|
Entre las teorías filosóficas que más interés han despertado a
partir de la segunda mitad del Siglo XX, la “Ética del Discurso” de K. O. Apel
ocupa un lugar de privilegio. Sobre ella no sólo se escriben trabajos eruditos e
historiográficos, sino que la misma ha llegado a generar una suerte de programa
de investigación, cuyos adeptos –en épocas de descreimiento en la ética
filosófica- no son escasos. Tras la argumentación,
el libro que comentamos, se inscribe dentro del mencionado programa. No se crea
que ello implica que hay por parte de su autor, el joven pensador Andrés Crelier,
una actitud pasiva en torno de las afirmaciones de Apel. Lo que hay más bien es
un trabajo fino de interpretación de la postura de este filósofo, tarea que no
excluye algunas críticas, realizadas –podría decirse- desde dentro del propio
programa.
El volumen tuvo su origen en la tesis de licenciatura en
Filosofía rendida por Crelier en la Universidad Nacional de Mar del Plata,
trabajo que contó con la dirección del filósofo Ricardo Maliandi, posiblemente
el principal promotor y defensor de la Ética del Discurso en la Argentina.
En una época en que abunda la publicación compulsiva y
descuidada de volúmenes carentes de forma, que resultan de la mera superposición
de trabajos aislados, el libro de Crelier revela, entre otras virtudes, las de
la unidad y sistematicidad del pensamiento. Está además bien escrito, con un
vocabulario preciso y una prosa fluida.
La introducción del volumen ubica a la Ética del Discurso en
continuidad con el proyecto ilustrado (especialmente en su vertiente kantiana)
que pretendió fundamentar una ética de alcance universal. Se presenta allí un
pantallazo de algunas de las principales críticas que vinieron esgrimiéndose
contra dicho proyecto: los nefastos efectos prácticos que se le adjudicó a la
razón moderna (Escuela de Frankfurt), la cultura individualista del hombre
moderno (Alasdaire McIntyre, Charles Taylor), la crítica de la moral occidental
como un mera ficción (Nietzsche) y la inexistencia de los supuestos fundamentos
racionales de una ética universal (Hans Albert, posmodernos y algunos filósofos
analíticos). Crelier advierte que en la mayor parte de los casos, estos autores
comparten en buena medida el contenido de los ideales ilustrados (como la
defensa de la libertad y de la tolerancia), y que los debates sobre el supuesto
fracaso de la modernidad se sitúan en el horizonte abierto por la propia
modernidad.
Después de realizar importantes aclaraciones metodológicas en
torno al significado de “fundamentar”, Crelier expone las principales tesis de
la Ética del Discurso: su interpretación de la filosofía contemporánea como
afectada por un giro semiótico, su versión trascendental de dicho giro (es
decir, su acentuación en las condiciones que hacen posible la comunicación) y la
postulación de un principio ético trascendental como presupuesto normativo de
toda argumentación, que constituiría el fundamento último de la ética. En la
formulación de Crelier, “el principio de la ética del discurso...consiste en la
exigencia de lograr un consenso mediante argumentos y no mediante la violencia,
teniendo en cuenta a todos los posibles afectados por las decisiones que se
tomen” (p. 72). Crelier se ocupa además de refutar una serie de objeciones que
se vinieron planteando en contra de dicha fundamentación.
Hasta aquí, Tras la argumentación parece ser sólo una
prolija interpretación del pensamiento de Apel. Pero en los capítulos siguientes
comienzan a asomarse -tras esa exposición- las ideas propias, que se manifiestan
particularmente sobre el final del volumen, bajo la forma de una serie de
refinadas críticas dirigidas contra la fundamentación propuesta por Apel. Los
cuestionamientos no se quedan sólo en ello, sino que incluyen una reformulación
personal de dicha fundamentación, reformulación que carecería de las falencias
denunciadas. Es allí donde aparece el aporte más sustantivo de Crelier.
Las críticas se dirigen
particularmente contra el criterio de autocontradicción performativa, cuyo papel
resulta crucial en la fundamentación última de la Ética del Discurso. Recordemos
que dicho criterio revela una contradicción entre el acto de decir algo y lo que
se dice, como cuando se afirma “Yo no estoy hablando”. Para Apel, quien
argumenta acepta estar dispuesto a dirimir un conflicto mediante la búsqueda de
un consenso racional, de modo que la negación de esa disposición (por ejemplo
mediante el recurso a cualquier forma de violencia, verbal o física) supondría
incurrir en autocontradicción performativa. Ahora bien, la autocontradicción
cumple la doble función de ser un criterio que permite revelar que algo es un
fundamento (porque negarlo implica incurrir en ella), pero es ella misma también
un fundamento.
Crelier advierte que el criterio de
autocontradicción performativa no encuentra un adecuado fundamento en la propia
Ética del Discurso, y propone una solución propia para este problema. De acuerdo
al autor, la necesidad de no contradecirse puede justificarse si se concibe al
principio de no contradicción como presupuesto y condición de posibilidad de la
comunicación argumentativa. De esta forma, el principio no sería algo ajeno al
acto discursivo, sino que existiría una regla tácita de la comunicación que
prohibiría contradecirse, cuyo sentido aparece en el seno del propio intercambio
argumentativo. Así, afirma Crelier: “La contradicción no es la expresión de
algo que puede acontecer en la argumentación, sino que, más bien, indica la
circunstancia negativa de que no hay comunicación” (p. 155).
Esta solución, como se percibe, no
carece de originalidad ni de plausibilidad, y es de esperar que su pertinencia
sea debidamente evaluada en el seno de la comunidad compuesta por los cultores
de la Ética del Discurso.
En suma,
Tras la argumentación
es una propuesta interesante tanto para quienes desean
ampliar sus conocimientos de la Ética del Discurso como para quienes desean
debatir sus pormenores y, a través de ellos, reflexionar en torno de problemas
universales como el del status del principio de no contradicción y el de la
posibilidad de fundamentar una ética universalmente válida.
Nicolás Zavadivker
|