EL LIBRO
RICKY, UN GUERRERO DE LA VIDA
,
LLEGÓ A MANOS DEL SANTO PADRE

por Ricardo D. Rabinovich-Berkman

La mayoría de nuestros amigos lectores saben que esta revista la he creado en noviembre del 2001, a la vera de la cama de hospital donde mi hijo Ricky, de 15 años, daba las últimas y heroicas batallas contra el cáncer indomable que venía atenaceándolo desde diciembre anterior. Fue, en efecto, su adolescente ejemplo de amor a la Vida, de predisposición optimista a abrazar cada soplo de brisa suave, a saludar toda mañana, toda esperanza, aunque el avance de la muerte se mostrase abrumador y ominoso, lo que me inspiró para lanzar, con muy pocos receptores, esta publicación electrónica, modesta, casera y libre, aunque comprometida con, como diría Fromm, la biofilia, que pretende humildemente recordar a Ricky, y a todos los otros chiquitos y chiquitas que, con o sin éxito, dieron y dan, en su combate contra las enfermedades, la pobreza, el hambre y las demás lacras que tiñen de tristeza nuestra era, testimonio de amor a la existencia.

También saben que, casi inmediatamente de la partida de Ricky, comencé a escribir un libro, pequeño y sencillo, que en realidad no sé si se lo he dedicado, o si es en realidad él quien, a través de mi pobre pluma, lo compuso. Esas páginas, intituladas Ricky, un guerrero de la Vida, vieron la luz al año siguiente, al ser presentadas en la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini, el magnífico colegio de Ricky, que él tanto quería, y que tanto lo apoyó a lo largo de su ordalía. Luego, se efectuaron presentaciones en numerosas ciudades: Mendoza, Río Gallegos, Quito, San Juan, Resistencia, y recientemente General Pico (se informa en nota aparte). El producto de la venta del libro, se destina al fomento de los trasplantes pediátricos.

No fue, ciertamente, un best-seller. Nunca conseguimos una distribuidora que quisiera tomarlo. Casi no estuvo en librerías. Jamás tuvo publicidad, con excepción de los artículos periodísticos que algunos medios generosamente nos brindaron. Los costos de edición fueron muy altos, y los cubrimos nosotros mismos, porque no hallamos editorial que deseara invertir en él. Y, sin embargo, el libro registró dos ediciones, agotadas ambas, y fue leído por centenares de personas, en varios países. En el sitio www.ricky-vida.com.ar damos testimonio de algunos comentarios recibidos...

Junio del 2005, acaba de marcar un clímax en la historia de este librito, porque el mismo, merced a la amistosa intercesión de la profesora romana María Pía Baccari, ha accedido ni más ni menos que a las manos del Santo Padre. En efecto, en audiencia privada con el señor Regente de la Casa Pontificia, Monseñor Paolo de'Nicolò, le fue entregado un ejemplar debidamente dedicado para Benedicto XVI, el cual ya ha llegado a su eminente destinatario.


Transcribo, a continuación, la carta con que fue acompañado el libro. Por supuesto, no tengo palabras para expresar mi alegría, y he querido compartirla con los lectores de esta humilde revista, que está, lo repito, dedicada a la memoria de Ricky.
 

                                       Roma, 21 de junio del 2005

A S. S. Benedicto XVI

De mi mayor reverencia:

                                                Santo Padre, permítaseme por la presente hacer llegar a sus manos este muy humilde libro. En sus pobres páginas, con la ayuda de Dios, he procurado condensar y transmitir las enseñanzas que nos dejara mi querido hijo Ricky, que falleció de cáncer, tras un año de atroz padecimiento, durmiéndose a este mundo el Día de los Santos Inocentes del 2001, tras haber pedido a su madre, mi admirada esposa Ester, que no le soltase la mano, haberse despedido con amor de sus tres hermanos, y haber pedido con unción, por dos veces, al Señor, “Jesús, dame fuerzas”.

Antes de ello, y viendo que su breve tiempo entre nosotros terminaba, Ricky, que no estaba bautizado, pidió fervientemente, con sus últimas energías, ese sacramento. Le fue administrado, en circunstancias de una luminosidad tal, que inspiraron, por empezar, mi propio deseo de recibir el bautismo, lo que tuvo lugar unos meses después. Se coronaba así un proceso de destrucción del cuerpo físico, y de correlativo enaltecimiento del alma de mi hijo. Eso, he querido plasmarlo en estas modestísimas páginas.                                             

 

En medio de una seudo-cultura de la muerte, de la oscuridad y del pesimismo, Ricky luchó con ahínco por la Vida, con una fe y un amor que, creo en mi corazón, pueden ser fuente de reflexión y de esperanza para los jóvenes de hoy, que son como él era, porque él no fue distinto de ellos. Con su sonrisa eterna, y su gorra, era un chico más, amante de los juegos de computadora, del fútbol y las bicicletas. He allí, pienso, su simple grandeza. En su normalidad. Por eso, he querido escribir este libro. Porque Ricky, desde su sencillez, se constituyó en un ejemplo. Yo he tenido el privilegio de aprender de él. Quisiera compartirlo con otras personas.

                                                Querido y admirado Santo Padre, bien sé que para Ricky hubiera sido, y lo es hoy, en su morada de luz, un honor sin límites que este pobre libro con su sencilla historia llegue a sus manos. Dudo que Su Santidad tenga el tiempo para leerlo, pero aún así, me atrevo a hacérselo llegar. Dios dirá, y en Él confío. Sólo me resta aprovechar la oportunidad que esta carta me brinda, para hacerle saber que, como tantos otros millones de hombres y mujeres del mundo, rezo pidiendo al Señor, por la intercesión de la Gloriosa Virgen María, que le de a Su Santidad fuerzas para seguir luchando por la Cultura de la Vida, en estos años decisivos en que su Pontificado tiene lugar. Y me permito pedirle, a su vez, que bendiga mis modestos pero férreos intentos de defender la vida humana naciente, en el cargo de tutor general de los embriones congelados, que la justicia argentina se ha dignado concederme.


Ante la tumba de Juan Pablo el Grande

          Rogando a Dios que lo siga iluminando y amparando siempre, como padre y guía de la familia cristiana, y brújula de la humanidad toda, saludo al Santo Padre con el máximo respeto y la mayor devoción.  

                                  Ricardo D. Rabinovich-Berkman
                                  (Buenos Aires, Argentina)