Editorial

EL LADO OSCURO
DE LA FUERZA

 

          La tercera semana de mayo estuvo signada por dos hechos de apariencia muy dispar, cuya mera relación semeja a primera vista un rotundo disparate. Pocos acontecimientos podrían mostrarse más distantes entre sí, menos vinculados, más remotos... Y, sin embargo, como en la gran rueda del cosmos todo, hasta los factores exóticos, se influyen y conectan, existe un parentesco entre ambos sucesos. Hasta me atrevería a asegurar que el nexo es bastante importante. Tanto, que merece algunos párrafos.

        El primer hecho, fue el anuncio por parte de un conocido investigador coreano, de haber logrado la producción de células específicas, idóneas para reemplazar a otras enfermas o faltantes, incluso ante patologías neurológicas muy severas. Lo más extraordinario de estas células es que, al habérselas clonado a partir de material genético obtenido del futuro receptor, no ocasionarían  luego rechazo inmunológico por parte de éste. No serían necesarias, pues, drogas que suprimiesen la respuesta defensiva del sujeto. El implante tendría una posibilidad infinitamente mayor de éxito, y enfermedades y lesiones que hoy son desesperadas, pasarían a tener altas promesas de curación.

        El segundo suceso fue el estreno del Episodio III de la saga Star Wars, tradicionalmente conocida en el mundo hispánico como La guerra de las galaxias, aunque la traducción correcta, "Guerras estelares", era más fiel al sentido original. Esta serie, ya desde sus primeros tres capítulos, devenidos clásicos, y mucho más en esta segunda etapa constituida por los tres recientes (que, como se sabe, están ubicados antes que los previos, cosa curiosa...), fue osada y poco convencional, en mil aspectos, dentro de la cinematografía estadounidense del género. Para quien esté dispuesto a trascender los efectos especiales y las escenas grandiosas (que son realmente magníficos), George Lucas ha desplegado una profunda red de planteos acerca del devenir político e ideológico de las democracias, teñido siempre de una ingeniosa autocrítica, tan rara en sus compatriotas.

        Todos saben de antemano lo que va a pasar en este Episodio III: el noble guerrero Annakin, caballero de la antiquísima orden de los jedis, agrupación mística que rinde culto al Lado Claro de la Fuerza, y aprovecha los dones fantásticos que esa alianza proporciona, poseedor de un poder sin precedentes, buen mozo, galante y bien intencionado, cae en las garras del Lado Oscuro, y pasa a convertirse en uno de los sith, secta arcaica que venera al mal, odia a los jedis, y propugna el establecimiento de un orden socio-político militarista, que sofoca la vida y la libertad, y cercena todos los derechos individuales sin contemplación alguna. El terrible tránsito es simbolizado por el reemplazo de la sencilla indumentaria estilo artes marciales de Annakin, por la ominosa armadura negra brillante, con soporte vital incluido, cuyo yelmo-máscara posee obvias reminiscencias de los cascos militares alemanes de la Segunda Guerra Mundial (en tanto que los uniformes de sus subordinados muestran similitudes soviéticas).

        Annakin, como tantos otros guerreros de buena voluntad y principios, cree con firmeza que jamás podría caer en el Lado Oscuro. Piensa que puede reconocer el mal, sabe que sus intenciones son correctas, se siente seguro de sus decisiones y de su propia integridad. Pero... ¿por qué acaba siendo tan atractiva la opción nefasta? ¿Contra qué muralla infranqueable se destruye la resistencia de los justos? ¿De qué materia titánica se halla construido el abismo que los absorbe y los somete, los hunde y los reduce, hasta convertir a gentiles caballeros protectores de la felicidad ajena y del equilibrio universal en horrendos monstruos, devoradores de existencias sencillas, prepotentes, soberbios y sangrientos?

        La respuesta, que ya venía esbozada en el tercer capítulo de la tríada original, la suministra George Lucas en una entrevista televisada. Él ha estudiado, y se nota, el proceso de transformación de numerosas repúblicas democráticas reales en dictaduras autocráticas, más o menos sangrientas. Los indicios que va desgranando son muchos: el título del que parte el maléfico político Palpatin en su tergiversación del poder, es el de Canciller, como Hitler. La institución que se subvierte, sutilmente y desde adentro, es el Senado, como en Roma. El diálogo clave es el que mantienen Annakin y la hermosa senadora Padme, su futura esposa, en un prado bucólico, en el Epísodio II. Ella, asombrada ante las opiniones autoritarias del guerrero, le pregunta si, acaso, aboliría las instituciones democráticas. De ninguna manera, responde él, pero debería establecerse un régimen donde esos legisladores fueran forzados a trabajar en el interés del pueblo. "Pero, eso sería establecer una dictadura", replica ella. Y el joven murmura: "Y... si funciona..."

        Esa es la clave, donde reposa la genialidad del planteo de esta saga (que no sé si muchos distinguirán, por detrás de la parafernalia de naves espaciales, androides y criaturas extraterrestres). Que el Lado Oscuro no se presenta malo, sino bueno. Que sus propuestas no son de aspecto necrófilo y destructivo: prometen un mundo mejor, la cura de enfermedades, el bienestar, una felicidad mayor. El diablo, en otras palabras, no viene con cola y cuernos, con rostro grotesco, sino que hasta es apuesto, y dulce al hablar, y dice cosas lindas... Por eso el Mal, el grande, no el pequeñito mal de cada día, sino el otro, el gigante, el cósmico, el total, es tan exitoso, tan difícil de resistir, tan atractivo.

        Ahí se acerca la epopeya de Annakin Skywalker, al descubrimiento del biólogo coreano que evocábamos en un principio, y a toda la cuestión de la ética científica en general. Durante la orgía de sangre del nazismo, importantes laboratorios medicinales, algunos de ellos que aún gozan de excelente salud, disfrutaron (remuneradamente) del privilegio de contar con prisioneros de los campos de concentración y de exterminio para experimentar en ellos, forzadamente, sus productos y técnicas. Se trató de uno de los capítulos más atroces de la Historia, pero la ciencia avanzó a pasos agigantados, porque es obvio que nada hay más eficaz que emplear seres humanos, y a carradas, sin contemplación ni respeto, para probar las innovaciones biomédicas, en vez de tanto ensayo con animales, y presunciones abstractas, y consentimientos informados, y todas esas demoras y quebraderos de cabeza, vallas, obstáculos, en la feliz avenida del mañana venturoso.

        Las células que nos ocupan, esas portadoras de vida y de esperanza, se extraen de un embrión humano, que es, en consecuencia, muerto, en sus primeros estadios de existencia. Sacrificado, en aras de la curación ajena. Claro, es tan chiquito... No se defiende, no llora, no grita, no nos mira a los ojos. No parece un ser de nuestra especie, aunque todos, absolutamente todos, fuimos una vez iguales a él, y así se vieron nuestros hijos, nuestros padres, nuestros abuelos... Pero su pequeñez, su primordialidad, son su pecado y su condena. ¿Quién osa oponerse a este sacrificio benéfico? ¿Qué corazón no se conmueve ante el dolor de los enfermos desahuciados, que tendrán nuevamente un horizonte? Los paralíticos, caminarán. Los ciegos, podrán ver. ¿Cómo llevar la terquedad al extremo de rechazar semejante aurora, por la pedestre causa del deceso limpio de un minúsculo compuesto de seis células humanas?

        Hay más aún. Como la técnica había fracasado cuando se emplearon embriones congelados (de esos que llaman "de descarte"), y tampoco dio buenos resultados con óvulos de mujeres maduras, se requirieron ahora los de jovencitas. Éstas, han de ser sometidas a un tratamiento destinado a aumentar su producción ovular, semejante al que se usa para la fecundación in vitro (claro que con la diferencia de que estos óvulos no son para reproducción). Ello implica un alto riesgo de desórdenes y de efectos colaterales adversos para la salud de la mujer, que pueden llegar a afectar su capacidad reproductiva y, en contados supuestos, ocasionarle incluso la muerte. ¿Se prestan a estos peligros las muchachas sólo en aras de una vocación solidaria, de un impulso altruista? Uno quisiera pensar que sí, pero desgraciadamente los reportes periodísticos indican otra posibilidad. Al parecer, so color de indemnización por las molestias y resguardo frente a los potenciales avatares negativos del procedimiento, reciben sumas de dinero, que, para la realidad coreana, y máxime tratándose de personas de sectores humildes, son bastante atractivas...

        Perdónenme, amigos lectores, si es otra la película que me viene a la mente: la genial e inquietante El huevo de la serpiente, del gran Ingmar Bergman (1978). ¿La recuerdan? En ella, se pinta con maestría el clima profético de la Alemania de los años '20, donde los experimentos con seres humanos, que preanuncian los que pocos lustros después pergeñará el nazismo, se llevan adelante en forma privada, remunerando a los conejillos de Indias, que se reclutan en los niveles más necesitados. Por el bien de la ciencia. Algunos sufrirán, otros morirán, tal vez, pero millones tendrán mejor futuro. EL FIN JUSTIFICA LOS MEDIOS. Ese es el lema campal de la svástica. Ese es el tablón resbaladizo que lleva al Lado Oscuro de la Fuerza.

        La bioética, y toda la ética en general, sólo tienen verdadero interés, verdadera entidad, frente a las situaciones graves, a los casos donde realmente hay factores esenciales involucrados. Lo contrario, es un cuarto de juego de niños. Es cuando está en juego la vida, la salud seriamente dañada, que cabe echar mano de los grandes principios, de las elucubraciones profundas. Perder la posibilidad de curar a un enfermo desesperado, es terrible. Pero el día que asumimos que sanarlo, o intentar sanarlo, habilita a cualquier procedimiento, aún al que implica exterminar seres humanos, los brazos derechos se alzan en rítmico saludo, y desde las sombras avanza, con su respiración pesada y su armadura negra, Darth Vader, el ominoso engendro en que Annakin, seducido por el Lado Oscuro, se ha tornado.        

        Y entonces será tarde.

                                                                                Ricardo Rabinovich-Berkman