LOS DERECHOS

DE LA

MUERTE

 

 

                                                     por Juan Fernando Segovia

Vida y muerte

            Que la muerte es una de las soberanas que rige la vida humana, la historia lo enseña de modo innegable. Griegos, romanos, la antigüedad toda, se preparó para la muerte de modo heroico o trágico, sabiéndola precipitado final de una existencia efímera. Con el advenimiento de la Cristiandad, la vida ganó una dimensión trascendente y la persona humana una dignidad de rango semejante; la muerte ya no se enseñoreó entre los hombres sino como umbral de la eternidad, y la mundana existencia adquirió el valor de prepararnos para ese momento.

            Pero la civilización moderna decidió triunfar sobre la muerte, no por una promesa de eternidad futura, sino por el progreso constante en todos los órdenes de la vida. Una de esas palancas progresistas es el reconocimiento y la declaración de los derechos del hombre, de una manera incesante, redundante y, ahora, globalizante.

            Sin embargo, la realidad suele traicionar las aspiraciones más puras. Y la civilización que glorifica la vida en su dimensión existencial, reintroduce el culto a la muerte en su vertiente criminal.

 

La aldea global y los niños locales

            Cuentan los medios de prensa que a fines del 2004 nos visitó una doctora holandesa para traernos un regalito: instalará un barco en aguas internacionales, frente a la costa argentina, para que las mujeres que así lo quieran, reciban un aborto genuino en condiciones higiénicas del primer mundo. Se me asemeja el tal navío a uno de esos pesqueros de los japoneses, que cuando atrapa una ballena la procesa de inmediato en diversas salas equipadas al efecto. Aquello debe ser por el estilo: agarran una mujer encinta y luego de un proceso desmenuzador, la devuelven sin cinta.

            No había pasado el estupor que causó el anterior anuncio humanitario, cuando de inmediato los políticos mendocinos se pusieron a denunciar el aumento de la tasa de mortalidad infantil en nuestra provincia. Se arrojaron por la cara argumentos y refutaciones, maternidades y salones velatorios, para que al final nada quedara en claro. Salvo un par de cosas: primero, que efectivamente en el 2004 aumentó considerablemente la tasa de mortalidad infantil; segundo, que el gobierno cree que no es significativo hasta que se sepa cuánto ha subido el porcentaje anual de partos.

 

De Holanda con amor

            A pesar de no parecer conectadas, ambas noticias lo están. Las dos son una manifestación del privilegio que le concedemos a la  muerte entre los derechos humanos. Esa doctora holandesa no ha hecho más que importar la máquina de picar carne europea, de probada eficacia, suponiendo que nuestros problemas son similares a los suyos. Y no es así: en Europa ya no hay nacimientos, sus habitantes, cada vez más ancianos, comparten un pequeño espacio de bienestar, pues éste es un derecho al cual no se renuncia.

            En Europa no hay nacimientos: sea por profilaxis, sea por aborto, sea por lo que fuese. Los europeos van a desaparecer y pretenden hacer lo mismo con nosotros. ¿O no nos acordamos que España introdujo en los últimos años familias argentinas con hijos que ellos son incapaces de concebir, no por infertilidad, sino en nombre de su propia felicidad?

            Más allá del dato estadístico, veamos cómo se razona: se sostiene el derecho al aborto en defensa del derecho a la vida. Argumento mendaz, que oculta la muerte del nonato disfrazándolo de la vida de quien le lleva en sus entrañas. Argumento paradojal, que en su tiempo hizo decir a Chesterton que, a quienes defendían el derecho al aborto, él oponía el derecho al infanticidio. Argumento bárbaro, que ha llevado a esta civilización progresista a un estadio inferior al de las antiguas culturas. Al favorecer legalmente el crimen masivo, un genocidio que será suicidio colectivo finalmente, la modernidad decadente hace del aborto la palanca de la felicidad individual y del bienestar global.

            Además, el mentado navío abortista estará sólo disponible para las familias ricachonas porteñas, que podrán costearse el viajecito a la felicidad inminente. Las pobretonas provincianas deberán seguir cargando el bombo y los críos, sin remedio. Porque una vez más el dinero se vuelve el talismán del bienestar: los ricos matan sus hijos antes de nacer, a los pobres se les mueren antes o después del parto, por lo general.

 

De Mendoza con dolor

            Aquí se ligan las noticias. Los que viven mejor, matan para vivir mejor. Los que tienen poco o casi nada, ven cómo la vida de sus hijos se les va por deficientes instalaciones sanitarias que no les garantizan el derecho a la salud o el derecho a la maternidad, que constituciones, tratados y convenciones dicen que se gozan. Mendoza se pliega al culto a la muerte cuando, por un lado proclama el progresista derecho a la salud reproductiva, y por el otro administra salas de parto y atención a la embarazada en condiciones que no aseguran una tasa tolerable de mortalidad infantil. Singular ecuación matemática la de los funcionarios que se consuelan aduciendo que ese índice aumenta porque “a más partos más muertes”, a más nacimientos más entierros.

            Finalmente, ¿se ha pensado en los derechos de los niños? ¿No tienen ellos acaso –para poder gozar esos otros que la convención internacional les reconoce- el derecho primario a la vida, que supone antes que nada el derecho a nacer?

            Es que aquí no necesitamos de abortos sino de nacimientos. Argentina no es un país que padece de población y bienestar, sino de despoblamiento y malestar. Hay que afirmar el derecho a la vida, para luego bien morir, antes que el derecho a la muerte, para nunca vivir. Los derechos de la muerte son derechos hipócritas, no son derechos. Si realmente queremos vivir mejor, empecemos por el comienzo: respetemos la vida.


Ilustración: detalle de La mujer y la muerte, de Baldung Grien, s. XVI