aquellas conductas auto-referentes exceden al ordenamiento jurídico, en tanto sean adoptadas con libertad, por parte de personas que saben y entienden lo que van a hacer.

    Como el embrión, luego feto, es otra persona, distinta de la madre, la auto-referencia no existe. El derecho de su madre de elegir si lo mata o no, sería semejante al de escoger si asesina a su vecino, o a sus compañeros de trabajo. No sólo los niños en gestación son molestos. A menudo, las personas que nos rodean pueden hacernos la vida un infierno. Está lleno de gente mala, dañina, perversa, sádica y latosa. Más de una tarde, pensamientos nefastos se nos filtran, aún en las conciencias más sabáticas, con ideas de puñales y suelas felices sobre cadáveres humeantes. Pero sacudimos la cabeza, y seguimos con la preparación del guiso, el bordado del cojín, o la lectura de Kundera, porque sabemos que no se anda por allí matando a los demás, por escabrosos que sean.

    "Si los hombres quedaran embarazados, el aborto sería un sacramento", dice un jocoso refrán que suelen repetir hasta el cansancio algunas señoras proclives al derecho de elegir. Es gracioso y ocurrente (lo escuché por vez primera en una animada película española), pero la hipótesis se muestra harto improbable, a la luz de la Historia. Los hombres, a lo largo de siglos, se han cargado a sí mismos con el peso y el riesgo de ir a la guerra, de realizar los trabajos más peligrosos, de enfrentar a los delincuentes, y muchas otras actividades harto funestas, incómodas e intranquilas. Sin embargo, la cobardía no se ha convertido en sacramento en ningún pueblo del mundo, que yo sepa. Más bien parece que, si los hombres quedaran embarazados, el aborto sería una vergüenza.

    De todos modos, el tema es especulativo, porque salvo el señor Gobernador de California en uno de sus filmes, los hombres no quedan embarazados. El famoso premio de la reina de Inglaterra, si es que existe de veras, sigue vacante, y parece que, por lo menos a mediano plazo, su Majestad y su simpática y discreta familia tendrán otros problemas de los que preocuparse.

    El aborto es un homicidio, y ningún asesinato puede ser auto-referente. Por su magnitud, máxime cuando se halla apoyado desde el Estado, directa o indirectamente, cobra dimensiones masivas, de una entidad abrumadora. Es de un tecnicismo vacuo el debate sobre si puede o no hablarse de genocidio. Es una matanza de enormes proporciones, se la llame como se la llame. Tal vez por eso la Iglesia Católica haya tomado con tanta firmeza el puesto de lucha contra ella, porque a nadie se le escapa, y a la Iglesia misma menos, que con posturas conciliadoras y perfil bajo, en oportunidad de la triste aventura hitleriana, muy bien no le fue en defensa de la Vida. Todo indica que, con gran razón, el Vaticano no desea cometer dos veces el mismo error. Es sabio quien aprende de las equivocaciones previas. Pero, ¡oh portento!, muchos de los que critican agriamente la actual militancia de la Iglesia contra el aborto, le enrostran su actitud ante el nazismo. Es como si dijeran: tú, que ayer no gritaste lo suficientemente fuerte en defensa de los débiles, cuando otro los mataba, estás condenada a callarte hoy, cuando soy yo el que los mata

    ¿Hay puntos de contacto entre las cosmovisiones subyacentes al abortismo y al nazismo? Sí, y varios. Veamos sólo algunos, aunque el tema da para una investigación extensa (de hecho, estoy embarcado en ella). Por empezar, en ambas posturas está presente aquella idea que destacara Hannah Arendt, de "definir quién debe habitar el mundo y quién no" (Eichmann in Jerusalem, Londres, 1963, p 256) y que, con acierto, un especialista en el nazismo de la talla de Saúl Friedländer consideró la "singularidad" de esa ideología (Some reflections on the historicization of national socialism, Tel Aviv, 1987, p 323). La diferencia estaría en que, en el caso alemán, la definición quedaba a cargo del gobierno, y tendía a ser única, mientras que el abortismo la delega a cada mujer en particular, sin menoscabo de la presencia de líneas generales, potenciadas por los medios de difusión y las campañas masivas.

    Allí llegamos al segundo hito de intersección: los criterios de selección. En ambos casos, revelan nítidas características darwinianas. Atención, que el darwinismo de Hitler y sus secuaces, y el social-darwinismo en general, derivan más de La descendencia del hombre (1871), que del Origen de las especies (1859). Éste es un factor que a muchos se les ha pasado desapercibido, y es fundamental, porque ambas obras son muy distintas, en todo sentido (el Origen es indiscutiblemente superior). Y en la Descendencia queda muy claro que la inferioridad de un ser, que haría su destrucción positiva en la mejora de la especie, puede ser no sólo biológica, sino también socio-cultural. Recuérdese que la gran fuente inspiradora de Darwin fue Robert Malthus (tan justamente vapuleado por Marx), que propugnaba la limitación (o abstención) de descendencia por parte de los pobres.

    Hay mucho más. El nazismo también se presentaba a sí mismo como el resultado de los últimos avances de la ciencia moderna, puestos al servicio de la humanidad. Hitler reiteraba que no estar con su partido, era negarse a los imperativos de la ciencia y del progreso. Los opositores eran vistos como retrógrados inquisitoriales, movidos por la religión caduca, y la moral mezquina. Estas posturas llevaron al catolicismo, como recuerda el investigador Guenter Lewy, a un inicial rechazo masivo de las ideas de Hitler, y a la prohibición para los fieles de seguirlo, desgraciadamente abandonada en marzo de 1933, a meses de la toma del poder por parte del caudillo (The catholic church and nazi Germany, N. York, 1964, Cap. I), más allá de la férrea oposición que mantuvieron muchos religiosos, como el heroico San Maximilano Kolbe, incluso hasta dar la vida en ello.

     En la Alemania nazi, siguiendo el esquema característico de los temas biológicos, que Robert Lifton denominara "healing-killing paradox" (la "paradoja curar-matar"), mientras el aborto se hallaba oficialmente prohibido, en duros términos, los "Tribunales de Salud Hereditaria" imponían reiteradamente la interrupción de embarazos por razones eugenésicas, en caso de "emergencia racial", que se entendía dado si "podría suponerse que el niño heredaría ciertos defectos, o tenía paternidad mixta (judía y no judía)" (Lifton, The nazi doctors, medical killing and the psychology of genocide, N. York, 1986, pp 22-42). Como es bien sabido, en consecuencia, la esterilización compulsiva y el aborto se emplearon extensivamente (aunque, es cierto, se negó a las mujeres "arias" la posibilidad de abortar voluntariamente, máxime si portaban un vástago "racialmente puro").

    Algunos diarios y canales de televisión argentinos convocan a encuestas de opinión acerca de la despenalización del aborto. No participo de ellos, pues me disgustan desde la base. Determinadas cuestiones no se plebiscitan. ¿Matamos o no a los enfermos de Down? ¿Ha de permitirse la violación de las prostitutas? ¿Reconocería usted derechos humanos a los transexuales? ¿Piensa que puede dejarse morir a un extranjero agonizante? El mero hecho de exponer esas preguntas al público, muestra un grado de desprecio por las prerrogativas básicas, que me preocupa hasta la sofocación. Claro, si se interrogase acerca de la conveniencia de masacrar a los judíos, o a los árabes, las colectividades se alzarían, el mundo estallaría airado, y todo ello con muchísima razón. Pero los chiquitos que aún no han nacido no siempre tienen tanta prensa...

    Se impone en el combate por la Vida la total erradicación de la maldita hipocresía. Esa que castiga el aborto de las mujeres pobres, o en situaciones socialmente conflictivas, sin preocuparse al mismo tiempo por ayudarlas a llevar adelante su embarazo, a tener un parto seguro y feliz, y después a criar al niño. La existencia humana no puede ser defendida como una entelequia, sino como la realidad compleja que es. Algunos fariseos, incluso, parecen olvidarse que los chiquitos también viven (si pueden) después del nacimiento. No se erradicará nunca el flagelo del aborto, mientras subsistan el "neo-liberalismo" (que no es nuevo, ni realmente liberal), la explotación del hombre, la miseria innecesaria, y la distribución injusta de los recursos. El señor George W., que ahora se ha dado en clamar contra el aborto (y no me engaña), sabe muy bien que el mayor abortivo del mundo se llama Deuda Externa.

     Contra el aborto se ha de alzar una civilización que proteja la vida desde sus inicios, pero de veras. No con proclamas solamente, sino con la concreta asignación de dinero y esfuerzo públicos a la defensa y el amparo de las mujeres en riesgo de interrumpir sus embarazos por razones atendibles, fundamentalmente las económicas y las sociales. Si realmente los chiquitos nos importan, entonces hagámoslos, a ellos y a sus madres, una prioridad en nuestros presupuestos, en  vez de tanta estupidez y prebenda (que en nuestra Latinoamérica, hasta Keops sería un novato en eso de dilapidar en pirámides el sudor de la buena gente). Castigamos el aborto, y toleramos que miles de nenas y nenes medren en la más horrenda pobreza, comiendo nuestros desperdicios, prostituyéndose, cayendo en las fauces de la delincuencia. Seguimos nuestro camino impertérritos mientras sus cerebros en desarrollo quedan estancados para siempre por falta del alimento necesario. Esa hipocresía es la peor enemiga en la lucha por la Vida.

    Muy cordialmente,

                                        Ricardo David Rabinovich-Berkman