SAN ROMERO DE AMÉRICA... ¡PRESENTE!

"Un cristiano que defiende posiciones injustas, ya no es cristiano", Monseñor Romero


"El país está pariendo una nueva edad y por eso hay dolor y angustia, hay sangre y sufrimiento. Pero como en el parto, dice Cristo, a la mujer que le llega la hora sufre, pero cuando ha nacido el nuevo hombre ya se olvidó de todos los dolores... ¡Pasarán estos sufrimientos! La alegría que nos quedará será que en esta hora de parto fuimos cristianos, vivimos aferrados a la fe en Cristo, y eso no nos dejó sucumbir en el pesimismo. Lo que ahora parece insoluble, callejón sin salida, ya Dios lo está marcando con una esperanza. Esta noche es para vivir el optimismo de que no sabemos por dónde, pero Dios sacará a flote a nuestra patria y en la nueva hora siempre estará brillando la gran noticia de Cristo".


Esa esperanzada profecía fue parte de su última homilía de Nochebuena, en 1979. Pequeña parte, porque, como buen latinoamericano, monseñor Oscar Arnulfo Romero, el Arzobispo de San Salvador, era dado a los discursos largos. Sus sermones solían prolongarse por horas, a menudo más de dos, y ser de una riqueza enorme, no sólo espiritual, sino además teológica. Pero sus fieles lo entendían, lo amaban como lo siguen amando hoy, a veinticinco años de su asesinato a manos de un sicario enviado por el fundador del partido político que hoy gobierna su traumatizada patria. Y dondequiera que Romero fuese, el templo se abarrotaba de gente.

 

Las palabras de la homilía de Nochebuena estaban referidas a El Salvador, pero podrían aplicarse a la América Latina toda, y seguirían vigentes, tal vez hoy más que entonces. El hombre que las pronunciaba no siempre había profesado esa férrea vocación de solidaridad y testimonio junto al oprimido pueblo salvadoreño. Antes, había sido conocido como un sacerdote tranquilo, neutral por definición, conservador y no raro de hallar en las reuniones aristocráticas. Tal vez por eso había llegado tan arriba, cuando la realidad se le hizo de repente clara, y la sangre de curas asesinados por un sistema perverso, especialmente el jesuita Rutilio Grande, algunos de ellos formados y ordenados por él mismo, como Octavio Ortiz, lavaron las nubes de su horizonte calmo, y lo precipitaron al calvario cristiano del martirio.

 

El 24 de marzo de 1980, mientras oficiaba la misa de difuntos en memoria de una feligresa, en la capilla de un hospital oncológico, lo mataron. Una bala explosiva, bien calculada, impecable, se alojó en su corazón de apóstol, y lo unió en el sacrificio con Jesús, y con millares de latinoamericanos masacrados. Cayó a la vera del altar, cerca de la imagen de la Virgen... ¿alguien puede dudar que, si hay Cielo, está en el Cielo? Desde entonces, los milagros que se le atribuyen crecen cada día, y su nombre gana en admiración y afecto. El crimen, por supuesto, quedó impune, como corresponde en estas tierras nuestras. Pero el pueblo ya le da título de santo, y no es de dudar que la Iglesia ha de reconocérselo pronto.

 

En un continente que requiere de un cristianismo libre de hipocresías, de discriminaciones, de alianzas espurias con responsables de sangre inocente, comprometido realmente con la Vida, con el amor al prójimo, a todo el prójimo, y con la construcción de una sociedad justa, la figura de San Romero de América se agiganta y anida en cada alma, en cada aliento. No es necesario ser católico, ni siquiera cristiano, para reconocer la talla de un hombre de bien, sea de la religión que sea, hable la lengua que hable, vista la ropa que vista, tenga el color que tenga. Pero Oscar Arnulfo Romero honró al catolicismo, a la cultura hispánica, a Latinoamérica y a la Humanidad toda. ¡Que en paz vivas por siempre, padre Romero, amén!   
 

Si tu Pasión, Señor, fue como un parto,

que vislumbró dulce esperanza tras la muerte,

quizás mi triste pueblo, de abusos más que harto,

por la opresión injusta, de débil se haga fuerte.

 

Cuando desde tu cruz, develaste los misterios

de la verdadera Vida y la razón del sufrimiento,

tu sangre abrieron clavos que clavan los imperios:

el pobre de Latinoamérica, conoce ese lamento.

 

Si ser cristiano es ir, Señor, tras de tus pasos,

y si ser tu siervo, es todo lo que quiero,

aquí te entrego mi alma, Jesús, abre tus brazos.
También a mí, ves, me han matado: soy Romero.


                            
            Ricardo D. Rabinovich-Berkman