Crelier, Andrés

 


Tras la argumentación.


Relectura de la ética apeliana

 


Mar del Plata,
Suárez, 2004, 168 p

 

Entre las teorías filosóficas que más interés han despertado a partir de la segunda mitad del Siglo XX, la “Ética del Discurso” de K. O. Apel ocupa un lugar de privilegio. Sobre ella no sólo se escriben trabajos eruditos e historiográficos, sino que la misma ha llegado a generar una suerte de programa de investigación, cuyos adeptos –en épocas de descreimiento en la ética filosófica- no son escasos. Tras la argumentación, el libro que comentamos, se inscribe dentro del mencionado programa. No se crea que ello implica que hay por parte de su autor, el joven pensador Andrés Crelier, una actitud pasiva en torno de las afirmaciones de Apel. Lo que hay más bien es un trabajo fino de interpretación de la postura de este filósofo, tarea que no excluye algunas críticas, realizadas –podría decirse- desde dentro del propio programa.


El volumen tuvo su origen en la tesis de licenciatura en Filosofía rendida por Crelier en la Universidad Nacional de Mar del Plata, trabajo que contó con la dirección del filósofo Ricardo Maliandi, posiblemente el principal promotor y defensor de la Ética del Discurso en la Argentina.


En una época en que abunda la publicación compulsiva y descuidada de volúmenes carentes de forma, que resultan de la mera superposición de trabajos aislados, el libro de Crelier revela, entre otras virtudes, las de la unidad y sistematicidad del pensamiento. Está además bien escrito, con un vocabulario preciso y una prosa fluida.


La introducción del volumen ubica a la Ética del Discurso en continuidad con el proyecto ilustrado (especialmente en su vertiente kantiana) que pretendió fundamentar una ética de alcance universal. Se presenta allí un pantallazo de algunas de las principales críticas que vinieron esgrimiéndose contra dicho proyecto: los nefastos efectos prácticos que se le adjudicó a la razón moderna (Escuela de Frankfurt), la cultura individualista del hombre moderno (Alasdaire McIntyre, Charles Taylor), la crítica de la moral occidental como un mera ficción (Nietzsche) y la inexistencia de los supuestos fundamentos racionales de una ética universal (Hans Albert, posmodernos y algunos filósofos analíticos). Crelier advierte que en la mayor parte de los casos, estos autores comparten en buena medida el contenido de los ideales ilustrados (como la defensa de la libertad y de la tolerancia), y que los debates sobre el supuesto fracaso de la modernidad se sitúan en el horizonte abierto por la propia modernidad.


Después de realizar importantes aclaraciones metodológicas en torno al significado de “fundamentar”, Crelier expone las principales tesis de la Ética del Discurso: su interpretación de la filosofía contemporánea como afectada por un giro semiótico, su  versión trascendental de dicho giro (es decir, su acentuación en las condiciones que hacen posible la comunicación) y la postulación de un principio ético trascendental como presupuesto normativo de toda argumentación, que constituiría el fundamento último de la ética. En la formulación de Crelier, “el principio de la ética del discurso...consiste en la exigencia de lograr un consenso mediante argumentos y no mediante la violencia, teniendo en cuenta a todos los posibles afectados por las decisiones que se tomen” (p. 72). Crelier se ocupa además de refutar una serie de objeciones que se vinieron planteando en contra de dicha fundamentación.


Hasta aquí, Tras la argumentación parece ser sólo una prolija interpretación del pensamiento de Apel. Pero en los capítulos siguientes comienzan a asomarse -tras esa exposición- las ideas propias, que se manifiestan particularmente sobre el final del volumen, bajo la forma de una serie de refinadas críticas dirigidas contra la fundamentación propuesta por Apel. Los cuestionamientos no se quedan sólo en ello, sino que incluyen una reformulación personal de dicha fundamentación, reformulación que carecería de las falencias denunciadas. Es allí donde aparece el aporte más sustantivo de Crelier.


Las críticas se dirigen particularmente contra el criterio de autocontradicción performativa, cuyo papel resulta crucial en la fundamentación última de la Ética del Discurso. Recordemos que dicho criterio revela una contradicción entre el acto de decir algo y lo que se dice, como cuando se afirma “Yo no estoy hablando”. Para Apel, quien argumenta acepta estar dispuesto a dirimir un conflicto mediante la búsqueda de un consenso racional, de modo que la negación de esa disposición (por ejemplo mediante el recurso a cualquier forma de violencia, verbal o física) supondría incurrir en autocontradicción performativa. Ahora bien, la autocontradicción cumple la doble función de ser un criterio que permite revelar que algo es un fundamento (porque negarlo implica incurrir en ella), pero es ella misma también un fundamento.  

Crelier advierte que el criterio de autocontradicción performativa no encuentra un adecuado fundamento en la propia Ética del Discurso, y propone una solución propia para este problema. De acuerdo al autor, la necesidad de no contradecirse puede justificarse si se concibe al principio de no contradicción como presupuesto y condición de posibilidad de la comunicación argumentativa. De esta forma, el principio no sería algo ajeno al acto discursivo, sino que existiría una regla tácita de la comunicación que prohibiría contradecirse, cuyo sentido aparece en el seno del propio intercambio argumentativo. Así, afirma Crelier: “La contradicción no es la expresión de algo que puede acontecer en la argumentación, sino que, más bien, indica la circunstancia negativa de que no hay comunicación” (p. 155).

Esta solución, como se percibe, no carece de originalidad ni de plausibilidad, y es de esperar que su pertinencia sea debidamente evaluada en el seno de la comunidad compuesta por los cultores de la Ética del Discurso.

En suma,
Tras la argumentación es una propuesta interesante tanto para quienes desean ampliar sus conocimientos de la Ética del Discurso como para quienes desean debatir sus pormenores y, a través de ellos, reflexionar en torno de problemas universales como el del status del principio de no contradicción y el de la posibilidad de fundamentar una ética universalmente válida.
Nicolás Zavadivker

 

INSTITUTO BIBLIOGRÁFICO ANTONIO ZINNY

Historiografía Rioplatense Nº 6
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Buenos Aires, 2002, 258 p.

En este número de la prestigiosa publicación editada por el Instituto Bibliográfico “Antonio Zinny”, se destacan entre otros trabajos, el  de Elena Bonura: “Crisis en la Real Hacienda de Salta 1782-1813”; de Graciela Lápido y María J. Constanza: “Miguel de Riblos. Un hombre de empresa en el Buenos Aires colonial”; de Inés Sanjurjo de Driollet: “Ernesto Palacio: del nacionalismo al peronismo”.

Por otra parte, Mario Guillermo Saraví realiza un aporte interesante como lo es “La misión Maza y las conferencias de Rosario. Rosas y López en 1831”, donde apreciamos la misión que Juan Manuel de Rosas encomendara a Manuel Vicente Maza, Secretario en Campaña del Gobernador de Buenos Aires, como también la captura del general José María Paz y el optimismo de don Estanislao López en  la firma de este convenio que estipulaba la próxima convocatoria a un Congreso General que llevaría a la organización nacional.

Otras aportaciones notables son las obras de referencia: “Bibliografía de Erich L. W. Poenitz” por Jorge C. Bohdziewicz y la “Bibliografía de Fernando Morales Guiñazú” por Andrea Greco de Alvarez. En los impresos raros hay “Un reglamento de carreras de caballos impreso en Tucumán en 1848” con un estudio preliminar de Guillermo Palombo.
Sandro Olaza Pallero