Editorial

 

A-DIOS,
JUAN PABLO EL GRANDE

No me es nada sencillo escribir este editorial. Pero, pocas veces como ésta, el tema se me impone. Tenía pensado, originalmente, dedicarlo al caso de la pobre mujer norteamericana que tuvo en vilo, sin saberlo, a millones de personas en todo el mundo. Tanto, que la mayoría de ellas se olvidaron (sobre todo las que viven en países con mucha población indigente), de la cantidad impresionante de seres humanos que se mueren, entre sufrimientos atroces y carencias sin nombre, a metros de sus umbrales, víctimas de enfermedades arcaicas, o de tareas indignas, o de la roña, o del hambre...

La agonía mediática de la triste Terri me parecía digna de algunos párrafos, porque estuvo impregnada de un fuerte tufo de nazismo post-hitleriano, de aquél que tanto me quita el sueño. No deja de asombrarme el espectáculo acre de la gran nación de Lincoln y de Franklin, aquella misma que tanto impactase a Tocqueville y a nuestro Sarmiento, hoy la más poderosa de la Tierra, matando oficialmente de inanición a una de sus ciudadanas, por haber cometido el delito de tener un daño cerebral (parecen palabras del Erewhon de Butler). Y me conmovió hasta el borde de las lágrimas que no se muriese ponto. Que su cuerpo se aferrase tercamente a esa vida que sus matadores consideraban, como Binding y Hoche en el fatídico libro de 1920, tan caro a los seguidores de la svástica, indigna de ser vivida.

Pero sobrevino entonces otra agonía, también convertida en pasto de los medios. La del Papa. Incisiva, lacerante y heroica a la vez. Él se llevaba la desesperada mano a la garganta, y  media humanidad perdía el habla. Gesticulaba de dolor, y sufrían continentes enteros... Ambas fueron agonías muy distintas, terminaciones diversas de vidas diversas. Terri conmovió al mundo con su muerte. Juan Pablo, con su vida. Por eso, a él quiero dedicarle, humildemente, este editorial número cuarenta (porque cuarenta y un meses han pasado ya desde aquella noche de hospital en que, inspirado por otra agonía, la mi hijo adolescente que luchaba contra el cáncer devastador, comencé a tipear el primer número de PERSONA).  

Que Juan Pablo II fue la figura más luminosa que pobló estas décadas convulsionadas y confusas, lo creo incuestionable. Se nos va a hacer difícil a sus contemporáneos catar en su verdadera magnitud la talla de este gigante que, humano como todos, se levantó en defensa de un cosmos diferente, y trabajó con denuedo, punzantemente conciente de la brevedad de esta vida, para acercar el día del amor universal. Kierkegaard decía que sólo los demás, cuando nos hemos ido, pueden trazar la raya de la suma que fuimos. Eso es verdad para nosotros, las personas corrientes. Pero la aritmética existencial de los colosos, requiere de otras dimensiones cronológicas.

Nunca dudé de la grandeza de Juan Pablo II. Pero, si alguna vez lo hubiese hecho, me habrían bastado esos sitios de Internet regenteados por seudo-católicos que, proclamándose verdaderos guardianes de la fe romana, desparraman su veneno, abiertamente antisemita, y racista, sin tapujos ni vergüenzas. Uno de ellos, en un castellano muy de Sudamérica, tras el anonimato cobarde característico de esa laya, acusa al Santo Padre de sirviente de la judería, traidor imperdonable del rebaño cristiano. Horrorizados ante la remota posibilidad de que el cardenal Lustiger, de origen israelita, fuera el próximo pontífice, atribuyen, en sus páginas de colores nazis, tal eventualidad al Papa que se ha ido. Atesoran, con adoración, frases de prelados en contra de los hebreos, e insinúan su desprecio ante la evidencia de que, después de todo, Wojtyla fue sólo un polaco, un eslavo, un subhumano, de esos que Hitler sólo consideraba aptos para la labor pesada y el servicio doméstico, y por eso clausuró sus universidades y escuelas superiores, así se acostumbraban al futuro que el águila les tenía deparado.

El giro que Juan Pablo II confirió a la actitud católica frente al judaísmo, bastaría, a mi juicio, para otorgarle de por sí un lugar de privilegio en la galería de la hermandad humana. La piedra inicial de ese reencuentro la había cimentado el Papa Bueno, con su Concilio Vaticano II, en cuyas fecundas sesiones germinó la trascendental declaración Nostra aetate, hito de un tiempo distinto. Juan XXIII disfruta de un sitial cuya altura nadie de buena fe discute (muchos de mala fe sí lo hacen). Pero Juan Pablo II culminaría ese ciclo de confraternidad, al hacer lo que sus antecesores no llegaron a hacer. Visitar la sinagoga en son fraterno, reconocer políticamente al Estado de Israel, rezar en el Muro de los Lamentos, pedir pública, humilde y sentidamente perdón por el antisemitismo de la Iglesia y de sus seguidores, quebrarse ante los hornos de Auschwitz y reconocer, con el corazón ahíto, que tal vez se podría haber hecho más, o mejor, para evitar la masacre...

Para comprender en toda su colosal magnitud ese golpe de timón bravío, es necesario recordar cosas muy feas. "Nunca es triste la verdad", canta Serrat, "lo que no tiene, es remedio". ¡Y cuánta razón le cabe! Nada, jamás, puede construirse sobre la base huidiza del silencio, del ocultamiento timorato, de la mentira... El nazismo, entre otras cosas, puso en evidencia que el cristianismo no consiguió, en sus dos milenios, construir una cultura que reaccionase masivamente contra la destrucción del hombre por el hombre. El mandamiento principal que legó Cristo, el de amarnos los unos a los otros, no caló en los pueblos de Europa. Cuando llegó la hora de la verdad, millones de caínes asesinaron fríamente a millones de abeles, destituyéndolos de sus derechos básicos, transformándolos en bestias, cargándolos en trenes abarrotados, y procesándolos en mataderos como nunca antes se hiciera. Y las marmóreas estadísticas nos arrojan que la mitad casi de esos verdugos, incluidos su jefe supremo, y su implacable ministro de propaganda, se proclamaban católicos.

La iglesia católica nunca había incitado a matar judíos, ni a lastimarlos físicamente, pero sí a separarlos, a tenerlos en menos, a mirarlos con temor, sarcasmo y desprecio, a no reconocerlos como posibles amigos, ni socios, ni aliados. Cantidad de canonizados odiaron encarnizada y declaradamente a los israelitas. San Isidoro de Sevilla se alegraba de que les quitasen sus hijos, para ser dados a familias cristianas. En la misa, se calificaba a los hebreos de pérfidos. En las homilías, se los ponía como ejemplo de testarudez y maldad. La Inquisición derivó a menudo su búsqueda religiosa en persecución étnica: ni siquiera los que recibían el bautismo quedaban en paz. Obligados a vivir en barrios especiales, a vestir ropas oscuras, a llevar signos infamantes, vedados de derechos esenciales, excluidos de la comunidad, los judíos eran exhibidos como eterna muestra de la cólera divina. Hasta se dibujaba al diablo con los rasgos fisonómicos que se solían atribuir a los hebreos...

¿No habían, acaso, despreciado al Mesías que, en la más suprema fortuna, les naciera en su propio seno? ¿No habían llegado, incluso, a matarlo, aceptando a gritos que su sangre inocente les cayera sobre sí y sobre sus hijos? ¿No había anunciado Cristo mismo el duelo sin cuartel de las madres de Jerusalén? Entonces, el sufrimiento de este pueblo, que hasta en su nombre hacía recordar al de Judas, debía ser algo acorde al orden natural. Con la Verdad al alcance de la mano, los hijos de Abraham se aferraban a sus rollos antiguos, a sus filacterias asombrosas, a sus zalemas y reverencias. Las acusaciones de homicidio ritual, de profanación de hostias, de envenenamiento de los pozos de agua, corrían de boca en boca. Como un reguero de pólvora, a menudo estallaban en matanzas y tropelías, no pocas veces a la salida misma de los oficios eclesiásticos, enfervorizadas las masas por la prédica de los religiosos.

A poco de asumir el poder, Hitler citó a los obispos alemanes. Ellos no sacaron el tema de los judíos, pero el flamante canciller sí lo hizo. "Haremos lo mismo que la Iglesia ha hecho y aprobado durante quince siglos", les dijo: "Sacaremos a los judíos de la vida común con los cristianos, los recluiremos en ghettos, y les daremos estatutos especiales, acordes a su situación". Y agregó: "Ustedes han enseñado siempre que los judíos son parásitos, nosotros creemos exactamente lo mismo". Tenemos varias versiones de esa conversación, tomadas por sus protagonistas. En ninguna de ellas se registra reacción alguna a estas palabras...

No he de dedicarme en estos párrafos a la reiterada cuestión de la actitud del catolicismo frente a las hordas nazis. Es un tema apasionante, pero ya no hay más para decir. La evidencia del apoyo institucional del clero católico alemán al nazismo, con muy pocas, aunque sin dudas brillantes, excepciones, es tan abrumadora que hoy ningún historiador serio la discute. Los propios contemporáneos realmente comprometidos con un cristianismo activo, como los jesuitas Delp y Pribilla, o el preboste Bernhard Lichtenberg, fueron los mejores testigos y denunciadores de esa conducta. En estas mismas páginas virtuales, meses atrás, comentando el interesante libro de Antonio Gaspari, Los judíos, Pío XII y la leyenda negra, dije algo de lo que estoy convencido, y que, por otra parte, no es gran novedad: muchísimo más instrumental al Holocausto que aquella actitud, lo fue la anterior al Holocausto, que predispuso a los católicos (especialmente en ciertos países, como Alemania) para, cuando menos, no sublevarse al ver a sus vecinos hebreos ultrajados.

Por eso, cuando un papa que ha sufrido el nazismo en carne propia, que ha padecido la discriminación antisemita en la piel de sus amigos y vecinos, que ha dado infinitas muestras, en su comportamiento, de profundo amor a todos los seres humanos, se vuelve hacia su comunidad y la conmina a rectificar para siempre esos sangrientos errores milenarios, vivimos tiempos de gloria. Ese abrazo con el rabino de Roma, ese papelito del Muro jerosolimitano, y todas las otras actitudes de afecto hacia los "hermanos mayores", plasman un mensaje que, de tan hermoso y limpio, hace doler los corazones estólidos de los recalcitrantes. Su prédica fraterna, sin embargo, es olímpicamente ignorada por cantidad de católicos, cuando no abiertamente repudiada. En esta revista, sin ir más lejos, hemos recibido mensajes electrónicos insultantes, enviados por esbirros de esas posturas, donde además de injuriarme (lo que me honra), me vinculan con su aducida decadencia de la Iglesia después del Concilio (lo cual me enorgullece mil veces más). Presumo que las recientes declaraciones de Benedicto XVI, resaltando la visceral importancia del Vaticano II, y su rol de brújula del catolicismo, les habrán causado tanta neuralgia como a mí alegría.      

Es una paradoja notable que, a menudo, los que defendemos la cultura de la Vida, creamos en la trascendencia a la muerte. Juan Pablo II fue un campeón supremo de esta batalla pacífica, y pasó por este mundo pendiente de la hora en que, desnudo de ornamentos y boato, pero armado con esa sonrisa polaca, maciza y dulce, campesina y extensa, que enamoraba a multitudes, y que ni las más tenaces enfermedades consiguieron extinguir del todo, rendiría cuentas de la verdadera riqueza ante el Creador. Yo no tengo dudas que, en su caso, el viejo saludo "a-Dios" de los latinos mediterráneos, cobra toda su dimensión espiritual y etimológica. A Dios, en efecto, a ese Dios de amor y de humildad en el que has creído, y al que serviste, y en cuya senda convocaste a todas las etnias del mundo, te has ido, Juan Pablo el Grande, y a nuestros corazones para siempre.

La paz sea contigo.   

                                                                 Ricardo D. Rabinovich-Berkman