| Editorial
DALL'ARGENTINA
CON AMORE |
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Llegué a Roma el domingo 12 de junio, mientras los italianos votaban (o, mejor dicho, NO votaban) en el discutido referéndum acerca de la reforma de la Ley N° 40 del 2004. Esa normativa apartó al país del sendero mayoritario europeo, que se ve en estos días encarnado en España (tierra de extremismos, como siempre), y lo transformó en un baluarte de protección a la vida, y de reconocimiento de la dignidad humana. Todo ello, en medio de un contexto de franco resurgimiento de las cosmovisiones bio-utilitarias, las mismas que florecieran en las primeras décadas del siglo XX (en especial tras la Primera Guerra Mundial), e incidieran tanto en el ideario nazi. Tres de los aspectos de la Ley 40 que se sometían al plebiscito, a mi entender, son esenciales, y constituyen justamente la médula de esa orientación humanista a que me refería en el párrafo anterior. La prohibición de la clonación de embriones de nuestra especie, el reconocimiento de derechos al embrión "desde el momento de la fecundación del óvulo", y la prohibición del congelamiento de embriones. Las restantes, revisten menos trascendencia, y son discutibles: la veda del empleo de semen de un tercero ajeno a la pareja, y la reserva de la fecundación asistida a los casos en que no se puede lograr el embarazo por otros medios. En realidad, una vez aceptado que el embrión tiene prerrogativas propias (es decir, su carácter de "sujeto de derechos", según la terminología que prefiere el maestro Fernández Sessarego, o de "persona" en los criterios de Teixeira de Freitas y Vélez Sársfield, o, simplemente, de homo en la vieja concepción latina), las otras prohibiciones básicas resultan corolarios indiscutibles. Si es un ser humano, entonces le corresponden las facultades que resultan inherentes a todos los miembros de nuestra especie por el solo hecho de pertenecer a ella. Y, sobre todo, como recordaría Roberto Andorno, le cabe la dignidad humana, que es la base de todo ese plexo de potestades y garantías. Esa dignidad, y esos derechos humanos, son ciertamente incompatibles con la clonación y con el congelamiento decididos por otros. Nuestra civilización actual parece empeñada en quitar el carácter de humanos a los embriones. Eso me trae recuerdos. Como creo haberlo demostrado en mis investigaciones, Hitler negaba a los judíos la condición humana. Con esto, teóricamente, su régimen no violaba los derechos básicos de ningún miembro de la humanidad. Su discurso no fue, a mi entender, de negación de los derechos humanos, sino de negación, a algunos humanos, de la humanidad. En esto, la estructura mental no diferiría demasiado de la de ese país que proclamó a los cuatro vientos sostener "como verdad auto-evidente" que "all men are created equal", y que Dios los ha dotado con "ciertos derechos inalienables", entre ellos la libertad... mientras gran parte de su economía se sustentaba en uno de los más férreos sistemas esclavistas que haya conocido la faz de la tierra. Cuando Binding y Hoche, en su
fatídico estudio de 1920 acerca de la Vida que no merece ser vivida (Die
Freigabe der Vernichtung lebensunwerten Lebens. Ihr Maß und ihre Form),
plantearon como algo muy obvio que no podían llevarse los criterios de
defensa de la vida de los individuos genéticamente humanos hasta el extremo
de emplearlos para proteger a los dementes incurables, a los gravísimos
enfermos, e incluso a los delincuentes atroces, no entendían estar atacando
los derechos básicos. No se consideraban monstruos. Binding era un eximio
penalista. Hasta hoy es citado en los tratados. El mismísimo Eugenio
Zaffaroni, considerado el juez más progresista de la Corte Suprema
argentina, lo trae a colación reiteradamente en sus obras. Y no para
criticarlo, ciertamente. Karl Hoche sigue siendo considerado un importante
psiquiatra. |
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Binding y Hoche casi parecen adalides de los derechos humanos cuando escriben: "¿Existen vidas humanas que hayan sufrido tal menoscabo de su carácter de bien jurídico que su continuidad haya perdido todo valor, tanto para los titulares de esas vidas como para la sociedad? Alcanza con plantearlo para provocar un sentimiento de incomodidad en todo aquel que se haya acostumbrado a estimar el valor de la vida individual, tanto para su titular como para la comunidad. […] Sin embargo, si se evoca al mismo tiempo un campo de batalla sembrado de miles de jóvenes muertos, o una mina de carbón en la que cientos de abnegados trabajadores pierden la vida por un derrumbe, y si se comparan mentalmente esas imágenes con nuestros institutos para dementes, con todo ese esmero que ponen en cuidar a los internos vivos, uno no puede menos que sentirse conmocionado en lo más profundo de su ser por la aguda disonancia entre por un lado, el sacrificio a gran escala del bien más valioso de la humanidad, y por el otro, el mayor de los empeños puesto en cuidar existencias que no sólo carecen de todo valor, sino que incluso deben ser consideradas negativas" ¿Se puede ser más elocuente? |
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Dice, dentro del Capítulo intitulado "La reconstrucción del hombre", en el parágrafo que denomina, auspiciosamente, "El desarrollo de la personalidad", estas notabilidades: "Queda aún el problema no resuelto de la multitud inmensa de los deficientes y los criminales. Estos cargan de un peso enorme a la población que permanece sana. El costo de las prisiones y de los asilos de alienados, de la protección del público contra los bandidos y los locos, ha, como lo sabemos, devenido gigantesco. Un esfuerzo ingenuo es hecho por las naciones civilizadas para la conservación de seres inútiles y perjudiciales. Los anormales obstaculizan el desarrollo de los normales. Es necesario mirar de frente este problema. ¿Por qué no habría la sociedad de disponer de los criminales y los alienados de un modo más económico? Ella no puede continuar pretendiendo discernir los responsables de los irresponsables, castigar los culpables, salvar a aquellos que cometen crímenes de los que son moralmente inocentes. Ella no es capaz de juzgar a los hombres. Pero debe protegerse contra los elementos que son peligrosos para ella. ¿Cómo puede hacerlo? Ciertamente no levantando prisiones más grandes y confortables. Así como la salud no ha de ser mejorada por la construcción de hospitales más grandes y más científicos. Sólo haremos desaparecer la locura y el crimen mediante un mejor conocimiento del hombre, mediante la eugenesia, mediante cambios profundos de la educación y de las condiciones sociales. |
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Como era de esperarse, establecido el
régimen pro-nazi francés de Vichy, este adalid de la superación del hombre,
que había regresado a su país desde los Estados Unidos, se ofreció,
optimista, para colaborar activamente con el gobierno. Éste creó para él la
"Fundación Carrel para el Estudio de los Problemas Humanos", encargada de
temas vinculados a las campañas de
eugenesia. Ciertamente, este Premio Nobel debe haberse sentido en la gloria.
Dios fue clemente con él, y no llegó a ver la derrota del "nuevo orden":
murió a fines de 1944. En la provincia argentina de Córdoba, hoy en día, un colegio que se proclama católico,
lleva orgullosamente el nombre de Alexis Carrel... |
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El ataque a la condición humana, asume formas semejantes. Definida la humanidad morfológica por los antropólogos nazis con las supuestas características físicas de la "raza aria", en sus diferentes ramas (hubo que incluir a los japoneses luego de la alianza con el Mikado), los judíos fueron mostrados como algo distinto. Sus factores aducidamente no-humanos se destacaron y exageraron, caricaturizados. Se eligió arquetipos para películas como la famosa El judío Süss, se insistió hasta el cansancio en instalar en la opinión pública una insensibilidad derivada de la no identificación del hebreo como un par, como un compañero de especie biológica. Hitler, que se consideraba un apasionado darwiniano, aunque tenía una comprensión muy superficial de las ideas de Darwin, como se nota en Mi lucha, al parecer, según las evocaciones de Rauschning, sostenía que los israelitas descendían de una evolución distinta, con un antepasado antropoide diferente del de los humanos. Los negros eran inferiores, mucho e irremediablemente, pero, como los eslavos y los indios americanos, eran indiscutiblemente humanos. Las universidades alemanas premiaron a los científicos estadounidenses que preconizaban las drásticas restricciones a la natalidad de los descendientes de africanos (esterilización incluida, en casos extremos), y la terminante prohibición de las uniones mixtas. Pero nunca se habló de campos de concentración, ni de exterminio, ni nada remotamente parecido. Los negros eran más cercanos al simio ancestral, pero tenían forma humana. Los judíos, no. |
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¿Por qué no votaron los italianos? Eso va a haber que analizarlo detenidamente y sin pasiones. A mí, las campañas no me parecieron buenas. Nadie, me parece, explicó su postura demasiado. Ambos lados tomaron la imagen de personas destacadas (aunque el SI prefirió sujetos populares, y el NO a científicos). Se usaron slogans colaterales: "todos somos ex embriones", por ejemplo, por un flanco, y "maternidad libre, deseada y consciente", por el otro. El texto de las boletas fue lamentable, preguntando por la eliminación de palabras en artículos cuyo texto completo no se mencionaba, o sólo consignando frases de la Ley 40 entre comillas. Términos como "heteróloga" o "criopreservación", que son incluso difíciles en círculos jurídicos, se colocaron en las papeletas como si tal cosa. Me tomé el trabajo de preguntar al respecto a varios italianos corrientes, de diferentes extracciones económicas y sociales, y verifiqué que la mayoría de ellos, como sucedería con los argentinos, sólo tenían, en el mejor de los casos, un remoto concepto del significado de esos vocablos. |
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¿Por qué? Porque conlleva, en términos de Hannah Ahrendt, una "banalización del mal". No es que haya de cerrarse el debate científico, académico, filosófico, alrededor de estas cuestiones. Al contrario. Ni se debe, ni se podría nunca, poner ese límite. Pero la discusión, si se plantea, debe gozar siempre de los niveles de profundidad, seriedad y respeto que sólo determinados ámbitos están en condiciones de brindar. No es lo mismo llamar por teléfono para votar por que Juan o Pedro sean echados de la "casa del Gran Hermano", o para apoyar las interpretaciones musicales de los competidores de un concurso televisivo, o alabar las virtudes de un centro veraniego sobre otro, que para dejar asentado un sí o un no a la despenalización del aborto. Por eso, aprovecho para solicitar cariñosamente a mis amigos y conocidos, que no me manden más correos electrónicos instándome a votar, "en defensa de la vida", en esas patéticas encuestas periodísticas (algunas de ellas, asombrosamente, lanzadas por diarios prestigiosos). Hoy, el tema es el aborto. Mañana, ¿cuál será? ¿Matamos o no matamos a los judíos? ¿Reconocemos o no derechos humanos a los indios? El solo participar de estas dicotomías escuálidas, olímpicos coliseos de la superficialidad, ya implica una concesión en los altares de la necrofilia. ¡Nefas! La semana siguiente del referéndum, tuve el honor de dar clase en el Curso de Alta Formación en Derecho Romano que dirige el maestro Catalano, en la prestigiosa Università de la Sapienza. Deliberadamente, elegí el tema de la relación entre las funciones del antiguo curador del vientre romano, y las que a mí me corresponden ahora, desde que, en noviembre del 2004, aceptara el cargo honorario de tutor especial de los embriones y ovocitos pronucleados congelados que, como nuestros lectores saben, tuvo a bien conferirme la Justicia Nacional en lo Civil. Porque no me caben dudas de que es en esa vieja y fecunda institución, la cura ventris, tan bien estudiada por mi querida amiga María Pía Baccari, que este moderno remedio argentino hunde sus nobles raíces. Pensé, pues, que el tópico podría resultar interesante. Pero nunca imaginé hasta qué punto. Porque... ¡al día siguiente!, 16 de junio, el diario L'Avvenire, uno de los más serios y leídos de Italia, dedicó al asunto un artículo de página entera, bajo el título Embriones, cuyo texto brindamos en versión completa, traducido al castellano, en este número. Bástenos citar las líneas iniciales, para mostrar el tenor de la nota toda: "Una lección de Derecho y de civilidad que llega desde más allá del océano. En Italia, cuna de la lex romana, el curator ventris que tutelaba al concebido durante su desarrollo es arqueología jurídica. En la Argentina, donde el Código Civil desde 1871 define como «persona» al ser humano «desde la concepción», existe desde hace algunos meses incluso la figura del Tutor de los embriones congelados". ¡Caramba! Con razón, al difundir el texto entre los miembros de la Asociación de Derecho Romano de la Argentina, su digno presidente, Juan Carlos Ghirardi, suspiró: "Quizás en Italia valoren mejor que aquí ciertos logros"... Italia, que mantiene la situación del embrión como persona, como titular de derechos humanos, y que se atreve, con la gallardía que la caracteriza, a preguntarse si no podría "importar" de la Argentina la institución del flamante tutor, y hacerla propia (que es, en realidad, lo que los antiguos romanos solían hacer con muchas respuestas jurídicas de los demás pueblos), es una señal. No puede pasar desapercibida a los ojos latinoamericanos. Al Perú, a Ecuador, a Chile, a Brasil, que reconocen, de diversas maneras y en diferente grado, derechos al concebido, o por lo menos una fuerte protección exógena. A Costa Rica, cuya Corte Suprema ha declarado enérgicamente en marzo de este año que no se ha de aceptar ninguna técnica de fecundación que ofenda la dignidad humana de los embriones involucrados. A los firmantes sin reservas de la Convención Americana de Derechos Humanos, que garantiza el derecho de vivir desde la concepción. Esta es una alternativa jurídica nuestra, muy nuestra... ¡pero es buena! Y merece ser defendida, porque es la más valiosa que hay hoy en el mundo. La propia Argentina, como insinúa Ghirardi, habría de tomar resuello en esta feliz recepción de la tutela de los embriones por parte de la vieja (pero eternamente joven) Italia. Reafirmarse en el camino de la Biofilia, asumirse como defensora tenaz de la dignidad de nuestra especie. Latinoamérica toda, trae consigo una rancia tradición de amparo de la vida desde la concepción. Nada de malo tiene esa prosapia, aunque haya grandes potencias que no la compartan, o la desprecien, o la ataquen con saña y desprecio. Que los ingleses congelen embriones, es una lástima. Que los norteamericanos lo hagan, era de esperarse. Que lo hagamos nosotros, salvo en casos de necesidad extrema, es una traición flagrante a nuestra propia forma de ser, a nuestra cosmovisión, a nuestras características. Italia es la primera que osa abiertamente, con su valiente Ley 40, y con su admiración de nuestra tutela de embriones, preguntarse acerca de la corrección del sendero escogido por los poderosos. Pero habrá otros países que lo harán. Máxime, si la Argentina, y Latinoamérica toda, permanecen firmes y no se dejan convencer por el bio-utilitarismo. En esta hora de confrontación, decisiva y tal vez final (porque están nuestra propia constitución biológica, y la noción de la dignidad humana, en juego), el puesto de los pueblos que adoran la Vida es estratégico. De su tenacidad, de su capacidad de resistir el embate tentador del positivismo biológico (que, cual un vampiro sediento de sangre de nuevo se yergue de la tumba), dependerá, tal vez, el destino (o la mera supervivencia, incluso) de la Humanidad... "¡Nefas!", como diría Virgilio. Ricardo Rabinovich-Berkman |
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